Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 18     Agosto 1997

Esta Semana

Tercera: Tres puentes en Bosnia

Alejandro Muñoz Alonso

Bosnia-Herze- govina ha sido secularmente una tierra de cruces, encuentros y enfrentamientos de etnias, culturas y religiones. Ha sido una tierra-puente y no sólo metafóricamente, porque los puentes que atraviesan sus ríos –fronteras naturales entre tribus y pueblos– han tenido a menudo una destacada relevancia histórica: las vivencias colectivas de sus gentes han girado frecuentemente en torno a sus puentes y éstos, si a veces han sido lazo de unión entre las etnias instaladas en sus orillas, a veces también, cuando ha surgido el conflicto, han sido el lugar donde los odios se han estrellado.

No puede extrañar, por eso, que el más grande escritor en lengua serbocroata, Ivo Andric, Premio Nobel de Literatura en 1961, hiciera de un puente el protagonista de su mejor novela, «Un puente sobre el Drina» (1959). Andric fue un hombre cosmopolita. Su obra literaria, a pesar de todo, es una continua reflexión en torno a las visicitudes y complejidades de su atormentado país, que describe con una belleza y una fuerza magistrales, pero también con un amor que brota espontáneo en cada párrafo.

En la citada novela, Andric relata la historia del puente que, sobre el Drina –tributario del Sava que, a su vez, lleva sus aguas al Danu-bio–, existe todavía en la pequeña ciudad de Visegrad, al este de Bosnia, muy cerca de la frontera con Serbia. El puente, sólido y airoso, fue construido en 1571, seguramente bajo la dirección de Mimar Sinán, el más grande arquitecto civil del Imperio Otomano, o de alguno de sus discípulos. La decisión de construirlo partió del gran visir Sokollu Mehmed Pachá, que había nacido en Sokolovice, muy cerca de Visegrad que, siendo todavía un niño, fue enviado a Estambul, como parte del «devchirme» o «tributo de sangre». En virtud de este sistema, sucesivas promociones de jóvenes cristianos eran arrancados a sus familias de los Balcanes y enviados a Anatolia como «kapi kullarï» o servidores. Tras su islamización prestaban sus servicios en la corte otomana, la Sublime Puerta y, sobre todo, en el ejército otomano como jenízaros, constituyendo unas de las tropas de infantería más temibles de su tiempo. Alguno de estos jenízaros accedía, en ocasiones a las más altas posiciones dentro de la jerarquía otomana. Tal fue el caso de Sokollu Mehmed Pachá, el fundador del puente sobre el Drina que permaneció siempre fiel a sus orígenes serbios.

El puente sobre el Drina, que Andric convierte en centro de su relato, paso obligado en la ruta hacia Serbia y hasta Estambul, tenía unos doscientos metros de longitud y unos diez de anchura. «En su parte central –escribe Andric– se ensanchaba en dos terrazas simétricas a ambos lados del camino transitable... A esta parte del puente se la llama la “kapia”... Las dos terrazas se proyectan atrevida y armoniosamente en el espacio por encima del agua verde y ruidosa». La terraza de la derecha según se viene de la ciudad –de acuerdo con la minuciosa descripción de Andric– se llama el «Sofá» y está bordeada por asientos a los cuales sirve de respaldo el parapeto del puente. La de la izquierda, en cuyo muro hay una fuente que brota de las fauces de un dragón de piedra, se había instalado una especie de «chiringuito» en el que un cafetero había establecido su modesto negocio. «En el puente y su “kapia” –prosigue Andric– en torno a él o en relación con él, discurre y se desarrolla... la vida de los habitantes de la pequeña ciudad. En la “kapia” se reunían en uno u otro momento, los pertenecientes a cualquiera de las tres etnias, serbios ortodoxos, musulmanes o “turcos” y judíos, que habitaban Visegrad». El puente sobre el Drina era así, además de un lugar de paso una especie de punto de encuentro, un espacio público para el diálogo, que desempeñaba un papel similar al de la plaza mayor de una ciudad mediterránea.

La historia del puente sobre el Drina –y la novela de Ivo Andric– terminan en el otoño de 1914, en las semanas iniciales de la Primera Guerra Mundial. Con la destrucción del puente se rompían las condiciones para el encuentro y el diálogo entre las gentes que allí habían convivido durante siglos. La guerra se abatiría poco después sobre aquellas tierras como una maldición de la que todavía no han logrado liberarse.

Todo había empezado algunas semanas antes de que el séptimo pilar del puente sobre el Drina saltara por los aires. Y había empezado muy cerca de otro puente, el que en Sarajevo atraviesa el pequeño río Miljacka. El 28 de julio, en la embocadura del puente, un joven terrorista perteneciente al movimiento clandestino Mlada Bosna (Joven Bosnia) había disparado varias veces sobre el archiduque Francisco Fernando, heredero designado al doble trono austro-húngaro que visitaba Bosnia en su calidad de inspector general de los ejércitos del Imperio, con ocasión de unas maniobras militares.

La visita constituía una notoria imprudencia pues era bien conocido el estado de agitación de los nacionalistas proserbios. Por otra parte, la visita tenía mucho de provocación pues la fecha elegida, el 28 de junio, era la más simbólica del calendario político del nacionalismo serbio, ya que conmemoraba el día en que, en 1389, los serbios fueron derrotados en la batalla de Kosovo, por los otomanos.

Francisco Fernando era especialmente odiado por los nacionalistas eslavos. Su confesado propósito de convertir en «trialista» el sistema dual, austro-húngaro, establecido en virtud del Compromiso de 1867, le convertía paradójicamente en objetivo prioritario del terrorismo nacionalista. El atentado de Sarajevo, a la vera del puente sobre el Miljacka, desencadenó la catástrofe y la Europa de los Imperios multinacionales fue sustituida por la de los Estados pretendidamente nacionales, en cuyo seno las minorías no fueron más felices sino incluso mucho menos que en el viejo mundo de los imperios, que los nacionalistas habían catalogado como «cárceles de pueblos».

El tercer puente que simboliza el desdicha-do destino histórico de Bosnia-Herzegovina –y que seguramente también es el más bello ar-quitectónicamente– es el «Stari Most» (el puente viejo) que en Mostar une las dos orillas del Neretva. Fue construido en 1566 por Khayreddin, uno de los mejores arquitectos del período otomano clásico. Pocas obras muestran mejor la exactitud del juicio de Jean Paul Roux sobre la arquitectura civil otomana que el «Stari Most». Después de afirmar que «casi todos los puentes son magníficos», el gran orientalista francés añade:«Se puede uno preguntar si el talento y la imaginación fecunda que han mostrado siempre los arquitectos turcos en sus construcciones no provienen de que no les constreñía ningún imperativo cultural o de culto. Enfrentados a problemas puramente técnicos, supieron resolverlos con una perfecta maestría para conciliar solidez y elegancia». Este bello puente de Mostar está formado por un solo y espléndido arco, resuelto en un atrevido medio punto bajo el cual discurren las aguas verde esmeralda del Neretva, uno de los pocos ríos bosniacos que desembocan en el Adriático, después de un recorrido de algo más de doscientos kilómetros por angostas gargantas y estrechos valles.

El «Stari Most» de Mostar, que une o separa los barrios musulmanes de los croatas, ha sido durante siglos el símbolo más representativo de la ciudad, a la que dio su nombre. Por sus cualidades artísticas y arquitectónicas la UNESCO le concedió el título de Patrimonio Cultural de la Humanidad. Pero la tragedia de Bosnia se ha cebado con especial crudeza en la capital de la Herzegovina, que ha quedado casi totalmente destruida y el «Stari Most» ha sido una de las víctimas de la barbarie desatada. En la primera fase de la guerra los serbios destruyeron cuatro de los puentes que atravesaban el Neretva por la zona de Mostar, tres de los cuales fueron posteriormente rehabilitados. Se produjo después el enfrentamiento entre croatas y bosniacos o musulmanes, los aliados de la víspera, y el 9 de noviembre de 1993 el HVO o ejército bosnio-croata destruyó a cañonazos esa pieza única e insustituible de la arquitectura otomana. Pocos hechos pueden simbolizar mejor la ruptura de la convivencia entre las etnias y los sentimientos que las separan. Porque al «Stari Most», más que los cañones croatas lo ha destruido el odio.

Los soldados de la Brigada Española en Bosnia han motado una pasarela en el mismo lugar en que estaba el puente, aprovechando los pilares heridos de las orillas. Las piedras que formaban el puente yacen en el fondo del Neretva y se espera que, con la ayuda internacional, puedan sacarse de allí para intentar una costosa reconstrucción. Pero también se han ido a pique las bases para el diálogo entre las etnias y su recuperación será todavía más difícil. Los soldados españoles tensan cada semana los cables de la pasarela en una tarea, también simbólica, que representa el esfuerzo por mantener las posibilidades de entendimiento entre los habitantes de las dos orillas, separados mucho más por las visicitudes bélicas y por los odios seculares que por las verdes aguas del Neretva.



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