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Bienvenidos a artes y Placeres


Los seis puntos expuestos evidencian la situación diferente del mudéjar americano, lo que impide sea analizado con los mismos patrones aplicados a las situaciones peninsulares. A mi entender, el hecho de que en América el mudéjar comienza a nacer cuando en España comienza a morir, engendra una expotaneidad que obliga a enfocar el caso con una actitud crítica diferente. Un punto más: toda presencia hispanomusulmana que en el territorio americano se dio en la arquitectura y en la carpintería, ha sido calificada siempre como una pervivencia del mudejarismo. El nombre ya ha sido consagrado por el uso y por el tiempo. Si la carpintería de armares "mudéjar" o "castellana" es asunto de la Península. En Iberoamérica es difícil deshacerse del nombre mudéjar y , además, no hay razones para hacerlo.

En el área del Caribe, los sitios de mayor presencia mudéjar son, sin lugar a dudas, Cuba y Venezuela.En Cartagena de Indias, República Dominicana y Puerto Rico no faltan ejemplos, no obstante, ni remotamente pueden competir con los dos países mencionados. El hecho de que mudéjar de Venezuela tenga vínculos formales y técnicos con el mudéjar cubano, no se debe solamente a la filiación común que ambos países tuvieron con la expresión cultural hisponomusulmana, sino también a los estrechos contactos con uno de los lugares de transmisión más activo y fecundo: las islas Canarias, Cuba y Venezuela, siempre han sido muy intensos, especialmente desde el siglo XVIII y, en consecuencia, es normal que al lado de tantas pautas asimiladas, figuren también varias soluciones constructivas, principalmente en la carpintería.

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Los alfarjes y las lacerías de Venezuela no se pueden comparar con los ejemplos existentes en Ecuador, Colombia y Bolivia, no obstante, los principios estructurales de la carpintería de armar, son los mismos.

Como ya he enseñado en páginas atrás, todos los techos de las iglesias que se construyeron en Venezuela desde el siglo XVI hasta el primer tercio del siglo XVI, tuvieron armaduras de pares y nudillos. La Catedral de La Asunción (1570) y la de Coro (1583) iniciaron el tipo cuyos orígenes se remontan al siglo XIII en el Alfaraje andaluz; de allí pasó a las Canarias y luego al Caribe La planta rectangular de tres naves, testero plano y falta de crucero, fija el tipo que se repite hasta el neoclasicismo; esa extemporaneidad y arcaismo no es privativa de Venezuela y también se observa en las Canarias.En efecto, la iglesia de San Agustín en La Laguna (Tenerife), construida entre 1765 y 1784, repite las mismas caracaterísticas; lo mismo ocurre con las iglesias venezolanas de Petare y Calabozo que, a pesar de ser de finales del siglo XVIII, en nada difieren en cuanto a conceptos espaciales, volumetría, planta y cubierta mudéjar con las de La Asunción y Coro.

Las dos series de arcos que separan las tres naves de la catedral de Coro, lucen el recuadro típico del estilo árabe conocido como arrabá o alfiz. El mismo adorno se repite en la iglesia de Santa Ana de Paraguaná y en la casa de los Arcaya en Coro.

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No todas las iglesias de tres naves tienen arquería sobre columnas toscanas; el tipo de soporte cambia cuando prescinde de los arcos y directamente recibe la techumbre. Lo que nunca cambia es la invariable solución de pares y nudillos. Hay pilares de sección cuadrada y octogonal hechos en mampostería o esbeltos palos de una sola pieza. La catedral de Trujillo y la iglesia de Carora y Obispo son buenos ejemplos de esta última modalidad.

Pero no todo fue carpintería. Pocos países Hispanoamericanos ofrecen tantas riquezas volumétricas de marcada cubicidad mudéjar. Eso lo advirtió también Fernando Chueca Goitia desde 1966 cuando destacó que el espíritu hispanomusulmán no latía solamente en lo decorativo "... sino que transciende a la propia arrquitectura, a su disposiciones y estructuras. El mudejarismo estricto y en su más singular pureza, aparece soberano en las iglesias grandes y pequeñas, más pequeñas que grandes, de Venezuela ...Son unas iglesias verdaderamente deliciosas, cuyos blancos volúmenes se insertan en la campiña, como sus remotos precedentes los morabitos y las rápitas del "Andaluz". Su estructura es siempre la misma: un cuerpo de tres naves y separadas por columnas y arquerías que constituyen planos de sustentación. La cubierta es de madera, de las de par y nudillos mudéjar con dobles tirantes. Su cabezera, generalmente un presbiterio de fábrica cubierto como "Kubba" musulmana. Esta estructura es la misma que la de las iglesias de la región sevillana del Aljarafe. El mudéjar que en su versión más estricta había desaparecido de la península, perdura hasta el mismo siglo XIX en las iglesias de Venezuela, cuyo título de Nueva Andalucía siguen pregonando de una manera elocuente ..."

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Los techos de los presbiterios merecen un señalamiento particular: el cubo que encierra y cubre el espacio más importante del templo, sobresale de los tejados de las naves y, exteriormente, destaca el sitio destinado a la capilla mayor. La solución es también mudéjar al igual que lo es la falta de crucero con cúpula. La planta de los presbiterios es casi siempre un cuadrado cubierto por un techo de cuatro aguas en forma de pabellón, como una "Kubba" musulmana, al decir de Chueca Goitia. Los cuatro paños pueden permanecer a la vista en el interior o adoptar la forma octogonal con trompas planas en las cuatro esquinas. La techumbre del presbiterio de la capilla de San Pedro en la catedral de Caracas, luce los cuatro paños policromados, lacería en el almizate y dobles cuadrales esquineros. Esta cubierta mudéjar había sido tapada con un cielo raso de sabor neoclásico en 1867 y fue descubierta y restaurada por el autor hace unos pocos años. Otros almizates con lacerías se encuentran en las iglesias de El Pao, San Rafael de Orituco, Píritu y también en algunas casas de Puerto Cabello. La catedral de Barcelona tiene ocho paños sobre figura octogonal y trompas planas y la misma solución ostenta la techumbre de la capilla de Santa Anan en Maracaibo; en esta última, la ornamentación barroca no disminuye la evidencia mudéjar de la armadura.

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La torre de la catedral de Coro, con su caracol interior, tiene una austera y pura volumetría cúbica blanca rematada por un cuerpo de campanas octogonal. Formas hispanomusulmanas que se repiten en el campanario de Pueblo Cumarebo, copia en miniatura de la torre coriana. También la torre de La Asunción con su cuerpo de campanas de sección reducida y pináculos esquineros tiene un fuerte aire mudéjar. Singular es el campanario de la iglesia de Santa Ana de Paraguaná con su primer cuerpo octogonal de caras cóncavas y remate con chapitel de dieciseis gajos. Se podrían enumerar muchas iglesias construidas a lo largo de los siglos XVII y XVIII, pero el resultado resultaría monótono puesto que todas repiten las mismas características, principalmente en las techumbres. No faltan fachadas de ladrillo a la vista como en Araure, San Francisco de Yare y San Sebastián de los Reyes; en la fachada de esta última iglesia hay una ventana geminada que recuerda a las que tienen varias torres granadinas. Notable, por su perseverancia formal, la iglesia de Cabudare construida en 1830; es de tres naves separadas por series de pilares que directamente reciben la cubierta de pares y nudillos. Un ejemplo decimonónico con aires del siglo XVI. El siglo XIX venezolano no fue muy generosos en construcciones nuevas debido a la situación de constante zozobra política. El neoclásico fue muy tímido y en las casas se impuso la moda de colocar, en las piezas importantes, un cielo raso que aparentara un techo plano y, al mismo tiempo, ocultara la armadura de pares y nudillos. Hasta 1936 Caracas y las ciudades del interior conservaban casi íntegra su estructura urbana colonial; fue después de 1945, con el boom petrolero, que comenzó el delirio destructivo y constructivo. Una de las contadas casas que no sufrió la piqueta fue la natal de Simón Bolívar que conservó sus espacios originales por razones fáciles de entender. Observando la secuencia de techos que ilustra la fotografía tomada en Coro, se advierte que todos los tejados tienen armadura de pares y nudillos. Y así era toda Venezuela. Tantas y tantas portadas desaparecieron y muchas de ellas también tenían parentesco formal hispanomusulmán. Las de arco mixtilíneo y polilobulado, de la segunda mitad del siglo XVIII, lucían movimientos sinuosos no sólo emparentados al barroco, sino con antecedentes propios de la arquitectura califal cordobesa; así lo muestra la portada de Turmero que logré retratar antes de la demolición.

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Y como último ejemplo, unas palabras sobre los balcones de la Guaira, Puerto Cabello y Coro que aquí llamamos "balcones canarios". Es cierto que vienen de allá, pero aquí llegaron en la segunda mitad del XVIII, es decir, cuando el balcón hispanomusulmán del siglo XVI había perdido el carácter de ajimez con celosía por haberse adaptado a nuevas condiciones de vida, de mentalidad y de ambiente. El balcón venezolano y del Caribe es uin balcón abierto, ventilado y tropical.

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No tiene ese aspecto de armario colgado a la pared ni ese aire de confesionario con celosías morunas de harén, como apodó el escritor peruano Agustín Foxa a los balcones limeños. El balcón venezolano, cartagenero y cubano, pertenece a la fase final de la evolución del balcón canario y, como aquel, conserva y repite las características constructivas sobre canes superpuestos.

El presente es un artículo escueto y a la vez necesario. Sólo quise sintetizar las características del mudejarismo en Venezuela y demostrar que la presencia de ese fenómeno cultural hispanono musulmán jugó un papel de fundamental importancia durante todo el período colonial.

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Una vigencia que, más por estancamiento que por invariantes, marcó la arquitectura y la carpintería desde finales del siglo XVI hasta comienzos del siglo XIX. Este sólo hecho es suficiente para llamar la atención que Venezuela se merece cuando se trata del mudejarismo iberoamericano.

 

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