Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 17     Julio 1997

Esta Semana

París, Lutecia

Germán Arciniegas

En París no éramos exactamente de los del Fouquet en los Campos Elíseos, sino de los del Lutecia en el Barrio Latino. El metro nos dejaba en Sèvres-Babilonia. El Lutecia, un hotel del corazón del Barrio Latino en el extremo de la explanada que, por una punta, está cerca del Sena y, en el extremo opuesto, la cierra el Bon Marché. En mi tiempo, quien se mostraba como señor en el Café del Lutecia era el venezolano Alberto Zérega Fombona. No sólo conocía a los criados, que le guardaban la botella de vino, sino que, se decía, era de los propietarios del hotel. Zérega llevaba años de vivir en París. Él mismo era una institución. Hablaba siempre con un fondo misterioso y nos dejaba creer que había conocido a Darío, Lugones, Herrera y Reissig en sus días de París.

Una vez tomé a Zérega del brazo y le pedí que me llevara a la Avenida del Observatorio, donde vivió Darío. Zérega me llevó al lugar y me explicaba: "Darío era muy cuidadoso para que no se lo viera caer dormido sobre la mesa del café. Llegaba aquí a su pequeño apartamento del Observatorio y ya no volvía al café hasta encontrarse en forma y que le hubiera pasado la racha del alcohol". Zérega quería ser el venezolano que lo sabía todo. Y yo le llevaba el apunte y él, encantado.

Entre los mitos de Zérega estaba el de su biblioteca. Una biblioteca que sostenía en la imaginación y que dejaría como su herencia y testimonio de su vida en París. La biblioteca era uno de sus fantasmas. Nadie sabía de sus libros, que él colocaba en anaqueles imaginarios. Cuando fui acercándome a la realidad, vi que eran ejemplares del Almanaque Ballière, guías turísticas del sur de Francia y de Normandía. Cuadernos de la Vida es sueño y Fuenteovejuna, cuando se habían representado en París. Zérega tenía ese lustre que da la vida en el Barrio Latino, cuando la vida diaria se resuelve viendo surgir y desfilar pintores, novelistas, músicos, que van llevando las banderitas de Colombia, Venezuela, Argentina, México, Perú... Como Zérega llevaba años de estar en París, su testimonio era el de quien ha conocido decenas de gentes de Latinoamérica que llegan allí, movidos siempre por insaciable curiosidad. La esquina del Lutecia daba una visión más auténtica que la del Fouquet cerca del Arco del Triunfo. El Lutecia, en el viejo París, era de los estudiantes, de los pintores, de los escritores en ciernes. Y aunque Zérega ni pintara, ni tocara, ni escribiera, por el simple contacto se consideraba metido en el fondo del mundo intelectual. En todo caso, quien lleva 20 ó 30 años de vivir en París sabe mucho más que el que por primera vez deja el metro en Sèvres-Babilonia.

Eran los tiempos en que Ch. Boured o Garnier imprimían a Silva, Lugones, Herrera y Reisling, Gómez Carrillo y cuanto español o latinoamericano circulaba por la América Latina. Barcelona o Madrid no eran todavía los centros editoriales para los libreros de Nuestra América. El primer contacto con los editores de libros en castellano se hacía en París. Eran ediciones de libros empastados en tela roja, con prólogos de Unamuno o don Juan Varela. En los cafés en torno del Lutecia, además, se hablaba francés.

Decíamos, entonces, Barrio Latino. Se entendía que era el París de los de Nuestra América y de los españoles. Fue el que conocieron los García Calderón, Eduardo Santos, Vasconcelos, Lugones, Rómulo Gallegos. Los de Nuestra América llegaban a París y eso era como situarse en uno de los 30 barrios de la ciudad. Como cada segmento de la capital francesa tenía su banda de músicos, su alcalde, su mercado, se llegaba allí y a los ocho días se estaba viviendo una vida provinciana. Cuando Darío decía: "Y muy siglo XVIII y muy antiguo/y muy moderno audaz cosmopolita", proyectaba en su canto lo que estaba viviendo en la capital de Francia. Tenía la sensación de la audacia del siglo XX por ese contacto a la sombra del Lutecia. París nos había infundido a tal extremo la idea de haber llegado a un futuro audaz cosmopolita, que ya estábamos viendo como de la más remota antigüedad el 700 que hoy encontramos tan cercano.

Yo ignoro en qué ediciones leyó mi madre a Víctor Hugo, a Eugenio Sué, a La Martine. Seguramente fueron francesas. Entonces, nosotros llegábamos a España a través de los editores de París. Y, todavía en mi juventud, esto seguía siendo así. Pero no era solamente la vida editorial. Era la universitaria. Y como es obvio, podía pasarse toda la vida estudiantil sin llegar una tarde hasta el Arco del Triunfo. Era en el Barrio Latino donde los colombianos se encontraban con los argentinos o los mexicanos. Si Zérega resultaba ser de los propietarios del Lutecia, nos resultaba natural y explicable.

Pensando ahora en las vueltas que ha dado el mundo, no me sorprende que entre los estudiantes que circulaban entonces por esos caminos que llevaban al inescrutable futuro del mágico París pudiera encontrarse a Fernando Botero, a Gabriel García Márquez...


Opinión en El Tiempo,   Jueves 10 de julio de 1997
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