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| Revista Electrónica Nº 17 Julio 1997 |
Felipe González, el legado de la inteligencia Simón Alberto Consalvi* |
Innumerables son las lecciones que a través de los años le ha brindado Felipe González a la política y a los políticos o a quienes presumen de no serlo pero "piensan" en político las 24 horas del día. En primer lugar, la lección ética, y a partir de ella, de su sistema y de su forma de vida, muchas otras. Quienes lo hemos conocido, para fortuna nuestra, antes de llegar al premierato de España cuando era algo más que un huésped comprometido del mar Caribe, de Venezuela, de Cuba, de América Central, descubrimos su sensibilidad y su solidaridad, su talento y su tacto, su inteligencia notable y su comprensión de la historia. Quizás muy pocos sepan todavía cuánto le debió a Felipe González en aquellos años el destino de los países de la América Central, las relaciones entre otros países (Venezuela y Cuba, por ejemplo) y la percepción europea del conflicto centroamericano, e incluso, la moderación en la actitud de ciertos sectores de los Estados Unidos. El ascenso al poder de Felipe en España no lo alejó de la escena latinoamericana, pero por razones más que obvias, muchas otras tareas y prioridades reclamaron su atención, y sus viajes fueron menos frecuentes a nuestros países. Pero quedó un legado que algún día será conocido y reconocido, y tal vez contado por el mismo protagonista de tiempos conflictivos y, paralelamente, promisorios. Convendría, acaso, preguntarse ¿cuánto le debe la paz de América Central a los desvelos de Felipe González? La paz, no como una consigna vacía o más o menos hipócrita, sino como un esfuerzo y una demostración de solidaridad y de cooperación. Un poco más en la perspectiva histórica, ¿cuánto le deben España y la América Latina a Felipe González y a su transformación de las relaciones entre la antigua metrópoli y la comunidad hispánica, en los órdenes de la cultura, la economía y la política? Las reflexiones vienen a cuento porque Felipe González acaba de dejar la Secretaría General del PSOE; cierra un cuarto de siglo en el liderazgo del gran partido español y, luego de trece años como jefe del gobierno, tiene la discreción y la confianza de interrogar al destino. A la edad de 54 años, con un inmenso prestigio dentro y fuera de España, en Europa, en los Estados Unidos, y esencialmente, en los países de la América Latina, Felipe ya no es solamente un legado de España. Es uno de los estadistas contemporáneos con mayor capacidad de comprensión y su prestigio cuenta por igual (como se ha comprobado) en la Alemania de Helmut Kohl que en la Inglaterra de Tony Blair, (y me imagino que también en los Estados Unidos de William Jefferson Clinton). De modo que la comunidad internacional tiene un nombre, el de Felipe González, como término de referencia. Lo tienen los políticos y los intelectuales, y lo tienen también los (im) políticos, los (anti) políticos y toda la espesa e incesante ralea de los impostores. También lo tienen los partidos políticos y los líderes. Si es cierto que el poder desgasta y más en estos tiempos de expectativas decrecientes, no es cierto que el poder destruye o corroe. Contra el PSOE y contra Felipe González se desató en los últimos años toda una conjura de intereses oscuros, financiero-políticos y financiero-mediáticos. Es el desafío de las democracias, el asedio permanente, la prueba de fuego. Felipe, como pocos, lo entendió desde un primer momento. No queda otra alternativa, porque es uno de los requisitos de la libertad democrática: garantizarle su ejercicio a sus adversarios y a quienes siempre han conspirado para abolirla. La fuerza de la democracia española, conviene decirlo, tiene una gran deuda, una deuda de dimensión histórica, con Felipe González. Quizás sea lo que sus enemigos no podrán perdonarle nunca: que les garantizó una libertad tan irrestricta que parece ahogarlos, porque si bien la usan, y de ella abusan, son ajenos a ella, porque respiran acido carbónico y el oxigeno los envenena. Para los partidos democráticos en el gobierno (o con perspectivas de gobierno), Felipe González dio otra lección: el saber dónde están los límites del Estado en sus relaciones con la sociedad, con la economía, con la cultura, y cuáles son sus responsabilidades irrenunciables, de cómo una economía de mercado no es incompatible con un sistema de equidad social. Nada más antidemocrático que un Estado paquidérmico. No fue poca la imaginación, la persuasión, la capacidad de diálogo, que en los primeros años requirió Felipe González, el joven líder del gobierno de hace casi tres lustros, para crear la nueva España y la nueva democracia y construir la red de coincidencias que hizo posible que España sea hoy un país dinámico, entre los más vigorosos de Europa. No fue, obviamente, la misión de un hombre solo, pero Felipe fue el cerebro del gran proyecto y el gran conductor de una de los épocas más estelares de la historia española. Su lucidez, su tacto, su persistencia, su flexibilidad, fueron y son elementos claves de su liderazgo. Los puso a prueba al transformar y renovar al antiguo partido y al convertirlo en el instrumento más adecuado de la modernización social de España. "Un destino abierto de par en par", así diagnosticó EL PAÍS de Madrid (este domingo 22 de junio), la etapa que ahora se abre en la vida de Felipe González. No había mejor forma de expresarlo. A los 54 años, el camino recorrido responde por el camino por recorrer. (Caracas, 22, VI, 97). * Simón Alberto Consalvi fue Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela; pertenece al Consejo editorial de Venezuela Analítica. |
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