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S e p t i e m b r e / 1 9 9 7 / N° 19

Un vistazo a la economía norteamericana

Por Fernando Spiritto

El triunfo del capitalismo

El que el mundo avanza hacia un a economía apoyada fundamentalmente en políticas de libre mercado es algo que hoy pocos discuten. Desde el colapso del comunismo como sistema político y económico, las instituciones del capitalismo se han venido consolidando en todas partes. Esto es evidente, por ejemplo, en los apasionantes procesos de reforma estructural que se realizan en América Latina y en Europa oriental. El tránsito de economías centralizadas o altamente intervencionista a sistemas mas abiertos a la competencia se está realizando por medio de una amplia gama de políticas sectoriales que se implementan con sorprendente similitud en la mayoría de los países. Liberalización comercial, libre convertibilidad de la moneda, privatización, inversión extranjera, ilimitada confianza en el sector privado, y reducción del tamaño del Estado, son algunos de los rasgos que definen la avanzada capitalista, que a su vez trae consigo la promesa de mayor crecimiento económico y bienestar colectivo.

¿Cuáles son los orígenes de esta tendencia económica mundial? Es difícil decirlo con precisión. Siendo poco rigurosos, y casi escogiendo al azar, podemos mencionar varios hechos que actuaron simultáneamente para crear un ambiente favorable a las corrientes anti-estatistas y desreguladoras. Puede mencionarse, en primer lugar, la crisis económica de los años setenta, producida en parte por el alza de los precios del petróleo en 1973. La cuadruplicación del precio de la más importante materia prima creó un severo shock de oferta, fenómeno poco conocido entonces como sí lo eran los shock de demanda, que se tradujo en inflación y recesión. El resultante malestar social y político abonó el terreno para el surgimiento de nuevas ideas o el reflote de viejos esquemas conservadores en directa confrontación con el estado de bienestar keynesiano. El ambiente intelectual favorable al mercado propició interesantes experimentos desreguladores como los realizados en Estados Unidos en el área de aerolíneas, telecomunicaciones, petróleo, gas natural, y muchos otros. La legitimación intelectual de este proceso vino dado no sólo por el redescubrimiento de Friedman y Hayek, sino también por la avalancha de investigación académica que proporciono ideas y apoyo teórico a los intentos desreguladores.

En el plano político, la difusión del mercado como el más importante mecanismo de generación de riqueza recibió un empuje poderoso con la elección de Margaret Thatcher como primer ministra de Inglaterra en 1979 y de Ronald Reagan como presidente de los Estados Unidos en 1981. La Sra. Thatcher, por ejemplo, basó su proyecto político y su obra de gobierno sobre la necesidad de combatir la "cultura de la decadencia" que, según ella, había invadido Gran Bretaña como resultado de tantos años de socialismo estatizante liderizado por el partido laborista. Sus primeros años de gobierno fueron una lucha feroz, vívidamente descrita en sus memorias, por convencer al país de las bondades de su proyecto. Políticas ahora familiares a nuestros oídos, como el férreo control sobre la oferta monetaria, privatización, reestructuración industrial, etc., fueron el centro de su acción de gobierno. Sólo una autentica política de convicción, como sin duda lo fue la Sra. Thatcher, pudo soportar los inmensos costos políticos asociados con un programa económico centrado en el libre mercado.

Otro importante acontecimiento que actúo a favor de políticas favorables al mercado fue el lamentable balance de cuarenta años de desarrollo en América Latina. Para 1980 era evidente el fracaso rotundo del modelo económico que se aplicó en la región desde el fin de la guerra. La sustitución de importaciones y el afán distributivo, que muchos resumen con el termino populismo, dejaron a nuestros países mal preparados para hacer frente a las nuevas realidades. Baja productividad, inflación, crisis fiscales, deuda externa, y pobreza generalizada, entre otros muchos problemas, no dejaron otra salida que la implementación de dolorosos procesos de ajuste producto mas de la necesidad que de deliberados proyectos de cambio.

Los organismos multilaterales jugaron un papel fundamental en el viraje de los países menos desarrollados hacia políticas económicas de libre mercado. Dado que la reforma requiere amplio apoyo financiero no disponible en esos países, dichos organismos se encontraron en una posición privilegiada para presionar por medidas de ajuste menos intervencionistas acordes a sus esquemas de pensamiento.

En suma, la famosa globalizacion no es más que el avance de la humanidad hacia un mercado crecientemente unificado. Jeffrey Sachs, el renombrado economista de Harvard, ha dicho que la consolidación de un verdadero capitalismo global se encuentra a la vuelta de la esquina. "La tradicional división económica del mundo de posguerra en primero, segundo, y tercer mundo ha desaparecido. No solo ha colapsado el comunismo, sino que otras ideologías estatistas que prevalecieron en el tercer mundo se encuentran profundamente desprestigiadas"(1). No luce exagerado decir que esta tendencia histórica es reforzada por el efecto demostración que el impresionante éxito económico norteamericano esta generando. Estados Unidos se encuentra en su séptimo año de expansión ininterrumpida. El país muestra resultados sorprendentes en la mayoría de los principales indicadores económicos, siendo especialmente notables sus avances en productividad, política antiinflacionaria, y creación de empleos. Todo esto se ha logrado en el marco de un modelo económico que tiene al libre mercado como su característica fundamental. Ello ha dado pie a propios y extraños para recomendar su adopción por otras naciones no importando su nivel de desarrollo. Así, en la cumbre de los siete países mas desarrollados realizada a mediados de este año, el contraste entre un modelo supuestamente agotado (Europa) y otro que muestra renovados bríos (Estados Unidos), fue el tema subyacente.

No obstante, un llamado a la cautela es siempre necesario. Junto a los innegables beneficios generados por economías mas libres, yacen problemas o efectos no deseados. La creciente desigualdad en los ingresos es uno de los más preocupantes. Estados Unidos constituye la vitrina donde se observa la llamado sociedad postcapitalista. Entender su funcionamiento es vital si los países menos desarrollados desean relacionarse con el mundo desarrollado sacando el máximo provecho posible. Ese es el principal objetivo de este artículo.

El desempeño de la economía en 1997

Estados Unidos atraviesa por uno de los mejores momentos de su historia. En lo geopolítico y militar, la desaparición de la Unión Soviética le ha otorgado indiscutida supremacía, como lo demuestra la expansión sin traumas de la OTAN hasta las fronteras mismas del otrora gigante comunista. Estados Unidos es la más poderosa potencia militar con la importante ventaja que hoy gasta en defensa una proporción de su PTB que es casi la mitad de lo que gastaba hace diez años: 3.4 porciento en 1997 contra 6.1 en 1987.

En lo económico, los indicadores son impresionantes. Sin considerar la breve recesión de 1991, el país ha disfrutado de un crecimiento económico sostenido por 14 años. En 1996 la tasa de crecimiento del PTB fue del 4 por ciento, mientras que hasta el primer cuarto de 1997 dicho índice alcanzo el 6 por ciento. Igualmente, la inflación se encuentra bajo control. Entre mayo de 1996 y mayo de 1997 el índice de precios al consumidor aumentó apenas 2.5 por ciento, que es, excepto por 1986, el mejor resultado desde 1965(2).

En el plano fiscal, la situación ha mejorado notablemente como consecuencia del fuerte crecimiento económico. Mayores ingresos tributarios combinados con una racionalización del gasto (sobre todo del tipo social) han significado una disminución sustancial del déficit fiscal. En 1992 éste ascendió a poco menos de 300 millardos de dólares mientras que en 1996 la cifra se ubicó en aproximadamente 100 millardos de dólares. El déficit fiscal ha sido una especie de obsesión nacional desde los años ochenta. En esa época, los supply-siders llegaron al poder con Ronald Reagan proponiendo un ambicioso programa de estímulos a la producción. Menores tasas impositivas y un aumento brutal del gasto en defensa triplicaron la deuda publica. Desde entonces, ha existido un relativo consenso sobre la necesidad de disminuir el déficit dado los conocidos efectos nocivos que éste tiene sobre la economía. Mayor endeudamiento público significa mayores tasas de interés, desplazamiento de la inversión privada, despilfarro de recursos en el servicio de la deuda cuando bien podrían ser invertidos en infraestructura o educación, y revaluación de la moneda con el consiguiente daño al aparato productivo. La corriente que apoya la reducción del déficit ha prevalecido sobre la que propone mayor crecimiento aun cuando ello implique nuevo endeudamiento. La propuesta electoral de Bob Dole, que contenía incentivos y deducciones impositivas para darle un impulso todavía mayor a la actividad económica, fue descartada en las elecciones de 1996. El regreso de los supply-siders fue impedido por la reelección de Bill Clinton. Hoy, el sistema político y el país en general parecen comprometidos a controlar y eliminar el déficit fiscal.

Pero es en la generación de empleos donde la economía norteamericana alcanza sus más notables éxitos. Desde 1991 se han creado alrededor de trece millones de nuevo empleos. En mayo de 1997 la tasa de desocupación se ubico en 4.8 por ciento, que es la mas baja en 25 años. El mercado laboral muestra un dinamismo envidiable sobre todo si se le compara con el pobre desempeño que en este rubro ha tenido la Unión Europea. Al contrario de los Estados Unidos, Europa muestra resultados decepcionantes. Entre 1979 y 1995 la economía del continente creó un empleo por cada dos trabajadores que se sumaron al mercado. Actualmente el índice de desocupación es superior al 11 por ciento. Desde 1993 la tasa de creación de empleos ha sido negativa, destacando el caso de Francia con apenas 0.1 por ciento y de Alemania e Italia con una disminución de más del cuatro por ciento. Las razones que explican este pobre comportamiento escapan al presente artículo. Sólo diremos que una causa frecuentemente mencionada son los altos costos laborales (salarios y beneficio) que impiden una mayor oferta de puestos de trabajo.

El recalentamiento del mercado laboral norteamericano está generando inquietud entre los economistas quienes temen un rebrote inflacionario. En una situación como la presente la llamada teoría de la tasa natural podría comenzar a operar. De acuerdo con esta teoría, cuando el desempleo se encuentra por debajo de su nivel de largo plazo precios y salarios subirán por encima de las expectativas inflacionarias. El razonamiento es sencillo: cuando un bien se encuentra en escasez, en este caso el trabajo, su costo tenderá a subir con el consiguiente impacto en los precios.

No obstante, la economía norteamericana continúa desafiando la teoría de la tasa natural. Como dijimos arriba, la inflación se encuentra bajo control a pesar de la fuerte expansión económica. En su testimonio ante el Congreso, Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, citó varios hechos que podrían explicar el fenómeno. Entre los más destacados figura el creciente temor de los trabajadores a perder sus empleos lo que de hecho disminuye la presión por aumentos salariales. Es decir, los trabajadores parecieran preferir estabilidad a aumentos de salarios como puede deducirse, por ejemplo, de la tendencia a cada vez más largos contratos colectivos. Greenspan sugiere la revolución tecnológica como uno de los causantes de este comportamiento. Al verse amenazados por una avalancha de nuevas aplicaciones, más eficientes equipos, y una profunda reestructuración productiva, los trabajadores moderan sus expectativas y tratan de aligerar su carga para las empresas.

La competencia interna e internacional son dos poderosos factores antiinflacionarios. La inflación es moderada porque en un ambiente altamente competitivo el precio determina en mayor medida la porción del mercado que ocupan las empresas. Cualquier aumento no en línea con lo que dicta el mercado significaría perdidas importantes. Ademas, la creciente rentabilidad de las empresas causada por la expansión económica otorga a éstas un amplio margen de maniobra con el cual pueden sacrificar ganancias en lugar de aumentar precios. Las empresas norteamericanas operan bajo dos premisas fundamentales. Primero, ventas totales son igual a precio por cantidad y no sólo el resultado del precio, como muchas empresas en nuestro medio asumen. Segundo, ganancia es la diferencia entre costos y precios, distancia que sólo puede aumentarse mediante innovación y productividad.

El "modelo" norteamericano

La economía norteamericana ofrece, entonces, lo mejor de ambos mundos: crecimiento, baja inflación, abundante empleo, y creciente productividad. De acuerdo a sus más fervientes partidarios se trata de un modelo digno de exportarse tanto a países desarrollados como en vias de serlo. El secreto no habría que buscarlo muy lejos: reside en el libre mercado y en la alta flexibilidad que ello le otorga a una economía que no acepta enervantes regulaciones.

Flexibilidad es el primer rasgo que destaca cuando se analiza la economía de los Estado Unidos. Flexibilidad para emplear y despedir, para abrir o cerrar empresas, para movilizar activos tanto financieros como materiales. De acuerdo con Paul Romer, experto en desarrollo de Standford University, la clave del crecimiento se encuentra en la capacidad de "tomar una cantidad fija de recursos en un particular punto en el tiempo e invertirlos en sus usos más productivos. Si esos recursos se encuentran comprometidos o bloqueados en una actividad particular, cuando las situaciones cambien, el empresario no será capaz de aprovechar las nuevas oportunidades que se abran". (3)

La flexibilidad así entendida es facilitada por el mercado laboral, el sistema financiero y un gigantesco mercado unificado.

En los Estados Unidos el despido de trabajadores no sólo no es costoso en términos comparativos, sino que es aceptado como parte de las reglas del juego económico. El mercado laboral de este país se acerca en gran medida al ideal de libre oferta y demanda. Las empresas despiden para iniciar procesos de reestructuración y absorber nuevas tecnologías. Esto estimula una mayor productividad porque los recursos tienden a ser mejor utilizados. Claro esta, los despidos, ciertamente dolorosos, no constituyen hechos traumáticos para la sociedad, como si lo fueron durante los años treinta, porque la economía se encuentra en expansión. Los empleos que se pierden en un sector (digamos industria automotriz) son compensados por la creación en otros (servicios por ejemplo), aunque, como veremos mas abajo, no siempre de la misma calidad.

El hecho de contar con un diversificado sistema financiero es otra importante ventaja. Abundantes recursos son siempre eficientemente canalizados hacia los sectores más dinámicos. Una buena idea no se queda nunca sin respaldo financiero, como lo demuestra la explosión del sector de alta tecnología. Si bien es cierto que los Estados Unidos muestran un bajo nivel de ahorro cuando se le compara con otros países industrializados como Alemania o Japón, esa diferencia es compensada por la mayor eficiencia con que los norteamericanos invierten los recursos disponibles. Estudios citados por Robert Samuelson señalan que la inversión per cápita en Alemania y Japón es mayor que la de los Estados Unidos (13% y 22% respectivamente). Sin embargo, la productividad del capital en éstos dos países es aproximadamente un 35 por ciento menor que la productividad del capital invertido en Norte América. Allí, el despiadado mercado de valores no perdona. Los gerentes, dice Samuelson, están constantemente presionados a obtener resultados positivos. De lo contrario, el pobre desempeño se refleja inmediatamente en el valor de las acciones y papeles comerciales(4).

Existe otra importante ventaja que a veces no se destaca suficientemente en el análisis comparado. Estados Unidos es una enorme economía continental (26 por ciento de la economía mundial) no limitada por fronteras políticas, acentuadas diferencias culturales, obstáculos al libre comercio, o diferencias en infraestructuras. Es un gigantesco espacio productivo donde exista plena movilidad de capital, personas, e información en niveles que serian el sueño de la Unión Europea. Empresas y trabajadores suelen migrar de estado a estado buscando mejores oportunidades. Esto es facilitado por los bajos costos que para ello brinda la excelente infraestructura del país, la abundancia de mano de obra calificada y la amplia gama de incentivos otorgados por los gobiernos locales para atraer inversión. Este ambiente favorable a la inversión fomenta la productividad y aumenta la capacidad de consumo, lo que a su vez abre espacios para nuevas actividades productivas.

Como es obvio, las características del modelo bajo consideración no son fácil de reproducir o sencillamente no existen en otras realidades. Por ejemplo, la idea del libre mercado tiene en los Estados Unidos raíces históricas mucho mas profundas que en cualquier otro país del mundo. La nación norteamericana se creó al margen de cualquier ente central que rigiera el proceso. El papel del Estado, ciertamente poderoso, útil a la sociedad y determinante en varias coyunturas criticas como la recesión y la guerra, no tiene la significación que el mismo tiene, por citar un ejemplo, en Francia. La gran autonomía de la sociedad frente al Estado se tradujo en más mercado. Por citar un caso extremo, podemos decir que el extremismo político hoy presente en diversos grupos de la población tiene su origen en el miedo y el odio que el gobierno federal inspira en ellos luego de muchos años de creciente intervencionismo. En todo caso, nos interesa destacar que el libre mercado no se legitima en los Estados Unidos solamente por el apoyo que le brinda la teoría económica, sino también por corrientes históricas que vienen desde los comienzos mismos de la República.

¿El lado oscuro de la sociedad post-industrial?

El modelo norteamericano, por su puesto, genera dudas y presenta fallas. La duda más importante es si su brillante desempeño económico es tan sólo una burbuja que puede estallar en cualquier momento. ¿Estamos ante la parte ascendente del ciclo económico, que inevitablemente precede la parte descendente, o, por el contrario, ante un reacomodo permanente que bien podría señalar la completa transición a la sociedad post-industrial? El propio Alan Greenspan, con toda la mesura que debe caracterizar a un presidente de banco central, ha alertado contra triunfalismos infundados. ¿Cuánto tiempo más, por ejemplo, podrán posponerse las compensaciones salariales? ¿Es la fortaleza del dólar un hecho permanente? ¿Es factible un fuerte ajuste hacia debajo de la bolsa? La inflación bien puede resurgir en cualquier momento.

La falla más evidente es la pronunciada desigualdad que el crecimiento está causando. La casi totalidad de los estudios confirman este hecho(5). Los números señalan una separación creciente entre los diferentes segmentos del mercado laboral. Debemos destacar que el problema no radica en que el ingreso de la población en general no esté creciendo, sino en el hecho que la mayor actividad económica y la mayor productividad no benefician a todos por igual. Es decir, los ingresos de los trabajadores más calificados crecen a un ritmo mucho mayor que los ingresos de aquellos que carecen de adecuado entrenamiento. La demanda para éstos últimos, incluso, se reduce a medida que la economía se reestructura. Así, desde mediados de los años setenta hasta principios de los noventa los trabajadores poco calificados vieron reducir sus salarios reales en 15 por ciento, mientras los altamente calificados disfrutaron aumentos de más del 50 por ciento. Esto explica por qué el ingreso per cápita del país ha venido aumentando en medio de una creciente desigualdad. Lo que realmente preocupa es la tendencia hacia una sociedad más polarizada.

La creciente desigualdad en los ingresos de los trabajadores está generando una apasionante discusión entre los economistas norteamericanos. Diversas hipótesis se han manejado. Una de ellas plantea que la desindustrialización es el culpable. La creciente competencia internacional o los altos costos de las regulaciones ambientales han obligado a muchas industrias a trasladarse al exterior o simplemente cerrar sus puertas. La transición de una economía industrial a otra estructurada alrededor de los servicios, ha dejado sin empleo a amplios sectores de la clase media. Esta hipótesis puede ser cierta en gran medida, pero ignora el hecho que la desigualdad se observa no sólo cuando se comparan distintos sectores entre sí sino también cuando se analiza cada uno por separado.

Paul Krugman, famoso profesor del MIT, ha insistido en el papel central que en la desigualdad juega la revolución tecnológica (6). La tecnología, subraya Krugman, tiende a sustituir a los trabajadores menos capacitados quienes normalmente desempeñan labores rutinarias o repetitivas. Cada vez en mayor cantidad, cajeros de banco, transcriptores de datos, operadores de teléfonos, trabajadores textiles o de líneas de ensamblaje, son reemplazados por sofisticadas máquinas y terminan en empleos de menor calidad. La revolución tecnológica, presente en todos los sectores de la economía, torna superficiales decenas de categorías laborales realizadas por trabajadores poco calificados, mientras demanda y sobreprecia a los trabajadores de alto nivel educativo. Si esta hipótesis resultara verdadera, la sociedad post-capitalista, de la cual Estados Unidos es el más claro ejemplo, presentaría un lado oscuro que muchos no han visto todavía.

Las ideas de Krugman no generan consenso. Una mirada a la historia suscita una primera duda. Desde la revolución industrial, que es en esencia un gigantesco aumento en la productividad del hombre por obra de nuevas aplicaciones tecnológicas, el proceso de innovación ha creado un mayor número de empleos que los que se han perdido debido al mismo. Lo contrario le hubiera dado la razón a Marx y el mundo sería algo totalmente distinto. Mayor productividad significa: menores costos, mayor ganancia, mayor producción, y por lo tanto mayor empleo y consumo. Ahora bien, lo que sí parece ser una tendencia real es que los nuevos empleos requieren habilidades muy superiores a las de los que se perdieron. La economía tiende a demandar trabajadores con mayor nivel educativo. Aquellos que no satisfagan los requisitos mínimos tendrán que conformarse con salarios mínimos y un pobre futuro. La propuesta educativa del presidente Clinton se apoya en éstos supuestos.

La mayoría de los economistas prefieren asumir una posición ecléctica. Si bien es cierto que la revolución tecnológica perturba el mercado laboral al desplazar a los trabajadores menos calificados, la desigualdad no es la consecuencia exclusiva de las nuevas tecnologías. El debate ha puesto sobre la mesa diversa hipótesis. Así, el deterioro de los ingresos sería el resultado, entre otros factores, de la debilidad de los sindicatos, de la creciente competencia internacional, de la inmigración, de la casi inexistente intervención de gobierno en materia laboral, y del afán generalizado por reducir costos. La consideración conjunta de todos éstos factores, en lugar de insistir en uno en particular, tal vez de mejor cuenta del preocupante deterioro que están experimentando los ingresos de amplios sectores de la población norteamericana.

El problema fundamental, repetimos, es que el crecimiento económico no alcanza a todos por igual. ¿Le recuerda esto al lector alguna realidad en particular? El proceso de reestructuración por el cuál atraviesa la economía internacional, bien sea el que se realiza en los países desarrollados o el que experimentamos en América Latina, está dejando un legado de profunda desigualdad social. Tanto aquí como allá, la respuesta a los costos del ajuste es siempre la misma: Hay que esperar; los frutos del crecimiento se cosechan en el largo plazo; la tentación populista, aquella que busca el bienestar colectivo mediante regulaciones y masivo gasto público, no es más que un alivio temporal que al final eleva la factura que se pasa a la población.

De igual forma, tanto aquí como allá se receta la misma medicina para curar los efectos no deseados del ajuste: Políticas públicas de largo plazo donde destaca la educación y la inversión en proyectos rentables, todo en el marco de amplios consensos políticos que les den continuidad. La apuesta es al futuro y como todas las cosas en la vida el tiempo traerá las respuestas del caso. Mientras tanto, las expectativas parecen ser las mismas, tanto en el mundo post-industrial como en las menos sofisticadas sociedades de América Latina.

Notas:

(1) Jeffrey Sachs, Consolidating Capitalism, Foreign Affairs, Spring 1995l

(2) Alan Greenspan, Humphrey-Hawkins testimony, Julio 1997. Este testimonio ante el Congreso puede consultarse en: http://www.bog.fbr.fed.us/

(3) Citado en: U.S. Economy Shows Foreign Nations Ways to Grow Much Faster. The Wall Street Journal, June 19,1997. P.12.

(4) Robert Samuelson, Is There A Saving Gap? Newsweek, june 17, 1996.

(5) Ver, por ejemplo: Frank Levy y Richard Murnane, U.S. Earnings Levels and Inequality: A Review of Recent Trends and Proposed Explanations. Journal of Economic Literature, September 1992.

(6) Paul Krugman, Europe Jobless, America Penniless? Foreign Policy, Summer 1994.

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