Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 18     Agosto 1997

Esta Semana

El poder y la necesidad

Héctor Charry Samper

El reciente proyecto de reforma parcial, presentado por el Secretario General, cubre apenas algunos aspectos de los que numerosos grupos de trabajo y comisiones independientes han venido planteando sobre la reforma de las Naciones Unidas, especialmente con ocasión de sus 50 años, en 1995. Ahora habría que hacer un esfuerzo notable, no limitado a las burocracias internacionales y nacionales, para crear un clima que las haga viables. Hay que partir de la circunstancia inamovible de que para que se apruebe una enmienda de la Carta se necesita el voto de las dos terceras partes de los miembros de la Asamblea General, incluyendo en estos a todos los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Es decir, que estén de acuerdo los Estados Unidos, China, Francia, Rusia y el Reino Unido.

No se debe olvidar que algunos de los cambios que la ONU requiere se pueden hacer sin reformas de la Carta. Su tarea, universal, poliforme, doctrinal y operacional, de verdad irremplazable, presenta aspectos que exigen más bien consolidación en unos casos, en otros, mayores recursos financieros, mejoramientos en la eficiencia. Así como un esfuerzo permanente de concientización en la opinión mundial, sobre todo en los actores nuevos de la escena internacional. Usualmente se oye más a los partidarios del unilateralismo, se da por descontado que la ONU asuma el papel de 'chivo expiatorio' de las fallas de otros.

Paul Kennedy escribió durante la celebración del cincuentenario algo que debe recordarse ahora porque constituye una buena síntesis introductoria de la situación: "Es necesario readaptar a las Naciones Unidas y esto implica cambios que muchos temen. Pero la comunidad mundial tiene que enfrentar abierta y honestamente los problemas gemelos del poder y la necesidad. Este desequilibrio entre el poder y la necesidad, que está creciendo, en vez de encogerse, es el reto mayor que enfrentamos en la actualidad". Ahí está descrita con simpleza la brecha de la concentración de la riqueza y la tecnociencia por un lado, y por el otro la del crecimiento desorbitado de la población en las regiones más pobres, el retraso comparativo de muchos en medio de una impresionante prosperidad, desequilibrada, sin par en la historia.

El nudo de la cuestión reside en parte en el paralelismo que se presenta entre las instituciones surgidas de San Francisco (que son la ONU propiamente dicha) y las que se plasmaron en Breton Woods: el Banco Mundial y el Fondo Monetario, que acaban de ser reforzados con la Organización Mundial del Comercio, por fuera de la órbita del Secretario General. Como además los organismos especializados carecen de una verdadera coordinación, cumplen alta proporción del trabajo de la ONU y son evidentes las duplicidades y vacíos entre la Asamblea General y el Consejo Económico y Social (Ecosoc), el cuadro para la reforma se completa.

Es muy significativo que el Ecosoc carezca de funciones equivalentes en el campo económico-social a las que posee el Consejo de Seguridad en el de la paz. Ello está acertadamente diagnosticado en la 'Agenda para la paz' y en la 'Agenda para el desarrollo' sustentados por el entonces secretario general, Boutros Ghali, y proviene justamente de 1945. Tanto la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OECD) como el Grupo de los 7 países más industrializados han comenzado una etapa de expansión, de atracción de nuevos miembros (entre los ex socialistas y algunos países en desarrollo). Su radio de acción, sus competencias ampliadas, muestran la vocación de constituirse en una especie de directorios globales económicos, pero con criterios selectivos, discriminatorios, bajo su manejo.

Lo anterior deja al Ecosoc en una posición aún más débil y preocupante de desfase con respecto a las tendencias que se proyectan hacia el siglo XXI. No parecen estar listos los miembros de la ONU para conferirle al Ecosoc responsabilidades efectivas de coordinación, de enlace, de promoción equitativa del desarrollo. Ahí saltan a la vista diferencias rotundas entre el Norte y el Sur, pero estos dos grandes conjuntos están lejos de ser monolíticos. Precisamente por ello sería posible un entendimiento negociado para la reforma. En principio, y más allá de los cambios en el número de integrantes (de 18 iniciales ya va en 54), o de modificaciones de maquillaje, es evidente que uno de los grandes meridianos por donde pasa la reforma de la ONU es, precisamente, el Ecosoc.

Pero no habría hoy un solo Estado en posición de otorgar, en un Consejo Económico y Social, realmente funcional, un derecho al veto como el que existe en el Consejo de Seguridad. A la vez, las grandes potencias se resistirían, todas, a someter los asuntos de su competencia al principio "una nación un voto", que predomina en la Asamblea General. Ahí radica una de las trampas mortales que se atraviesan en el camino hacia una reestructuración armónica de la ONU. ¿Cuántos Estados del sur aceptarían un método de voto ponderado en un Consejo Económico y Social como el que campea en las instituciones de Breton Woods? ¿Cuántos Estados del norte estarían dispuestos a conceder limitaciones al poder derivado de su condición de "grandes contribuyentes"? En la cumbre social de Copenhague (1995), los países desarrollados y en desarrollo coincidieron en que a lo económico y a lo social se les debe conferir la misma prioridad. Ese fue un primer paso positivo para abrirle camino a un gran avenimiento transaccional para reformar solidariamente el Ecosoc.



El Tiempo de Bogotá, Jueves 7 de agosto de 1997

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