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| Revista Electrónica Nº 17 Julio 1997 |
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Al filo de la eternidad Hernando Gómez Buendía Un programa que le gana a Kasparov: el hombre derrotado. Una oveja que es copia de sí misma: el hombre duplicado. Un robot que transmite desde Marte: el hombre reemplazado. Pero también el hombres tres veces prolongado. Hegel tenía razón, igual que Buda, que Plotino y Nietszche: el fin es el comienzo. La ovejita clonada y el campeón de ajedrez son dos pruebas opuestas del más grande imposible. Reducir un ser único -;como la oveja Abbie, como yo, como usted-; a un algoritmo exactamente repetible. Y sacar de algoritmos mil veces repetidos el genio irrepetible de un Kasparov. La historia no es sino física. Y la física no es más que historia. Nosotros, el homo sapiens, somos -;o fuimos-; el interregno maravilloso y frágil del asombro. Física e historia. Es (debería decir ¿fue?) el problema más urticante y más pertinaz de nuestra especie. Heráclito probó que todo es movimiento y Platón demostró que el movimiento era mera ilusión. ¿Somos determinados o somos libres? ¿Inventamos o descubrimos? ¿Estamos infinitamente solos o acompañados infinitamente? ¿Somos un resultado o una promesa? Después de medio millón de años sobre esta Tierra, nos asomamos por fin a la respuesta: somos las dos cosas. Las somos, sobre todo, sin fisura, sin concesión y sin disculpa. Por eso, ninguna poesía conmueve tanto como las ecuaciones de la física contemporánea. Ningún thriller de Larry Collins o Ken Follet puede absorber igual que un texto de genética. Ninguna copa de fútbol merece tanta atención como los artículos del Artificial Intelligence Review. Estamos al borde de la eternidad. Y los más lúcidos entre nosotros venían intuyéndolo hace tiempo:
¿Sabemos? Yo en todo caso sé que hay un pacto secreto entre Mirandola y von Braun, entre Mallarmé y Hawking, entre Hume y Darwin, entre Goethe y Toynbee. Basta mirar a Marte esta semana para saber que somos arte y parte en ese pacto. Es lo que hago aquí en Cartagena. Me ahogo en las noches brujas del Caribe. Me asomo al asombro del universo con los ojos inciertos de mi especie. Me eternizo en los ojos sin manchas de mis hijos. Y me quiero lejos, muy lejos, de las masacres, de Caprecom, de Jochelías, de la consulta, igual que Camus hubiera querido ser joven, que Marcela lo hubiera sido también y haberse ido los dos lejos, muy lejos, al otro lado del mar. Opinión en El Tiempo, miércoles 9 de julio de 1997 |
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