El miedo a las mujeres
Una extendida fantasía colectiva que refleja el miedo a lo femenino
primigenio aparece en ese conjunto de cuentos, leyendas y mitos que, con
variantes de forma y lugar, se integran en el mitologema de la vagina
dentata . En una versión hindú se relata la historia de
la hija de un Rakshaa (demonio) que tenía alargados y afilados dientes
en su vagina. La presencia de un hombre la movía a convertirse en
una bella y cautivadora doncella, para así seducirlo, cortarle el
pene y comérselo lanzando posteriormente el resto del cuerpo a los
tigres. En una oportunidad, en la densidad de la selva, conoció siete
hermanos y decidió tomar como esposo al mayor para así poder
dormir con todos los demás. Transcurrido un tiempo prudente sedujo
al hermano mayor en un lecho cercano a la morada de los tigres, le mutiló
el pene al joven, y arrojó su cuerpo como pábulo de felinos.
De la misma forma procedió con los demás hermanos hasta que
sólo quedaba el benjamín . Sin embargo, cuando el turno de
este llegó los dioses le ayudaron enviándole un sueño:
si te vas con la joven lleva un tubo de hierro y en vez de hacer el amor
con ella, introdúceselo en la vagina y destrúyele los dientes.
Eso hizo el hermano menor, poniendo bajo su control a la hija del Rakshaa.
Lo femenino devorador, el carácter negativo de lo femenino primordial,
es un eco de repeticiones imaginarias. La dama oscura enguirnaldada con
huesos y calaveras, la gran Kali hindú; la terrible Ta-urt egipcia;
Hécate de la oscuridad, acompañada por un ladrido de perros,
la diosa triforme de las encrucijadas y de las invocaciones mágicas;
las grandes madres celosas del Asia Menor que castran a sus jóvenes
y débiles amantes al primer desliz; Escila, Lamia, Empuosa, Equidma;
las urobóricas Gorgonas; Astarté y Lilith de la noche; Kundry,
de la leyenda de Parsifal, prisionera del mago Klingsor e instrumento del
mal para hacer prisioneros a los caballeros del Grial por medio de sus hechizos;
la Lorelei teutónica, Circe y las sirenas mediterráneas; las
Rusalkas eslavas, espíritus de la ilusión destructiva, con
cuyos encantos atraen a los jóvenes para ahogarlos, y acercándonos
más a nuestra cultura americana: la diosa azteca de la muerte, Ilamatecuhtli;
Ixchel la destructora;Pulowi de los guajiros; la Sayona, la Dientona, el
Anima Sola; la aparecida de la plaza de Misericordia(el conde), en la vieja
Caracas, pudriéndose y descomponiéndose al momento del beso
para dejar fulminado a y sin vida al hombre que intentó trenzar el
idilio: todas imágenes de lo femenino que nos paraliza, nos destruye,
nos embruja, nos encanta y nos seduce y devora.
Buena parte de la interpretación psicoanalítica de estas
figuras se ha centrado en el aspecto arquetipal,
simbólico e impersonal: el miedo al reino primigenio del inconsciente,
lo eterno femenino como aparición del mundo inmemorial del inconsciente
colectivo, o la ambivalencia frente a la Imago de la Madre arquetipal. Hay
una referencia general al temor y depotenciación del complejo del
ego, del yo consciente, frente a la madre y el ánima como primeras
personificaciones del carácter negativo elemental del inconsciente.
Pero el mito de la vagina dentata muestra también un aspecto
mucho más literal que el de la relación de la consciencia
con los aspectos desconocidos del oscuro mundo del inconsciente colectivo
o de la feminidad arquetipal, y este aspecto es un verdadero y concreto,
aunque subliminal, miedo a las mujeres, Como bien lo expresó Karen
Horney"
muy poca atención y reconocimiento se le a prestado
al hecho del secreto miedo de los hombres a las mujeres. El hombre, por
su lado, tiene razones estratégicas obvias para mantener este miedo
en silencio. Pero él intenta por todos los medios de negárselo
aún a sí mismo". Una negación que ha tenido mucho
que ver con la ubicación y glorificación de la mujer en roles
muy específicos y con el menosprecio expresado a lo largo de la historia
de nuestra cultura. Desprecio que aparece tanto en el tratado de J.P.Moebius
sobre la inferioridad psicológica de la mujer, como en la pregunta
desesperada del médico francés des laurens: "¿Cómo
puede este animal divino, lleno de razón y juicio que llamamos hombre,
sentirse atraido por estas obscenas partes de la mujer, profanadas con flujos
?"
Hoy la amenaza femenina se ha hecho explícita. El poder fálico
de la barra de hierro del menor de los siete hermanos del mito hindú
ha perdido su efecto por la transformación cultural más significativa
del siglo veinte: el cambio de la psicología y la posición
de la mujer en la sociedad actual. Como consecuencia de ese cambio, todas
las racionalizaciones intelectuales de los viejos pensadores del machismo
occidental dejaron de ser eficientes como mecanismo de defensa. El temor
masculino del cual hablamos no se refiere ya al miedo inconsciente a perder
el rumbo por la atracción del canto seductor de una bella sirena
de ondulante cabellera que nos lleva hacia el naufragio inevitable. No se
la fascinación destructiva que Marlene Dietrich teje alrededor del
rígido profesor y que hizo de El Angel Azul un clásico
de la cinematografía del siglo veinte. El miedo al cual nos referimos,
aunque parcialmente escondido e inconsciente, es mucho más palpable
y directo. No es la intuición del riesgo de dejarse dominar por la
amante seductora y ambiciosa que busca riquezas o poder escondida detrás
del velo irresistible del amor pasional , sino la mujer en sí y por
ella misma compitiendo en posiciones afines, o superiores, lo que confunde
y desestabiliza la imagen que de sí mismo mantiene el hombre moderno.
Una confusión extendida, y aún vigente, a pesar de haber ya
transcurrido suficiente tiempo para que los hombres se hubieran adaptado
a los cambios en los roles profesionales y sexuales. Este tema aparentemente
caduco para el clima mental de finales del segundo milenio después
de Jesucristo, continúa teniendo tanta vigencia que, de tanto en
tanto, como sucedió en club de psicología analítica
del Montreal hace algunos años, se hace imprescindible analizar la
abundancia de hombres normales que se sienten debilitados y depotenciado
por figuras femeninas y la frecuencia de pacientes que, sin ser homosexuales,
se ven imposibilitados de establecer relaciones con mujeres porque, como
Agdistis en su relación con Attis, ellas los conducen a la castración.
Esa mujer moderna que ocupa el setenta por ciento de algunas universidades
del país, que aventaja al hombre en el consumo de libros e información,
y que habiendo perdido la fragilidad romántica de las bailarinas
de Les Silfides o de la modelo Twigi de los años setenta,
Se ha entregado al culto del ejercicio y el cuerpo para reaparecer con la
fuerza y resistencia física de una mítica Amazona, le exige
al contemporáneo una revaluación de la imagen que a lo largo
de la historia de occidente se ha planteado como arquetipalmente suya. Porque,
aunque en todas las relaciones heterosexuales siempre ha penetrado elementos
y conflictos de supremacía y poder, la transformación de la
forma explícita en que se expresan y modelan culturalmente esas relaciones
es un proceso lento que inspira miedo como toda identidad colectiva. Mucho
es el ejecutivo masculino, agresivo y dominante, que pierde algo de su estilo
y fuerza negociadora ante el panorama diferente de las múltiples
mujeres que enfrentan, ahora, en los negocios más rudos y bizarros.
Y mucho es también el desconcierto cuando el anacrónico Don
Juan hispano, fingiendo inútilmente estar enamorado, le responde
parodeando a Cindy Lauper: "las chicas sólo quieren divertirse"
V.S. Naipul, ese penetrante crítico del tercer mundo, observa
que en las sociedades coloniales disminuidas intelectualmente sólo
quedaba el machismo, o lo que es igual , la conquista y humillación
de la mujer. Pero esa defensa psicológica elemental que levanta el
autoestima y el orgullo del ego disminuyendo y victimizando al otro, que
es la mujer. no se mantiene por sí sólo. "En una sociedad
tan dominada por la idea del pillaje , los atractivos del macho, de arriba
a bajo en la escalera del dinero, son esencialmente económicos. El
dinero hace al macho". Por ello, en una condición social donde
esos atractivos económicos han dejado de ser posesión exclusiva
del hombre, y donde, según el ritmo actual , el orden probablemente
se invertirá en muy corto tiempo, el machismo ha perdido uno de sus
principales sustentos y como tal, una de las imágenes sobre la cual
se fundamentó la identidad del hombre ha perdido mucho de sus carga
y potencia. Estos cambios de psicología colectiva son particularmente
relevantes para Venezuela donde la mujer de las clases populares es el principal
sustento de los hijos y la familia. Aún en las relaciones heterosexuales
de las clases pudientes donde perdura todavía el estereotipo de la
mujer de la casa., destinada básicamente al cuidado de los niños
y el hogar, dependiente e inactiva económicamente, o el de la doncella
bella y frágil dedicada exclusivamente al cuidado de su físico,
a los quehaceres del ocio y a la frívola sociabilidad, han ocurrido
transformaciones sutiles, aunque muy importantes, ocultas bajo la superficie
de los modelos tradicionales. por que esas mujeres de alta clase han tejido
a su conveniencia una urdimbre indescifrable de roles de antaño unidos
a privilegios de la modernidad, como evidencia de una síntesis paradigmática
que hace sincrónico a lo anacrónico. Vistas desde el futuro
de un historiador interesado en los hábitos y formas de relación
social del pasado siglo veinte, su arquetipo se asimilaría mucho
más al de las Grandes Madres mediterráneas y su corte de jóvenes
amantes, que al del sexo débil , oprimido y dependiente. Aparecerán
como una privilegiada aristocracia femenina, con un ejército sacrificados
ejecutivos y caballeros a su servicio que, programado ideológicamente
para el enfrentamiento compulsivo y la guerra con la realidad material,
logró mantener el mundanal ruido de la periferia alejado del Castillo
y liberó a las mujeres de los quehaceres vulgares y profanos de la
sobrevivencia terrena, para que ellas, así, pudieran dedicarse a
su existencia más refinada y sublime propia de la nobleza y de los
altos espíritus.
El temor a lo femenino revela muchos aspectos, unos positivos y otros
negativos, dependiendo de la posición de la consciencia. Pero con
demasiada frecuencia, detrás de las candilejas del proscenio de las
relaciones intersexuales ronda la sombra vengativa de Hécate la triforme,
la de las tres caras, la bruja de las encrucijadas que aulla en la oscuridad
de la noche, la reina mágica y terrible a las puertas del Averno.
Faceta que, a juicio de José Luis Vethencourt, "es la más
importante a considerar en los momentos actuales de la psicología
femenina. Es éste un aspecto bastante diferente a al primitiva concepción
de Hesíodo en su canto a la diosa, y también lo es de su aspecto
de encantamiento como hada
Hécate representa la ira de la
mujer contra la desmesura arrogante del hombre". Es la aparición
inevitable y perenne de una de las caras de las femenidad más arcaica
y elemental que, como toda epifanía de las deidades que personifican
los aspectos negativos del inconsciente arquetipal, quiere depontenciar,
dirigir, dominar, poseer y devorar. |