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S e p t i e m b r e / 1 9 9 7 / N° 19

El miedo a las mujeres

Axel Capriles

Una extendida fantasía colectiva que refleja el miedo a lo femenino primigenio aparece en ese conjunto de cuentos, leyendas y mitos que, con variantes de forma y lugar, se integran en el mitologema de la vagina dentata . En una versión hindú se relata la historia de la hija de un Rakshaa (demonio) que tenía alargados y afilados dientes en su vagina. La presencia de un hombre la movía a convertirse en una bella y cautivadora doncella, para así seducirlo, cortarle el pene y comérselo lanzando posteriormente el resto del cuerpo a los tigres. En una oportunidad, en la densidad de la selva, conoció siete hermanos y decidió tomar como esposo al mayor para así poder dormir con todos los demás. Transcurrido un tiempo prudente sedujo al hermano mayor en un lecho cercano a la morada de los tigres, le mutiló el pene al joven, y arrojó su cuerpo como pábulo de felinos. De la misma forma procedió con los demás hermanos hasta que sólo quedaba el benjamín . Sin embargo, cuando el turno de este llegó los dioses le ayudaron enviándole un sueño: si te vas con la joven lleva un tubo de hierro y en vez de hacer el amor con ella, introdúceselo en la vagina y destrúyele los dientes. Eso hizo el hermano menor, poniendo bajo su control a la hija del Rakshaa.

Lo femenino devorador, el carácter negativo de lo femenino primordial, es un eco de repeticiones imaginarias. La dama oscura enguirnaldada con huesos y calaveras, la gran Kali hindú; la terrible Ta-urt egipcia; Hécate de la oscuridad, acompañada por un ladrido de perros, la diosa triforme de las encrucijadas y de las invocaciones mágicas; las grandes madres celosas del Asia Menor que castran a sus jóvenes y débiles amantes al primer desliz; Escila, Lamia, Empuosa, Equidma; las urobóricas Gorgonas; Astarté y Lilith de la noche; Kundry, de la leyenda de Parsifal, prisionera del mago Klingsor e instrumento del mal para hacer prisioneros a los caballeros del Grial por medio de sus hechizos; la Lorelei teutónica, Circe y las sirenas mediterráneas; las Rusalkas eslavas, espíritus de la ilusión destructiva, con cuyos encantos atraen a los jóvenes para ahogarlos, y acercándonos más a nuestra cultura americana: la diosa azteca de la muerte, Ilamatecuhtli; Ixchel la destructora;Pulowi de los guajiros; la Sayona, la Dientona, el Anima Sola; la aparecida de la plaza de Misericordia(el conde), en la vieja Caracas, pudriéndose y descomponiéndose al momento del beso para dejar fulminado a y sin vida al hombre que intentó trenzar el idilio: todas imágenes de lo femenino que nos paraliza, nos destruye, nos embruja, nos encanta y nos seduce y devora.

Buena parte de la interpretación psicoanalítica de estas figuras se ha centrado en el aspecto arquetipal,

simbólico e impersonal: el miedo al reino primigenio del inconsciente, lo eterno femenino como aparición del mundo inmemorial del inconsciente colectivo, o la ambivalencia frente a la Imago de la Madre arquetipal. Hay una referencia general al temor y depotenciación del complejo del ego, del yo consciente, frente a la madre y el ánima como primeras personificaciones del carácter negativo elemental del inconsciente. Pero el mito de la vagina dentata muestra también un aspecto mucho más literal que el de la relación de la consciencia con los aspectos desconocidos del oscuro mundo del inconsciente colectivo o de la feminidad arquetipal, y este aspecto es un verdadero y concreto, aunque subliminal, miedo a las mujeres, Como bien lo expresó Karen Horney"… muy poca atención y reconocimiento se le a prestado al hecho del secreto miedo de los hombres a las mujeres. El hombre, por su lado, tiene razones estratégicas obvias para mantener este miedo en silencio. Pero él intenta por todos los medios de negárselo aún a sí mismo". Una negación que ha tenido mucho que ver con la ubicación y glorificación de la mujer en roles muy específicos y con el menosprecio expresado a lo largo de la historia de nuestra cultura. Desprecio que aparece tanto en el tratado de J.P.Moebius sobre la inferioridad psicológica de la mujer, como en la pregunta desesperada del médico francés des laurens: "¿Cómo puede este animal divino, lleno de razón y juicio que llamamos hombre, sentirse atraido por estas obscenas partes de la mujer, profanadas con flujos…?"

Hoy la amenaza femenina se ha hecho explícita. El poder fálico de la barra de hierro del menor de los siete hermanos del mito hindú ha perdido su efecto por la transformación cultural más significativa del siglo veinte: el cambio de la psicología y la posición de la mujer en la sociedad actual. Como consecuencia de ese cambio, todas las racionalizaciones intelectuales de los viejos pensadores del machismo occidental dejaron de ser eficientes como mecanismo de defensa. El temor masculino del cual hablamos no se refiere ya al miedo inconsciente a perder el rumbo por la atracción del canto seductor de una bella sirena de ondulante cabellera que nos lleva hacia el naufragio inevitable. No se la fascinación destructiva que Marlene Dietrich teje alrededor del rígido profesor y que hizo de El Angel Azul un clásico de la cinematografía del siglo veinte. El miedo al cual nos referimos, aunque parcialmente escondido e inconsciente, es mucho más palpable y directo. No es la intuición del riesgo de dejarse dominar por la amante seductora y ambiciosa que busca riquezas o poder escondida detrás del velo irresistible del amor pasional , sino la mujer en sí y por ella misma compitiendo en posiciones afines, o superiores, lo que confunde y desestabiliza la imagen que de sí mismo mantiene el hombre moderno. Una confusión extendida, y aún vigente, a pesar de haber ya transcurrido suficiente tiempo para que los hombres se hubieran adaptado a los cambios en los roles profesionales y sexuales. Este tema aparentemente caduco para el clima mental de finales del segundo milenio después de Jesucristo, continúa teniendo tanta vigencia que, de tanto en tanto, como sucedió en club de psicología analítica del Montreal hace algunos años, se hace imprescindible analizar la abundancia de hombres normales que se sienten debilitados y depotenciado por figuras femeninas y la frecuencia de pacientes que, sin ser homosexuales, se ven imposibilitados de establecer relaciones con mujeres porque, como Agdistis en su relación con Attis, ellas los conducen a la castración.

Esa mujer moderna que ocupa el setenta por ciento de algunas universidades del país, que aventaja al hombre en el consumo de libros e información, y que habiendo perdido la fragilidad romántica de las bailarinas de Les Silfides o de la modelo Twigi de los años setenta, Se ha entregado al culto del ejercicio y el cuerpo para reaparecer con la fuerza y resistencia física de una mítica Amazona, le exige al contemporáneo una revaluación de la imagen que a lo largo de la historia de occidente se ha planteado como arquetipalmente suya. Porque, aunque en todas las relaciones heterosexuales siempre ha penetrado elementos y conflictos de supremacía y poder, la transformación de la forma explícita en que se expresan y modelan culturalmente esas relaciones es un proceso lento que inspira miedo como toda identidad colectiva. Mucho es el ejecutivo masculino, agresivo y dominante, que pierde algo de su estilo y fuerza negociadora ante el panorama diferente de las múltiples mujeres que enfrentan, ahora, en los negocios más rudos y bizarros. Y mucho es también el desconcierto cuando el anacrónico Don Juan hispano, fingiendo inútilmente estar enamorado, le responde parodeando a Cindy Lauper: "las chicas sólo quieren divertirse"

V.S. Naipul, ese penetrante crítico del tercer mundo, observa que en las sociedades coloniales disminuidas intelectualmente sólo quedaba el machismo, o lo que es igual , la conquista y humillación de la mujer. Pero esa defensa psicológica elemental que levanta el autoestima y el orgullo del ego disminuyendo y victimizando al otro, que es la mujer. no se mantiene por sí sólo. "En una sociedad tan dominada por la idea del pillaje , los atractivos del macho, de arriba a bajo en la escalera del dinero, son esencialmente económicos. El dinero hace al macho". Por ello, en una condición social donde esos atractivos económicos han dejado de ser posesión exclusiva del hombre, y donde, según el ritmo actual , el orden probablemente se invertirá en muy corto tiempo, el machismo ha perdido uno de sus principales sustentos y como tal, una de las imágenes sobre la cual se fundamentó la identidad del hombre ha perdido mucho de sus carga y potencia. Estos cambios de psicología colectiva son particularmente relevantes para Venezuela donde la mujer de las clases populares es el principal sustento de los hijos y la familia. Aún en las relaciones heterosexuales de las clases pudientes donde perdura todavía el estereotipo de la mujer de la casa., destinada básicamente al cuidado de los niños y el hogar, dependiente e inactiva económicamente, o el de la doncella bella y frágil dedicada exclusivamente al cuidado de su físico, a los quehaceres del ocio y a la frívola sociabilidad, han ocurrido transformaciones sutiles, aunque muy importantes, ocultas bajo la superficie de los modelos tradicionales. por que esas mujeres de alta clase han tejido a su conveniencia una urdimbre indescifrable de roles de antaño unidos a privilegios de la modernidad, como evidencia de una síntesis paradigmática que hace sincrónico a lo anacrónico. Vistas desde el futuro de un historiador interesado en los hábitos y formas de relación social del pasado siglo veinte, su arquetipo se asimilaría mucho más al de las Grandes Madres mediterráneas y su corte de jóvenes amantes, que al del sexo débil , oprimido y dependiente. Aparecerán como una privilegiada aristocracia femenina, con un ejército sacrificados ejecutivos y caballeros a su servicio que, programado ideológicamente para el enfrentamiento compulsivo y la guerra con la realidad material, logró mantener el mundanal ruido de la periferia alejado del Castillo y liberó a las mujeres de los quehaceres vulgares y profanos de la sobrevivencia terrena, para que ellas, así, pudieran dedicarse a su existencia más refinada y sublime propia de la nobleza y de los altos espíritus.

El temor a lo femenino revela muchos aspectos, unos positivos y otros negativos, dependiendo de la posición de la consciencia. Pero con demasiada frecuencia, detrás de las candilejas del proscenio de las relaciones intersexuales ronda la sombra vengativa de Hécate la triforme, la de las tres caras, la bruja de las encrucijadas que aulla en la oscuridad de la noche, la reina mágica y terrible a las puertas del Averno. Faceta que, a juicio de José Luis Vethencourt, "es la más importante a considerar en los momentos actuales de la psicología femenina. Es éste un aspecto bastante diferente a al primitiva concepción de Hesíodo en su canto a la diosa, y también lo es de su aspecto de encantamiento como hada … Hécate representa la ira de la mujer contra la desmesura arrogante del hombre". Es la aparición inevitable y perenne de una de las caras de las femenidad más arcaica y elemental que, como toda epifanía de las deidades que personifican los aspectos negativos del inconsciente arquetipal, quiere depontenciar, dirigir, dominar, poseer y devorar.

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