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| Revista Electrónica Nº 18 Agosto 1997 |
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Paro, catarsis o sinvergüenzura Juan Martín Echeverría El concepto de Estado está formado por tres componentes: la ideología que lo legitima y le da coherencia a su acción, una organización bien estructurada y eficiente y un conjunto de funcionarios que actúan de acuerdo a objetivos previamente determinados. Lo anterior, llevado a la práctica en Venezuela, se traduce en un equipo ministerial con criterios distintos, carentes de una visión global y discrepando cotidianamente los unos de los otros; ello se explica por la convivencia de los principios de la democracia, un toque de populismo y los amores de última hora hacia el neoliberalismo. La realidad es que el país carece de una propuesta nacional y ni siquiera dispone de la metodología para elaborar un Plan a la medida de sus necesidades cuando estamos montados en los compromisos del tercer milenio, lo que trae como consecuencia que el paro nacional apoyado por el Gobierno sea confuso, no beneficia a nadie en particular y terminó en un simple día feriado. Cada protagonista se ocupó de sus propios intereses, la CTV buscó legitimidad y presionar al sector privado de manera abierta, el Gobierno quiso una vez más, mediante una pirueta, colocarse en la acera de enfrente y hacerse oposición, los empresarios entendieron la señal y los partidos apoyaron abiertamente el descanso forzado por diferentes razones. En resumen, se trató de un paro eminentemente político, que al menos debería provocar una profunda reflexión. Quizás el mejor enfoque sea analizar el diálogo abierto sobre la economía, los incrementos salariales y la productividad, dejando a un lado las contradicciones de los altos funcionarios y la evidente falta de coherencia del Ejecutivo, ya que es poco lo que se gana paralizando las actividades por un día y aplicando medidas extremistas, como pretender paralizar el Aeropuerto Internacional de Maiquetía para aislarnos del mundo. Definitivamente, no entendemos los objetivos perseguidos, porque un paro general se manifiesta, sin mayores sutilezas, en un paro político contra el Gobierno. Ahora que se acerca la oportunidad de contarnos con el voto, vale la pena quitarse las máscaras con el convencimiento de que nuestras ideas están impulsadas, queramos o no, por el poder, y los ciudadanos tenemos que dedicarle especial atención a los próximos meses, contribuyendo a todo lo que incentive la activa solidaridad indispensable para fortalecer la sociedad civil; como única alternativa para garantizar el derecho a una mejor calidad de vida. Desde hace unos años el país marcha a la deriva, con nortes imprecisos y un cierto espíritu de anarquía, aunque el temor al conflicto ha evitado una conflagración de resultados imprevisibles; mientras tanto la dirigencia se pone medianamente de acuerdo al borde del precipicio, decidiendo en el último minuto la reforma de la Ley Orgánica del Sufragio y del Sistema de Justicia. Por eso recordamos la anécdota de la huelga de los trabajadores de una empresa privada en Japón, que recibía sus insumos por tren en un plazo máximo de 24 horas, disponiendo de poca capacidad de almacenamiento, porque sólo fabricaba sobre pedidos y su personal reclamaba aumento de salario. Ante la negativa de la empresa, la respuesta del personal fue trabajar noche y día agotando los insumos y abarrotando la capacidad de almacenamiento, hasta crear un caos que culminó con el reconocimiento a sus peticiones: ojalá hiciéramos a menudo huelgas a la japonesa y rechazáramos el contrastante paro político del día miércoles. Hay muchas formas cívicas de protestar, en la búsqueda de la dialéctica que conduzca a la nogociación y a los acuerdos, y nos parece irracional utilizar la figura del paro en forma irresponsable, cuando lo que nuestro país requiere es gente que trabaje de sol a sol, mejorando la competitividad frente a la integración andina, la apertura petrolera y la economía global: El venezolano quería trabajar, mucha gente se fue caminando, pidió colas, pagó taxis a alto precio e hizo esfuerzos para demostrar su rechazo a un paro absurdo, sin sentido ni objetivos definidos y que además no podía tener triunfadores; aparte de las dificultades para captar los contradictorios mensajes que se pretendieron transmitir. Se han logrado aciertos y somos los primeros en reconocerlos, compartimos el principio de la democracia orientada por las organizaciones partidistas, con una CTV poderosa, organizaciones intermedias deliberantes y los tres Poderes funcionando en armonía; sin embargo los errores y equivocaciones se potencian porque no hay un Plan Nacional, tampoco un modelo político coherente que abarque las profundas reformas políticas y sociales que deben efectuarse y por supuesto, la atención a la pequeña economía, para que se optimice el poder adquisitivo y funcionen los servicios. El paro auspiciado por el Gobierno contó con la simpatía
de la clase política y dejó más desconcertadas aun
a las comunidades, porque faltó reflexión y se creó
un clima de evidente confusión; fue un paro muy curioso, al recomendarse
públicamente a la gente que se quedara en su casa, sin permitirle
que manifestara por el natural temor a una movilización masiva. En
conclusión, el discutible manejo de una cuestión tan delicada
como un paro general exigió, por razones de seguridad, que los ciudadanos
no participaran, privándoles de la oportunidad de unir sus voces
para expresar el descontento que afecta a los sectores menos favorecidos
de la población y a la clase media. Tomado de El Universal digital |
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