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| Revista Electrónica Nº 18 Agosto 1997 |
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Educación sexual y sentimental Massimo Desiato La educación sexual no es sólo un asunto de normas higiénicas para evitar enfermedades contagiosas o un conjunto de técnicas destinadas a prevenir el embarazo; ni siquiera la serie de procedimientos para llegar o intensificar el placer. Cuando se la imparte de esta manera, la educación sexual pierde su dimensión más plena, a saber aquella en la que la sexualidad es interpretada como una esfera comunicativa y como uno de los lugares privilegiados para el encuentro con el otro. Y es que si hay algo peligroso en la sexualidad es todo el nivel afectivo que la envuelve y que necesita ser educado. En este sentido, toda auténtica educación sexual es educación sentimental para amar al otro y hacerlo prójimo; es decir, para que la relación misma funcione como un proceso humanizador de signo contrario a los mecanismos cosificantes a menudo presentes en los actos sexuales. La sexualidad es un mundo de intimidad en el cual permitimos que el otro se nos vuelva cercano, participe de nuestra intimidad. Es un mundo hermoso, pero a la vez frágil, porque está construido sobre la base de un entramado afectivo complejo en el cual están presentes múltiples y abigarrados equilibrios. Una sexualidad mal llevada quebranta la afectividad, pervierte los sentimientos y lejos de acercar al otro, lo aleja, nos lo hace extraño, lo reduce a un medio para satisfacer pulsiones mal canalizadas. Personalmente creo que la educación sexual debe ser enseñada en las escuelas, pero debe estar acompañada de una educación del sentimiento; esto es, una educación para que reconozcamos en el otro un ser humano. Así entendida la manera de vivir nuestra sexualidad funciona como una suerte de ética básica, porque en ella aprendemos el respeto por el otro, comprendemos que cada hombre y mujer es un ser digno de ser amado conforme a lo que él pide. De ahí que apresurar el acto sexual, realizarlo cuando no se ha cumplido el crecimiento de una afectividad madura represente un auténtico peligro para nuestros adolescentes. Debemos alertar que una sexualidad mal llevada hiere los procesos afectivos, los quema y una vez que la afectividad resulta dañada es muy difícil recuperar emociones y sensaciones positivas. La sexualidad es un arma de doble filo. La pluralidad de pulsiones que la estructura puede producir extravío y confusión, puede generar incomunicación y soledad inclusive en el abrazo más íntimo. Si la escuela renuncia a educar en este ámbito deja al individuo en manos de un mercado comunicacional cuyas imágenes y modelos son fabricados con fines básicamente comerciales alejados de toda preocupación formativa. Los sentimientos tienen una base espontánea, pero requieren de atención y cuidados. Así como aprendemos muchas cosas, también debemos aprender a amar de manera consciente y responsable. En el mundo de hoy esto último significa confrontar toda clase
de modelos para juzgar su pertinencia. Callar sobre la sexualidad y los
sentimientos es una mala estrategia. Si la escuela y la familia no hablan
de estas cosas, nuestros jóvenes se verán obligados a aprender
de la ``calle'' algo que por su importancia debería estar en manos
de personas calificadas capaces de señalar la pluralidad de matices
inscritas en este proceso. La mejor educación sexual no es aquella
que encubre el sexo, sino la que se abre al diálogo y a la discusión
sobre los deseos y la forma de conducirlos. No hay libertad sexual sin disciplina
sexual, porque la libertad no es poder hacer todo lo que se le ocurra a
uno en cualquier momento: eso es, más bien, ser esclavos y víctimas
de ocurrencias de todo tipo. La libertad corre pareja al autocontrol y a
la comprensión de los momentos oportunos. El sexo debe seguir al
sentimiento, y no a la inversa. Sólo cuando el sentimiento se encuentre
bien formado podremos disponer de una sexualidad adecuada, aquella que sabe
abrirse al otro para promoverlo en su bienestar y felicidad. Educar de esta
manera es educar la intimidad para que ésta no quede a la merced
de prototipos deshumanos. Es tiempo ya que nuestra sociedad reconozca la
urgencia de este problema y que lo enfrente con todos los recursos a su
alcance. Es hora de que elaboremos una crítica constructiva del sentimiento
desde las instituciones mismas, en lugar de dejar eso en manos de mecanismos
impersonales. Tomado de El Nacional On-line |
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