Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 17     Julio 1997

Esta Semana

Fronteras Vivas

Beatriz de Majo C

Nuestra propia ilusión de paz

Perplejos es lo menos que podemos estar ante tanta confusión de parte de nuestros hombres de Estado, hombres de frontera, hombres de armas y hombros de la diplomacia en torno al tema de una eventual negociación con la guerrilla colombiana. Pero no nos corresponde, en realidad, aportar luces sobre si quien debería negociar es un emisario de la cancillería o uno de la milicia o de la presidencia, o si realmente se debe o no establecer un proceso de conversación con la insurgencia colombiana. El tema es demasiado profundo y complejo para pretender agotarlo en 4000 caracteres. No hay sino que acudir a Internet para pasearse sobre lo que se escribió en los diarios colombianos en abril de este año cuando el recién estrenado Ministro de la Defensa propuso un nuevo ``approach'' a la paz, para percatarse de que se está frente a un hecho político de gran envergadura cuando se habla de negociar con los protagonistas de los capítulos más sangrientos de la historia de un país. Ubicado, para más, al ladito del nuestro.

Pero nosotros no. Allí vamos, livianos de alma, como somos con todo lo que nos atañe, a apersonarnos frente a las FARC o el ELN para dilucidar vías e instrumentos de generación de estabilidad y paz para nuestros enclaves fronterizos. Inconscientes o ignorantes de que en el territorio de al lado, mientras en la última década se libró la más cruenta batalla en contra de los criminales insurgentes y se instrumentaron incontables estrategias pacificadoras, unas por las buenas, otras por las malas, las fuerzas guerrilleras triplicaron sus hombres en armas y cuadriplicaron su presencia en los municipios de toda Colombia. O es que pensamos que en lo que está en la mesa, en el tema de la paz colombiana, somos efectivamente capaces de aportar algo a un diálogo reintentado mil veces, pervertido e insincero?

Refresquemos, pues, la memoria antes de encaminarnos, medio a ciegas, a darle la mano al enemigo.

Cuatro décadas nos llevan de ventaja los vecinos en el tratamiento de un problema que se atornilló en su territorio como secuela del advenimiento de Castro y el comunismo en el cercano Caribe, y que a pesar de haber recibido serio tratamiento desde sus inicios, las reiteradas equivocaciones y las marchas y contramarchas en el manejo estratégico, militar, social y económico del fenómeno de la insurgencia, lo enquistaron de manera definitiva en el escenario cotidiano colombiano y hasta el más recóndito lugar del país.

El equivocado rol policial que adquirió desde sus inicios la fuerza militar a cargo del combate de la guerrilla, se encuentra quizá al origen de la exponenciación creciente de la insurgencia armada. En parte porque el país no disponía de una capacidad policial demostrada para la prevención y erradicación del crimen, sus gobernantes fueron llevados a recabar la presencia militar para atender la lucha guerrillera. Sin estar preparados para ello y desubicados en sus funciones primarias y naturales, fueron más las lagunas que crearon los militares que los triunfos anotados en la eliminación de la insurrección.

La fuerza delictiva de la violencia guerrillera, puesta en sintonía con un esquema doctrinario en boga, el de la lucha por una sociedad igualitaria, hizo de la defensa de los marginados el campo de batalla que justificó todos los crímenes, en nombre del rescate social de los desposeídos. Y a ello se sumaron dos elementos que tornaron más complejo e inmanejable el escenario: por un lado, los servicios particulares de seguridad que se estructuraron dentro de las colectividades en respuesta a la ineficacia de las fuerzas del legítimas del orden para garantizar paz y protección ciudadana y, por otra parte y peor que nada, la imbricación del narcotráfico con la guerrilla que le dio al delito una connotación de negocio que lo catapultó a niveles colosales.

A partir de allí la guerrilla ya no necesitó más de su posición doctrinaria e ideológica para contar con un asidero de legitimidad sino que se creció dentro del contubernio entre un pueblo maltratado por su ejército, indefendido por sus paramilitares, hambreado y marginado dentro de un país próspero, consustanciado con la violencia y... su guerrilla heroica erigida en bastión protector de la marginalidad campesina.

Esa guerrilla hoy ejerce soberanía en porciones sustantivas del territorio colombiano, mantiene acuerdos con la transnacionales para la explotación de sus recursos naturales, redistribuye las tierras en sus zonas de influencia, impone gravámenes a las poblaciones y sesiona como interlocutor frente a organizaciones internacionales, a la vez que manipula la prensa y compra la conciencia de jueces y alcaldes.

Esa misma guerrilla, la que se permitió la desfachatez de imponer condiciones al gobierno colombiano actual para sentarse en la mesa de negociación por una paz que reclama el país entero, es la misma que legitima sus actuaciones en la frontera venzolana declarándole a El Nacional que las ``retenciones'' en suelo nuestro son practicadas para conseguir fondos a fin de proteger a los campesinos fronterizos de los desmanes del ejército venezolano. Es a esa fuerza insurgente, transformada en un movimiento político militar de presencia territorial ampliada por estar activo en 770 de los 1.150 municipios colombianos, a la que se enfrentarán nuestros emisarios.

Es frente a esa organización de la insurrección convertida en interlocutor político, frente a la que cualquier designado para una negociación tiene que presentarse con una agenda muy estructurada, con una claridad de propósito diáfana, y con un listado no sólo de exigencias sino con un plan también de concesiones. Es con ese adversario fortalecido por la crisis de gobernabilidad del gobierno vecino, y por nuestra propia incapacidad de desarrollar nuestra frontera que se desarrollará un diálogo en el que no está claro lo que podremos conseguir porque no tenemos claro lo que vamos a ir a buscar.

Porque mientras Samper declara que no tiene la intención de objetar el modelo político de la guerrilla, ni de lograr su rendición mediante la negociación, sino el de abrir un espacio democrático donde su programa político se convierta en una alternativa de poder sin el uso de las armas, nosotros aún estamos insertados en la polémica de la legimitidad o de la representatividad de nuestros negociadores. Y es así como iremos, aficionados de la política, más preocupados de la forma que del fondo mismo del diálogo, a sentarnos a negociar con criminales.


El Nacional On line, 08 de Julio de 1997
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