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Revista Electrónica       Nº 17    Julio 1997
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 Prólogo

 QUIERO SE BREVE: no hace falta una lista de razones personales e intransferibles para justificar la realización de este trabajo. El SIDA está en Venezuela, y no hay semántica que suavice la estela de muertes y desengaños que está dejando a su paso. No hay esfera de la vida de los hombres que no haya trastocado sin el más mínimo pudor y con la más alevosa de las impertinencias. Ha desatado miedos incontrolables, ha remozado antiguos y profundos prejuicios, nos ha puesto de pronto ante una detallada cadena de lecciones necesarias.

El Virus de Inmunodeficiencia Humana ha violado la intimidad de las personas. Silencioso y perverso, se acomodó en nuestra aldea y sin discurso preparado vino a mostrar lo pequeños, prescindibles, miserables, imprudentes, soberbios e imperfectos que somos. La lección en el mundo ha sido democrática.

Un día le comenté a un amigo que me disponía a hacer un libro que siguiera la huella de la epidemia en Venezuela, aún sin coordenadas claras, pero con la firme convicción de ponerme de frente ante su traza aterradora, y él me dijo, queriendo prevenirme de la desmesura: "es un tema difícil porque ya sobre él se ha dicho todo". Qué engañoso es el SIDA. Aparenta ser popular y no lo es. Pareciera que ya se ha dicho todo y no se ha dicho nada. Salvo cifras espeluznantes, aderezadas con los desvelos de la ciencia, en torno a la enfermedad no hay sino miedo disfrazado de distancia. De eso estaba y sigo estando convencida.

Durante tres meses fui a incontables reuniones de activistas de la lucha contra el SIDA y a interminables sesiones de autoayuda protagonizadas por hombres y mujeres seropositivos. Empecé a verles la cara; me fui haciendo más cercana; escuché atenta las razones de su lucha, los argumentos de cada pedazo de ira, los episodios de sus propias hazañas, y sin darme cuenta comencé a descubrir un mundo absolutamente inédito. Había seguido el rastro a la plaga . Había dado con sus víctimas y sus enemigos. Lo que empezó siendo una gran necesidad de conocer lo extraño se convertió en lo que es: un sentido registro de largas conversaciones sobre el tema con los que están fuera luchando por los que están dentro. Y con los que están dentro, todavía preguntándose cómo les pudo suceder esto. En un gesto de generosidad, estos últimos me prestaron sus historias, convinieron conmigo sus nuevas señas de identidad, y me dedicaron largas horas en una y otra sesión. Ellos fueron mis primeros lectores.

Terminada la faena, advierto que no otra cosa encontrarán los que lean este libro: conversaciones, dilatadas conversaciones que tocan puntos neurálgicos del tema. Opiniones, un gran abanico de opiniones, a veces coincidentes, a veces no, pero respaldadas por la experiencia de quienes las asumen. Encontrarán no sólo visiones sobre el SIDA, sino, en su conjunto, una instantánea del país entero, de los valores, las miserias, y la cotidianidad de su gente. En fín, encontrarán, no una armazón concluyente de soluciones y tareas por hacer, sino más bien un espejo de dudas, inquietudes, esperas.

Este libro es sólo eso, y acudo a Oriana Fallaci para decir exactamente lo que quiero decir y que ella ya dijo en la presentación de sus maravillosas entrevistas con la historia: " este libro no pretende ser nada más de lo que es. No quiere prometer nada más que lo que promete"... un testimonio de una cronista perturbada, "oprimida por mil rabias y mil interrogantes".

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