Tercera:
Tres puentes en Bosnia
Alejandro
Muñoz Alonso
Bosnia-Herze- govina ha sido secularmente
una tierra de cruces, encuentros y enfrentamientos de etnias, culturas
y religiones. Ha sido una tierra-puente y no sólo metafóricamente,
porque los puentes que atraviesan sus ríos fronteras naturales
entre tribus y pueblos han tenido a menudo una destacada relevancia
histórica: las vivencias colectivas de sus gentes han girado frecuentemente
en torno a sus puentes y éstos, si a veces han sido lazo de unión
entre las etnias instaladas en sus orillas, a veces también, cuando
ha surgido el conflicto, han sido el lugar donde los odios se han estrellado.
No puede extrañar, por eso, que el más grande escritor
en lengua serbocroata, Ivo Andric, Premio Nobel de Literatura en 1961,
hiciera de un puente el protagonista de su mejor novela, «Un puente
sobre el Drina» (1959). Andric fue un hombre cosmopolita. Su obra
literaria, a pesar de todo, es una continua reflexión en torno a
las visicitudes y complejidades de su atormentado país, que describe
con una belleza y una fuerza magistrales, pero también con un amor
que brota espontáneo en cada párrafo.
En la citada novela, Andric relata la historia del puente que, sobre
el Drina tributario del Sava que, a su vez, lleva sus aguas al Danu-bio,
existe todavía en la pequeña ciudad de Visegrad, al este
de Bosnia, muy cerca de la frontera con Serbia. El puente, sólido
y airoso, fue construido en 1571, seguramente bajo la dirección
de Mimar Sinán, el más grande arquitecto civil del Imperio
Otomano, o de alguno de sus discípulos. La decisión de construirlo
partió del gran visir Sokollu Mehmed Pachá, que había
nacido en Sokolovice, muy cerca de Visegrad que, siendo todavía
un niño, fue enviado a Estambul, como parte del «devchirme»
o «tributo de sangre». En virtud de este sistema, sucesivas
promociones de jóvenes cristianos eran arrancados a sus familias
de los Balcanes y enviados a Anatolia como «kapi kullarï»
o servidores. Tras su islamización prestaban sus servicios en la
corte otomana, la Sublime Puerta y, sobre todo, en el ejército otomano
como jenízaros, constituyendo unas de las tropas de infantería
más temibles de su tiempo. Alguno de estos jenízaros accedía,
en ocasiones a las más altas posiciones dentro de la jerarquía
otomana. Tal fue el caso de Sokollu Mehmed Pachá, el fundador del
puente sobre el Drina que permaneció siempre fiel a sus orígenes
serbios.
El puente sobre el Drina, que Andric convierte en centro de su relato,
paso obligado en la ruta hacia Serbia y hasta Estambul, tenía unos
doscientos metros de longitud y unos diez de anchura. «En su parte
central escribe Andric se ensanchaba en dos terrazas simétricas
a ambos lados del camino transitable... A esta parte del puente se la llama
la kapia... Las dos terrazas se proyectan atrevida y armoniosamente
en el espacio por encima del agua verde y ruidosa». La terraza de
la derecha según se viene de la ciudad de acuerdo con la minuciosa
descripción de Andric se llama el «Sofá»
y está bordeada por asientos a los cuales sirve de respaldo el parapeto
del puente. La de la izquierda, en cuyo muro hay una fuente que brota de
las fauces de un dragón de piedra, se había instalado una
especie de «chiringuito» en el que un cafetero había
establecido su modesto negocio. «En el puente y su kapia
prosigue Andric en torno a él o en relación con
él, discurre y se desarrolla... la vida de los habitantes de la
pequeña ciudad. En la kapia se reunían en uno
u otro momento, los pertenecientes a cualquiera de las tres etnias, serbios
ortodoxos, musulmanes o turcos y judíos, que habitaban
Visegrad». El puente sobre el Drina era así, además
de un lugar de paso una especie de punto de encuentro, un espacio público
para el diálogo, que desempeñaba un papel similar al de la
plaza mayor de una ciudad mediterránea.
La historia del puente sobre el Drina y la novela de Ivo Andric
terminan en el otoño de 1914, en las semanas iniciales de la Primera
Guerra Mundial. Con la destrucción del puente se rompían
las condiciones para el encuentro y el diálogo entre las gentes
que allí habían convivido durante siglos. La guerra se abatiría
poco después sobre aquellas tierras como una maldición de
la que todavía no han logrado liberarse.
Todo había empezado algunas semanas antes de que el séptimo
pilar del puente sobre el Drina saltara por los aires. Y había empezado
muy cerca de otro puente, el que en Sarajevo atraviesa el pequeño
río Miljacka. El 28 de julio, en la embocadura del puente, un joven
terrorista perteneciente al movimiento clandestino Mlada Bosna (Joven Bosnia)
había disparado varias veces sobre el archiduque Francisco Fernando,
heredero designado al doble trono austro-húngaro que visitaba Bosnia
en su calidad de inspector general de los ejércitos del Imperio,
con ocasión de unas maniobras militares.
La visita constituía una notoria imprudencia pues era bien conocido
el estado de agitación de los nacionalistas proserbios. Por otra
parte, la visita tenía mucho de provocación pues la fecha
elegida, el 28 de junio, era la más simbólica del calendario
político del nacionalismo serbio, ya que conmemoraba el día
en que, en 1389, los serbios fueron derrotados en la batalla de Kosovo,
por los otomanos.
Francisco Fernando era especialmente odiado por los nacionalistas eslavos.
Su confesado propósito de convertir en «trialista» el
sistema dual, austro-húngaro, establecido en virtud del Compromiso
de 1867, le convertía paradójicamente en objetivo prioritario
del terrorismo nacionalista. El atentado de Sarajevo, a la vera del puente
sobre el Miljacka, desencadenó la catástrofe y la Europa
de los Imperios multinacionales fue sustituida por la de los Estados pretendidamente
nacionales, en cuyo seno las minorías no fueron más felices
sino incluso mucho menos que en el viejo mundo de los imperios, que los
nacionalistas habían catalogado como «cárceles de pueblos».
El tercer puente que simboliza el desdicha-do destino histórico
de Bosnia-Herzegovina y que seguramente también es el más
bello ar-quitectónicamente es el «Stari Most»
(el puente viejo) que en Mostar une las dos orillas del Neretva. Fue construido
en 1566 por Khayreddin, uno de los mejores arquitectos del período
otomano clásico. Pocas obras muestran mejor la exactitud del juicio
de Jean Paul Roux sobre la arquitectura civil otomana que el «Stari
Most». Después de afirmar que «casi todos los puentes
son magníficos», el gran orientalista francés añade:«Se
puede uno preguntar si el talento y la imaginación fecunda que han
mostrado siempre los arquitectos turcos en sus construcciones no provienen
de que no les constreñía ningún imperativo cultural
o de culto. Enfrentados a problemas puramente técnicos, supieron
resolverlos con una perfecta maestría para conciliar solidez y elegancia».
Este bello puente de Mostar está formado por un solo y espléndido
arco, resuelto en un atrevido medio punto bajo el cual discurren las aguas
verde esmeralda del Neretva, uno de los pocos ríos bosniacos que
desembocan en el Adriático, después de un recorrido de algo
más de doscientos kilómetros por angostas gargantas y estrechos
valles.
El «Stari Most» de Mostar, que une o separa los barrios
musulmanes de los croatas, ha sido durante siglos el símbolo más
representativo de la ciudad, a la que dio su nombre. Por sus cualidades
artísticas y arquitectónicas la UNESCO le concedió
el título de Patrimonio Cultural de la Humanidad. Pero la tragedia
de Bosnia se ha cebado con especial crudeza en la capital de la Herzegovina,
que ha quedado casi totalmente destruida y el «Stari Most»
ha sido una de las víctimas de la barbarie desatada. En la primera
fase de la guerra los serbios destruyeron cuatro de los puentes que atravesaban
el Neretva por la zona de Mostar, tres de los cuales fueron posteriormente
rehabilitados. Se produjo después el enfrentamiento entre croatas
y bosniacos o musulmanes, los aliados de la víspera, y el 9 de noviembre
de 1993 el HVO o ejército bosnio-croata destruyó a cañonazos
esa pieza única e insustituible de la arquitectura otomana. Pocos
hechos pueden simbolizar mejor la ruptura de la convivencia entre las etnias
y los sentimientos que las separan. Porque al «Stari Most»,
más que los cañones croatas lo ha destruido el odio.
Los soldados de la Brigada Española en Bosnia han motado una
pasarela en el mismo lugar en que estaba el puente, aprovechando los pilares
heridos de las orillas. Las piedras que formaban el puente yacen en el
fondo del Neretva y se espera que, con la ayuda internacional, puedan sacarse
de allí para intentar una costosa reconstrucción. Pero también
se han ido a pique las bases para el diálogo entre las etnias y
su recuperación será todavía más difícil.
Los soldados españoles tensan cada semana los cables de la pasarela
en una tarea, también simbólica, que representa el esfuerzo
por mantener las posibilidades de entendimiento entre los habitantes de
las dos orillas, separados mucho más por las visicitudes bélicas
y por los odios seculares que por las verdes aguas del Neretva.
ABC, prensa española