Little Venice Global Company
El 21 de julio pasado la revista TIME publicó un texto publicitario
de 8 páginas a todo color, titulado "Abriendo la puerta a los
inversionistas extranjeros La apertura petrolera venezolana".
No hace falta ser muy zahorí o mal pensado para dictaminar con certeza
cuál es el objetivo de los autores del texto (que no son necesariamente
sus redactores, sino quienes lo autorizaron): no es la apertura petrolera,
ni las estaciones de gasolina, ni la venta de Pequiven. Sin ningún
desenfado, el ingeniero Luis Giusti nos anuncia que el verdadero banquete
es que la privatización de PDVSA es inevitable. Su atrevimiento,
para usar una expresión muy suave, nos sugiere algunas preguntas
elementales.
¿Quién autorizó al ingeniero Giusti a anunciar
oficialmente al mundo esa nueva política?
Hasta donde sabemos, ni el Presidente de la República, ni el Ministro
de Energía y Minas, ni el Congreso de la República, han informado
que piensan adoptar tan trascendental decisión. Tan sólo algunos
dirigentes políticos aislados se han mostrado, a título individual,
partidarios de esa postura, en la que tienen como compañeros de ruta
a un grupo de empresarios y comentaristas que aspiran a ver privatizadas
calles y autopistas, puertos y aeropuertos, plazas y parques, ríos,
montañas y playas, en fin, todo lo que existe sobre y bajo este territorio
que llamamos Venezuela y que ellos posiblemente ambicionan rebautizar, por
ejemplo, como "Little Venice Global Co.", para estar a
tono con los tiempos.
¿Es que el ingeniero Giusti y sus colegas de directiva se creen
dueños de nuestra industria petrolera? ¿Pueden ellos por su
cuenta decidir venderla, sin consultar nuestra opinión?
Yo no puedo darles un cheque en blanco. Desde muy niño me enseñaron
que no debía darle un cheque en blanco a nadie. Mucho menos a quien
tiene el atrevimiento de anunciar, sin nuestro previo consentimiento, que
se propone vender nuestras pertenencias en subasta pública.
Denme una, sólo una, razón válida para vender PDVSA.
¿Es que esa empresa da pérdidas? El texto publicado
en TIME nos informa que en 1996 PDVSA tuvo ganancias récord de $
3 mil millones, después de pagar impuestos al Fisco.
¿Acaso PDVSA está mal administrada? Evidentemente
siempre será posible administrarla mejor y, ciertamente, con más
pulcritud. Aún así, recordemos que el mejor negocio del mundo
es una empresa petrolera bien administrada, y el segundo mejor negocio del
mundo es una empresa petrolera mal administrada. ¿Estarían
dispuestos el ingeniero Giusti y sus colegas de directiva a admitir públicamente
que por su deficiente administración tenemos que vender PDVSA?
¿Se pretende vender PDVSA para pagar la deuda externa? Sin
necesidad de venderla, bien podría destinarse al pago de la deuda
todo ingreso que resulte de aumentar el actual nivel de exportaciones de
crudo y productos. O, mejor aún, ¿por qué no invertir
todo ese ingreso adicional exclusivamente en educación, con lo cual
en 20 años podríamos tener un pueblo capaz de construir un
país próspero, justo y respetable?
¿O quizás piensan vender, o peor, regalar, una acción
de PDVSA a cada venezolano? Esta alternativa, sugerida por algunas personas,
es tan descabellada que no vale la pena comentarla. ¿O la van
a vender por partes, 10 % ahora, otro 10 o 15 % en dos años, y así
sucesivamente? Es decir, primero nos amputarían un brazo, en
dos años el otro brazo, más tarde una pierna y así
sucesivamente.
¿A quién se la piensan vender? ¿Quién
puede reunir en Venezuela $ 50 mil millones?, haciendo la salvedad de
que una empresa que tuvo resultados como los de 1996, vale mucho más,
sobre todo si dentro de diez años va a producir el doble de lo que
produce hoy.
¿Quién es tan bueno, o tan pendejo, que cuando tiene
un buen negocio llama al vecino para cederle una parte o la totalidad de
su negocio? ¿Nos falta capital? No es cierto, a juzgar por los
resultados financieros de PDVSA. Y si faltase, todos los bancos del mundo
estarían encantados de prestarle dinero. No hay pagador más
seguro que una empresa dueña de reservas suficientes como para producir
5 o 6 millones de barriles diarios durante los próximos 150 años,
para ser conservador. ¿Nos falta tecnología? La tecnología
se compra como cualquier otra mercancía y, además, a propósito
de la apertura, PDVSA ha declarado que el Intevep tendrá a su cargo
la tecnología de los nuevos proyectos. ¿Mercados? Los
compradores siempre seguirán comprando, cada vez más, y poco
o nada les importa quién es el dueño o el vendedor del crudo
o del producto, con tal de que se los vendan oportunamente, en forma confiable
y a precios razonables.
El mayor descaro del texto que comentamos es el párrafo que indica
que los inversionistas extranjeros también podrán participar
en el fondo mutual que próximamente va a crear PDVSA. El hecho en
sí no es motivo de preocupación. Lo que indigna es la terminación
del párrafo: "una puerta trasera en la ruta hacia la privatización".
En lenguaje vernáculo la puerta trasera no es la que se usa para
recibir a gente honorable. Es la que se usa cuando el dueño de casa
no desea que lo sorprendan escapándose o haciendo algo indebido.
Es la que se usa para que el perro entre y salga de la casa. O la que usa
"la muchacha de servicio" para introducir subrepticiamente a su
enamorado.
La frase final del texto no tiene desperdicio: "La faena del
futuro consiste en convencer a un público nacionalista para que acepte
lo que es casi inevitable: en el futuro PDVSA será privatizada".
Sabemos que los directivos de PDVSA manejan recursos suficientes como
para "convencer" a mucha gente que, a su vez, pueden manipular
la opinión pública. Ellos parecen estar conscientes de que
los venezolanos son un "público nacionalista". No hablan
de un "pueblo" nacionalista, de un pueblo protagonista
de su destino, sino de un "público", es decir, de
un espectador al que hay que dorarle la píldora porque a ese espectador
le gusta el nacionalismo ¡qué excentricidad!
A los que nos oponemos a la venta de PDVSA, a los que hablamos de nacionalismo
de soberanía y de dignidad, creen que nos desacreditan tildándonos
de dinosaurios, anticuados e inadaptados a la "globalización",
expresión bastarda con la que se pretende disfrazar de modernidad
la entrega descarada y servil de lo nuestro. Por mi parte, prefiero que
me endilguen todos esos epítetos y no que me llamen vendepatria.
¿Quiénes son, en realidad, los dinosaurios, los que
quieren volver al pasado? Hasta 1976, hace apenas 21 años, nuestra
industria petrolera estaba en manos extranjeras, en manos de las empresas
concesionarias, que no siempre pagaban lo que nos debían en impuestos,
que contribuyeron a poner y quitar gobiernos, que nos ocultaban algunas
de sus transacciones, que a veces nos declaraban precios de venta falsos,
que agotaban irracionalmente algunos de nuestros yacimientos y que ellas,
sólo ellas, en Nueva York, en Houston y en Londres, tomaban las decisiones
que afectaban toda nuestra vida como país. Por eso se hizo la nacionalización.
Los verdaderos dinosaurios son los que quieren retroceder al pasado.
No hablan de volver a la época de las concesiones petroleras.
No quieren simplemente volver a 1973 o a 1958. Ni siquiera a la época
de Medina o de López Contreras o a la del General Gómez. Lo
que quieren no es otorgar concesiones, sino vender nuestra industria. A
donde quieren volver es a la época colonial, cuando la corona
española era dueña de suelo y subsuelo de este territorio.
La única diferencia es que ahora la corona no será española
sino anglosajona. Y nosotros pasaremos de ser dueños a simples espectadores,
nos convertiremos en un "público" nacionalista. ¿Aceptarán
esto los trabajadores y los sindicatos? ¿Se quedarán calladas
las Fuerzas Armadas? ¿Están todos los empresarios venezolanos
de acuerdo con esa venta?¿Dirán algo Acción Democrática,
Copei, el Mas, La Causa R y otros partidos? |