Política Externa
Revista Electrónica       Nº 18     Agosto 1997
Política Externa

La cultura y los valores canadienses y su papel en la proyección del "poder blando" de canadá: Una reflexión necesaria(*)

Vilma E. Petrásh**

Hablar de Canadá como promotor de valores liberal-democráticos es, en verdad, referirse a ese país americano del Norte del hemisferio como abanderado de un paradigma basada en el concepto más amplio e incluyente de "sociedad abierta", es decir, en una meta-concepción organizativa de lo estado-societal cimentada en normas y principios cónsonos con el ejercicio pleno de la libertad económica y de la "paz, el orden, y el buen gobierno" democráticos propios de un marco político-jurídico basado en el respeto a la dignidad humana, a los derechos de ella derivados y al Estado de derecho o imperio de la ley. De hecho, y como bien lo señaló hace algún tiempo Barbara McDougall, ex-Ministro de Asuntos Externos de Canadá durante el gobierno de Brian Mulroney (McDougall, 1992: IX), la política exterior de Canadá como la de otros países del mundo, está en buena medida determinada por la necesidad de promover y proteger sus valores e intereses. Valores éstos que en el caso específico de este país norteamericano se ven sintetizados en la creencia de que un mundo estable, pacífico y asentado en valores humanos fundamentales es condición sine qua non para el avance y preservación de sus intereses.

Es decir que lo que parece haber guiado la actuación externa de Canadá ha sido, grosso modo, la búsqueda de un entorno liberalista internacional, o dicho de otra manera, de un orden internacional caracterizado por el desarrollo y la preservación de instituciones y prácticas propiciatorias de la paz, la tranquilidad y el ajuste ordenado de la política mundial. Se trata, sin embargo, de una búsqueda que más que altruista está basada, en parte, en el reconocimiento histórico de Canadá como "potencia media" del orden internacional o "estado-céntrico" que, como tal, no está en capacidad de proteger ni a su población ni sus intereses sin la estrecha colaboración de otros. No debe olvidarse que a diferencia de otros países industrializados, la prosperidad económica interna de Canadá es altamente dependiente del comercio internacional, es decir de los vínculos económicos de Canadá con el resto del mundo. De hecho esa dependencia canadiense se ha venido profundizando en las últimas décadas: mientras en 1960 las exportaciones representaban 17 por ciento del ingreso nacional de ese país, esa proporción se elevó a 37 por ciento en 1995 (Potter, 1996-97: 27).

Pero también esa búsqueda de un orden liberal internacional basado en instituciones estables y en reglas y principios ha sido motivada en el caso canadiense por su inexorable vecindad y extensivos nexos transnacionales en los planos político, militar, cultural, social y por supuesto económico con una superpotencia que, hoy por hoy, es la única capaz si no de hegemonizar al menos de mantener su preponderancia en el orden estado-céntrico: los Estados Unidos. Ese imperativo geopolítico ha sido sin duda crucial en la emergencia y sostenimiento de la vocación internacionalista de Canadá, tanto como vía para contrarrestar las propensiones y desmanes unilateralistas y con ello el síndrome del "elefante en la cristalería" que tiende a caracterizar la actuación externa de los EE.UU., como para evitar el encapsulamiento canadiense en una política exterior exclusiva o fundamentalmente "continentalista" es decir, orientada en lo esencial a la conducción/administración de los asuntos bilaterales con Estados Unidos. En la medida que ha sido de vital interés para las élites de poder político y económico canadienses avanzar una política exterior que coadyuve a mantener un clima armonioso en sus intensas, multidimensionales y entrecruzadas relaciones con EE.UU., y dada la obvia coincidencia valorativa entre las dos democracias de mercado más desarrolladas y consolidadas del hemisferio, es obvio que esa misma proximidad a los EE.UU. y el hecho de ser la frontera canadiense-estadounidense la más larga y pacífica del mundo, también ha permitido al Estado-sociedad más septentrional del continente desempeñar sin distracciones un rol de moderador de conflictos y mantener una presencia pacifista y por tanto benigna en la comunidad internacional (Stairs, 1997: 27-28).

Lo dicho hasta ahora en modo alguno implica negar que los esfuerzos canadienses por propiciar la aceptación internacional de principios de convivencia como la moderación, la tolerancia a la diversidad cultural y el imperio de la ley, son también en buena medida derivables de las propias tradiciones sobre las que se erigió desde la segunda mitad del pasado siglo el encomiable --aunque hoy en peligro eminente de disolución-- experimento nacional canadiense.

Ahora bien, es evidente que Canadá ha hecho uso de formas variadas y mecanismos/instrumentos diversos para promover la instauración y el sostenimiento de sociedades abiertas en su política exterior. Formas que abarcan desde un acendrado compromiso con el multilateralismo y la creación y/o fortalecimiento de instituciones y regímenes internacionales (e.g., el GATT --hoy OMC--, la ONU, la OTAN, y más recientemente la OEA), pasando por un activo involucramiento en ciertas áreas temáticas como misiones bien de mantenimiento o bien de "construcción" de la paz en el marco multilateralista de la ONU, la activa instrumentación de programas de "ayuda oficial para el desarrollo" dirigidos a países del Tercer Mundo, y de acciones de defensa/protección del medio ambiente, hasta la promoción de las industrias y actividades culturales canadienses incluidas, por supuesto, los programas académicos y sus respectivas asociaciones destinados al estudio y difusión de conocimiento en diversas áreas del saber sobre Canadá dentro --y entre-- sociedades foráneas.

Es en esta última forma de promoción de sociedades abiertas que quisiera concentrar el resto de mis comentarios. Sobre todo, por cuanto esa promoción ha sido abiertamente reconocida por el actual gobierno liberal de Canadá, en su dimensión valorativa --e.g. respeto por la democracia, el estado de derecho, los derechos humanos y el medio ambiente-- y cultural --entendida en términos de su sistema educativo, diversidad cultural y exportación de productos y servicios culturales--, como el "tercer pilar" sobre el que habrá de sustentarse la política exterior de Canadá en el cambiante sistema mundial contemporáneo. Los otros dos pilares, la promoción de prosperidad y el empleo y la protección de la paz global como clave para resguardar la seguridad canadiense, han sido concebidos junto con el tercero como objetivos interdependientes y mutuamente reforzantes los cuales, en su conjunto, han de servir como piedra angular de la política exterior canadiense y como "mapa de camino" en el establecimiento de prioridades y en el proceso decisional.

En líneas generales, la promoción de la educación, la investigación y el aprendizaje son y deben ser parte esencial de la cultura de una sociedad, pues son ellas las que garantizan la producción y reproducción de creencias, ideas y conocimientos necesarios para su continuo arraigo societal y su simultánea adaptabilidad y flexible supervivencia en estos tiempos de inescapable y compleja interdependencia, de proliferación de contradictorios cambios espaciales y aún temporales, y de incertidumbre respecto a la dirección y trascendencia de esos cambios. De hecho, nadie medianamente informado sobre el turbulento acontecer mundial del presente se atrevería a negar la preeminencia que han asumido la producción y la transmisión de ideas y conocimientos en nuestra dislocada contemporaneidad espacio-temporal y el grado en que ambas han modificado las formas y los instrumentos para el ejercicio de poder e influencia. En efecto, en esta "era de la información" la posesión/control de armamento militar y de recursos naturales ha perdido relevancia relativa frente a la capacidad de producir, comunicar y diseminar conocimientos e ideas en forma amplia, fluida, rápida, y de hacerlo de manera eficiente en términos de costos y efectiva en términos de logro de los propósitos de poder/influencia buscados. No en vano Joseph Nye en su libro Bound to Lead (1990), y en un seminal artículo titulado "America’s Information Edge"(1996: 21), habla del "poder blando" para referirse a la habilidad de alcanzar los resultados deseados en materia internacional mediante atracción y no coerción, a la capacidad de convencer a otros a seguir o aceptar normas e instituciones que causen la conducta deseada, y al influjo ejercido por las ideas y la habilidad de definir la agenda de un modo tal que moldee las preferencias de otros.

Poca duda cabe que en este terreno, Canadá goza de innegables ventajas competitivas en virtud del capital diplomático que su imagen internacional de mediador honesto y confiable en pro de causas humanitarias y pacifistas, y su reconocida vocación institucionalista --evidenciada, por ejemplo, en diversos foros multilaterales-- le han permitido acumular desde la segunda mitad de este siglo. Una imagen y una vocación en muchos sentidos propiciadas por el hecho de haber logrado constituir una sociedad moderna, industrializada y liberal con "rostro humano" en Norteamérica distinta a, aunque en armonía con, la de su avasallador vecino del Sur, y por la capacidad cultural y política de Canadá, en razón de su compleja y multifacética interdependencia vis-à-vis su poderoso vecino, de tener acceso privilegiado, influir e incluso oponerse exitosamente a los sectores de poder e influencia estadounidenses. Es inobjetable que una vía no gubernamental alternativa a los más tradicionales canales gubernamentales para la promoción de esa imagen positiva, generadora de un liderazgo consensual y por ende no hegemónico de Canadá, han sido los programas y las asociaciones de estudios canadienses que desde principios de los setenta pero muy especialmente desde la década pasada se han establecido en distintos países del mundo. Se trata, en breve, de programas que hasta hace unos años habían sido activamente respaldados por el hoy denominado Departamento de Asuntos Exteriores y Comercio Internacional (DAECI) a través de su División de Relaciones Académicas, y que por su misma naturaleza han contribuido de manera poco ruidosa pero notablemente efectiva y eficiente a acrecentar ese "poder blando" del que goza Canadá en virtud de su diversidad cultural y relativo bilingü ismo, y de los valores jurídico-políticos, económicos y sociales que subyacen en la experiencia estado-societaria canadiense. Después de todo, se trata de un programa de modesto costo gubernamental --hasta 1994 funcionaba con un presupuesto anual de 3.5 millones de dólares canadienses-- instrumentado por instituciones académicas, profesores y estudiantes extranjeros que ha permitido construir una verdadera red global de académicos que dedican una parte significativa de su tiempo --en forma voluntaria y no expresamente remunerada con ese propósito-- a la enseñanza y a la investigación de temas canadienses. Red que como bien lo aseveró el anterior Presidente del Consejo Internacional de Estudios Canadienses (ICCS/CIEC), John Lennox, en una carta abierta suya a Lloyd Axworthy, Ministro de Asuntos Exteriores y Comercio Internacional canadiense --publicada en el diario Le Devoir a mediados de diciembre de 1996-- ha devenido en una suerte de "universidad virtual" conformada por unos 7.000 académicos y unos 150.000 estudiantes anuales en más de treinta países a nivel mundial (The International Canadianist, Invierno 1996-97).

No es pues de extrañar que estos programas hayan tenido un importante efecto multiplicador no sólo en términos económicos --según el Informe elaborado por el Comité Bicameral Especial del Senado y la Cámara de los Comunes para la Revisión de la Política Exterior Canadiense en noviembre de 1994, por cada dólar puesto por Canadá en estos programas, el país receptor de los mismos invierte 9 dólares-- sino también por el logro del objetivo de promover internacionalmente la imagen de Canadá y su notable producción académica. En efecto, las actividades académicas asociadas a los programas y asociaciones de estudios canadienses han actuado como correas de transmisión en la formación de "canadianistas" o al menos de profesionales en diversos ámbitos familiarizados con aspectos relevantes de la experiencia canadiense y de sus reales o potenciales efectos en las relaciones con las sociedades en las cuales se realizan dichos estudios e investigaciones. En tales circunstancias resulta comprensible que estos programas se perciban como sub-pilar esencial del tercer pilar de la política exterior canadiense, es decir de la promoción de la cultura y valores del Canadá.

Desafortunadamente, una lectura desapasionada del documento oficial Canada in the World, publicado en febrero de 1995 y en el cual el gobierno liberal de Jean Chrétien anuncia los tres pilares --económico, político-estratégico y cultural-- que sostendrán la política exterior de Canadá para los próximos años, permite observar que en dicho documento no se hace mención alguna a los programas de estudios canadienses que administra el DAECI con la asistencia del ICCS/CIEC cuando se discute el pilar cultural que guiará a la actuación externa de ese país norteamericano. De hecho, el énfasis en materia de objetivos culturales externos es colocado en el mejoramiento de la producción y difusión de los productos culturales canadienses dentro y fuera de ese país y en promover a las instituciones y los servicios de educación superior de Canadá en el exterior. Situación ésta que en buena medida refleja la resonancia que en la elaboración de este documento tuvo el "position paper" de John Ralston Saul titulado "Culture and Foreign Policy" que fuera presentado ante el Comité Bicameral Especial arriba mencionado. Cabe aclarar que ese "position paper" despliega una postura crítica e incluso escéptica respecto a la efectividad de los estudios canadienses frente a las posibilidades presumiblemente superiores que tiene para Canadá el ofrecer al mundo la "cultura viva" de quienes la producen y distribuyen en las artes visuales y en el medio literario. A la vez ese informe de Saul denuncia los "serios desbalances" que se constatan, en su opinión, entre la porción del presupuesto dirigida al programa de estudios canadienses y a actividades académicas y la destinada a la "gente creativa". De allí pues que se pronuncie por una estrecha supervisión de este programa y por excluirlo de cualquier beneficio en caso de que se inyecten nuevos recursos monetarios al financiamiento de esfuerzos culturales.

Este tipo de recomendaciones que buscan presuntamente reducir los gastos superfluos y los costos del activismo global de Canadá y hacer más eficiente el uso de recursos decrecientes en la actual era de austeridad fiscal resultan sumamente atractivas para un país como Canadá tan acosado por un abismal déficit presupuestario, por una deuda externa significativa, por las resultantes demandas/aspiraciones sociales de gobiernos federal y provincias más pequeños y eficientes, y por las consecuencias fragmentativas del nacionalismo quebequés y del acendrado regionalismo quasi-separatista de Columbia Británica y Alberta. Habiendo sido el gobierno canadiense tan pro-activo en materia internacional/global, estando Canadá prácticamente condenado por su historia, geografía y economía a desplegar un impulso liberalista internacional, y finalmente confrontando ese Estado-sociedad temas de política exterior expansivos en su número y complejidad pero disponiendo de recursos cada vez más exiguos para gerenciarlos, es pues natural que Ottawa y los gobiernos provinciales hayan adoptado cursos de acción orientados a redimensionar sus burocracias, recortar sus gastos presupuestarios y reducir sus programas más onerosos y menos eficientes. Basados en la máxima de prudencia fiscal "más efectivo, menos costoso", dichos cursos de acción se han traducido en el cierre de misiones en países en los cuales los intereses económicos y políticos de Canadá no se perciben como prioritarios; en la reducción del número de funcionarios diplomáticos en el exterior y, en ciertos casos, su reemplazo con personal local; y en importantes --si no dramáticos según algunos-- recortes en recursos humanos y monetarios dentro de la Agencia Canadiense para el Desarrollo Internacional (ACDI) y en el Departamento de Defensa Nacional (DDN). Las crecientes presiones domésticas para reducir el gasto público y la necesidad de "poner en orden la casa fiscal de Canadá" han desembocado lamentablemente en recortes presupuestarios de programas del DAECI como por ejemplo los destinados a la promoción de Estudios Canadienses. Según lo afirma el anterior Presidente del CIEC, en los últimos cinco años el presupuesto de este programa ha sido reducido a la mitad, y de continuar su tendencia restriccionista bien pudiera señalizar la disposición del gobierno canadiense de replegarse de, o abandonar una iniciativa motorizada desde el principio por éste y que aún declara ser un componente esencial de su política cultural doméstica y exterior.

No obstante, si Canadá desea mantener y expandir su "poder blando" en esta época de austeridad fiscal, en vez de intentar disminuir la influencia ejercida a través de canales no gubernamentales como los de índole académica, debería acrecentarla mientras reduce la presencia oficial o "gubernamental" de sus diplomáticos, soldados y funcionarios responsables de los diversos programas de ayuda. De lo que se trata, como bien lo asevera Evan Potter, Profesor de Gerencia de Conflictos y Negociación en la Universidad de Toronto y editor-fundador de la revista Canadian Foreign Policy (Potter, 1996/97: 32), es de continuar "privatizando" las relaciones internacionales de Canadá como de hecho ya he venido aconteciendo no sólo a través de los programas y asociaciones internacionales de estudios canadienses sino también en materia de iniciativas trans e intra-societales de promoción democrática, donde el gobierno canadiense ha contado con el apoyo explícito de instituciones cuasi gubernamentales como el Centro Internacional para los Derechos Humanos y el Desarrollo Democrático con sede en Montreal, a la vez que se ha abocado a la búsqueda de vías, a través de la Agencia Canadiense de Desarrollo Internacional (ACDI/CIDA), para establecer y/o intensificar las asociaciones con personas e instituciones privadas tanto canadienses como de países en desarrollo a fin de instrumentar "cooperativamente" su política de Ayuda Oficial para el Desarrollo (AOD).

La motivación que parece subyacer tras estos esfuerzos privatizadores del gobierno de Canadá vis-à-vis ciertos "nichos" de su política exterior es que con el concurso de sus socios no gubernamentales domésticos e internacionales (e.g. académicos, filántropos y empresariales) mejorará, por ejemplo, la efectividad y la eficiencia operativa de sus programas de asistencia oficial para el desarrollo. Todo ello con miras a responder adecuadamente a las necesidades de los países a los que se destina la misma, promover "asociaciones estratégicas" con y entre sectores no gubernamentales/civiles canadienses y foráneos, auspiciar iniciativas de autoayuda en los grupos participantes de las sociedades receptoras de AOD, aprovechar el know-how o "poder blando" canadiense en actividades donde Canadá tenga una clara ventaja comparativa y, last but not least, justificar plenamente el uso de esos recursos ante los ciudadanos canadienses, comprensiblemente preocupados por el uso transparente de sus impuestos.

Sólo resta esperar que estas iniciativas privatizadoras de la actuación externa canadiense --posiblemente combinadas con lo que se ha dado en llamar un internacionalismo canadiense "selectivo" o "administrado"--, contribuyan realmente a mantener, expandir y enriquecer el conocimiento amplio y profundo del hasta ahora exitoso experimento estado-societario canadiense. Es decir de una entidad que, pese a sus orígenes conservadores y "contrarrevolucionarios" --siguiendo lo aseverado hace algún tiempo por el sociológo estadounidense Seymour Martin Lipset--, logró constituir una sociedad caracterizada por un alto nivel de desarrollo humano, bilingü e, civilista y de múltiples influencias etno-culturales en la climáticamente dura inmensidad territorial canadiense. De lo contrario, si tales iniciativas de privatización de la política exterior canadiense no son respaldadas con la necesaria visión estratégica --ya sea en el terreno cultural académico o artístico, o en los ámbitos económico y político-- más que afectar el "poder blando" de Canadá, bien pueden causar su virtual desaparición al contribuir, en última instancia, a acentuar los síntomas de "desinternacionalización" que ya se observan en ciertos ámbitos de la política externa de ese país. De este modo, veríamos cumplida la profecía geopolítica y geoeconómica de un Canada extremadamente "regionalizado" o "continentalizado"--en el sentido estrechamente "norteamericano" de la palabra-- en sus aspiraciones e intereses.

REFERENCIAS

  • Canada in the World. Government Statement. CIDA Information Services 1995. 51 p.
  • COOPER, Andrew F. "Change in the Foreign Policy Community" Mimeo. Ponencia presentada en la 38 Convención Anual de la Asociación de Estudios Internacionales, Toronto Canada, marzo de 1997. 32 pp.
  • The International Canadianist. Winter 1996-97. (http://www.iccs-ciec.ca/info/pubs/e-cdnist.html)
  • MCDOUGELL, Barbara, "Introduction" en: ENGLISH, John y Norman HILLMER, eds., Making a Difference? Canada’s Foreign Policy in a Changing World Order Toronto, Ontario: Lester Publishing Limited, 1992, pp. IX-XVI.
  • NYE, Joseph Jr. Bound to Lead: The Changing Nature of American Power. Basic Books, 1990.
  • NYE, Joseph S. Jr. Y William a. OWENS, "America’s Information Edge" Foreign Affairs Vol. 75, No. 2 (March-April 1996): 20-26.
  • POTTER, Evan H. "Niche Diplomacy as Canadian Foreign Policy" International Journal Vol. 52 No. 1 (Winter 1996-97): 25-38.
  • SAUL, John Ralston, "Culture and Foreign Policy", Canada’s Foreign Policy: Principles and Priorities for the Future; the Position Papers. Special Joint Committee of the Senate and the House of Commons Reviewing Canadian Foreign Policy. Ottawa, November 1994. 70 p.
  • STAIRS, Denis, Canada and Québec after the Québécois Secession: "Realist" Reflections on an International Relationship. Halifax, Nova Socotia: Centre for Foreign Policy Styudies. Third Printing, February 1997. 42 p.


(*) Ponencia presentada en el I Encuentro de Canadianistas de América Latina Caracas, 16 y 17 de julio de 1997.
**Coordinadora de Investigaciones Área de Relaciones Internacionales y Globales CEAP-FACES, Universidad Central de Venezuela
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