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| Revista Electrónica Nº 18 Agosto 1997 |
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Por el ojo de la cerradura Leonardo Pizani. Sociedad artesanal A veces se nos olvida que, durante muchos años, las grandes empresas en todo el mundo tuvieron que dar una fuerte pelea para tratar de convencer al común de la gente de que los productos que ellos fabricaban en serie, y que caracterizaron la producción en masa, eran ``tan buenos'' o ``mejores'' que sus equivalentes producidos artesanalmente. En este sentido, quizás no exista un mejor caso en el cual aplicar aquella célebre frase de Don Miguel de Unamuno cuando -en la Universidad de Salamanca- le dijo a las tropas franquistas ``Venceréis, pero no convenceréis''. En efecto, si bien es cierto que los productos fabricados en serie se adueñaron del mercado por la vía de su accesibilidad, los precios, la sociedad de consumo y la masificación, no cabe ninguna duda de que ``no convencieron'', como lo demuestra el hecho de que, todavía hoy, a pesar de su predominio casi absoluto sobre la oferta, las mismas grandes empresas, cuando quieren significar que el producto es excelente, utilizan como punto de comparación o referencia los productos artesanales. Y esto sucede a todos los niveles y en todos los mercados, aun en los típicamente masivos y en los segmentos de mayor poder adquisitivo. Los ejemplos sobran; desde el Rolls Royce, hasta los espaguetis, pasando por el vestido, el calzado o la herrería, todos -cuando pueden- se ufanan del carácter ``artesanal'' de sus artículos. Y esto no casual. En los productos artesanales -cuando son buenos- encontramos cualidades de excelencia que no son fácilmente imitables. Calidad, adecuación, creatividad y diseño, una cierta presencia artística, y ese misterioso ``no sé qué'', que le confiere su carácter de pieza única en la cual, el artesano, colocó algo de sí que ni siquiera está presente en otra pieza de él mismo, y que transmite al usuario esa sensación de ``hecha para ti'' que tanto se valora. Hoy estamos ante un fenómeno que puede reconciliar posiciones de esta vieja discusión. Las tecnologías que caracterizan la sociedad en la que nos ha tocado vivir en este fin de siglo -el cúmulo de información y la velocidad de procesamiento de la misma- han permitido formas de organización de la producción y de los servicios, que hacen posible un manejo individualizado del cliente y una satisfacción tan particular de sus necesidades que abren la posibilidad de dar a los servicios visos de atención personal y a los productos características de ``hecho a la medida'', reivindicando así el valor de lo artesanal. Paradójicamente, en cierto sentido podríamos decir que la teleinformática y el microchip son la respuesta tecnológica que puede permitir a la sociedad moderna enfrentar con éxito la masificación, porque no solamente permite adecuar la oferta, sino que también hace posible organizar una demanda mucho más exigente en todos los terrenos. Pero esta forma de ver las cosas no se desarrolla por sí sola. Necesita ser impulsada política y técnicamente, e implica cambios fundamentales en los empresarios. En Venezuela, una política económica que pretenda transformar esencialmente el sector productivo, tiene que fundamentarse en el desarrollo de nuevos actores. Una política industrial que sólo agregue a su discurso la organización de las cadenas productivas, corre el riesgo inminente de ser más de lo mismo y de reforzar las actuales estructuras clientelares de poder, sin introducir ningún cambio en la dinámica del aparato productivo y profundizando la concentración de capitales, como parece estar sucediendo. La promoción de la organización de las cadenas productivas es un paso muy importante y necesario pero no suficiente para producir los cambios que se requieren en un país donde los empresarios realmente emprendedores a nivel de la gran empresa se cuentan con los dedos de las manos. Esto es especialmente grave cuando se observa que el punto de mira desde el cual se están promoviendo las cadenas no ha variado con relación a la búsqueda de protagonistas, contribuyendo así a mantener en los primeros papeles a los mismos que, durante muchos años, han sido quienes han evitado el cambio. Debe fomentarse la renovación y la transformación del sector productivo con medidas que alienten y faciliten el que nuevos protagonistas, provenientes de las universidades y tecnológicos y de esa importante cantera empresarial que es la micro y la pequeña empresa, respondiendo a una nueva visión de su papel de liderazgo dentro de la sociedad y del futuro del país, pueden realmente saltar a la palestra y jugar el papel que les corresponde. Para esto hay medidas, políticas y recursos que no se están usando y sin los cuales cualquier cambio será sólo de maquillaje. Lamentablemente, hasta ahora no se ha visto ninguna medida que indique
que existe la decisión política y la voluntad técnica
de producir un cambio de protagonistas sociales que permitan pensar que
el proceso es a fondo y que avanzamos hacia esa nueva ``sociedad artesanal''
de la que hemos estado hablando. Tomado de El Nacional On-line |
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