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| Revista Electrónica Nº 18 Agosto 1997 |
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Guerra a políticos tradicionales Alfredo Rangel Suarez El asesinato del senador Jorge Cristo es parte de la violencia política con fines electorales que está asolando al país y que tiene como principales protagonistas a los grupos guerrilleros y a los paramilitares. Con este crimen se formaliza la declaración de guerra que las guerrillas le están haciendo a la clase política tradicional en algunas regiones del país y cuyo propósito inmediato es impedir que esos dirigentes realicen proselitismo con miras a las próximas elecciones. No es, entonces, casual, sino por el contrario, muy significativo, que la víctima escogida en esta ocasión haya sido uno de los más representativos exponentes de esa clase política que, sin tener una gran notoriedad ni liderazgo a nivel nacional, tiene un gran respaldo y control electoral a nivel regional. El propósito de la táctica política electoral de la insurgencia es socavar la legitimidad de las elecciones locales y regionales, así como apuntar a su cuestionamiento en el nivel nacional. Así, la guerrilla ha llegado a impedir absolutamente la realización de elecciones en varios municipios evitando la inscripción de candidatos a las alcaldías y a los concejos en zonas donde tienen un control casi absoluto de la situación. En otros municipios donde su influencia ya está consolidada, pero no es tan determinante como para impedir la inscripción de candidatos, la guerrilla pretende obstaculizar el proselitismo electoral de los candidatos más ligados a los dirigentes políticos tradicionales de la región. Por último, en las zonas donde su influencia hasta ahora se está consolidando seguirán realizando presiones sobre los candidatos buscando imponerles por la fuerza acuerdos que le permitan a la guerrilla coadministrar y controlar los gobiernos municipales. Esta táctica electoral es, al parecer, consciente con la estrategia de guerra de los grupos insurgentes que está orientada a pasar gradualmente de la guerra de guerrillas a la guerra de movimientos y de posiciones. Esta estrategia tiene como uno de sus objetivos fundamentales cuestionar de manera absoluta el control del Estado sobre algunas zonas del territorio, no solamente ejerciendo el poder de hecho, como ya lo está haciendo en algunos sitios del país, sino, incluso, impidiendo tanto la presencia física de los agentes políticos y militares del Estado, como la realización normal de los procesos administrativos y legales -incluido el proceso electoral, fundamento del poder democrático- en esas zonas en las que, por lo menos temporalmente, las guerrillas aspiran a ser el único poder, de hecho y de derecho, impuesto por la fuerza de las armas. El propósito estratégico en esta nueva fase de la guerra irregular es aislar espacialmente al adversario en unos cuantos islotes rodeados de terrenos hostiles donde la guerrilla iría logrando un influjo creciente. Esto no significa que la guerrilla busque desde el primer momento dominar completamente todas las áreas donde tiene alguna presencia. Aspira, sí, a ir estableciendo dos formas de relación con el territorio: una de dominio absoluto y otra de presencia móvil y ocasional. En la primera se da el combate abierto y se regulariza gradualmente la confrontación. En la segunda se mantiene la guerra de guerrillas y las fuerzas irregulares. Con el logro de lo primero la guerrilla aspiraría a formalizar su carácter de fuerza beligerante. La guerrilla ha decidido empezar a levantar los puentes que de manera utilitaria había tendido con sectores de la clase política tradicional y que le habían permitido consolidar su presencia en muchas zonas del país por medio del control compartido del poder local y regional. Evidencia así mismo que su decisión de escalar la guerra va en serio y que está dispuesta a asumir los riesgos políticos y militares que eso representa, tal vez porque está convencida de que la rentabilidad política que le va a significar los éxitos militares que aspira a seguir consiguiendo le van a compensar con creces los costos de su apuesta. Incluso el asesinato de senador Cristo, aliado político de siempre y amigo de los hondos afectos del presidente Samper, podría interpretarse como un mensaje cifrado para el gobierno y para sus exploradores de paz acerca de las reales intenciones de la guerrilla en torno al eventual reinició de conversaciones de paz. *Ex asesor de la Consejería para la Seguridad Nacional El Tiempo de Colombia, domingo 10 de agosto de 1997 |
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