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| Revista Electrónica Nº 17 Julio 1997 |
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Marcianos en la Tierra Ricardo Gil Otaiza La tecnología avanza a pasos vertiginosos; el poder del hombre sobrepasa ahora los límites estrictamente terrenos para adentrarse en mundos desconocidos. La primera gran experiencia de la carrera espacial abrió la espesa neblina que escondía los ansiados secretos del muy poético satélite de la Tierra, para develárnoslo en toda su dimensión física y matemática. Después de dos décadas ese mismo hombre logra colocar ahora en el vecino planeta Marte sofisticados equipos que traerán a la Tierra muestras de rocas para estudiar la posibilidad de vida en esas ignotas 'regiones' del cosmos. Para los científicos de la NASA es de suma importancia tal acontecimiento, ya que no sólo posibilitará conocer acerca del origen del planeta rojo, sino que aclarará muchas dudas sobre nuestro propio origen. No obstante, analizando fríamente las informaciones que nos llegan de la hazaña interplanetaria y de la millonada en dólares que semejante proyecto absorbe, no nos queda sino asombrarnos de cuán vanidosa es la conducta humana que se da el lujo de indagar acerca de mundos desconocidos, y se permite ignorar la nefasta realidad que lo rodea. ¡Cuánta hambre se podría mitigar en el mundo con lo gastado! Pero desde el punto de vista político no conviene invertir en el ser humano. A nadie le interesa que miles de niños y ancianos mueran a cada minuto en el mundo subdesarrollado a causa de la miseria y todas sus letales consecuencias. A los países grandes y poderosos les importa un bledo el que en Africa y América Latina el ser humano sea víctima de la explotación, de las enfermedades, de la intemperie y del analfabetismo. Debería conmovernos más el rostro famélico de un niño nuestro, que una cápsula espacial esplendorosamente ubicada en la superficie de un planeta lejano y desértico. El hombre está lleno de grandes contradicciones: se ha empeñado en saber si en la superficie de Marte hay vestigios de vida pasada: para ello analizará muestras del suelo, tomará fotos y grabará imágenes que posteriormente serán minuciosamente tratadas con toda la tecnología con que contamos en la actualidad; en pocas palabras: invierte ingentes recursos en estudiar la inexistencia. Sin embargo aquí en el planeta Tierra hay claros fundamentos para pensar que vamos rumbo hacia una hecatombe, ya no del tipo nuclear que acabaría con la vida en fracciones de segundo sino hacia la destrucción del medio ambiente y pareciera no importarle. Todos los estudios señalan que de seguir el grado de deterioro del planeta y el acelerado ritmo de crecimiento demográfico dentro de unos veinte años se habrá agotado el elemento que provee la vida: el agua. Es más, ya muchos países han comenzado a preocuparse por la merma de sus recursos y la imposibilidad de proveerse de ellos por parte de las venideras generaciones. El pesimismo es tal, que muchos hablan ya de guerras entre naciones para apoderarse de las fuentes naturales ante la inminencia de su desaparición. ¿Por qué nos empeñamos, entonces, en buscar vida en otro planeta cuando en el nuestro se nos escapa y no hacemos nada para evitarlo? Es en este mundo y no en otro donde el hombre deberá poner todo su empeño tecnológico; es aquí donde hay centenares de problemas sin resolver que ameritan esos millones de dólares tirados al espacio sideral. ¿Por qué buscar por fuera lo que tenemos de sobra, cuando ser un humano implica el compadecerse de las desgracias de los semejantes y no lo hemos entendido aún? Lamentablemente la historia reciente de la humanidad nos ha dicho que la ciencia y la tecnología cuando no están al servicio del hombre, se transforman en instrumentos perversos de sometimiento físico y conceptual. Es por ello que hemos llegado a un punto en el cual los seres humanos somos marcianos en un planeta desconocido llamado Tierra. Ricardo Gil Otaiza es profesor de la ULA y escritor e-mail: plantas@ciens.ula.ve El Universal, domingo 13 de julio, 1997 |
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