![]() |
| Revista Electrónica Nº 17 Julio 1997 |
Las lecciones de AD María Teresa Romero* Por supuesto que las recién concluidas Jornadas Programáticas de Acción Democrática no constituyen la panacea para el deteriorado y fragmentado sistema partidista venezolano, ni siquiera el remedio curativo de los males que aquejan a esa organización política. Pero no cabe duda que se trata de un esfuerzo digno de encomio, un paso significativo no sólo para el necesario proceso de fortalecimiento interno de AD, sino para la recuperación de la imagen del partidismo nacional. Esfuerzo programático éste, además, del cual se desprenden importantes lecciones para los demás partidos del actual escenario político, organizaciones de viejo y nuevo cuño (incluidas las autodenominadas anti-partidistas como el Movimiento Irene y el Proyecto Venezuela); pero todos hundidos en el pragmático inmediatismo de la campaña electoral y/o, peor aún, atrapados en una mezquina guerra de revanchismo, reconcomio y oportunismo. Al menos dos lecciones cabe apuntar. La primera es la de unión y disciplina partidista en torno a un proyecto programático común, elementos indispensables para el reforzamiento interno de toda organización política. En el encuentro estuvieron presentes más de 600 dirigentes de alto, mediano y bajo rango, supuestos pre-candidatos presidenciales y representantes de diversas tendencias internas, acatando unánime y disciplinadamente la propuesta del Buro Sindical de prohibir el debate electoral y hacer de 1997 el año programático. Recordemos que la decisión de modernización programática -dentro de la cual las Jornadas representan apenas el inicio del proceso- es producto de las reformas estatutarias aprobadas el 5 de febrero de 1996 por el CDN adeco, en las cuales se acordó que era necesario que el partido diseñara su programa electoral antes de escoger al candidato presidencial y que este programa debía ser seguido por dicho candidato en caso de ganar las elecciones, así como por los militantes que resultaran elegidos en diversos cargos públicos. Todos los discursos de los dirigentes, pasando por el del Presidente del partido y el Secretario General hasta el del pre-candidato "rebelde" (Fermín) tenían un mensaje común: primero el programa, luego el candidato; el programa partidista actual está agotado y debe ser cambiado, debe reformarse y modernizarse pero debe ser propio, es decir, propiamente adeco e incluso auténticamente socialdemócrata; el mismo debe ser de largo alcance porque los problemas del país no se pueden superar en un período gubernamental. Pero la compactación adeca también se observó en la conducta general de los militantes y allegados asistentes, quienes rompiendo con el arraigado estilo de las romerías en las que proliferaba el desorden y los pleitos siguieron atentamente las exposiciones de los expertos y participaron activamente en los debates. Poca importancia tiene si a esos asistentes, como ya empiezan a decir las malas lenguas, los movilizaron en autobuses con el sólo propósito de lograr un efecto propagandístico, el hecho es que allí estaban mostrando interés y espíritu de autocritica ante las ideas propuestas, incluidas aquellas que tocaban la más pura esencia del populismo adeco, como fueron las de la reforma del Estado y las del retorno a la moral y ética partidista. La segunda lección tiene que ver con la apertura, el diálogo y la búsqueda de consenso con otros partidos y con la sociedad en general, factores esenciales para el fortalecimiento del actual sistema partidista fragmentado y atomizado, en el cual se centra el descontento y cuestionamiento público. Ciertamente, las Jornadas demostraron una gran voluntad de apertura al darle cabida a ideas provenientes de otras corrientes políticas e ideológicas, y a la vez sirvieron de plataforma para plantear un consenso institucional, social y político en torno a una propuesta de país. Reconociendo la necesidad de un "nuevo contrato social", el partido se abrió a propuestas y vínculos más allá de sus predios, abogó por un próximo gobierno de amplitud nacional y manifestó su disposición a realizar alianzas electorales para 1998, alianzas no pragmáticas, sin embargo, sino programáticas. Pactos para la estabilidad democrática, no para lograr el poder a cualquier precio ni con cualquier candidato con buen puntaje en las encuestas, ya que el candidato será adeco y debe someterse al programa y disciplina del partido. Ahora bien, mientras observamos la consolidación de AD -fundamentada en un trabajo conjunto y coherente de toda la militancia a pesar de las diferencias y conflictos internos, bajo la batuta de una jefatura con verdadera voluntad de poder, con sentido de rumbo y abierta al exterior, siempre cuidando que no se desdibuje la imagen ni se fracture la organización partidista- presenciamos una división en la Causa R, una casi inminente escisión del MAS, la casi desaparición de Convergencia, y el debilitamiento paulatino de Copei. La situación de éste último, partido de innegable trayectoria democrática, influencia política y quien ya tiene en su haber proyectos de modernización bien estructurados, es realmente lamentable. Su actual Dirección Nacional ha cometido errores importantes como bien lo acaba de señalar Humberto Calderón Berti quien criticó la estrategia política de Copei, la cual -en su opinión- ha descuidando su liderazgo en los cambios y problemas que reclama y aquejan a la sociedad. Las ideas y propuestas vienen siendo presentadas aisladamente, por algunos líderes del partido. No ha habido un esfuerzo propiamente partidista. Mas el error estratégico de Copei ha ido más allá de la cuestión programática al desarrollar una conducta de oposición radical, no constructiva, contra el gobierno y AD -su histórico aliado bipartidista- en combinación con una estrategia de alianzas pragmáticas con sus enemigos históricos -Causa R y el MAS- y de apuntalamiento de candidaturas extra-partidistas sin verdadero arraigo interno (como las de Sáez, Salas Romer y Giusti), estrategias éstas que lejos de rendirle frutos se han revertido en su contra, como bien lo demuestran los diversos sondeos de opinión pública, y que han llevado a que prospere la falta de mística, la confusión y la depresión entre la mayoría de los copeyanos. Pero lo más lamentable es que la dirigencia actual de Copei, al menos hasta el momento, no ha manifestado un real sentido autocritico ni una verdadera disposición de rectificación. En la reciente reunión de Organización Nacional de partido se bien se planteó con vehemencia la necesidad de recuperar la credibilidad de Copei ante el país, de fortalecer el proceso de reunificación interna y la autoestima copeyana, así como de "ponerse las pilas" con miras al proceso electoral de 1998, no se revisaron las estrategias citadas. De tal forma, parece prevalecer la línea "anti todo" (es decir, aquella que se basa en ir en contra de algo, llámese gobierno, AD o candidatos propios del partido), sobre la del diseño de un programa socialcristiano en torno a una auténtica unidad y opción copeyana, requisitos indispensables para la recuperación de la autoestima perdida y el poder mermado los cuales, por cierto, no se decretan sino se luchan con sensatez. Y mientras esto acontece, el "partido del pueblo" continua ganando ventaja sobre otras opciones en la carrera electoral. *(Periodista y Politóloga) |
![]() | |||
![]() |
![]() |
![]() |
|
![]() | |||