Cabezal Sociedad
Revista Electrónica     Nº 17   Julio   1997
Sociedad

Hasta dónde reducir el estado

Carlos Sabino

Hay una idea, repetida frecuentemente por nuestros políticos e intelectuales, que ya parece haberse haberse consolidado como parte de la "sabiduría convencional" de Venezuela: "hay que evitar los extremos", se nos dice, "y no pasar de una situación en la que el Estado es todopoderoso al extremo opuesto, eliminando el Estado y negándole todo su papel". Así presentadas las cosas, por supuesto, nada tenemos que objetar. Nadie puede querer un Estado que todo lo controle, como en el comunismo, pues ya sabemos que ello es el caldo de cultivo para el más trágico totalitarismo; nadie, salvo los anarquistas, proponen la simple y llana desaparición del Estado, y eso en condiciones bastante específicas y particulares.

El problema, por lo tanto, no consiste en recusar los extremos. El verdadero problema es definir cuáles son las funciones que debe desempeñar el Estado en el país que queremos y diagnosticar con precisión dónde nos encontramos en el momento presente. ¿Tenemos mucho Estado o poco Estado? ¿Qué es lo que debemos cambiar? Esas son, a mi juicio, las verdaderas preguntas que deberíamos hacernos.

La respuesta a la primera interrogante, me parece, es bastante obvia. Tenemos un Estado que controla toda la riqueza petrolera, la principal del país; que posee industrias de todo tipo; que es dueño desde bancos hasta hospitales; en cuyas nóminas habitan alrededor de 1.300.000 empleados públicos, muchos más que en el Japón; un Estado que se ocupa de todo, o casi todo, pero que en general lo hace mal: ¿por qué, acaso, hay tantas barreras con viligancia privada en Caracas y se producen linchamientos en los barrios? ¿por qué no tenemos siquiera un sistema de cedulación que funcione? ¿por qué nuestra economía arrastra, desde hace diez años o más, el flagelo empobrecedor de la inflación?

Pero frente a esto la reacción de nuestros políticos es, por así decir, por lo menos bastante extraña. Apenas se habla de privatizar alguna empresa, apenas se menciona el Teleférico -para dar un ejemplo concreto- no salen con ese leit motiv que parece provenir de una mesurada filosofía pero que a la postre no dice nada: "Ni mucho Estado ni poco Estado..." Es como si nos dijeran que pasar a manos privadas cualquiera de esos elefantes blancos que han desangrado nuestras cuentas fiscales durante tanto tiempo fuera, sin exagerar, una expresión del neoliberalismo más despiadado. Eso se cansaron de decirle a Pérez, que privatizó la CANTV, VIASA y dos o tres empresas más; eso nos dicen ahora, tratando de impedir o demorar las privatizaciones que este gobierno viene prometiéndonos desde aquellos lejanos días de 1994.

La realidad concreta es que en Venezuela seguimos teniendo un Estado todopoderoso, plagado de ineficiencias y muy costoso, y que nuestros dirigentes políticos siguen aún resistiendo la privatización de todo aquello que continúa en sus manos y que les otorga un punto de apoyo ideal para el clientelismo y la corrupción. Su recurso dialéctico es esa actitud de aparente equilibrio que criticamos en estas líneas. Su mayor triunfo es haber impedido toda disminución significativa del Estado durante por lo menos ocho años, acusando a un "neo-liberalismo deshumanizado" que les sirve como fantasma al que exorcizan para mantener su poder.

"Ni mucho Estado - ni poco Estado" es por ello, en la práctica, la consigna de quienes quieren mantener todo como está, de los que se niegan al más mínimo cambio, de los que no se dan cuenta del modo en que la omnipresencia estatal nos ha llevado a la prolongada crisis que padecemos.

Creo que el Estado venezolano debería recuperar las funciones de seguridad, orden público y control político que ha perdido en las últimas décadas. Esa es su función, irrenunciable y necesaria para que podamos mantener una vida social civilizada. Pienso que, de lo demás, debería deslastrarse lo más rápidamente posible. Hay un sector intermedio, es cierto, sobre el que cabe realizar una discusión más seria y pormenorizada, estudiando caso por caso los problemas y las posibles soluciones. Pero, por favor, no sigamos repitiendo frases vacías de superficial filosofía política mientras tenemos que seguir pagando, todos los ciudadanos, las deudas que ocasiona el control público del nefasto hipódromo de La Rinconada.

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