Un vistazo a la economía norteamericana
El triunfo del capitalismo
El que el mundo avanza hacia un a economía apoyada fundamentalmente
en políticas de libre mercado es algo que hoy pocos discuten. Desde
el colapso del comunismo como sistema político y económico,
las instituciones del capitalismo se han venido consolidando en todas partes.
Esto es evidente, por ejemplo, en los apasionantes procesos de reforma estructural
que se realizan en América Latina y en Europa oriental. El tránsito
de economías centralizadas o altamente intervencionista a sistemas
mas abiertos a la competencia se está realizando por medio de una
amplia gama de políticas sectoriales que se implementan con sorprendente
similitud en la mayoría de los países. Liberalización
comercial, libre convertibilidad de la moneda, privatización, inversión
extranjera, ilimitada confianza en el sector privado, y reducción
del tamaño del Estado, son algunos de los rasgos que definen la avanzada
capitalista, que a su vez trae consigo la promesa de mayor crecimiento económico
y bienestar colectivo.
¿Cuáles son los orígenes de esta tendencia económica
mundial? Es difícil decirlo con precisión. Siendo poco rigurosos,
y casi escogiendo al azar, podemos mencionar varios hechos que actuaron
simultáneamente para crear un ambiente favorable a las corrientes
anti-estatistas y desreguladoras. Puede mencionarse, en primer lugar, la
crisis económica de los años setenta, producida en parte por
el alza de los precios del petróleo en 1973. La cuadruplicación
del precio de la más importante materia prima creó un severo
shock de oferta, fenómeno poco conocido entonces como sí lo
eran los shock de demanda, que se tradujo en inflación y recesión.
El resultante malestar social y político abonó el terreno
para el surgimiento de nuevas ideas o el reflote de viejos esquemas conservadores
en directa confrontación con el estado de bienestar keynesiano. El
ambiente intelectual favorable al mercado propició interesantes experimentos
desreguladores como los realizados en Estados Unidos en el área de
aerolíneas, telecomunicaciones, petróleo, gas natural, y muchos
otros. La legitimación intelectual de este proceso vino dado no sólo
por el redescubrimiento de Friedman y Hayek, sino también por la
avalancha de investigación académica que proporciono ideas
y apoyo teórico a los intentos desreguladores.
En el plano político, la difusión del mercado como el más
importante mecanismo de generación de riqueza recibió un empuje
poderoso con la elección de Margaret Thatcher como primer ministra
de Inglaterra en 1979 y de Ronald Reagan como presidente de los Estados
Unidos en 1981. La Sra. Thatcher, por ejemplo, basó su proyecto político
y su obra de gobierno sobre la necesidad de combatir la "cultura de
la decadencia" que, según ella, había invadido Gran Bretaña
como resultado de tantos años de socialismo estatizante liderizado
por el partido laborista. Sus primeros años de gobierno fueron una
lucha feroz, vívidamente descrita en sus memorias, por convencer
al país de las bondades de su proyecto. Políticas ahora familiares
a nuestros oídos, como el férreo control sobre la oferta monetaria,
privatización, reestructuración industrial, etc., fueron el
centro de su acción de gobierno. Sólo una autentica política
de convicción, como sin duda lo fue la Sra. Thatcher, pudo soportar
los inmensos costos políticos asociados con un programa económico
centrado en el libre mercado.
Otro importante acontecimiento que actúo a favor de políticas
favorables al mercado fue el lamentable balance de cuarenta años
de desarrollo en América Latina. Para 1980 era evidente el fracaso
rotundo del modelo económico que se aplicó en la región
desde el fin de la guerra. La sustitución de importaciones y el afán
distributivo, que muchos resumen con el termino populismo, dejaron a nuestros
países mal preparados para hacer frente a las nuevas realidades.
Baja productividad, inflación, crisis fiscales, deuda externa, y
pobreza generalizada, entre otros muchos problemas, no dejaron otra salida
que la implementación de dolorosos procesos de ajuste producto mas
de la necesidad que de deliberados proyectos de cambio.
Los organismos multilaterales jugaron un papel fundamental en el viraje
de los países menos desarrollados hacia políticas económicas
de libre mercado. Dado que la reforma requiere amplio apoyo financiero no
disponible en esos países, dichos organismos se encontraron en una
posición privilegiada para presionar por medidas de ajuste menos
intervencionistas acordes a sus esquemas de pensamiento.
En suma, la famosa globalizacion no es más que el avance de la
humanidad hacia un mercado crecientemente unificado. Jeffrey Sachs, el renombrado
economista de Harvard, ha dicho que la consolidación de un verdadero
capitalismo global se encuentra a la vuelta de la esquina. "La tradicional
división económica del mundo de posguerra en primero, segundo,
y tercer mundo ha desaparecido. No solo ha colapsado el comunismo, sino
que otras ideologías estatistas que prevalecieron en el tercer mundo
se encuentran profundamente desprestigiadas"(1). No luce exagerado
decir que esta tendencia histórica es reforzada por el efecto demostración
que el impresionante éxito económico norteamericano esta generando.
Estados Unidos se encuentra en su séptimo año de expansión
ininterrumpida. El país muestra resultados sorprendentes en la mayoría
de los principales indicadores económicos, siendo especialmente notables
sus avances en productividad, política antiinflacionaria, y creación
de empleos. Todo esto se ha logrado en el marco de un modelo económico
que tiene al libre mercado como su característica fundamental. Ello
ha dado pie a propios y extraños para recomendar su adopción
por otras naciones no importando su nivel de desarrollo. Así, en
la cumbre de los siete países mas desarrollados realizada a mediados
de este año, el contraste entre un modelo supuestamente agotado (Europa)
y otro que muestra renovados bríos (Estados Unidos), fue el tema
subyacente.
No obstante, un llamado a la cautela es siempre necesario. Junto a los
innegables beneficios generados por economías mas libres, yacen problemas
o efectos no deseados. La creciente desigualdad en los ingresos es uno de
los más preocupantes. Estados Unidos constituye la vitrina donde
se observa la llamado sociedad postcapitalista. Entender su funcionamiento
es vital si los países menos desarrollados desean relacionarse con
el mundo desarrollado sacando el máximo provecho posible. Ese es
el principal objetivo de este artículo.
El desempeño de la economía en 1997
Estados Unidos atraviesa por uno de los mejores momentos de su historia.
En lo geopolítico y militar, la desaparición de la Unión
Soviética le ha otorgado indiscutida supremacía, como lo demuestra
la expansión sin traumas de la OTAN hasta las fronteras mismas del
otrora gigante comunista. Estados Unidos es la más poderosa potencia
militar con la importante ventaja que hoy gasta en defensa una proporción
de su PTB que es casi la mitad de lo que gastaba hace diez años:
3.4 porciento en 1997 contra 6.1 en 1987.
En lo económico, los indicadores son impresionantes. Sin considerar
la breve recesión de 1991, el país ha disfrutado de un crecimiento
económico sostenido por 14 años. En 1996 la tasa de crecimiento
del PTB fue del 4 por ciento, mientras que hasta el primer cuarto de 1997
dicho índice alcanzo el 6 por ciento. Igualmente, la inflación
se encuentra bajo control. Entre mayo de 1996 y mayo de 1997 el índice
de precios al consumidor aumentó apenas 2.5 por ciento, que es, excepto
por 1986, el mejor resultado desde 1965(2).
En el plano fiscal, la situación ha mejorado notablemente como
consecuencia del fuerte crecimiento económico. Mayores ingresos tributarios
combinados con una racionalización del gasto (sobre todo del tipo
social) han significado una disminución sustancial del déficit
fiscal. En 1992 éste ascendió a poco menos de 300 millardos
de dólares mientras que en 1996 la cifra se ubicó en aproximadamente
100 millardos de dólares. El déficit fiscal ha sido una especie
de obsesión nacional desde los años ochenta. En esa época,
los supply-siders llegaron al poder con Ronald Reagan proponiendo un ambicioso
programa de estímulos a la producción. Menores tasas impositivas
y un aumento brutal del gasto en defensa triplicaron la deuda publica. Desde
entonces, ha existido un relativo consenso sobre la necesidad de disminuir
el déficit dado los conocidos efectos nocivos que éste tiene
sobre la economía. Mayor endeudamiento público significa mayores
tasas de interés, desplazamiento de la inversión privada,
despilfarro de recursos en el servicio de la deuda cuando bien podrían
ser invertidos en infraestructura o educación, y revaluación
de la moneda con el consiguiente daño al aparato productivo. La corriente
que apoya la reducción del déficit ha prevalecido sobre la
que propone mayor crecimiento aun cuando ello implique nuevo endeudamiento.
La propuesta electoral de Bob Dole, que contenía incentivos y deducciones
impositivas para darle un impulso todavía mayor a la actividad económica,
fue descartada en las elecciones de 1996. El regreso de los supply-siders
fue impedido por la reelección de Bill Clinton. Hoy, el sistema político
y el país en general parecen comprometidos a controlar y eliminar
el déficit fiscal.
Pero es en la generación de empleos donde la economía norteamericana
alcanza sus más notables éxitos. Desde 1991 se han creado
alrededor de trece millones de nuevo empleos. En mayo de 1997 la tasa de
desocupación se ubico en 4.8 por ciento, que es la mas baja en 25
años. El mercado laboral muestra un dinamismo envidiable sobre todo
si se le compara con el pobre desempeño que en este rubro ha tenido
la Unión Europea. Al contrario de los Estados Unidos, Europa muestra
resultados decepcionantes. Entre 1979 y 1995 la economía del continente
creó un empleo por cada dos trabajadores que se sumaron al mercado.
Actualmente el índice de desocupación es superior al 11 por
ciento. Desde 1993 la tasa de creación de empleos ha sido negativa,
destacando el caso de Francia con apenas 0.1 por ciento y de Alemania e
Italia con una disminución de más del cuatro por ciento. Las
razones que explican este pobre comportamiento escapan al presente artículo.
Sólo diremos que una causa frecuentemente mencionada son los altos
costos laborales (salarios y beneficio) que impiden una mayor oferta de
puestos de trabajo.
El recalentamiento del mercado laboral norteamericano está generando
inquietud entre los economistas quienes temen un rebrote inflacionario.
En una situación como la presente la llamada teoría de la
tasa natural podría comenzar a operar. De acuerdo con esta teoría,
cuando el desempleo se encuentra por debajo de su nivel de largo plazo precios
y salarios subirán por encima de las expectativas inflacionarias.
El razonamiento es sencillo: cuando un bien se encuentra en escasez, en
este caso el trabajo, su costo tenderá a subir con el consiguiente
impacto en los precios.
No obstante, la economía norteamericana continúa desafiando
la teoría de la tasa natural. Como dijimos arriba, la inflación
se encuentra bajo control a pesar de la fuerte expansión económica.
En su testimonio ante el Congreso, Alan Greenspan, presidente de la Reserva
Federal, citó varios hechos que podrían explicar el fenómeno.
Entre los más destacados figura el creciente temor de los trabajadores
a perder sus empleos lo que de hecho disminuye la presión por aumentos
salariales. Es decir, los trabajadores parecieran preferir estabilidad a
aumentos de salarios como puede deducirse, por ejemplo, de la tendencia
a cada vez más largos contratos colectivos. Greenspan sugiere la
revolución tecnológica como uno de los causantes de este comportamiento.
Al verse amenazados por una avalancha de nuevas aplicaciones, más
eficientes equipos, y una profunda reestructuración productiva, los
trabajadores moderan sus expectativas y tratan de aligerar su carga para
las empresas.
La competencia interna e internacional son dos poderosos factores antiinflacionarios.
La inflación es moderada porque en un ambiente altamente competitivo
el precio determina en mayor medida la porción del mercado que ocupan
las empresas. Cualquier aumento no en línea con lo que dicta el mercado
significaría perdidas importantes. Ademas, la creciente rentabilidad
de las empresas causada por la expansión económica otorga
a éstas un amplio margen de maniobra con el cual pueden sacrificar
ganancias en lugar de aumentar precios. Las empresas norteamericanas operan
bajo dos premisas fundamentales. Primero, ventas totales son igual a precio
por cantidad y no sólo el resultado del precio, como muchas empresas
en nuestro medio asumen. Segundo, ganancia es la diferencia entre costos
y precios, distancia que sólo puede aumentarse mediante innovación
y productividad.
El "modelo" norteamericano
La economía norteamericana ofrece, entonces, lo mejor de ambos
mundos: crecimiento, baja inflación, abundante empleo, y creciente
productividad. De acuerdo a sus más fervientes partidarios se trata
de un modelo digno de exportarse tanto a países desarrollados como
en vias de serlo. El secreto no habría que buscarlo muy lejos: reside
en el libre mercado y en la alta flexibilidad que ello le otorga a una economía
que no acepta enervantes regulaciones.
Flexibilidad es el primer rasgo que destaca cuando se analiza la economía
de los Estado Unidos. Flexibilidad para emplear y despedir, para abrir o
cerrar empresas, para movilizar activos tanto financieros como materiales.
De acuerdo con Paul Romer, experto en desarrollo de Standford University,
la clave del crecimiento se encuentra en la capacidad de "tomar una
cantidad fija de recursos en un particular punto en el tiempo e invertirlos
en sus usos más productivos. Si esos recursos se encuentran comprometidos
o bloqueados en una actividad particular, cuando las situaciones cambien,
el empresario no será capaz de aprovechar las nuevas oportunidades
que se abran". (3)
La flexibilidad así entendida es facilitada por el mercado laboral,
el sistema financiero y un gigantesco mercado unificado.
En los Estados Unidos el despido de trabajadores no sólo no es
costoso en términos comparativos, sino que es aceptado como parte
de las reglas del juego económico. El mercado laboral de este país
se acerca en gran medida al ideal de libre oferta y demanda. Las empresas
despiden para iniciar procesos de reestructuración y absorber nuevas
tecnologías. Esto estimula una mayor productividad porque los recursos
tienden a ser mejor utilizados. Claro esta, los despidos, ciertamente dolorosos,
no constituyen hechos traumáticos para la sociedad, como si lo fueron
durante los años treinta, porque la economía se encuentra
en expansión. Los empleos que se pierden en un sector (digamos industria
automotriz) son compensados por la creación en otros (servicios por
ejemplo), aunque, como veremos mas abajo, no siempre de la misma calidad.
El hecho de contar con un diversificado sistema financiero es otra importante
ventaja. Abundantes recursos son siempre eficientemente canalizados hacia
los sectores más dinámicos. Una buena idea no se queda nunca
sin respaldo financiero, como lo demuestra la explosión del sector
de alta tecnología. Si bien es cierto que los Estados Unidos muestran
un bajo nivel de ahorro cuando se le compara con otros países industrializados
como Alemania o Japón, esa diferencia es compensada por la mayor
eficiencia con que los norteamericanos invierten los recursos disponibles.
Estudios citados por Robert Samuelson señalan que la inversión
per cápita en Alemania y Japón es mayor que la de los Estados
Unidos (13% y 22% respectivamente). Sin embargo, la productividad del capital
en éstos dos países es aproximadamente un 35 por ciento menor
que la productividad del capital invertido en Norte América. Allí,
el despiadado mercado de valores no perdona. Los gerentes, dice Samuelson,
están constantemente presionados a obtener resultados positivos.
De lo contrario, el pobre desempeño se refleja inmediatamente en
el valor de las acciones y papeles comerciales(4).
Existe otra importante ventaja que a veces no se destaca suficientemente
en el análisis comparado. Estados Unidos es una enorme economía
continental (26 por ciento de la economía mundial) no limitada por
fronteras políticas, acentuadas diferencias culturales, obstáculos
al libre comercio, o diferencias en infraestructuras. Es un gigantesco espacio
productivo donde exista plena movilidad de capital, personas, e información
en niveles que serian el sueño de la Unión Europea. Empresas
y trabajadores suelen migrar de estado a estado buscando mejores oportunidades.
Esto es facilitado por los bajos costos que para ello brinda la excelente
infraestructura del país, la abundancia de mano de obra calificada
y la amplia gama de incentivos otorgados por los gobiernos locales para
atraer inversión. Este ambiente favorable a la inversión fomenta
la productividad y aumenta la capacidad de consumo, lo que a su vez abre
espacios para nuevas actividades productivas.
Como es obvio, las características del modelo bajo consideración
no son fácil de reproducir o sencillamente no existen en otras realidades.
Por ejemplo, la idea del libre mercado tiene en los Estados Unidos raíces
históricas mucho mas profundas que en cualquier otro país
del mundo. La nación norteamericana se creó al margen de cualquier
ente central que rigiera el proceso. El papel del Estado, ciertamente poderoso,
útil a la sociedad y determinante en varias coyunturas criticas como
la recesión y la guerra, no tiene la significación que el
mismo tiene, por citar un ejemplo, en Francia. La gran autonomía
de la sociedad frente al Estado se tradujo en más mercado. Por citar
un caso extremo, podemos decir que el extremismo político hoy presente
en diversos grupos de la población tiene su origen en el miedo y
el odio que el gobierno federal inspira en ellos luego de muchos años
de creciente intervencionismo. En todo caso, nos interesa destacar que el
libre mercado no se legitima en los Estados Unidos solamente por el apoyo
que le brinda la teoría económica, sino también por
corrientes históricas que vienen desde los comienzos mismos de la
República.
¿El lado oscuro de la sociedad post-industrial?
El modelo norteamericano, por su puesto, genera dudas y presenta fallas.
La duda más importante es si su brillante desempeño económico
es tan sólo una burbuja que puede estallar en cualquier momento.
¿Estamos ante la parte ascendente del ciclo económico, que
inevitablemente precede la parte descendente, o, por el contrario, ante
un reacomodo permanente que bien podría señalar la completa
transición a la sociedad post-industrial? El propio Alan Greenspan,
con toda la mesura que debe caracterizar a un presidente de banco central,
ha alertado contra triunfalismos infundados. ¿Cuánto tiempo
más, por ejemplo, podrán posponerse las compensaciones salariales?
¿Es la fortaleza del dólar un hecho permanente? ¿Es
factible un fuerte ajuste hacia debajo de la bolsa? La inflación
bien puede resurgir en cualquier momento.
La falla más evidente es la pronunciada desigualdad que el crecimiento
está causando. La casi totalidad de los estudios confirman este hecho(5).
Los números señalan una separación creciente entre
los diferentes segmentos del mercado laboral. Debemos destacar que el problema
no radica en que el ingreso de la población en general no esté
creciendo, sino en el hecho que la mayor actividad económica y la
mayor productividad no benefician a todos por igual. Es decir, los ingresos
de los trabajadores más calificados crecen a un ritmo mucho mayor
que los ingresos de aquellos que carecen de adecuado entrenamiento. La demanda
para éstos últimos, incluso, se reduce a medida que la economía
se reestructura. Así, desde mediados de los años setenta hasta
principios de los noventa los trabajadores poco calificados vieron reducir
sus salarios reales en 15 por ciento, mientras los altamente calificados
disfrutaron aumentos de más del 50 por ciento. Esto explica por qué
el ingreso per cápita del país ha venido aumentando en medio
de una creciente desigualdad. Lo que realmente preocupa es la tendencia
hacia una sociedad más polarizada.
La creciente desigualdad en los ingresos de los trabajadores está
generando una apasionante discusión entre los economistas norteamericanos.
Diversas hipótesis se han manejado. Una de ellas plantea que la desindustrialización
es el culpable. La creciente competencia internacional o los altos costos
de las regulaciones ambientales han obligado a muchas industrias a trasladarse
al exterior o simplemente cerrar sus puertas. La transición de una
economía industrial a otra estructurada alrededor de los servicios,
ha dejado sin empleo a amplios sectores de la clase media. Esta hipótesis
puede ser cierta en gran medida, pero ignora el hecho que la desigualdad
se observa no sólo cuando se comparan distintos sectores entre sí
sino también cuando se analiza cada uno por separado.
Paul Krugman, famoso profesor del MIT, ha insistido en el papel central
que en la desigualdad juega la revolución tecnológica (6).
La tecnología, subraya Krugman, tiende a sustituir a los trabajadores
menos capacitados quienes normalmente desempeñan labores rutinarias
o repetitivas. Cada vez en mayor cantidad, cajeros de banco, transcriptores
de datos, operadores de teléfonos, trabajadores textiles o de líneas
de ensamblaje, son reemplazados por sofisticadas máquinas y terminan
en empleos de menor calidad. La revolución tecnológica, presente
en todos los sectores de la economía, torna superficiales decenas
de categorías laborales realizadas por trabajadores poco calificados,
mientras demanda y sobreprecia a los trabajadores de alto nivel educativo.
Si esta hipótesis resultara verdadera, la sociedad post-capitalista,
de la cual Estados Unidos es el más claro ejemplo, presentaría
un lado oscuro que muchos no han visto todavía.
Las ideas de Krugman no generan consenso. Una mirada a la historia suscita
una primera duda. Desde la revolución industrial, que es en esencia
un gigantesco aumento en la productividad del hombre por obra de nuevas
aplicaciones tecnológicas, el proceso de innovación ha creado
un mayor número de empleos que los que se han perdido debido al mismo.
Lo contrario le hubiera dado la razón a Marx y el mundo sería
algo totalmente distinto. Mayor productividad significa: menores costos,
mayor ganancia, mayor producción, y por lo tanto mayor empleo y consumo.
Ahora bien, lo que sí parece ser una tendencia real es que los nuevos
empleos requieren habilidades muy superiores a las de los que se perdieron.
La economía tiende a demandar trabajadores con mayor nivel educativo.
Aquellos que no satisfagan los requisitos mínimos tendrán
que conformarse con salarios mínimos y un pobre futuro. La propuesta
educativa del presidente Clinton se apoya en éstos supuestos.
La mayoría de los economistas prefieren asumir una posición
ecléctica. Si bien es cierto que la revolución tecnológica
perturba el mercado laboral al desplazar a los trabajadores menos calificados,
la desigualdad no es la consecuencia exclusiva de las nuevas tecnologías.
El debate ha puesto sobre la mesa diversa hipótesis. Así,
el deterioro de los ingresos sería el resultado, entre otros factores,
de la debilidad de los sindicatos, de la creciente competencia internacional,
de la inmigración, de la casi inexistente intervención de
gobierno en materia laboral, y del afán generalizado por reducir
costos. La consideración conjunta de todos éstos factores,
en lugar de insistir en uno en particular, tal vez de mejor cuenta del preocupante
deterioro que están experimentando los ingresos de amplios sectores
de la población norteamericana.
El problema fundamental, repetimos, es que el crecimiento económico
no alcanza a todos por igual. ¿Le recuerda esto al lector alguna
realidad en particular? El proceso de reestructuración por el cuál
atraviesa la economía internacional, bien sea el que se realiza en
los países desarrollados o el que experimentamos en América
Latina, está dejando un legado de profunda desigualdad social. Tanto
aquí como allá, la respuesta a los costos del ajuste es siempre
la misma: Hay que esperar; los frutos del crecimiento se cosechan en el
largo plazo; la tentación populista, aquella que busca el bienestar
colectivo mediante regulaciones y masivo gasto público, no es más
que un alivio temporal que al final eleva la factura que se pasa a la población.
De igual forma, tanto aquí como allá se receta la misma
medicina para curar los efectos no deseados del ajuste: Políticas
públicas de largo plazo donde destaca la educación y la inversión
en proyectos rentables, todo en el marco de amplios consensos políticos
que les den continuidad. La apuesta es al futuro y como todas las cosas
en la vida el tiempo traerá las respuestas del caso. Mientras tanto,
las expectativas parecen ser las mismas, tanto en el mundo post-industrial
como en las menos sofisticadas sociedades de América Latina.
Notas:
(1) Jeffrey Sachs, Consolidating Capitalism, Foreign Affairs, Spring
1995l
(2) Alan Greenspan, Humphrey-Hawkins testimony, Julio 1997. Este testimonio
ante el Congreso puede consultarse en: http://www.bog.fbr.fed.us/
(3) Citado en: U.S. Economy Shows Foreign Nations Ways to Grow Much Faster.
The Wall Street Journal, June 19,1997. P.12.
(4) Robert Samuelson, Is There A Saving Gap? Newsweek, june 17, 1996.
(5) Ver, por ejemplo: Frank Levy y Richard Murnane, U.S. Earnings Levels
and Inequality: A Review of Recent Trends and Proposed Explanations. Journal
of Economic Literature, September 1992.
(6) Paul Krugman, Europe Jobless, America Penniless? Foreign Policy,
Summer 1994. |