Cabezal Artes y Placeres
Revista Electrónica       Nº 18     Agosto 1997

Visiones

Texto: Miguel Angel Blanco C.
Fotos Ana Luisa Figueredo

Atravesando el estado Bolívar -en Venezuela- después del kilómetro 88, de la carretera El Dorado-Santa Elena de Uairén, se encuentra "La Pared", la puerta norte del muro del sur. No se entiende por qué se le llama La Gran Sabana hasta que, después de subir "la pared" se puede admirar, con palpitante emoción, una parte de esa precámbrica altiplanicie que se atreve a retar al horizonte.

 

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Quien camine sobre sus suelos estará pisando tierra milenaria: basamentos ignéos-metamórficos y capas de rocas sedimentarias, más de 1.500 millones de años de historia. Es una altiplanicie que se inclina suavemente, de norte a sur, entre los 800 y 1.400 metros sobre el nivel del mar. Ciertamente es una Gran Sabana, es parte de la tierra que vio nacer al mundo.

 

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Magia Milenaria

Más adentro, en el corazón de este corazón del mundo, se elevan truncados tepuyes y descienden aguas del cielo. "Tanno, Roroimá, Tanno" (Grande el Roraima, Grande) como se expresa orgullosa el alma de un indio pemón ante tal majestuosa mole. Y esas aguas que manan del cielo a través de las venas del Churún Merú, la caída de agua más bella, no por ser la más alta del mundo, sino por llevar en su cauce sangre de tierra mágica.

 

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Hay un secreto que oculta La Gran Sabana. No se sabe si ella se detuvo en el tiempo o fue el tiempo quien se detuvo en ella. Ese es el secreto, simplemente envuelve en cada respiro, a cada pulmón. Los ojos se ponen golosos al verse hipnotizados por verdes tepuyes cuyas cumbres parecen haber sido cortadas "a machetazo limpio" por Dios, espejos que se encierran en los ríos, por tanto cielo que se une con la tierra milenaria en el horizonte; tampoco se sabe si es el agua quien refleja al cielo o viceversa.

 

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Montarse en una "kuriara" es navegar sobre el cielo. No hace falta cerrar los ojos para sentir la magia de esta tierra. Es envolvente, atraviesa los poros y nos deja aliento en el alma. Es otro mundo, dentro de este, nuestro caótico mundo.

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Parte de esta magia son las etnias que nacieron en esta tierra (indios pemones y yanomamis entre otros). Algunos todavía están detenidos en el tiempo en las entrañas de la selva, mientras que otros van aprendiendo a vivir, más que a convivir, del hombre "civilizado". Todo esto y mucho más, muchísimo más, es La Gran Sabana. La fotografía tan solo encierra un instante de belleza que "en carne viva", se hace eterno.


No todo lo que tiene oro, brilla

En la dermis de esta tierra mágica, también habita otra riqueza, aquella que hace perder la cabeza de todo hombre ambicioso. Oro y diamantes, piedras destellantes que han cegado los ojos y el alma de muchos, por no decir de todos, los que han sucumbido ante el sueño de "El Dorado".

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A partir de 1880 nuestros esclavizadores, perdón, nuestros colonizadores, empezaron a explotar -en el sentido estricto de la palabra- cuanta veta y mina se les atravesaba en la ambición. Hoy día, nada ha cambiado. El sueño de encontrar unas piedras y hacerse rico, no escapa de la mente del minero que trabaja tallando la piel de la tierra.

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Antes de que salga el sol, ya está el minero -o debería decir el verdugo?- preparándose para la jornada. Ya no usa una batea (recipiente tallado en madera con forma de cono, que se usa para encontrar el oro). Ahora tiene un arma poderosa. Una manguera que dispara agua con alta presión contra la piel de la tierra.

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La indefensa tierra pasa todo el día expuesta al minero, mientras que este al sol. El resultado de la jornada: tres gramos de oro por cada tonelada métrica de tierra removida, leyó bien 1.000 kilos de tierra por 3 gramos de oro . Venezuela produce de 10 a 12 toneladas de oro al año. Saque usted sus cuentas. Eso sin contar la cantidad de mercurio (la cual no conozco) que se usa para extraer el preciado oro y que termina contaminando las aguas de los ríos que pueden llegar a calmar nuestra sed.

 

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Al final del día el minero cambia en el pueblo los gramos conseguidos por unos miles de bolívares. Como si fuese el viejo oeste, el pueblo con pocas calles de tierras, tiene un hotel, una peluquería unisex, un burdel y la nunca faltante iglesia evangélica. Los compradores de oro parecen buhoneros hambrientos buscando adquirir los gramos para revenderlos después. Esos cuantos miles, el obrero se los gasta en alcohol y, por su puesto, en putas. Al día siguiente, sin un medio en el bolsillo empieza de nuevo su jornada.


"Para que perdure y no se olvide"

Una vez más lo que detiene la fotografía no se compara como la visión en "carne viva". En ese entonces los ojos no se embelesan, no están golosos. Las lágrimas se alborotan al ver tanta destrucción que se produce "por unos gramos de oro". Lo peor es que ese minero que "trata de ganarse la vida" no tiene la menor conciencia del daño que está haciendo.

Sabemos que la ambición del hombre no tiene límites, quizás nos queda la esperanza de que "no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista", pero es que ya lleva más de cien años el mal (en esta área) y la explotación crece. No sabemos el precio que pagaremos por unos gramos de oro. Seguramente serán miles de años -siendo optimistas- .

Poco a poco nos estamos quedando sin tierra verde. Nuestro mundo podría convertirse en una Gran Sabana, pero de tierra erosionada y estéril. Ese sería un precio alto por "unos gramos de oro". Y pasa el tiempo y simplemente "regulan" la actividad minera, pero la explotación indiscriminada e inconsciente continúa. Estoy seguro que ninguno de los Políticos que se encargan de "regular" se han llenado los zapatos con barro de tierra milenaria para ver cómo se obtiene el oro. Ojalá que alguno "con un gramo de alma" de un paso adelante y se atreva a enfrentar a la destrucción de la tierra, "por unos gramos de oro". 

Algo debe despertar en nuestra esencia. Es más que conservar, es convivir. Deberíamos aprender de las etnias que, "a pesar de su poca evolución y salvajismos" (como decía el conquistador español), han entendido que no hay que explotar al mundo, sino recolectar lo que este nos brinda. Algún día hay que despertar y empezar a conservar nuestra Gran Sabana "Nosampare ite tope; Kamon-kapui namai", como diría el alma del sabio indio pemón: "para que perdure y no se olvide".

 



Miguel Angel Blanco: Estudiante de Comuncación Social (4to año mención Prensa). Webmaster de Venezuela Analítica. E-mail: migblanc@analitica.com
Ana Luisa Figueredo: Fotografo. Directora de la sección Artes y Placeres de Venezuela Analítica. E-mail: afiguere@ccs.internet.ve

Artículo exclusivo de Venezuela Analítica. Reservados todos los derechos.

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