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 Mike Complaint (I)

Andrés Germán Otero L.

Cada vez que echo este cuento mi esposa se burla de mí y dice - la verdad es que tú y tus amigos son tan fastidiosos y repiten tanto sus cuentos idiotas que deberían ponerles números. De esta forma ahorrarían su saliva y el valioso tiempo de los demás, ya que con solo decir - el cinco - todos reirían como gafos, como de costumbre y podrían continuar con - el tres - y así sucesivamente - Cuando Ifi se pone así lo mejor es no discutir y cambiar el tema. En realidad me encanta poder contarle esta historia a una gran cantidad de gente que nunca la ha oído, ni leído, ni nada semejante. Porque, no sé si me hace sentir importante, pero por lo menos me hace sentir menos idiota y fastidioso de lo que dice mi esposa.

En el verano de 1983 regresé a Caracas luego de mi primer año de Universidad en el estado Norteamericano de Nuevo Hampshire. Durante ese año escolar, por cierto lleno de cuentos buenísimos que guardo para publicación futura, entablé una buena amistad con un individuo llamado Mike. El era un reflejo perfecto de la era Reaganita: millonario, buen mozo, inteligente, jugador de Hockey sobre hielo y una serie de características adicionales que lo hacían muy atractivo al sexo opuesto. Durante el invierno y la primavera nos dedicamos a salir con muchas chicas e inventar programas naturísticos con excursiones, esquiadas y rumbas al aire libre. Desafortunadamente, el equipo de hockey de New Hampir (como llama Guillo a mi Universidad), era muy malo y mi amigo Mike decidió transferirse a una Universidad en Canadá en donde nadie sabía ni leer ni escribir, pero eso sí, tenía un equipazo de Hockey.

Al despedirme en Junio, le dije a Mike que si deseaba conocer América del Sur me viniera a visitar a Venezuela en algún momento del verano. Como aquí en Venezuela todo el mundo se cruza invitaciones que nunca se materializan y a nadie le importa, pensé que mi cortesía con Mike quedaría como una grato recuerdo de despedida. Sin embargo, como sabemos, los sajones son muy serios en lo que a invitaciones se refiere y por supuesto como el 15 de Julio sonó el teléfono con Mike en la bocina diciendo (traducido para los lectores)- amigo Andy ¿cómo estar?, ¿recordar interesante invitación que hacerme en Mayo?. Que bueno, pasaporte estar listo mañana y tener vuelo que llegar 1 de Agosto en la noche en mi línea favorita Pan Am. Por supuesto que a mí se me había olvidado totalmente la dichosa invitación y había coordinado con todos mis panas para pasarnos un mes en una casa que alquilamos en la playa de Pampatar en la Isla de Mrgarita (Perla del Caribe). Como éramos varios varones y no importaba uno adicional, le transmití a Mike que si no le importaba pasarse un mes en un sitio un poco rústico, pero rodeado de muchachas en bikini, era bienvenido.

La noche que llegó Mike hubo una gran tormenta, tanto así que tardamos como hora y media en subir de Maiquetía. Al llegar a mi casa de la Castellana, pensó que era momento para descansar, pero se encontró con que todo el grupo viajero estaba en plena fiesta preparándose para salir en carro a Puerto La Cruz. Esto debido a que todos llevaríamos nuestros vehículos y viajaríamos en Ferry hasta Punta de Piedras. A las 12 de la noche partimos 5 carros en caravana con dirección hacia el Este. Mi amigo Philippe encabezaba al grupo manejando el Fiat Ritmo de Babi, su novia del momento, y se desplazaba a toda velocidad por la cota mil con cuatro carros atrás. Nosotros íbamos de segundos en el famosísimo angiemovil también Fiat. De cerca venía Guillo en su Caribe y otros dos carros que no me acuerdo. En mi vehículo viajábamos cuatro personas incluyendo a Mike y dos catiras italianas simpatiquísimas, cuya tarea era abrir las cervezas durante el viaje.

Está por demás decir que la velocidad (sobre 160) ya había puesto nervioso al gringo y cuando vio las cervezas se empezó a molestar. Bajando por las curvas de Caucagua comenzó a sugerir que redujera la velocidad y cuando seguimos a 160 por las rectas de Barlovento con aquel palo de agua, sus reclamos se hicieron más sonoros. Durante todo este tiempo no hice sino pensar que a lo mejor no fue tan buena idea haberlo invitado al viaje, pero ya era muy tarde para eso. Cuando íbamos a altura de Clarines, el chaparrón arreciaba y los baches de agua hacían que mi pequeño carro perdiera el control por momentos. Mike, acostumbrado a la amplitud de la 95 y a las dimensiones de su gigantesco Chevrolet Impala, gritaba desesperadamente que me detuviera inmediatamente. Yo me puse muy bravo y amenacé con bajarlo del carro en un caserío para ver si unos locales lo usaban de "novia". Las italianas se cagaban de la risa y le decían - gringo marico, gringo marico, dame un trompito, ¿please?. Y yo reía y reía porque pensaba que dentro de todo, a lo mejor aquella escena era puro teatro, pero dejé de reír cuando los lagrimones del tipo mojaron el tablero y el asiento y el piso etc. Así que decidí tomar medidas extremas y le pegué un coñazo bien duro mientras le gritaba - shut the fuck up !!!! -

Por fin, luego de unas largas 2:45 hrs, llegamos al terminal de Conferry para tomar el barco de las 3:00 a.m.. Por supuesto, siguiendo la tradición de abuso monopólico, el Ferry de las 3 se había llenado y tendríamos que esperar hasta las 6. No nos quedó más remedio que sentarnos a beber más cerveza en los capó de los carros mientras todos se reían de las quejas de Mike. - No me montar más con Andy en carro. En New Hampshire el persona muy responsable pero aquí vuelto loco peligroso. Yo no montarme más con él. Yo seguir viaje con Guillo que parece muy ordenado chofer - Por supuesto que todos nos reímos todavía más, ya que comparado con Guillo yo manejo como el Sr. Magoo. Montamos los carros en el nuevo barco y procedimos a navegar. Por supuesto que esto representó un nuevo gran reto para Mike. Todos lo viajeros nos desplomamos cansados y rascados en el piso de la cabina del Ferry, gozando del helado aire acondicionado mientras el gringo vomitaba desconsoladamente por la borda. En algún momento pensamos, hasta deseamos, que se hubiera caído al mar. Sin suerte pasamos el resto de las cuatro horas oyendo cuanto odiaba navegar.

Al llegar a Punta de Piedras con un par de kilos menos y sin haber pegado un ojo, Mike abordó la unidad de Guillermo y se santiguó. cosa muy acertada ya que lo primero que hizo Guillo fue mandarse como a 100 en retroceso para salir del terminal. Luego hicimos una sana carrera hasta Porlamar dejando varios pollos muertos por el camino. El pobre Mike gritaba y gritaba pero ya nadie le hacía caso. Cuando llegamos a Porlamar (Guillo ganó la carrera) no había paso por el centro, por lo que decidimos transitar por el medio de la Plaza Bolívar con la consiguiente persecución policíaca. Por suerte los Azulejos peatones no contaban con sus patrullas y pudimos escapar hacia Pampatar a toda velocidad. Soltamos a las niñas en casa de una de las italianas y los varones nos fuimos a tomar posesión de nuestra flamante vivienda vacacional.

Que más sino una gran desilusion típica del turismo Venezolanos podíamos esperarnos al llegar. Por supuesto que la foto del brochure era un dibujo o algo así, ya que la bella casita en la playa que habíamos alquilado, era un mísero ranchito al lado del destripadero de los pescadores. Ni los perros se atrevían a bañarse rodeados de entrañas podridas de una infinidad de especies marinas. Pero, al mal tiempo buena cara y resignados entramos a nuestra morada. El único que habló fue Mike para decir - this place sucks!!!- De nuevo nadie le hizo caso y antes de tirarse boca abajo en una de las sucias camas del lugar, nos dio su parte del dinero para la compra de las suculencias alimenticias para la primera semana. Como a las tres de la tarde, se levantó con la cara picada de chinches (quién lo manda a no quitar el inmundo cubrecama) y nos encontró de nuevo con las cervezas y nos dijo - ¿dónde estar compra?- a lo que respondimos en coro - en la cocina, Mike. - Desesperadamente abrió la nevera y solo encontró docenas de latas azules que leían "Lowenbrau", y lo mismo fue en todas las despensas. Gritando exclamó - ¿dónde estar comida? yo dar US$ 200 y tener hambre, yo querer comida - Al verlo tan desesperado me compadecí y le tiré lo único sólido que teníamos, un paquete de Sorbeticos.

Esa primera noche lo llevamos a comer langosta y no había en ningún lado. Terminamos comiendo una suculencia italiana en Da Gastar que terminó pagando él para tratar de congraciarse con todo el mundo. Pero ya el daño estaba hecho. Este fue el comienzo de lo que yo creo fueron los peores 5 días de su vida, los cuales serán relatados en la próxima entrega.

Hasta entonces les recuerdo que mi e-mail es: aotero@bsdl.com

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