Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 17     Julio 1997

Esta Semana

¿No se sintió?

Juan M. Raffalli A.

Después de observar el panorama jurídico y económico actual, casi en forma automática, aparecieron estas líneas en la pantalla de la computadora: 'Existen contradicciones entre textos legales y declaraciones oficiales en cuanto a la situación del salario mínimo, los tres famosos bonos y las cotizaciones a la seguridad social'.

Así había comenzado este espacio que semanalmente nos conecta con quienes tienen la paciencia suficiente como para leerlo, gratificándonos semanalmente con su atención. Pero antes de seguir avanzando fue inevitable sentir la necesidad de abandonar el tema. Hoy no es posible tratar este o cualquier asunto comúnmente importante, la calamidad y el llanto de muchas familias venezolanas hace palidecer en importancia cualqueir situación cotidiana.

Especial consternación causó la dramática foto de primera página publicada por este diario el pasado viernes. Una humilde anciana oriental, cuya bondad espiritual es fácil presumir partiendo de su apariencia exterior y su terruño, lloraba desconsolada la pérdida de dos nietos. Se desplomó nada menos que un liceo, como si en tan desasistida región hubieran muchos centros educativos y jóvenes estudiosos, la incomprensible rabia de la naturaleza arremetió contra las víctimas con más futuro, los que tenían tanto por recorrer que la sórdida sorpresa de la muerte se presenta en sus casos como un hecho inaceptable, lo cual no siempre es así, sobre todo en el ocaso de la vida.

No menos dolorosa fue la partida de profesionales, oficinistas, pacientes y clientes que se encontraban dentro del edificio Seguros La Seguridad, uno de los más concurridos de Cumaná. A ellos literalmente se les vino encima el mundo que sirve de emblema a esa aseguradora. Era gente en su mayoría productiva que simplemente vivía una tarde como cualquier otra.

Algunos aquí en la capital, tuvimos la desagradable experiencia de sentir con bastante intensidad el terrible sismo, al punto de abandonar los altos nichos de trabajo, fingiendo calma, escaleras abajo, pero en realidad agobiados por los nervios, la impotencia y la incertidumbre. Nos aterra imaginar lo que sintieron quienes fueron sorprendidos en las cercanías del epicentro. Pero la inmensa mayoría de la población capitalina y otras zonas del país, más apartadas aún de la costa oriental, no sintieron nada, si acaso alguna sensación de mareo atribuida normalmente a la fatiga, la gripe, o cuando mucho a algún malestar digestivo. Al mirar a nuestro alrededor vimos que la vida en Caracas continuaba sin mayor alteración, excepto en algunos lugares del Este con importante prontuario sísmico.

Al principio parecía un suceso menor, luego un evento lejano, quizás evocaba imágenes de Beirut u otro remoto, pero la terrible realidad es en nuestra tierra, a la vuelta de la esquina, y lo que es peor, ha golpeado a poblaciones pequeñas, sencillas, llenas de vida, de esperanzas, de gente buena y trabajadora, verdaderos artesanos del mar. Sólo a medida que se elevó el número de víctimas, heridos, fallecidos y desaparecidos, fue que el país se percató de que se trataba de una verdadera tragedia nacional, muchos ni siquiera aún lo han asumido, pese a que las crudas imágenes de los noticieros locales y de los que se transmiten por cable o satélite, nos impactaron pasadas ya algunas horas. Gracias a los últimos, más enterados y preocupados parecían estar nuestros familiares y amigos que se encuentran en el exterior, que quienes estábamos aquí al ocurrir este infortunio natural. Incluso los propios técnicos de Funvisis no parecían al principio muy seguros de la magnitud real de la situación, hasta que información oficial emanada de especialistas en Colorado, USA, cambiaron la calificación del sismo de temblor a terremoto, ubicándolo sobre los 6 grados en la escala fatal.

Quienes se aproximan a su cuarta década de existencia, o la han dejado atrás, remembraron esta tarde del julio en curso, el terrible evento ocurrido a tempranas horas de una noche del mismo mes pero en el año 67, pesadilla que hoy, treinta años más tarde, madre natura nos reitera con impresionante ritmo cíclico sin perder pese a ello, su inefable imprevisibilidad.

Sin duda en muchos sitios no se sintió, pero ahora que sí siente por dentro, sólo queda repetir palabras fáciles de decir pero difíciles de aceptar para las víctimas de primera fila. Resignación, fe, solidaridad y duelo, pero quizás por una vibración interna que brota de nuestras raíces de oriente, agregamos a esta lista otra palabra de aliento, ella es 'esperanza', porque esa misma naturaleza que con incomprensible furia hoy ha sumido en dolor a nuestros pueblos de oriente, es la misma que garantiza la existencia de ese brillante sol y del amplio mar que en cada amanecer los seguirá acompañando, sea en el dolor de hoy o en la alegría de mañana, siempre allí como preciados tesoros de esa querida tierra oriental. Sólo rogamos a Dios que esto no vuelva a ocurrir y acompañe en su pesar a quienes ha colocado ante tan difíficl prueba.


El Universal, domingo 13 de julio, 1997
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