Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 18     Agosto 1997

Esta Semana

La alternativa de Venezuela

Arturo Uslar Pietri

La tentativa de huelga general que se ha escenificado en Venezuela en estos días es uno de los hechos más reveladores y dignos de estudio de la compleja realidad por la que atraviesa el país. Es un síntoma más del malestar económico y social que el proceso inflacionario desatado, de manera incontenible, por el déficit del gasto público ocasiona en todas las formas de la vida colectiva.

Nada se ha hecho efectivamente para contrarrestar ese terrible proceso, cuya causa fundamental es el exceso creciente del gasto público deficitario. Todos los días el gobierno nacional y los múltiples gobiernos regionales gastan más, en un galope hacia el aumento de la burocracia y de los servicios. Lejos de hacer algo efectivo para acometer con eficiencia el problema fundamental de reducir el tamaño hipertrófico del Estado en la vida económica y social de Venezuela, no se ha hecho otra cosa que aumentarlo y complicarlo.

No sólo no se ha hecho nada para reducir efectivamente la presencia del Estado en la vida nacional sino que, por acciones y por omisiones, se ha aumentado en grado extraordinario, hasta extremos que parecieran condenar a Venezuela al déficit creciente y al colapso de las finanzas públicas.

Técnicamente el Banco Central de Venezuela está en situación de quiebra. Los sucesivos sistemas de los Bonos Cero Cupón y de los TEM han llegado prácticamente a su agotamiento y por primera vez desde su fundación esta institución ha tenido que revelar públicamente su situación deficitaria.

Una situación como ésta hay que calificarla de extrema gravedad y es, seguramente, el planteamiento más exigente y difícil que los venezolanos confrontan en esta hora. A pesar de ello, es poca la noción que se tiene de la importancia de esta amenaza y es menor todavía la manifestación de alguna voluntad de corregirla eficazmente y en tiempo oportuno.

El sistema de estatización creciente que, contra toda previsión racional, ha continuado ciegamente el gobierno de Venezuela es un camino hacia la catástrofe, casi inevitable. Nada se hace de efectivo para tratar de resolverlo. Sin embargo, con todo ello, el país tiene muy poca conciencia del mal que lo corroe y que amenaza todo su porvenir.

Todos los días el déficit presupuestario crece y la amenazadora presencia de la inflación aparece en todas las formas de la vida económica y social, suben los precios y disminuye el poder adquisitivo de los salarios, como parte del proceso devorador de la inflación. La mayoría de las gentes protesta casuísticamente sobre el alza de los precios de este o de aquel servicio, como si el mal pudiera tener tratamientos parciales, sin percatarse que todas esas alzas no son otra cosa que el efecto de una sola y fundamental causa, que es el gasto público deficitario. Se habla continuamente de los efectos, de las protestas y de las molestias por el alza de precios pero muy pocas veces se pantea la verdadera cuestión de la necesidad de reducir significativa y eficazmente el gasto público, que es como una espiral trágica en la que el país ha quedado atrapado.

Desde luego, el problema no consiste en buscar soluciones transitorias a cada múltiple caso de desequilibrio que se presenta sino que debería ser considerado en toda su magnitud nacional y debería tener como objeto una redefición del papel del Estado en la vida venezolana, una reducción del gasto público y una tentativa seria y sostenida hacia la sinceración de la democracia. En una u otra forma, en Venezuela todos los precios están subsidiados y, por lo tanto, el carácter artificial de la vida económica no lleva camino de corregirse. En el fondo de la aspiración extrema de los más cerriles apetitos está el poderoso deseo de que los subsidios aumenten y se multipliquen hasta desembocar en el caos.

Hay un solo problema central en la vida económica y social de la Venezuela de hoy que no es otro que la imposibilidad que hay de mantener indefinidamente el papel paternalista y providencialista del gobierno en la vida del país. Ni hay recursos, ni hay manera de salir de esta angustiosa situación sino por una reforma a fondo de la vida económica y social del país y del papel del gasto público en ella.

Mientras no se plantee en estos términos y en toda su plena dimensión la cuestión no va a tener solución y sólo va a lograrse fragmentarla en infinitos casos individuales para dudosas enmiendas transitorias. Es necesaria una reforma de inmensa magnitud que requiere no sólo un gran esfuerzo colectivo sostenido por suficiente tiempo para enmendar eficazmente los errores del pasado, sino lo que habría que llamar por su verdadero nombre: un cambio de la mentalidad colectiva.

Mientras los venezolanos no alcancemos una noción cabal de esta trágica peculiaridad y demos los pasos necesarios para enmendarla pronta y eficazmente, continuaremos condenados a debatirnos en las contradicciones, casi insolubles, de nuestra situación presente.

Lo que se necesita no es sólo una reforma del Estado, ni un replanteamiento de las bases de la vida económica y social, sino una nueva manera de entender nuestra situación y nuestro destino. Es difícil el cambio que se exige de todos nosotros pero sin él el país no tendrá futuro y seguirá debatiéndose indefinidamente en las contradicciones de su situación actual. Este y no otro es el desafío que tienen planteado los venezolanos de hoy.



Tomado de El Nacional On-line

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