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| Revista Electrónica Nº 18 Agosto 1997 |
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De Pocaterra a hoy Germán Arciniegas Las memorias de un venezolano de la decadencia, de José Rafael Pocaterra, llegaron en sus originales a manos de Eduardo Santos. El doctor Santos me confió su publicación. A 'Juan Bisonte', como llamábamos al déspota de la época en Caracas, solo podían combatirlo editorialmente los venezolanos desde Colombia. Fue la primera obra extensa que publiqué como editor, pero al mismo tiempo la primera denuncia bien documentada sobre las dictaduras en la Venezuela de nuestro tiempo. La denuncia de Pocaterra completaba el macabro panorama de una serie de gobiernos que venían reduciendo a Venezuela y ensombrecían la república nacida bajo la fulgurante espada de Bolívar. Hubo un tiempo, entonces, en que las dictaduras venezolanas figuraban como las más duras de Nuestra América, pero faltaba un libro como el de Pocaterra que puntualizara los hechos. El nuevo siglo marcaba un despertar de las juventudes que en Venezuela 'Juan Bisonte' trataba de acallar poniendo a remendar las carreteras a los estudiantes que se manifestaran en cualquier acto de independencia. A partir de 1910, los estudiantes de la Gran Colombia comenzaron un movimiento internacional de reforma universitaria, en el que participó inclusive una avanzada venezolana de estudiantes residentes en París, que iniciaron ligas internacionales, empezando por tomar contactos con estudiantes de la Gran Colombia y de España y de toda Nuestra América, en asociaciones que tuvieron sus casas de Troya en París y en Madrid. Venezuela empezaba a enriquecerse con el petróleo y 'Juan Bisonte' no alcanzaba a controlar los movimientos de los muchachos que tenían sus reuniones en París, Madrid, y a veces, en las mismas ciudades de América, como Bogotá, Quito, Lima, Montevideo o Buenos Aires. 'Juan Bisonte' alcanzaba a imponer el silencio dentro de las fronteras nacionales pero escapaba a su control la Venezuela peregrina que cruzaba el Atlántico y la misma que llegaba a Barranquilla, a Bogotá, a Cali, a Medellín. La publicación del libro de Pocaterra tenía que producir una conmoción en Venezuela. Se tenía conocimiento del despotismo de 'Juan Bisonte', pero faltaba una información que por primera vez se daba en un libro. Con este comienza la caída de una dictadura de medio siglo. Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Rómulo Gallegos, Ramón Díaz Sánchez, Mariano Picón Salas, Miguel Angel Burelli, Rafael Caldera, Antonia Palacios, Luis Pastori, Andrés Eloy Blanco, Vicente Gerbassi, Juan Lizcano, formaban un nutrido grupo de escritores que colocaban a Venezuela en primera fila en el mapa intelectual de Nuestra América. He cometido un error enunciando estos nombres, porque sé que dejo muchos por fuera. Venezuela, a pesar de Juan Vicente Gómez y de sus demás dictaduras, o tal vez por eso mismo, había estimulado la agresión intelectual, y dentro del país o más allá de sus fronteras estaban produciéndose poesías, novelas, ensayos, historia, como en pocos lugares de América. De la época de El cojo ilustrado a los suplementos de El Nacional existía una continuidad que no está bien registrada en las historias de Venezuela, pero que se pondrá a flote cuando se haga un balance justo del mundo literario en Nuestra América. Hay un momento en que nuestro gran novelista es Rómulo Gallegos, pero, cuando de Gallegos se pasa a Arturo Uslar Pietri, se siente la llegada de la nueva ola. Puede ocurrir que estos avances de la literatura en Nuestra América obedezcan a las circunstancias continentales. Pero el caso de Venezuela resplandece por las figuras sobresalientes que ilustran cada etapa de la vida literaria. En una simplificación demasiado elemental, decían que, al romperse la Gran Colombia, lo que había quedado era, en la Nueva Granada una universidad, en el Ecuador un convento y en Venezuela un cuartel. Simplificación demasiado optimista, que debió hacerla algún colombiano. Don Juan Montalvo no quedaba bien como prior de un convento, el general
Mosquera de rector de una universidad, ni podíamos seguir viendo
en Rómulo Gallegos al sargento de Yatagán. Cada una de las
tres repúblicas tenía su cuota de convento, de cuartel y de
escuela. Y el cuento de Bogotá, Atenas de la América Latina,
no dejaba de ser una linda ilusión con que nos dábamos aire
de abanico... El Tiempo de Bogotá, Jueves 7 de agosto de 1997 |
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