Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 17     Julio 1997

Esta Semana

¿Elecciones para qué?

Luis Ugalde, sj

Ya los interesados están en precampaña. Cada semana nos sirven los medios de comunicación algún resultado nuevo de las encuestas de candidatos. Pero el país se resiste a nuevas ilusiones, porque está atrapado en una realidad de derrota.

¿Para qué vamos a elegir un nuevo presidente y un nuevo Parlamento? Las elecciones no pueden ser un ritual más, como los tambores de San Benito, los Diablos de Yare, o la Quema de Judas, que vuelven periódicamente sin pretender cambiar nada. El próximo quinquenio el Gobierno tiene que conducir procesos muy exigentes y poco rutinarios. ¿Quién y con qué equipo va a dirigirlos?

El próximo año estaremos cumpliendo 20 años de deterioro democrático sostenido (1978-1998), que sucedieron a 20 años de avance democrático que ahora, en contraste, los vemos envidiables (1958-1978). Para el ciudadano normal, las dos primeras décadas de la democracia fueron de ascenso, de mejora continua y de esperanza de un futuro mejor para sus hijos, gracias sobre todo a la acción del Estado. También la empresa privada creció exponencialmente a la sombra del Estado.

Desde 1978, el venezolano común lleva dos décadas de sostenido deterioro de sus ingresos, de su empleo de la calidad del Estado y de lo público. A lo largo de este tiempo, desciende constantemente la inversión privada en relación al PIB (Producto Interno Bruto) y los ahorros de los venezolanos han anidado fuera del país. Ahora los venezolanos piensan que sus hijos mañana vivirán peor.

Las empresas en Venezuela, fuera de contadas excepciones, han ido cambiando de dueño: el cemento es propiedad de los extranjeros, también la mitad de la banca, de los seguros sociales, de la industria de alimentos y las cadenas comerciales... Hacia allá vamos en otras. El panorama de la industria petrolera en cuanto a capital estatal venezolano privado o extranjero, ya es otro y en el mundo industrial guayanés lo será mañana. Definitivamente el nacionalismo de viejo estilo no significa nada. ¿Tiene todavía sentido hablar de capitales 'nacionales' luego de haber 'disfrutado' de su nacionalismo en esta década? Sólo un Estado vigoroso y defensor del bien común venezolano podrá ostentar este título cuando llegue a una clara práctica y exigente negociación con capitales de extranjeros o venezolanos. Y este Estado necesario en nada se parece al mamotreto degenerado que tenemos.

Hay otros pasos. Con lentitud desesperante llevamos por lo menos 10 años diagnosticando los cambios necesarios. La Copre, por ejemplo, ha producido excelentes diagnósticos y propuestas. Casi por el peso de las cosas y por cansancio se han abierto algunos caminos de futuro. Sin querer queriendo y a regañadientes, ahí están como realidades en proceso la descentralización, la apertura petrolera, la práctica creciente de la contribución fiscal no petrolera de la población, las privatizaciones, la actualización de la legislación laboral, y ciertas medidas para crear los condicionantes macroeconómicos que parecían necesarios. La población a veces los ha entendido, otras se ha resignado. Ya la gente tampoco cree fácilmente que el problema se resuelve con estallidos sociales, con golpes militares mesiánicos, ni con destituciones presidenciales. Pareciera que estamos mucho más cerca que hace diez años para que un gobierno haga lo que tiene que hacer, sin rodeos y sin demoras; se ha despejado la pista y ahora debe arrancar la carrera. Sólo que no sabemos quién va a correr.

Resulta particularmente ilógico esperar que la población venezolana quiera a los políticos y a la autoridad pública, después de haber visto cómo desde 1973 pasaban 300 mil millones de dólares de presupuesto por las manos de los gobernantes y la gente se empobrecía. De nuevo en el horizonte petrolero y minero empiezan a danzar cifras que marea a una población empobrecida y frustrada. Si se manejan con el actual Estado y la convencional forma de gobernar vamos a un fracaso mayor. Es muy difícil que en esta situación vuelva a florecer el amor entre la población y la política.

Sin embargo, la política es más necesaria que nunca y los partidos políticos son absolutamente indispensables. Pero están pegados a ese Estado cuasi cadavérico al que sus prácticas parasitarias han reducido al gran gestor del bien común en Venezuela.

Rescatar el Estado y la gerencia del pacto social

Elegir gobernantes significa determinar quiénes van a ser los gestores del pacto social (implícito o explícito) que tiene la sociedad venezolana. Nadie hace un pacto ni lo acata, para ser perdedor permanente, pero la mayoría lleva dos décadas perdiendo. ¿Hasta cuándo va a aguantar?

La autoridad que no gestiona el bien común, sino el mal común, es dictadura, no importa cuál sea la forma de llegar al poder.

No basta candidato, no basta programa, no basta partido ni basta sociedad civil para salir de donde estamos. Hacen falta los cuatro juntos, pues cualquiera de estos componentes tiene terribles insuficiencias para poder gobernar el cambio. Lo que en realidad está en juego es la capacidad del país como tal de provocar y de hacer un proceso colectivo, un estado de ánimo nuevo con la absoluta convicción de que podemos rescatar el Estado y con la absoluta decisión de hacerlo en cuatro o cinco áreas fundamentales, como pudieran ser educación, servicio público de salud, Poder Judicial y capacidad para poner reglas claras de juego social y económico. Todo lo demás vendrá con ello. Pero esto no lo puede hacer ningún candidato en las condiciones actuales en las que el Presidente de turno es un preso del Estado putrefacto, atrapado en Miraflores, no importa cuál sea su buena intención y amor al país.

En la sociedad civil (es decir la que se contradistingue del Estado) hay muchas iniciativas bellas, pero no tienen la fuerza de cambiar la derrotista corriente dominante. Sin un salto cualitativo en lo público, no se llega a que la corrupción y la ineficiencia sean excepciones y no la práctica fundamental. Es una ilusión pensar que el cambio se hará sin los partidos; ellos son el esfuerzo organizativo más grande que en el último medio siglo hizo la sociedad venezolana para gobernarse democráticamente y no es fácil sustituirlo sin un trabajo largo y tenaz como el que hicieron para formarlos Rómulo Betancourt, Caldera o el Partido Comunista, con miles de abnegados trabajadores con fuerte mística. Pero los partidos por sí mismos no pueden cambiar. Hay gente muy lúcida en ellos que ven las fallas, y muy honesta que quiere cambiarlos, pero están atrapados en su propia inercia.

Las próximas elecciones necesitarán una figura carismática y fresca dispuesta no a crear ilusiones, sino a plantear esperanzas ciertas expresamente vinculadas a determinadas medidas, esfuerzos y prácticas nuevas que conectan medios exigentes para fines gratificantes. Necesitarán unas organizaciones políticas, o partes significativas de ellas, decididas a cambiar su habitual combinación de maquinaria política con parasitismo estatal. Y necesitarán de una sociedad civil muy variada pero unida en la decisión de crecer entre los habitantes (dispuestos a pasar de habitantes a ciudadanos, que asumen su papel en la transformación de lo privado y de lo público) hacia el rescate de lo público y del Estado.

Es importante ganar las elecciones. Pero mucho más es crear en este año y medio que nos queda las condiciones de posibilidad para que la sociedad mayoritariamente se concentre en la decisión de cambiarse y cambiar ese gran instrumento social que es el Estado y lo público.


El Universal, martes 08 de julio, 1997
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