Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 18     Agosto 1997

Esta Semana

La sátira y el cielofé

Federico Vegas

A veces las fantasías de la niñez persisten hasta encontrarnos maduros, y sonreímos por haber atesorado tanto tiempo un error delicioso. Un amigo se enteró hace poco de que Lassie no era una raza de perros, sino el nombre propio de una perra talentosa y de lengua enorme. Yo llegué a grande creyendo que la estrofa del himno al árbol: ``El árbol da sombra como el cielo fe'', se refería a un tipo de cubierta llamada ``cielofé'', pariente lejana del cielo raso.

Algo de razón contenía mi contracción: En arquitectura debería existir una techumbre que funcione como aquel ``cielofé'', que tantas veces traté de imaginar. Sería una cubierta fresca y transparente, con aromas y rumores de brisa, con una luminosidad de penumbras y sorpresivos vaivenes. Es que el árbol en su utilidad es tan pletórico como la vaca; hace poco en Las Mercedes tumbaron un mamón gigantesco y en su lugar colocaron una escultura, y yo me preguntaba ante aquella reluciente frigidez qué escultura da frutas y sombra, crece con los años, los niños sueñan con hacer casas en sus brazos, los enamorados escriben sus nombres, la orinan los perros y le dan trabajo al barrendero? Lo más gratificante del árbol es que enfrenta con apetito a los despiadados: no lo refleja, ni lo evita, ni lo detiene, se lo traga y lo digiere en verde oscuro, en oxígeno, en belleza.

Confieso que mi veneración no ha logrado pasar de una mansa perplejidad. Una mañana comenzaron a tumbar un árbol en mi calle; era un jabillo alegre y bailarín que había cometido el sacrilegio de levantar un brocal de acera. Cuando le reclamé a la cuadrilla armada con machetes y motosierra, me mostraron unos papeles con manchas de margarina y sellos de alcaldía. El jabillo ya estaba herido y mocho, con aspecto de Santiago apóstol, así que consideré cumplida mi gesta por la biosfera y seguí camino.

Supe esa misma noche que el árbol se había salvado gracias a la intervención de mi cuñado, quien pasó más tarde, no creyó en fotocopias y se aferró a lo que quedaba del tronco junto a dos vecinas histéricas. El jabillo desde entonces retoñó con el prestigio de los resurrectos; ahora luce más bien gordito y asustado, pero ni el peor verano le quita el verdor agradecido.

Las alcaldías son peligrosas con aquello de ``los árboles no votan''. Hace unos años me llamaron unos expertos de la Alcaldía de Baruta porque querían mi asesoría para algo que llamaban: ``Sendero ecológico urbano''. Acudí animado, a romper lanzas en favor de la naturaleza, pero resultó que ninguno de los títulos del proyecto era cierto. El tal sendero era un borde de autopista, que bien poco tienen de urbanas; más impropio aún era el adjetivo ``ecológico'', se refería tan sólo a unas guacamayas, tigres y otros animales de la selva profunda que estaban por pintar en un muro de concreto. Cuando sugerí que en vez de temas pictóricos sembraran trinitarias y otras enredaderas de poco riego, argumentaron que el proyecto requería brocha gorda porque el ``sponsor'' era una fábrica de pinturas.

Los árboles no fueron convidados a la fundación de Caracas. En el primer plano, dibujado a finales del siglo XVI, los árboles aparecen como unos hombrecitos aleteando los brazos desde las faldas y topes de las montañas, pero ninguno se acerca al riguroso damero. Así fue por mucho tiempo; el acto mismo de fundación consistía en cortar ramas a golpe de espada. Los árboles estaban relegados a algunos patios y al perímetro de la Caracas colonial. Por mucho tiempo la oposición entre ciudad y naturaleza fue total.

El primero en abrirles las puertas de la ciudad de una manera franca y decidida fue Guzmán Blanco. De accidentes profanos pasaron a ser majestuosos ornamentos en la plaza Bolívar y en bulevares alrededor del Capitolio. El Calvario dejó de ser cerro y comenzó a llamarse parque.

Giovanna Mérola en su libro La relación hombre-vegetación en la ciudad de Caracas va narrando como la naturaleza fue adquiriendo rol de protagonista en la ciudad. Cada uno de nosotros ha sentido a su manera estas presencias y ausencias, estas apariciones cautivadoras y muertes inexplicables. Yo celebro con especial entusiasmo las avenidas de La Florida, aquellas que tienen el nombre de sus árboles y también su espíritu e identidad. ``Los samanes'', ``Los jabillos'' y ``Las acacias'', aún prevalecen sobre los edificios que han ido sustituyendo a las antiguas quintas.

Ya ha llegado el momento de comprender que en Caracas la naturaleza es el verdadero protagonista y que debemos otorgarle a nuestra arquitectura un justo, sereno e inconsolable segundo lugar. Marx decía: ``La comedia es una tragedia que sucede dos veces''. Según esta ``márxima'' todo en Caracas es comedia; en esta ciudad todo lo construido ocurre, cada vez con más descaro, como tercera versión de algún mito ajeno y distante. Cuál opción nos queda? Vitruvio dividía las escenas teatrales en trágicas, cómicas y satíricas. En la sátira predominan los árboles, las grutas y montes que imitan paisajes. Caracas nació con una magnífica puesta en escena satírica que la lluvia renueva, acto tras acto, con su telón majestuoso y transparente. Mi padre dice que esta ciudad es atacada por sus habitantes y defendida por su topografía; yo sólo añadiría, y por su naturaleza.

Nuestra legislación urbana debe declarar a los árboles actores principales en el diseño de la ciudad. En Túnez una ley establece que ningún edificio será más alto que la palmera más alta; yo comenzaría por exigir que ningún edificio impida el desarrollo espléndido de un jabillo, y que en todo los frentes éstos tengan su lugar para formar junto a otros compañeros la fresca y digna continuidad que ya no saben ofrecer los edificios.

En el drama satírico de Eurípides, El Cíclope, Odiseo logra gracias a su inteligencia y astucia derrotar a un gigante muy superior en fuerza y poder. El cíclope había advertido a Odiseo: ``La riqueza, hombrecito, es Dios para los sabios, lo demás es rumor y bellas palabras...''. ``En cuanto a los que establecieron las leyes, abigarrando la vida de los hombres, los invito a pudrirse. Yo no dejaré de hacer el bien a mi persona, ni de comerte a ti''. Al final del drama Odiseo embriaga al gigante y lo deja ciego; los arquitectos debemos embriagar a los cíclopes para que abran los ojos a este escenario que revienta de posibilidades.

En estos días Caracas despierta al esplendor de sus verdes, no sé si gracias a intervenciones sensatas o a los aguaceros, pero lo cierto es que todo caraqueño en agosto entenderá, con sólo asomarse a la ventana, la fuerza con que nos congrega, define y explica el escenario de la sátira, y entonces podrá asumir con más alegría y elegancia esa conformación sensual, pletórica, encabritada y amorosa de los sátiros, mitad bestia y mitad hombre.



Tomado de El Nacional On-line

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