Neorrealismo Italiano:
Renacimiento Postbélico
Al parecer fue el teórico Umberto Bárbaro el inventor del
término Neorrealismo al referirse al cine realista francés
de los años treinta, en un artículo de la revista II film
de junio de 1943. Un año antes, precisamente, Luchino Visconti había
rodado Obsesión (Ossessione), el precedente más inmediato
del movimiento cinematográfico más aclamado e influyente surgido
en Italia durante la posguerra. No es para nada descabellado considerar
al neorrealismo hoy en día como el primer paso dado por el cine hacia
una necesaria modernidad que irrumpirá con mayor fuerza durante las
décadas siguientes, sobre todo en los sesenta en Francia con la Nouvelle
vague o en Inglaterra con el Free-cinema.(1) El carácter
revolucionario del neorrealismo no lo es tanto por tratarse de un
nuevo realismo, sino más bien de constituir una nueva
forma de enfrentar y abordar el cine desde el punto de vista de la creación.
Más allá de la inquietud de darle una significación
distinta a las historias que se contaban (hechos y personajes sacados de
la vida misma), en las que el humanismo alcanzaba cotas hasta ahora casi
inexistentes, está el cambio drástico sucedido en el proceso
mismo de la producción y realización cinematográficos:
preferencia de los escenarios naturales, por los guiones poco elaborados,
por los intérpretes no profesionales; desprecio por lo retórico,
por el cine espectáculo, por el culto al divismo del actor. En otras
palabras, se trataba de la búsqueda de un objetivo común :
la espontaneidad de un acercamiento y la reflexión hacia un presente,
hacia el hombre común, hacia el mundo que nos rodea. Imposible sería,
entonces, entender al neorrealismo sin tomar en cuenta las condiciones políticas,
sociales y económicas en las que se encontraba Italia al término
de la Segunda Guerra Mundial. Se trataba en primer lugar, de un pueblo que
había sufrido de la liberación de las fuerzas fascistas, una
vez finalizada la conflagración; lo que vendría seguidamente
no iba a ser menos difícil de enfrentar: la reconstrucción,
el nuevo comienzo, el resurgimiento de entre las ruinas (miseria, pobreza,
desempleo
) de una sociedad hasta hace poco sojuzgada. He allí
el gran caldo de historias, hechos, personajes que harán famoso,
primero a nivel internacional, al cine italiano de la posguerra.
Pero no sólo estaba allí la realidad para ser filmada,
estaban también las precarias condiciones económicas del cine
mismo: no había presupuesto para la producción de largometrajes,
los estudios se encontraban destruidos; Cinecittà, por ejemplo, era
un campo de refugiados. Haciendo, pues, gala de imaginación y destreza
verdaderamente creativas los cineastas neorrealistas supieron aprovechar
lo que estaba a la mano. Y lo que fue, en principio, un rosario de limitaciones,
se convertiría más tarde en unos postulados ampliamente influyentes
en otras cinematografías. Esa imagen de pobreza estará presente,
aún con mayor fuerza, en el Cinema novo brasileño;
mientras que la herencia neorrealista puede rastrearse en el corto El mégano
(Julio García Espinoza, 1955) o los primeros cortos producidos por
el ICAIC en Cuba, o en nuestro propio ejemplo neorrealista como lo es La
escalinata (1950) de César Enríquez, film recientemente restaurado
por la Cinemateca Nacional.
Rossellini, los inicios
Roma, ciudad abierta (Roma, città aperta, 1945) fue el
primer gran título del movimiento, uno de los films más influyentes
de su realizador sobre las nuevas generaciones de cineastas surgidos en
los cincuenta. Basado en hechos reales ocurridos a los romanos entre 1943
y 1944 en plena ocupación alemana, el argumento gira, por un lado,
en torno a un líder comunista, Manfredi, pronto a contraer matrimonio
con Pina, una viuda que está embarazada de él. Por el otro,
está la figura del sacerdote Don Pietro, mensajero de la resistencia.
Manteniendo el equilibrio en cuanto al interés en ambos personajes,
el film en el más puro ejemplo del melodrama, conduce al espectador
a la conmoción por el destino que les espera a todos los personajes,
injustas víctimas de las condiciones existentes. La escena de Pina
(interpretada por la gran Anna Magnani) corriendo en plena calle antes de
ser acribillada por las hordas fascistas sigue siendo una de las imágenes
más impactantes de la historia del cine. El verismo del film fue
tan convincente que por un tiempo se creyó que Rossellini había
filmado con cámaras ocultas la presencia de los alemanes durante
la ocupación. Salvo tres decorados reconstruidos en estudio, la película
se rodó integramente en escenarios naturales. Otra de las particularidades
de esta obra es la presencia en los créditos del principiante Federico
Fellini como coescritor del guión, al lado de Sergio Amidei y del
mismo Rossellini.

Al año siguiente, el mismo director rueda Paisà ya en un
tono mucho más de crónica: el avance del film lo marca un
noticiero que va mostrando las etapas por las que transcurre el proceso
de liberación de Italia durante 1945. De nuevo el tema es la resistencia,
las luchas y la dignidad de todo un pueblo. El film, como un gran fresco
de la Italia ocupada se va conformando a través de varias historias
que ocurren en distintos frentes de batalla: Sicilia, Nápoles, Roma,
Florencia, Romagna, y Delta del Po. Las irregularidades producidas por el
cambio de tensiones de las diversas historias no afectan para nada el tono
dramático que inspira el film en su conjunto, plagado, como todas
las películas neorrealistas de personajes simples o anónimos
convertidos momentáneamente en héroes debido a las circunstancias
trágicas que se describen.
De Sica-Zavattini
Pero sería fuera de Italia que tanto Roma, ciudad abierta como
Paisà conseguirían un éxito inusitado, alentado en
gran parte por el entusiasmo de la crítica francesa, que influiría
en el éxito posterior de ambos films y de otros títulos neorrealistas
dentro del mismo país. Mientras tanto el realizador Vittorio de Sica
y el guionista Cesare Zavattini, el dúo más célebre
de todo el movimiento, habían realizado Limpiabotas (Sciusciá,
1946) un melodrama sentimental, retrato de las penurias de dos niños
huérfanos durante las posguerra. Más tarde el mismo dúo
se superaría con la realización de Ladrón de bicicletas
(Ladri de biciclette, 1948) vigoroso y desesperado retrato de un
hombre al que le roban el instrumento por el cual ha de sustentarse económicamente.
¿Qué importancia tenía una bicicleta robada en la
Roma de 1948, en la que desaparecían tantas todos los días?
Sin embargo, para un trabajador que depende de ella para ganarse la vida,
el robo de una bicicleta representa una verdadera tragedia ¿Por qué
nosotros, los cineastas, deberíamos lanzarnos a buscar aventuras
extraordinarias, cuando la vida cotidiana nos ofrece sucesos y acontecimientos
llenos de interés que provocan angustia de verdad a quienes los padecen?(2)
A medida que transcurre el film nos vamos dando cuenta de cómo el
drama el individual del protagonista es uno más dentro de una colectividad
que padece en conjunto la difícil realidad.

Entre los avatares sufridos por el propio realizador buscando el financiamiento
para el proyecto se recuerdan las intenciones del productor norteamericano
David O Selznick de invertir en el rodaje del film a cambio de que el protagonista,
Antonio Ricci, fuese interpretado por Cary Grant. De Sica se negó
en todo momento a utilizar interpretes profesionales. Una vez más
los barrios pobres, los mercados al aire libre, las sucias calles eran protagonistas
de la historia.
Extremos Viscontianos
El cineasta que llevaría a los extremos los postulados neorrealistas
serio Luchino Visconti cuyo film La tierra tiembla (La terra trema,
1948) debía ser el primer capítulo de una trilogía
sobre la gente común. El proyecto contemplaba, además, un
film sobre los habitantes de la ciudad y un tercero sobre los campesinos.
Lamentablemente el fracaso de público provocó el abandono
del proyecto.
La tierra tiembla, retrato duro y sin concesiones sobre la vida en una
pequeña comunidad de pescadores y de cómo son explotados,
fue rodada en la población costera de Aci Trezza y sus intérpretes
pertenecen al propio lugar; los diálogos están en el dialecto
original de la comunidad. Visconti se muestra exhaustivo al querer mostrar
la interrelación entre los pescadores y el medio en que viven.
La cámara escruta detenidamente las rocas, las olas y las expresiones
faciales de los habitantes de Aci Trezza, haciendo que el ritmo de la película
resulte excesivamente lento y solemne. Pero en la película hay numerosas
secuencias que alcanzan verdadera grandeza, como la escena en que las mujeres,
vestidas de negro y asomadas a las rocas, esperan el retorno de sus hombres
de la mar enbravecida, o como la escena de la carrera de Ntoni -el protagonista-
bajo la lluvia para refugiarse en la casita que está a punto de perder.(3)
Visconti violaba una de las reglas fudamentales para Zavattini y es que
la película estaba basada en una novela, I Malavoglia, de
Giovanni Verga, escritor del siglo pasado, al que, no obstante, críticos
e historiadores consideran uno de los inspiradores del neorrealismo.

Más convencional, aunque no menos certero, se presenta Viscontti
en su siguiente film Bellísima ( Bellísima, 1951),
que además de ser un logrado vehículo para el lucimiento de
su actriz, Anna Magnani, es una dercarnada radiografía de las intenciones
de una mamma italiana, Maddalena Cecconi, capaz de todo para que
su hija logre ser la más bella en un concurso que el mismísimo
Alessandro Blasetti (interpretándose a sí mismo) organiza.
El guión de la película fue realizado por Zavattini y no estaba
basado en una obra literaria como sus anteriores films o gran parte de sus
siguientes productos; el rodaje fue rápido y con muchos escenarios
reales, entre ellos, por supuesto, el mismo Cinecittá. Visconti denuncia
en Bellísima al mundo del cine como señuelo engañoso
e industria de la evación. Lo denuncia a través de sus cineastas,
pero también de los peluqueros, modistas, fotógrafos, profesores
de arte dramático y demás parásitos que pululan y zumban
alrededor de la gran colmena de sueños.(4)
Fellini, El Rompimiento
Federico Fellini había iniciado su carrera en el cine en los primeros
años de la década de los cuarenta. Aparte de su colaboración
en los films de Rosellini también intervino en películas de
Lattuada y de Germi, entre otros. Es con Lattuada con quien dirige su primer
largometraje, Luces de variedades (Luci di varietà, 1950),
producido por ambos en régimen cooperativista. Su segundo film El
jeque blanco (Lo seicco bianco, 1952) narra la historia de un
matrimonio provinciano que llega a Roma con sus mentalidades estúpidas,
propias de una pequeña burguesía italiana. El drama con acentos
caricaturescos, refleja las costumbres ridículas de ciertas capas
populares de Italia: este film sirvió de pretexto no sólo
para trazar un cierto fresco ciudadano sino para reflejar, de nuevo, recuerdos
autobiográficos y, en cierta manera nostálgicos (5), ya
presentes en su obra anterior y que recorrerá gran parte de su filmografía
posterior. El jeque blanco no es exactamente un film neorrealista, su inclusión
obedece un tanto a que su director quizás andaba buscando un estilo
personal que alcanzará su madurez a partir de su siguiente obra.
La realización del film responde también a una época
en que el movimiento empieza a flaquear y donde además estaba surgiendo
una nueva de cineastas más profesionales: Antonioni y Pasolini, entre
otros.
Notas
1.- José Enrique Monteverde y otros. Los nuevos cines europeos.
1955/1970. Barcelona: Editorial Lerna, 1987. P.378.
2.- Citado en Historia universal del cine. Madrid: Editorial Planeta,
1982. Vol. VI pp. 234-235.
3.- Idem, p. 233.
4.- Laurence Schifano. Luchino Visconti. El fuego de la pasión.
Barcelona: Editorial Paidós, 1991. P. 205
5.- Enciclopedia ilustrada del cine. Barcelona: Editorial Labor, 1969.
Vol. 1. P. 473. |