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| Revista Electrónica Nº 18 Agosto 1997 |
El "crash" de 1999 Ignacio E. Oberto No es el título de una película, ni de un libro de moda, es lo que pudiera ser para Venezuela el legado final del actual Gobierno, si continuamos en esta burbuja exuberante y no se resuelven algunos de los más importantes retos inconclusos de la Agenda Venezuela, así como tampoco se acelera el ritmo de la gran cantidad de reformas estructurales que quedan pendientes por acometer. ¿Quién da más? Las noticias recientes sobre la subasta del Banco República, a un precio equivalente a 4.4 veces su valor en libros; los resultados de la tercera ronda de subasta de los campos marginales por parte de Petróleos de Venezuela, en la que las ofertas alcanzaron niveles nunca previstos por los propios organizadores; los índices sin precedente que, día a día, alcanza la Bolsa de Valores de Caracas; el frenesí de concursos, rifas, bingos y otros esquemas con los que se exacerba el ya refinado gusto de los venezolanos por el juego y el azar, llevado ahora al plano bancario; así como el anuncio semanal a que nos viene acostumbrando el Banco Central de Venezuela, sobre el incremento sostenido en las reservas internacionales, deberían ser suficientes por sí solos para renovar los ánimos de los más escépticos y recalcitrantes Santos Tomases que aún quedan en esta tierra de gracia. Sin embargo, es en medio de este ambiente de embriaguez y subasta, cuando se impone tomar aliento y tratar de analizar cómo contrasta tanta exuberancia con los aspectos fundamentales de fondo. Los resultados de la subasta del Banco República, y aun haciendo la aclaratoria de que siempre he considerado el esfuerzo privatizador de Fogade como el único exitoso que ha salvado la cara a este Gobierno, en materia tan importante, el cual claramente marca diferencia con el fracaso de la gestión privatizadora del Fondo de Inversiones de Venezuela, por lo demás nula en sus logros, deberían ser objeto de una reflexión más allá de la alegría inicial que produce tan elevada cifra de oferta. Pienso que es digno de preguntarse, ¿cómo puede un inversionista pagar por un banco, 4.4 veces más que su valor patrimonial, tratándose de uno que es bastante pequeño de por sí, y con una franquicia poco reconocida, cuando en el mercado latinoamericano el promedio de valoración se ubica en 1.9 veces y en Venezuela en 2.3? ¿Qué tipo de negocios y gestión gerencial va a permitir que estos inversionistas obtengan un rendimiento que remunere el capital de forma tal que permita recuperar semejante prima más un margen justo de ganancia adicional? ¿Será éste el tipo de riesgo que queremos prevalezca como criterio entre los nuevos administradores de los bancos reprivatizados? ¿No fue la necesidad de obtener rendimientos más allá de lo que la prudencia y la ortodoxia bancaria indican, lo que llevó a muchos de nuestros afanados ausentes banqueros y a buena parte del sistema a sembrar la semilla del cataclismo bancario del año 1994? Sin hacer ningún juicio de valor sobre los criterios o la idoneidad de las decisiones que privaron por parte de un respetable grupo financiero del exterior, a efectuar esta adquisición, pienso que los niveles alcanzados nos deben llevar a una primera reflexión. Por otra parte, la industria petrolera, entendemos los observadores externos a su gestión, acomete un interesante programa de apertura que incluye las rondas de subastas de los campos marginales, con el propósito fundamental de desarrollar nueva actividad petrolera mediante la participación del capital privado. Igualmente, suponemos que unos de sus objetivos sería el producir ese desarrollo con el mayor efecto multiplicador, tanto para el propio sector, como para las economías regionales y nacional. Sin embargo, pareciera que, dadas las divergencias en las ofertas que se presentaron en algunos casos, hubiese un amplio margen de error en lo que para unos y otros es la valoración del riesgo y el rendimiento esperado de estas inversiones. Esta situación se puso de manifiesto en el caso de dos adjudicaciones, cuyos consorcios se encuentran en claras dificultades para acceder al financiamiento requerido para cumplir con los compromisos derivados de las mismas. ¿Cómo puede PDVSA obviar su objetivo fundamental, permitiendo una suerte de juego, en el que la capacidad operativa y financiera de algunos de los jugadores luce un tanto débil? ¿Qué criterios han privado para permitir que con tan minúscula fianza puedan algunos especuladores acceder a tan importante subasta para el desarrollo de la industria y de nuestra economía? ¿No será que en un afán de gestionarle fondos al Gobierno para aplacar su insaciable apetito fiscal, se están anteponiendo estos intereses circunstanciales frente a aquellos que deberían serle fundamentales? Creo que las dificultades de dos de los participantes, tal y como nos lo ha reseñado la prensa nacional, son sintomáticos de este proceso y deberían constituir de por sí, también motivo de reflexión. Un buen segmento del sistema bancario, recuperado como luce de su gran crisis, pareciera una vez más, estar obviando los mejores intereses del gran público ahorrista, bajo la mirada inerte de nuestra autoridad monetaria y los organismos supervisores. Ya Rafael Díaz Casanova, en su estupendo artículo, publicado en el diario El Universal, titulado Banca lúdica, nos alertaba sobre lo que a todas luces comienza a parecer una fórmula para escamotear a los ahorristas una mejoría en sus tasas de rendimientos, ya muy deterioradas de por sí. A través de rifas y bingos, en medio de gigantescas campañas publicitarias, se le da a los venezolanos ávidos de estos juegos muy poco a cambio de negarle una muy justificada mejoría en los intereses sobre los ahorros, la cual ya debería estarse haciendo presente como resultado de la leve caída que ha venido experimentando la inflación. Lamentablemente, las tasas continúan muy negativas, en términos reales, y el país se prepara para adentrarse en el concepto de los fondos de pensiones en medio de esta perniciosa y lamentable erosión del ahorro. La euforia con la que se presenta esta nueva modalidad de juego en Venezuela, contrasta con la lenidad de las autoridades reguladoras de la materia y con el perjuicio que a los ahorristas se les acarrea al negarles un mejor rendimiento por su dinero. La Bolsa de Valores de Caracas bate diariamente récords en su índice de capitalización. Sin embargo, es interesante entender que esto está sucediendo en mayor grado, más como una consecuencia de los volúmenes de fondos extranjeros que están entrando en el mercado, que como resultado de una mejoría en los estados financieros de las corporaciones. Muchas compañías venezolanas comienzan a cotizarse a niveles superiores a 10 veces su flujo de caja operativo anual, llegándose a ver casos de hasta 20 y 54 veces. ¿Pueden sostenerse estos múltiplos en medio de una volatilidad económica como la que aún existe en Venezuela? Por su parte, el Banco Central de Venezuela, como gran aliado del Gobierno en que se ha convertido, al haber perdido totalmente la prudente independencia que debe existir entre la autoridad monetaria y la autoridad fiscal, lejos de imprimir un cierto toque de sobriedad y cautela tan necesaria siempre por parte de la máxima autoridad monetaria, llamada a velar por la salud económica del país, ha venido a sumarse a esta exuberancia de una manera que ya resulta demasiado obvia para pasar desapercibida. Coreando a voces con el Ejecutivo Nacional, logros como el crecimiento semanal de las reservas internacionales, de una manera tal que nos hace olvidar la volatilidad implícita en tanto frenesí de flujo de capitales golondrina y de resultados de subastas bancarias y petroleras, que luego van a seguir alimentando los problemas estructurales de nuestras finanzas públicas. Con esta actitud el BCV parece, al igual que algunos ministros de la economía, proclamar a cuatro vientos que estamos condenados al éxito, aunque no lo creamos así. Parece Wall Street pero no lo es Algunos insisten en que nuestro acontecer económico comienza a lucir tan promisorio, que ya pareciera Wall Street, indetenible a su paso arrollador, siempre creciendo y batiendo récords. Lo que parecen olvidar es que allá, distinto que aquí, la economía está experimentando un auge sin precedentes, producto de un ciclo virtuoso de crecimiento sostenido por un lapso de siete años, acompañado de niveles de inflación de 2.5%, de los más bajos en décadas; desempleo en su nivel más bajo en 24 años y 12.1 millones de empleos nuevos generados desde 1990; los más altos índices de inversión en bienes de capital en tres décadas; un incremento en los resultados financieros de las corporaciones sin precedentes desde los años sesenta, lo cual ha producido un alza importante en los ingresos fiscales producto del impuesto sobre la renta; una caída en el déficit fiscal a un nivel por debajo del 1% del Producto Territorial Bruto, que ha liberado recursos de otra manera requeridos por el Estado para financiarse; un crecimiento muy significativo en la productividad; un incremento en el salario real; un aumento en las exportaciones del 60% durante el mismo período. Todo ello en medio de un auge sin precedente en la inversión tecnológica, lo cual ha permitido a las corporaciones hacerse menos vulnerables a los ciclos económicos, a la vez que ha generado una perspectiva de crecimiento estable como resultado de nuevas tecnologías e ideas, tal y como lo han comenzado a teorizar economistas como el joven profesor Paul Romer, de la Universidad de Stanford, quien a su temprana edad comienza a ser considerado por algunos colegas, como un candidato al premio Nobel en un futuro no tan lejano. Sería injusto dejar de reconocer que en Venezuela se han alcanzado algunos avances, varios de ellos totalmente acreditables a la gestión del Gobierno, tales como la apertura petrolera, la reforma de la Ley Orgánica del Trabajo y la existencia de un clima de estabilidad política, por citar los más conspicuos logros. Sin embargo, tampoco sería honesto pretender que tanta exuberancia, tal y como la he ilustrado en la primera parte de este artículo, pudiera corresponder a la llamada Agenda Venezuela, la cual no vino sino a ser el intento por reversar el gran cúmulo de desaciertos y desafueros económicos sucedidos y cometidos durante la primera parte de este período, resumido en un programa enmarcado y apegado a las directrices del Fondo Monetario Internacional, lo cual en ningún caso es garantía de un compromiso pleno hacia la profundización de las reformas estructurales que ya comienzan a hacerse impostergables, justamente ahora, cuando el Gobierno en su etapa final, se adentra hacia un año electoral que hará aún más difícil su implementación. Es por ello que quiero insistir en que no se trata de ser agorero del desastre, ni pesimista por placer, sino de algo que considero vital para la toma de una conciencia plena sobre la fragilidad de esta burbuja de bonanza, que a falta de mejor término, sintetizo bajo la expresión de ¿quién da más? Tanta exuberancia contrasta con una inflación inercial y volátil que nos amenaza con situarse sobre el 40% para este año; con una caída en el ingreso real que ubica a los venezolanos en los niveles de comienzos de los años setenta; con un grado de pobreza crítica y extrema que los especialistas ubican en una cota sobre el 60% y que empieza a intrigar a los técnicos del Banco Mundial, como para comenzar a evaluarlo muy en serio; una ausencia de seguridad social en todos los órdenes, en medio de una reforma laboral que requiere ser debidamente complementada en esos otros aspectos críticos del problema social; con un alto índice de desempleo; con el advenimiento de los fondos de pensiones, sin instrumentos de inversión idóneos para evitar la erosión del capital a ser invertido en dichos fondos; con un problema fiscal estructural que conlleva una amenazante volatilidad en materia de equilibrio fiscal, como consecuencia de la dependencia del ingreso petrolero, el agotamiento y agobio de los venezolanos ante tanta exacción tributaria, una estructura rígida e ineficaz del gasto publico y el sobredimensionamiento del Estado; con una industria petrolera cada vez más al servicio de la voracidad fiscal de los gobiernos de turno; con una caída sostenida y sin precedente en el inventario de bienes de capital ("capital stock") del país, lo que explica el gran deterioro generalizado en todo tipo de servicios e infraestructura y proyecta una amenazante sombra de incertidumbre sobre las cuentas fiscales, toda vez que en algún momento tendremos como nación que enfrentar este grave problema y tratar de reversar tan peligrosa y nefasta tendencia; con una ausencia de reformas estructurales en el perfil de la deuda pública, tanto externa como interna, la cual alcanza uno de los niveles más altos per cápita en toda Latinoamérica; con un déficit proyectado de la Cuenta de Capital de la Balanza de Pago del orden de los 1.200 millones de dólares para 1998, a pesar de un nivel de exportaciones previsto para el mismo período de casi 25.000 millones de dólares; con un anclaje cambiario cuestionable, en medio de un desbarajuste monetario y un BCV cuyos estados financieros cada vez resultan más inescrutables; con una lentitud paquidérmica en la gestión privatizadora del FIV; con una caída en los niveles de producción y consumo en muchos sectores industriales; con un sistema educativo incapaz de sentar las bases para el verdadero desarrollo de las nuevas generaciones que requiere el país; con un sistema judicial poco confiable; con una carencia absoluta de seguridad personal; con una inestabilidad sin precedentes en nuestra fronteras; con una depredación del medio ambiente; todo a su vez en medio de una confusión total entre lo que es liberalismo económico y lo que en esencia es el total abandono a la buena de Dios del colectivo, por parte de un Estado básicamente irresponsable. Creo que estos aspectos que simplemente ilustran un estado de cosas preocupantes constituyen el germen morboso que, de no ser atacado vehemente y sostenidamente, constituirá la esencia de lo que podríamos anticipar como el "crash" de 1999. |
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