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| Revista Electrónica Nº 17 Julio 1997 |
Claudio o las razones para la esperanza Antonio Paiva Reinoso* |
1.-Una democracia con demasiados errores económicos Venezuela ha vivido un interesante proceso político en la etapa democrática que arrancó el 23 de Enero de 1958 que, de alguna manera, ha servido de aprendizaje para que los ciudadanos ejerzan su derecho al voto e inclinen sus preferencias hacia aquellos candidatos y, en menor escala, hacia los programas y ofertas electorales que le generen confianza y sean percibidos como la mejor alternativa para cada período constitucional. El país ha vivido una experiencia política democrática importante, con aciertos y fallas. A mi juicio, los principales errores se han concentrado en la esfera económica porque se ha olvidado que la riqueza se produce con base en el esfuerzo del trabajo persistente, con reglas de juego claras, con incentivos para que los mercados funcionen y una fuerte presencia que reduzca los monopolios y las colusiones de productores o comerciantes que impiden que los precios sean el mecanismo más idóneo para asignar los recursos. Betancourt representó la solidez de una estructura partidista frente a la emoción de Wolfgang Larrazábal, quien ganó los votos urbanos en una Venezuela todavía aldeana. RB hizo un gobierno que delineo la esencia de lo que fue el régimen democrático hasta finales de los 80: industrialización protegida, sustitución de importaciones, reforma agraria, acceso a la educación, extensión de los servicios de salud, concentración del gasto público en función distribuidora y rentista. Por otra parte, utilizó la alianza con COPEI y un acertado manejo de las relaciones con las fuerzas armadas, como fortaleza para la defensa y sostén del gobierno en el parlamento y en la lucha política, signada por la violencia de derecha e izquierda. La gente votó contra la dictadura y se fijó muy poco en el contenido económico de los programas. Los gobiernos de Leoni y Caldera mantuvieron las orientaciones económicas básicas, doblegaron definitivamente la subversión, concretaron la pacificación y mantuvieron al Estado, a través del gasto público, como la fuente esencial de la vida y la economía del país. En estos años se profundizó la economía rentista, se arraigaron la bases de un acendrado populismo que desdeñó la eficiencia económica como forma de generación de riqueza. La economía siguió siendo la gran ausente de las ofertas electorales y los errores de concepción de la política económica se acentuaron: consolidar el rentismo y el populismo, inundar al país de industrias postizas y limitar el juego del mercado. La generación de riqueza y la búsqueda de competitividad eran problemas ajenos al gobierno y, en cierta medida, extraños a una nación que subsidiaba tanto a productores como a consumidores. Con Pérez I llegó la riqueza súbita y su erróneo manejo, para nacionalizar todo y enterrar la competitividad como modo de vida económica. Un desbordado gasto público y la increíble irracionalidad utilizada para su distribución, colocó a la nación en la senda de una crisis que todavía perdura. El país se embriagó con las nacionalizaciones y los proyectos faraónicos, sin ningún cálculo económico que respaldara o cuestionara aquel derroche. En consecuencia, apareció y desde entonces nos acompaña la inflación, como la fiebre, síntoma del mal que nos aqueja: mucho volumen de dinero para cada vez menos bienes producidos. Endeudamiento, improductividad, corrupción e ineficiencias que nos deterioran la calidad de vida y nos hunden en un pozo de miserias y carencias mientras, paradójicamente, la riqueza petrolera sigue creciendo. Los gobiernos de Herrera y Lusinchi, en mi criterio, los peores de este período democrático, exacerbaron y extendieron la corrupción y la ineficiencia. La ausencia de política económica y/o su diseño errado, el populismo exagerado, la carencia de capacidad para gobernar y la profundización de los controles y regulaciones, condujeron a Venezuela al borde del colapso. Pérez II, con un equipo técnico de altas calificaciones, inicia un plan para racionalizar la economía y corregir los graves desequilibrios del país. Bien diseñado, pero muy mal comunicado y adornado de no pocas poses de arrogancia y mucha autosuficiencia no logró la tolerancia benévola de la población ni el entusiasmo de empresarios ni de los sindicalistas ni gremios para su implantación y éxito político. Los logros económicos de los 3 años 1989-1992, no desdeñables, fueron empañados por los escándalos de corrupción y la quiebra moral del entorno presidencial. Surge el voluntarismo de militares golpistas, ambiciosos y sobre todo incultos y atrasados que pensaban en unos cuantos fusilamientos, sin fórmulas de juicio, para escarmentar y corregir los problemas del país. El daño que hicieron a Venezuela estos señores, que ni a Bolívar conocen ni comprenden, ha sido incalculable y sólo comparable al de los oportunistas de toda laya que se montaron en el discurso del 4F para desestabilizar y quebrar la regla básica de la continuidad democrática. Por primera vez se traza una política económica que, a pesar de sus limitaciones comunicacionales y sus errores de gerencia, fue acertada. El problema crítico fue la ética y no el diseño de la gestión gubernamental. El gobierno de Caldera surge como resultado de la percepción de los electores en la necesidad de un patriarca, venerable y honrado, para solucionar los problemas, aunque no tuviera programa económico ni gente capacitada para enrumbar la economía. Si bien Caldera se anota el importante éxito de tranquilizar al país, no hubo que esperar mucho para que fracasaran ruidosamente los arquitectos, marxistas-leninistas ahora convergentes y los dinosaurios que, con controles draconianos y regulaciones absolutas, llevaran al país al desastre y la hiperinflación. La asfixia obligó a un doloroso ajuste, publicitado como Agenda Venezuela, y la presencia de Teodoro y un nuevo equipo ha logrado detener la caída, ayudados por un shock positivo de precios petroleros, aunque falta mucho para corregir definitivamente la crisis económica. Un hecho significativo es la enorme capacidad comunicacional de Petkoff, como líder del ajuste económico, quien logra que la población acepte los sacrificios con un bajo nivel de protestas. Van a cumplirse 40 años de democracia con signos visibles de agotamiento de sus virtudes y logros. Entre muchas causas, destaco que las carencia, deficiencias y ausencias de política económica constituyen el saldo más deplorable de las élites gobernantes, empresarios, sindicalistas y gremios. Un país que no genere riqueza está condenado a redistribuir la miseria y, en esas condiciones, los logros políticos siempre serán precarios. 2.-La necesidad de una economía eficiente y competitiva. El nuevo período constitucional debe generar empleo productivo, estable y bien remunerado, como objetivo fundamental. Para ello se requiere coherencia en la política económica y un Presidente comprometido con una estrategia de generar riqueza y de orientarnos a las exportaciones y a cubrir de manera eficiente el mercado interno, con énfasis en los sectores donde tenemos ventajas comparativas y en donde poseemos -o podemos tener- ventajas competitivas. Lo otro es pura y simple retórica. La posibilidad de crecer está fundamentada en nuestra condición de país petrolero, lo cual es una bendición en un mundo cada vez más sediento de energía. La consideración satánica del petróleo no sólo es errónea sino ingenua: no existe otro recurso ni actividad que produzca las divisas que requiere el bienestar de la población. A partir de allí, con eficiencia y audacia, la nación puede transformarse en un emporio exportador y en un mercado transparente. Creo que se puede aprovechar la oportunidad electoral para dejar de lado los mitos y paradigmas que han impedido el desarrollo. Los sacrificios ha realizar son fuertes, pero limitados en el tiempo: una gran era de prosperidad puede concretarse si aprovechamos las oportunidades y reducimos las amenazas. Creo que no habrá solución política sino se aborda el tema económico con racionalidad y sinceridad. Por ello necesitamos una conducción firme y comprometida con un programa de actualización de los rezagos manifiestos de la economía venezolana, con pulso firme para superar los desequilibrios macroeconómicos, que permita la coherencia entre las política cambiaria, fiscal y monetaria, que base la industrialización en la palanca y la locomotora petrolera y que permita la expansión de la producción y el consumo, con una inflación menor al 5 % anual. En este sentido creo que el candidato para la transformación productiva es Claudio Fermín, porque comprende los problemas del país, porque se ha preparado para abordar sus soluciones, porque tiene la suficiente humildad para dejarse asesorar por los mejores técnicos venezolanos, porque representa la única opción de triunfo frente a la mayor concentración de oportunismo político que se está concentrando en torno a la otra candidatura con chance. La decisión de votar es un acto cívico que, a mi juicio, cada ida es más consciente en el electorado venezolano. Creo que con cada elección el ciudadano pondera más los méritos y los programas de los candidatos para darles un mandato responsable y nunca "un cheque en blanco". El voto debe ser un acto racional que seleccione al candidato que garantice, a juicio del elector, un máximo de bienestar para Venezuela, con el mínimo de dificultades para la población. 3.- Las razones para la esperanza. Venezuela necesita un presidente joven, con suficiente experiencia política y formación universitaria, para un país cuya población en un 75 % es menor de 30 años. Debe ser un líder capaz de motorizar un cambio radical, dentro de la democracia, para que el ciudadano sea protagonista de su propio destino y la economía se enrumbe hacia la prosperidad y el bienestar. Pienso que el candidato a presidente debe ganarse el favor de los electores porque estos se convenzan de que tiene ideas claras sobre lo que piensa hacer en economía: crecimiento sobre la base de la explotación petrolera, sin limitaciones; estímulo a la producción minera, forestal y pesquera; política clara de atracción de la inversión extranjera, con un marco jurídico que garantice seguridad y sea equitativo. El candidato debe decir como corregirá las desviaciones producidas por unos cuantos emperadores de gobernaciones y alcaldía, pero profundizando la descentralización y descongestionamiento del sector público. El candidato tiene que señalar como lograremos el aumento de la competitividad internacional de la producción nacional y el estímulo al turismo. Un líder que aspire a gozar del favor de sus ciudadanos debe ser enfático en pronunciarse por la sustitución del nefasto régimen de prestaciones sociales, que arruina a las empresas y condena a los trabajadores a la miseria. Debe presentar ideas claras sobre inversión en salud y educación para elevar la competitividad de los venezolanos. La calidad de vida del venezolano mejorará sólo si se combina armoniosamente el incremento del poder de compra del salario con la necesidad de mejoras substanciales en los servicios, vía el estímulo a los jóvenes profesionales para que establezcan empresas prestatarias de los mismos. El próximo presidente debe estar en condiciones de asumir una lucha a fondo contra la inflación, sin posiciones populistas, mediante una austera política de eficiencia del gasto público, reduciendo y optimizando los impuestos, restaurando el IVA, como instrumento de modernización y audacia fiscal. Un candidato debe estar preparado para gobernar y estar en condiciones de aceptar, con humildad, que los técnicos y profesionales le indiquen el camino a seguir. A diferencia de la arrogancia frecuente de un liderazgo político en retirada, tiene que ser capaz de profundizar la democracia, de tomar en cuenta a la gente y a sus problemas para buscar consensos y soluciones para los problemas del país. Creo que Venezuela necesita a un político culto y moderno, que lea y se cultive, más allá de las frivolidades. Que sea incapaz de rechazar la globalización y el progreso tecnológico "porque genera desempleo", como infelizmente han dicho algunos. Pienso que requerimos un candidato que se identifique con el progreso y pueda enrumbarnos hacia un nuevo siglo más feliz . El elector podrá comprobar, a diario, que hay candidaturas que tienen miedo de hablar de estos temas, que no dan indicios de lo que piensan hacer en cada uno de estos campos y se han dejado rodear del oportunismo de personajes residuales que no permitirán corregir los graves errores económicos cometidos, que no podrán abrir nuevos cauces de expansión a la economía, ni tendrán coraje para rechazar cualquier renacer proteccionista o populista. Pienso que el candidato que tiene el mejor perfil para cumplir con la inmensa tarea de comenzar a resolver los problemas del país es Claudio Fermín. Para decirlo en términos económicos: sólo la oferta electoral de Claudio, sin complejos ni engaños, permite maximizar la modernidad (producto) que demanda Venezuela. Por supuesto, este es un reto para la discusión y análisis de los problemas del país. Ojalá ocurran los debates que el elector requiere para orientar su decisión. Creo, finalmente, que con Claudio Fermín abundan las razones para el renacer del optimismo. *Economista, consultor profesional y profesor Universitario. Fue el coordinador del programa de gobierno de Claudio Fermín para las elecciones de 1993 |
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