Esta Semana
Revista Electrónica       Nº 18     Agosto 1997

Esta Semana

Cambios en la mentalidad venezolana

Manuel Caballero

Por razones de trabajo, hemos estado escudriñando, más que en las causas, en las consecuencias de aquella crisis que sacudió a Venezuela hace tres lustros: la que estalló el fatídico 'viernes negro', un 18 de febrero de 1983. Desde entonces vivimos bajo un signo monetario débil y una inflación creciente; desde entonces enterramos aquella ilusión que venía de 1930, de un país sin deudas. Vivimos la crisis del modelo de la sustitución de importaciones y, quién sabe, del sueño de una especie de autarquía económica, y en todo caso de un paroxístico nacionalismo económico, estatista y proteccionista. Pero tal vez una de las más importantes consecuencias de la crisis de 1983 se sitúe en el terreno psicológico.

Como anunciaba

sin mucha convicción

A partir de entonces los venezolanos hemos estado habituándonos a la realidad de que vivimos, más allá de una situación y una circunstancia, en una realidad permanente y también en un país diferente, tal y como lo anunciaba sin mucha convicción un slogan de la propaganda gubernamental en los meses que siguieron al estallido de la crisis del modelo económico y social.

Esa nueva mentalidad ha ido pasando por diversas etapas, a medida que la nueva situación se desarrollaba. Primero fue el impacto de no poder seguir gastando a manos llenas como en la década anterior: el control de cambios impidió que se siguiese 'miamizando', pero la desconfianza novísima en el valor de la moneda tendía a acelerar la tendencia de la gente a desembarazarse de él, en un país donde no existía esa cultura del ahorro típica de los países de viejo desarrollo capitalista.

Luego, se ha ido perdiendo la esperanza de que se pudiese volver a un nivel del valor de la moneda comparable al que se tuvo durante tantos años, si no al mismo. Por el contrario, la moneda ha seguido devaluándose para pasar en quince años de 4,30 bolívares por dólar a una cifra que fluctúa en los alrededores de 500 bolívares por dólar. Eso ha ido paulatinamente alejando la esperanza de que el bolívar pueda comprar todo, y de que podamos seguir viviendo de importaciones baratas.

Rayano en la autarquía

Coetáneamente, se ha ido abandonando la idea de un nacionalismo económico rayano en la autarquía: la crisis del modelo económico es también la crisis del modelo de la sustitución de importaciones. Los industriales deben, y han debido hacerlo, irse adaptando a una nueva realidad: en el futuro deberán hacerse más competitivos, abandonando incluso áreas que explotaban más por tradición y por ideología (sobre todo en el campo) que por una real productividad.

Conjuntamente con esto, ha ido cambiando la idea de que el petróleo era un Minotauro, una renta maldita que nos iba a dejar sólo ruinas materiales y morales cuando desapareciese en un plazo muy breve. Los venezolanos hemos dejado de preguntarnos qué haremos cuando se nos acabe el petróleo, porque ahora hay más petróleo que nunca y sin embargo, el país se ha arruinado.

En las élites, el cambio ha sido positivo: el petróleo no es una lotería, una renta maldita que pronto se acabará y por lo tanto hay que 'sembrar el petróleo' para que sea la tierra la productora de una riqueza moralmente aceptable. La sociedad venezolana pareciera estarse haciendo a la idea de que somos un país petrolero, que lo seguiremos siendo, y que eso no es una vergüenza sino la mayor 'ventaja competitiva' de la economía del país.

Sus lacras y sus vicios

Cierto, no todo es positivo, lejos de eso. A medida que el Estado ha ido mostrando más abiertamente sus lacras y sus vicios, a medida sobre todo que ha ido mostrando su ruina, la espléndida confianza en el futuro, la expectativa de los venezolanos de que sus hijos tendrían asegurado un porvenir promisor (donde la educación sería el canal privilegiado de movilización social vertical) todo eso se vino al suelo.

Una ola de escepticismo parece haber ganado el país. Como en todas partes, la inflación trae la ruina de las clases medias; y como lo señalara Allan Bullock en su análisis de la situación alemana en los años treinta, es un fenómeno que produce efectos psicológicos asimilables a un terremoto: la gente siente que el piso se le mueve por una fuerza que no puede controlar, y tiende entonces a buscar soluciones mágicas. Es el momento soñado por los milagreros, por los embaucadores sociales. Es la hora de la encuestomanía, de las soluciones autoritarias, de los programas 'hechos por el pueblo'.

Pero sobre todo, lo que ha ido abriéndose paso lentamente, pero con bastante seguridad, es la idea de que pasó la época en que había que esperarlo todo del Estado paternal. Claro, ésta es la más difícil de las trabas mentales a hacer caer.



Tomado de El Universal

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