Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 17     Julio 1997

Esta Semana

Internet ante la Corte

Valentín Arenas

El Tribunal Supremo de Estados Unidos acaba de publicar una sentencia declarando inconstitucional la Ley de Decencia en las comunicaciones, aprobada previamente por el Congreso. En consecuencia, Internet, la novedosa red internacional, tiene el derecho de transmitir cualquier tipo de imagen pornográfica sin ninguna limitación. A partir de ahora los niños norteamericanos podrán ver las más crudas imágenes sexuales, igual que los adultos, gracias al máximo tribunal.

Varias reflexiones habría que hacer sobre esta decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos que pudiera marcar una pauta para otros países.

Las leyes y las sentencias no son infalibles. Reflejan, simplemente, la decisión de unos órganos del Estado en un momento determinado y nada más. Leyes y sentencias están sometidas a la revisión de los mismos órganos que la dictaron y al escrutinio severo de la opinión pública. Cuántas veces no sucede que una ley tiene que modificarse y que la Corte cambia su criterio respecto a una sentencia anterior.

Al amparo de esa misma libertad que el Tribunal Supremo de Estados Unidos postula defender vamos a analizar esta sentencia tan discutible. Partimos del supuesto que los millones que corren por la pista de Internet no incidieron sobre la decisión dada la alta credibilidad de que goza la Corte en Estados Unidos.

Las instituciones están al servicio de la persona humana, la persona humana no está al servicio de las instituciones. Cuando se aprobó la Constitución Norteamericana el valor libertad estuvo presente para garantizar que el ciudadano no fuera sometido más nunca por el poder político. La garantía de la libertad no fue un fin en sí mismo sino sólo un 'instrumento' para el mejor desarrollo del hombre. Por lo tanto Constitución de un país, como institución jurídica, debe interpretarse de acuerdo con la realidad social que vive el país y con el mejor desarrollo de la persona humana, la defensa de cuyos valores superiores precisamente justifican la existencia de un texto constitucional. Los magistrados pueden interpretar un artículo constitucional dentro del marco estrictamente jurídico, pero este aspecto jurídico es sólo formal y no toma en cuenta el contenido de la realidad social donde se desarrolla la persona humana que las normas constitucionales deben defender. Dejar a un lado esta 'realidad social', a la hora de decidir es caer en el vacío y perder el rumbo.

En efecto, la razón de ser del Estado no es solamente garantizar el ejercicio de la libertad sino algo más amplio: lograr el bien común de la comunidad política dentro del cual la libertad es uno de sus elementos pero no el único. Lo que atente contra ese 'bien común' no puede verlo el Estado con indiferencia y tampoco ninguno de sus órganos. Cuando los Estados Unidos establecieron la Ley anti-trust estaban priorizando ese bien común frente a la libertad de las empresas para asociarse sin restricciones. Consideraron esos trusts como un libertinaje dentro del cuadro de una economía liberal.

La moderna tecnología no puede colocarse en un altar como si se tratara de un nuevo Dios. Ella es un magnífico instrumento que puede y debe servir al hombre y por eso no es aceptable que lo utilice convirtiendo en instrumento lo que debe ser fin.

Si se permite que la salud psíquica y moral de los niños y los jóvenes sea amenazada por esas conquistas tecnológicas en nombre de la libertad hay que concluir que el desarrollo de la técnica ha sido mayor que el desarrollo del hombre y de sus valores en la nación del Norte y que, por lo tanto, aquella puede devorar a éste. La energía atómica fue sometida a fuertes regulaciones internacionales para evitar que destruyera a la humanidad. Y a nadie se le ocurrió decir que por eso se estaba atentando contra la libertad científica. Sencillamente el uso de la ciencia fue sometido a la racionalidd como tenía que ser.

El desigual desarrollo de la tecnología y del ser humano como persona puede terminar en un holocausto de la civilización si éste es incapaz de manejar a aquella. La tecnología de la comunicación está abriendo una nueva era, pero es necesario encuadrarla dentro de un desarrollo humanístico y de respeto a valores superiores. Puede destruirse una sociedad con la bomba atómica físicamente, pero igualmente puede destruirse una sociedad en sus valores fundamentales si la nueva tecnología de las comunicaciones opera como un caballo salvaje a quien nadie puede ponerle riendas y termina galopando sin rumbo definido y causando destrozos. Ni la ciencia por la ciencia ni la tecnología de la informática por ella misma. Ambas deben subordinarse al ser humano y sus valores superiores.

¿Se han preocupado los Estados Unidos por el desarrollo humano de su población con el mismo interés que han puesto en el desarrollo tecnológico? Aunque la decisión de los magistrados sugiere una respuesta negativa, en todo caso esta es una buena pregunta que debieron hacerse estos magistrados del Tribunal Supremo de Estados Unidos antes de tomar una decisión que permitirá que la 'información' galope sin frenos por Internet. Porque bien pudiera suceder que eliminando, o socavando, los valores morales de su juventud en aras de una libertad suicida, Internet se convierta en la pista que conduzca ese país directamente hacia su auto-destrucción en nombre de la técnica y de una interpretación de la libertad esclavizante del espíritu y por lo tanto del hombre.


El Universal, lunes 07 de julio, 1997
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