Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 17     Julio 1997

Esta Semana

Pichacheros y lateros

Gustavo José Linares Benzo

La tragedia de la niña de cuatro años ultrajada y asesinada ha develado a la sociedad venezolana un submundo de una sordidez abrumadora y al que pertenece, a pesar de ser calificado de marginal, parte importante de nuestros compatriotas. Para detener al asesino, al que le jerga popular comenzó a llamar desde un principio 'el monstruo de El Valle' y a sus cómplices, las autoridades tuvieron que emprender intensas redadas en la periferia del mercado de Coche. Entre los detenidos habían varios de esos personajes propios de una novela de Bryce que vemos en las islas de las autopistas, que comenzaron llamándose garimpeiros y que se dedican a recoger latas de desecho, con tal de que sean de aluminio.

'Esa es una muerte de pichacheros. Nosotros somos lateros y no nos metemos con nadie' fue su declaración a la prensa. Resulta ser que los pichacheros son los que se dedican al mercado secundario de alimentos perecederos, para decirlo elegantemente; o para ser más crudos, quienes recogen los desechos podridos o en mal estado de los mercados públicos como el de Coche y los revenden a quienes no pueden acceder a los alimentos frescos o al menos no putrefactos.

Así mismo, no se trata de que hay mendigos que buscan entre la basura, sino de la existencia de una porción importante de la población que sencillamente no puede comprar comida a ningún precio, tan importante que es capaz de generar una industria del desperdicio alimentario para el consumo humano. Mientras tanto, hay quienes compran carrozas para pasear alrededor del obelisco de Altamira.

Pichacheros y lateros. Lo más grave no es la desnutrición crónica que esta tristísima crónica policial revela, sino que el ultraje y posterior asesinato de una bebé de cuatro años sólo ocurre entre los venezolanos que en vez de ir a Makro tienen su pichachero de costumbre una vez que los más opulentos han comprado sus verduritas en Coche. Es a esta clase más pobre entre los pobres a la que los malandros de más enferma conducta mantienen continuamente en jaque, impidiéndoles llegar a sus casas humildísimas cabañas que no alcanzan a verse desde el territorio asfaltado de la ciudad después de las seis de la tarde. Se trata de los venezolanos que no tienen derecho a la protección policial, mientras todo el situado estadal del Estado Miranda se gasta en ponerle unos ridículos guantes blancos a unos muchachotes que tiene que arriesgar su vida para proteger a los yuppies de la Bolsa, que queda precisamente en El Rosal. En cambio, la mamá de Yelitza ya vio lo más horrible que una madre puede ver y tanto ella como su marido tienen derecho a la desesperación.

Mientras tanto, ya nos hemos acostumbrado a los lateros, otro submundo que sería interesantísimo conocer en profundidad. ¿A quién le venden las latas que consiguen? ¿Cómo hacen para llegar a los sitios donde se les ve: islas de autopistas, para llegar a las cuales han debido cruzar por zonas donde parece imposible? ¿Guardan alguna relación con los pichacheros? De nuevo, otro reflejo de la fría estadística de que el consumo de alimentos bajó más del 6% en el último trimestre. Esas reducciones afectan exclusivamente a los más vulnerables pobres se decía antes porque lo único que compran es comida. Surge aquí una de las ideas básicas desde que comenzaron a instrumentarse shocks macroeconómicos en el país: las políticas sociales discriminadas.

La noción fundamental es subsidiar a quien lo necesite y no a todo el mundo como se hacía antes. Sobre esa base se montaron programas muy exitosos como el PAMI y la beca escolar y se reforzaron otros como los hogares de cuidado diario, recurriendo ahora a organizaciones no gubernamentales.

Estas políticas han sido de lo más exitosas del último lustro, pero el caso de Yelitza, de los lateros y de los pichacheros, permite reflexionar sobre qué más podemos hacer. Y a riesgo de ser anacrónico o naive, lo que Yelitza y sus padres pichacheros requieren es compasión, humanidad, caridad. Con política social, imprescindible como es, no vamos a impedir la justa explosión de los más expuestos de nosotros. El camino es no sólo fomentar la incorporación de los sectores no públicos a las políticas sociales, sino recordar una y otra vez que la fortuna personal es sólo un título para que los que están debajo nos exijan.


El Universal, miércoles 09 de julio, 1997
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