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Bienvenidos a artes y Placeres


Algunas noches, las cinco hermanas subían juntas a la superficie de las aguas con sus brazos enlazados y se dejaban mecer por las olas; formaban un precioso grupo. Cuando se aproximaba alguna tempestad que hundiría a los barcos, nadaban a su lado y con sus bellas voces, cantaban de las maravillas del fondo del mar para que los marineros descendieran a ese reino sin temor. Pero los marineros no las oían, entre los gritos de la tormenta, y jamás vieron las maravillas del palacio de las sirenas; cuando los barcos se hundían, llegaban muertos al fondo del mar.

De noche, cuando las cinco hermanas se alejaban del palacio y la menor se quedaba sola, las seguía con la mirada hasta perderlas de vista. Estaba triste, y como las sirenas no pueden llorar, sufría y sufría. Por fin, cumplió los quince años. -Ha llegado el momento-le dijo su abuela. -Eres ya mayor. Ven, para que te arregle como lo hice con tus hermanas. Colocó sobre la larga cabellera de la princesita una corona de lirios blancos, cuyos pétalos eran grandes perlas. Sobre la cola de pez en que terminaba su lindo y gracioso cuerpo, puso una hilera de ocho conchas de nácar para indicar la sangre real de la sirenita. ¡Esto me molesta y lastima! -se quejó la sirenita. Para ser hermosa, hay que saber sufrir -respondió la abuela. ¡Oh, con qué placer la pequeña princesa hubiera sacudído todos esos adornos y arrojado lejos su pesada corona. Las flores rojas de su jardín eran mas bonitas, pero no se atrevió a cambiarlas. -Adiós, adiós -dijo. Y se lanzó a través de las aguas, graciosa y ligera, para emerger entre las alas.

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E1 sol acababa de ocultarse cuando la princesa sacó su cabeza de las aguas; las nubes estaban todavía teñidas de rosa y oro, la estrella vespertina ya brillaba allá a lo lejos. E1 aire era fresco y suave y el mar estaba tranqullo. A poca distancia, pudo ver un gran barco de tres mástiles, que tenía izada solamente una vela y apenas se balanceaba; no soplaba la menor brisa. Los marineros corrían por las jarcias, por los aparejos; colocaban centenares de linternas de colores que en la noche, iluminaban todo; los mástiles llevaban las banderas de todas las naciones. Desde el barco salían alegres cantos.

La princesa se acercó al barco y cada vez que una ola la levantaba, podía ver en su interior muchas personas vestidas de oro y seda. Pero el más hermoso de todos era un joven príncipe de grandes ojos negros; no tendría más de dieciseis años; y los pasajeros celebraban su cumpleaños con una gran fiesta. Los marineros danzaban sobre el puente; cuando el príncipe subió, centenares de cohetes fueron lanzados al aire, convirtiendo la noche en día, lo cual asustó tanto a la pequeña sirena que se sumergió rápidamente. A1 poco rato, cuando volvió asomar la cabeza, le pareció que todas las estrellas del firmamento descendían hacia el mar. Nunca había visto algo similar. En el barco había tanta luz que se podía ver cada cuerda, y ni se diga las personas. ¡Oh, que hermoso era el príncipe, y su sonrisa se mezclaba entre la música y la belleza de la noche.!

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Pasaron las horas; la pequeña princesa no podía separar sus ojos del barco, ni del príncipe. Se apagaron las linternas de colores, cesaron los fuegos artificiales, los cañones enmudecieron, pero un sonido opaco y confuso se elevó de la profundiad del mar. Las olas la elevaban, y encantada se dejó mecer por ellas para contemplar al príncipe reposando en su camarote.

E1 barco se puso en marcha; las velas se hincharon una tras otra, las olas crecieron; grandes nubes se juntaron, y los relámpagos se desplegaban a lo largo del horizonte. Se aproximaba una terrible tempestad; los marineros se apresuraron a recoger las velas, pero el barco, impulsado por el huracán, avanzaba vertiginosamente a través de las aguas enfurecidas. Las olas, como negras montanas, amenazaban chocar sobre los mátiles. Sin embargo el barco parecía como un cisne entre las olas y se elevaba hasta la cima de las mismas, y luego volvía a caer. De pronto, las gruesas tablas del barco crujieron con violencia y cedieron al impulso de las olas enormes; el mástil se partió en dos como un simple junco y el barco se inclinó tanto sobre un lado que un alud de agua se precipitó sobre él. La pequeña sirena se dió cuenta entonces del peligro que amenazaba a los tripulantes, e incluso para ella, pues a su lado flotaban las tablas y los restos de la embarcación. Una oscuridad profunda le impedía ver nada; entonces un relámpago iluminó el océano. La princesa dirigió su mirada hacia el barco, buscando al joven príncipe. En eso el barco se partió en dos, y lo vió descender dentro del mar. Su primer impulso fue una gran dicha, al pensar que el príncipe viviría cerca de ella; pero recordó, de pronto, que los hombres no pueden vivir bajo las aguas y que cuantos habían llegado hasta el palacio de su padre, llegaban muertos. -¡No, él no debe morir! -se dijo la princesa.-Yo lo salvaré. Se lanzó entre los restos del barco, sin temor a que lastimaran su cuerpo delicado, y nadó hasta alcanzar al príncipe.

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Sus manos y sus piernas no le respondían; sus hermosos ojos iban cerrándose; sin la ayuda de la pequeña sirena, se hubiera hundido hasta el fondo del mar. La princesita le sostuvo la cabeza fuera del agua y se dejó llevar por las olas a un destino desconocido.

A1 amanecer, cesó la tempestad. No se veían restos del barco. E1 sol resplandecía y al elevarse sobre las aguas, las coloreó de bellos matices rosados. Esta luz pareció reanimar las mejillas del joven príncipe, pero sus párpados continuaban cerrados.

La sirena besó su frente y alisó sus largos y hermosos cabellos húmedos, que le cubrían el rostro. A1 contemplarlo, pensó en la estatua de mármol que tenía allá en su jardincillo. Lo besó de nuevo y deseó ardientemente que volviera en sí.

Pronto vió tierra firme muy cerca, con altas montañas de cimas cubiertas de nieve. Bosques espléndidos se extendían hasta las orillas de la playa, y muy cerca había una iglesia o convento que estaba rodeado por un extenso jardín con naranjos, limoneros y palmeras. Allí el mar formaba una ensenada tranquila: La sirenita nadó hacia allá y depositó cuidadosamente al príncipe en la fina arena blanca, con su cabeza dirigida hacia los rayos cálidos del sol.

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De pronto sonaron las campanas de la capilla. Un grupo de muchachas salió del edificio hacia el jardín. La pequeña sirena huyó a toda prisa, y se ocultó detrás de unos peñascos, donde pretendió cubrirse con la espuma para que nadie la viera. Pero no se alejó, porque quería ver lo que sería del príncipe.

Una de las muchachas llegó a la playa y vió sobre la arena el cuerpo inmóvil del joven príncipe. Un leve grito de espanto salió de sus labios; y corrió en busca de ayuda. Momentos más tarde, el príncipe abrió los ojos y sonrió a los presentes. Tan sólo a la pequeña sirena no pudo saludar con su sonrisa; pues ella estaba oculta; ignoraba, además, que ella lo había salvado. La tristeza se apoderó de la princesita; y al ver alejarse al joven en dirección del convento, se sumergió de nuevo en las aguas y regresó al palacio de su padre.

A su regreso, sus hermanas le preguntaron sobre lo que había visto, pero ella no respondió. Muchas mañanas y muchas noches regresaba al lugar donde había dejado al príncipe. Vió madurar los frutos del jardín, los vió recoger, vió como las nieves de las altas montañas se derretían, pero nunca pudo ver al joven. Regresaba al palacio cada día más triste. Su único consuelo era el sentarse en su jardín y abrazar a la estatua de mármol que tanto se parecía al príncipe. Las flores, que en otro tiempo la alegraban, ya no lograban despertar su interés y crecían a su antojo sobre los caminos y entre los árboles de coral, formando una gruta oscura.

Al fin, la princesita no pudo más con su dolor y contó en secreto a una de sus hermanas la causa de su tristeza; pronto se enteraron las otras y también algunas sirenas amigas. Una de ellas conocía al príncipe; había presenciado también la fiesta celebrada en el navío y pudo indicar donde estaba situado el reino del joven náufrago.

-Ven, hermanita -dijeron las princesas. Y con los brazos enlazados, subieron al lugar donde debía encontrarse el palacio del príncipe.

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Pronto apareció ante sus ojos el palacio. Estaba construído de una piedra amarilla pálida; una gran escalera de mármol descendía hasta la playa. Sobre el techo lucían espléndidas cúpulas doradas; alrededor del edificio había una galería de columnas, entre las cuales podían verse estatuas de mármol que parecían seres vivientes. A través de los cristales de los altos ventanales se divisaban maravillosas habitaciones decoradas con preciosos tapices y colgaduras de seda; las paredes estaban adornadas con hermosos cuadros. En medio de la sala más grande, brotaba una fuente que se elevaba hasta el techo, formado por una cúpula de cristal; el sol penetraba a través de ella y las gotas de agua formaban los colores del arco iris, como si quisieran armonizar con las hermosas flores que allí crecían.

La pequeña sirena sabía ya donde vivía el príncipe; regresó al lugar muchas noches, acercándose al palacio por un canal que llevaba el agua del mar hasta muy cerca de su balcón.

Allí se sentaba y contemplaba con adoración al príncipe cuando se sentaba en el balcón.

A veces el príncipe se paseaba en uno de sus espléndidos barcos y ella lo seguía, escuchando extasiada la deliciosa música que en su honor tocaban. Cuando la brisa desplegaba su largo velo blanco, algunas de las personas que viajaban en el barco podían verla, pero creían que era un cisne con las alas extendidas.

Algunas noches, la pequena sirena nadaba tras las barcas de los marineros cuando salían a pescar con artorchas, y les escuchaba contar las magnificencias del príncipe; se alegraba, aún más, de haberlo salvado. Recordaba su cercanía, pero se entristecía al pensar que el joven la ignoraba y que ni siquiera en sueños podía verla.

Con el tiempo admiraba más y más a los hombres; hubiera deseado encontrarse entre ellos. Su mundo le parecía inmenso. Tenían, además del mar que recorrían en todas direcciones, las altas montañas que podían escalar, los bosques, los campos que se perdían de vista. La sirena deseaba conocer más detalles sobre los hombres; sus hermanas, a quienes interrogaba, poco podían decirle. Así pues, acudió a su abuela, que conocía bien el Mundo Superior, como solía llamar a la tierra habitada por los hombres.

-Cuando los hombres no se ahogan -preguntó, la pequena sirena -¿Pueden vivir eternamente? ¿Acaso no mueren como nosotros aquí en las profundidades del océano?.

-Mueren también -respondió la abuela. -Su vida es más corta que la nuestra. Nosotros podemos llegar a los trescientos años; pero cuando dejamos de vivir, nuestro cuerpo se convierte en espuma y se dispersa a través del Oceáno. No tenemos alma inmortal; somos como la caña, que una vez cortada, no reverdece. Los hombres, por lo contrario, poseen un alma que vive eternamente, a pesar de que su cuerpo se convierta en polvo; un alma que se eleva a través del espacio hasta las más brillantes estrellas. Así como nosotros, al emerger de las aguas, vemos la tierra con todas sus maravillas, las almas de los hombres se elevan hasta alcanzar lugares de desconocidos esplendores que nosotros nunca podremos contemplar. -¿Por qué a nosotros también no se nos concedió un alma inmortal? -preguntó con voz melancólica la pequeña sirena. -Yo sé, que daría gustosa los trescientos años que tengo de vida para vivir un solo día como los humanos, y así poder tomar parte de ese mundo celestial. -No pienses más en ello -dijo la abuela. -Nosotros poseemos una vida mucho más feliz que la de los hombres. Así, pues, estoy destinada a morir un día y transformarme en espuma, que flotará aquí y allá sobre las aguas. Abuelita, ¿no podría hacer algo para adquirir un alma inmortal?. ¡No! -respondió la vieja abuela. -Sólo sería posible si un hombre te quisiera más que a su padre y a su madre. Si te amara con toda su alma y corazón, y tomando tu mano con su mano derecha, te jurara fidelidad eterna; sólo entonces una parte de su alma pasaría a tu cuerpo y te sería permitido participar de la dicha de los humanos. Pero eso no ha sucedido nunca, ni nunca sucederá. Lo que nosotros consideramos hermoso -tu cola de pez -en la tierra es considerado horrible. Los humanos tienen poco criterio; prefieren sus pesados y extravagantes miembros que llaman piernas.

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La sirena suspiró y contempló tristemente su cola. Vamos, desecha esas tontas ideas -añadió la abuela -y disfruta nuestros trescientos años de vida que pareciera un tiempo lo suficientemente justo. Tu misma desearás descansar. Mientras tanto, esta noche se celebra un baile en la Corte, no te olvides de asistir a la fiesta. Con la esperanza de distraerse, la pequeña sirena se dirigió a la gran sala de baile, magníficamente adornada, superando a todo cuanto puede verse en la tierra. Las paredes y los techos eran de grueso cristal transparente. Centenares de enormes conchas, rosadas y verdes, dejaban escapar llamas azules que al iluminar la sala y ser reflejadas en Las aguas del mar, que podían verse a través de las paradas; millares de peces de todos tamaños nadaban en ellas y sus escamas adquirían, a veces, el brillo del oro y de la plata; otras veces, tenían reflejos rojizos. En medio de la sala, había un gran estanque de agua donde Los delfines y las sirenas bailaban al son de armoniosos cantos. La pequeña princesa tenía una hermosa voz; la Corte entera, entusiasmada, la aplaudía, palmeando con las manos y chapoteando en el agua con las colas. Por un instante, una sonrisa de satisfacción iluminó el triste rostro de la joven, al pensar que su voz era única, que no había otra tan maravillosa sobre el globo terrestre. Pero pronto el pesar volvió a embargarla; se acordó del príncipe y ya no pudo sustraerse al dolor que le causaba el no tener un alma inmortal como él. La pequeña sirena se deslizó fuera del palacio y se sentó melancólica en un pequeño jardín. De pronto, creyó escuchar música a lo lejos y se dijo:

-Seguramente es él. Debe de haber salido a pasear por el mar. Es el príncipe, en quien pienso sin cesar y en cuyas manos quisiera depositar toda la felicidad de mi vida. Arriesgaré todo lo de mi mundo por ganármelo a él y su alma inmortal. Mientras mis hermanas están bailando en el salón, voy en busca de la bruja de los mares; quizá ella, a pesar del miedo que me inspira, pueda aconsejarme y ayudarme. Abandonó su jardín y se dirigió hacia los torbellinos rugientes que protegían la cueva de la bruja. Nunca había estado en aquellos lugares. Allí no crecían flores ni plantas; sólo se veía arena, una arena gris que se extendía hasta perderse de vista cerca de los remolinos, que girando como inmensas ruedas de molino, arrastraban hacia el fondo todo cuanto hallaban a su alcance.

Ya cerca del fondo, la pequeña sirena se desprendió del torbellino. Tuvo que atravesar un lugar lleno de repugnante lodo caliente para llegar a la cueva de la bruja.

Los árboles y arbustos eran pólipos, mitad plantas, mitad animales; parecían serpientes de cien cabezas que estuvieran hincadas en el suelo. Las ramas eran como largos brazos que terminaban en hilos que semejaban gusanos; se movían incesantemente y todo cuanto lograban apresar, jamás soltaban.

La pequeña sirena se detuvo presa de espanto; su corazón latía violentamente y estuvo a punto de huir. Pero el recuerdo del príncipe le dió valor. Enrolló y ató alrededor del cuello sus largos cabellos para que no pudieran ser presas de los pólipos. Cruzó los brazos sobre el pecho, y con un vigorozo esfuerzo, se lanzó por entre los horribles pólipos, que tendían sus brazos hacia ella. Sus filamentos resbalaban sobre la piel lisa de la princesa; ella continuó nadando con ímpetu, y por fín, logró salir del peligroso lugar.

Entre los tentáculos de aquellos seres voraces, colgaban esqueletos de hombres y de animales que habían perecido en el mar y una pobre sirena atrapada y estrangulada.

La pequeña sirena llegó a un gran pantano; allí, se veía una multitud de serpientes, largas y gruesas, que al enrollarse, mostraban sus vientres amarillentos. Más adentro, estaba la morada de la bruja, construída con los huesos de los hombres que se habían ahogado por aquellos parajes. La hechicera, sentada frente a la puerta, permitía a un grueso sapo tomar el alimento de su boca, del mismo modo en que nosotros dejamos a un canario comer azúcar. Sobre su pecho, que parecía una monstruosa esponja, se agitaban pequeñas serpientes, a las que la bruja llamaba sus pequeños pollitos.

-Ya sé lo que deseas -dijo la Bruja de los Mares. -Es una tontería de tu parte, pues lo que te traerá será desgracia, pero se hará tu voluntad. Quieres librarte de tu cola de pez y poseer al igual que los hombres, dos horribles piernas que te permitan caminar por la tierra; crees que entonces el joven prínpice se enamorará de tí y así lo ganarás a él y su alma inmortal.

Al pronunciar estas palabras, la bruja se rió a carcajadas y sacudió todo su cuerpo. E1 sapo y las serpientes cayeron confundidos al suelo.

-Llegaste en el preciso momento -continuó la bruja.

-Si hubieses esperado hasta mañana al amanecer, no te habría podido ayudar hasta dentro de un año.

Te voy a preparar un elixir. Deberás tomarlo antes de que salga el sol. Nada hacia la playa y sentada a la orilla te lo tomas. Entonces, se abrirá tu cola en dos partes y se convertirá en dos hermosas piernas, según dirían los hombres. Pero eso te hará sufrir; sentirás como si una espada te estuviera atravesando. En cambio, todos los que te vean te proclamarán la más bella entre las bellas.

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Conservarás tu andar ligero y ondulante; ni una bailarina podrá igualarte en gracia y elegancia; pero a cada paso que des, sentirás como si caminaras sobre el filo de un cuchillo.

Tras una pequeña pausa, prosiguió -Si puedes soportar este martirio, entonces te ayudaré.

-Si puedo -dijo la pequeña sirena con voz temblorosa.

-Pero recuerda, -añadió la bruja. -Una vez que tengas forma humana, no podrás recuperar nunca tu forma de sirena. No podrás ya sumergirte de nuevo en el agua, ni regresar al palacio de tu padre.

Y si no logras conquistar el afecto del príncipe, si no consigues que te quiera con toda su alma, si no se casa contigo, no podrás ya nunca poseer un alma inmortal. A1 día siguiente de su matrimonio con otra, tu corazón se romperá y te convertirás en espuma, en esa espuma, en esa espuma que flota sobre las olas. -Si quiero -repitió la pequeña sirena, que estaba pálida como la muerte.

-Pero mi trabajo tiene un precio-continuó la bruja -y no es poca cosa lo que exijo. Tu tienes la voz más hermosa de las profundidades del mar; esperas, sin duda, seducir con ella a tu príncipe. Yo necesito esa voz. Como precio de mi brebaje, te pido lo mejor que tú posees; y no creas que es demasiado, pues debo mezclar en él parte de mi propia sangre.

-Pero si me despojas de mi voz -dijo la pequeña sirena, -¿que me quedará?.

-Tu encantadora figura, tu andar ligero y ondulante, tus ojos elocuentes; eso es más que suficiente para conquistar el corazón de los humanos. Vamos, ¿perdiste tu coraje?. Saca, pues, tu linda y pequeña lengua para que pueda cortarla y tendrás a cambio el potente elixir.

-¡Adelante! -dijo la pequeña sirena, y la bruja colocó sobre el fuego uno de sus mejores calderos. Después lo frotó con un manojo de serpientes y se hizo un corte en el dedo y dejando caer en la marmita el número requerido de gotas de sangre; añadió luego muchos extraños ingredientes. A1 hervir la mezcla, el vapor que de ella se desprendía tomaba formas fantásticas y monstruosas. Cuando el brevaje comenzó a hervir, se oyó como el llanto de un cocodrilo. A1 fin, el elixir estuvo listo, parecía tan claro como el agua más cristalina.

-¡Ahí lo tienes! -dijo la bruja, y cortó la lengua de la pequeña sirena, que desde aquel momento, se quedó muda, incapaz de hablar y de cantar.

 

-Si a tu regreso los pólipos pretenden enlazarte

-añadió la hechicera, -no tienes más que echarles unas gotas de éste elixir; sus brazos y sus filamentos se desintegrarán en mil pedazos.

Pero la pequeña sirena nada tenía que temer a los horribles animales, que, asustados al ver brillar como una estrella el frasco de elixir fosforescente que la princesa llevaba en la mano, retiraban rápidamente sus brazos. Pudo pasar sin dificultad a través del pantano y de los torbellinos.

Pasó cerca del palacio de su padre, el Rey; en el gran salón de baile las antorchas ya se habían apagado; probablemente toda la familia se encontraba dormida. Además, no tenía el coraje de aproximarse ahora que era muda y se iba para siempre.

Le pareció que su corazón iba a estallar de pena.

Tomó una flor del jardín de cada una de sus hermanas, y lanzando con las manos muchos besos a la morada de su padre en señal de despedida, emergió a través del mar profundo.

Empezaba a amanecer cuando se aproximó a la escalera de mármol que conducía al palacio del príncipe. La luna clara y serena brillaba todavía. La pequeña sirena se tomó rápidamente el elixir, que le pareció de fuego; luego, sintió como si una espada de dos filos le atravesara el cuerpo. Cayó desvanecida sobre la arena. Cuando calentaron los primeros rayos del sol, despertó y sintió otra vez el agudo dolor que martirizaba su cuerpo; pero ante ella se encontraba el joven príncipe que la contemplaba con sus grandes ojos negros. La sirena bajó los suyos y encontró que su cola había desaparecido a cambio de las más lindas piernas y el más bello pie que se pueda desear. Su cuerpo estaba desnudo; lo veló con su larga y sedosa cabellera.

E1 príncipe le preguntó quién era y como había llegado aquel lugar. Ella lo miró dulce y tristemente con sus grandes ojos de un azul oscuro; no podía hablar. E1 príncipe la tomó por la mano y la condujo al palacio.

Tal como la bruja le había advertido, a cada paso que daba, le parecía estar caminando sobre afilados cuchillos. Pero soportaba el dolor con gran alegría. Conducida por el príncipe, caminaba ligera como una pompa de jabón en el aire; todos quedaron maravillados al verla pasar, graciosa y aérea. La vistieron con preciosos trajes de seda y encajes. Era la más hermosa del palacio; pero la princesita muda no podía ni hablar ni cantar. Bellas esclavas cantaron ante el príncipe y los padres reales. Una en particular, tenía una preciosa voz; el príncipe sonreía y aplaudía con entusiasmo.

La princesita se entristeció al pensar que su voz maravillosa la había entregado a cambio de estar con él; y él no lo sabía. Luego, las bellas esclavas ejecutaron hermosas danzas al son de la música deliciosa. La pequeña sirena extendió sus brazos, bellamente torneados, se levantó sobre la punta de sus pequeños pies y empezó a revolotear, a serpentear, a bailar con ligereza inimitable. Nunca se había visto nada parecido. Cada uno de sus movimientos, de natural elegancia, daba más realce a su belleza, y sus grandes ojos azules hablaron aún más profundamente al corazón que aquellas canciones que deleitaron al príncipe. Todos los presentes se encontraban encantados especialmente el príncipe, que la llamaba su pequeño tesoro. A1 ver que la contemplaba con agrado, continuó bailando, a pesar que cada vez que su pie tocaba el suelo tenía la sensación de una dolorosa cortadura. E1 príncipe quiso retenerla para siempre junto a él, y la princesa le fué permitido reposar ante su puerta sobre un cojín de terciopelo. Mandó que le hicieran un traje de paje, para que ella pudiese acompañarlo cuando paseaba a caballo. Paseó con el entre bosques de numerosas fragancias.

Escalaron las montañas más altas del reino, y aunque sus pies sangraban, ella sólo reía y lo seguía hasta donde se pueden divisar las nubes movedizas. En la noche, mientras todos dormían, salía del palacio, descendía por la gran escalera de mármol y sumergía en el agua fría del mar sus pobres pies ardientes. Pensaba entonces en los seres queridos que había dejado allá, en las profundidades del océano.

Una noche, distinguió a sus hermanas, cantaban melancólicas, abrazadas entre sí. La pequeña sirena les hizo una seña; sus hermanas la reconocieron y acudieron a su lado, y le contaron cuanta tristeza les ocasionó su partida. Desde entonces, la visitaban todas las noches. Una vez, vió a lo lejos a su abuela, que hacía años no subía a la superficie, y a su padre, el rey de los Mares, con la corona en la cabeza. Los dos tendieron sus manos hacia allá, pero no se acercaron como hacían sus hermanas. Cada día, el príncipe la quería más, como se quiere a un niño gentil; pero no pensaba ni por un instante en casarse con ella. Sin embargo, la pequeña sirena tenía que casarse con él, pues de lo contrario, no lograría un alma inmortal, y si se casaba con otra, al día siguiente de la boda, ella se convertiría en espuma de mar.

-¿No me amas tu más que a nadie en el mundo?

-Eso parecían decir los ojos de la pobre sirena siempre que el príncipe la besaba en la frente.

-Sí, te amo más que a nadie -decía el príncipe. -Tu tienes el corazón más bondadoso, tu eres la más devota. Y además, te pareces a una joven que ví una vez y probablemente nunca volveré a encontrar. Yo iba en un barco que naufragó; las olas me arrastraron a la playa, cerca de un templo sagrado donde residen muchas jovenes sacerdotisas; la menor de ellas me encontró y me salvó la vida. Sólo la ví unos instantes. Ella es la única en el mundo a quien podría amar, pero te pareces tanto a ella que su imágen palidece ante la tuya en mi corazón. Ella está consagrada a Dios; el destino te envió hacia mí.

Nunca nos separaremos.

¡Ay! -se decía la pequeña sirena. -Si él supiera que fuí yo quien lo salvó de la muerte, quien lo llevó a través de la tormenta, quizás me amara como ama a esa bella joven, cuyo recuerdo guarda en su corazón.

Y la pequeña sirena suspiraba profundamente; ella no tenía el consuelo de poder llorar.

-Ella pertenece al templo sagrado -pensó la sirena.

-No saldrá nunca al mundo; no se encontrarán de nuevo jamás. Yo estoy junto a él, lo veo todos los días. Yo lo atenderé, lo amaré y le entregaré mi vida.

Pero pronto corrió el rumor de que el príncipe iba a casarse con una bella princesa, hija del rey de un país vecino. Preparaban un maravilloso barco, en el cual el príncipe debería viajar para visitar, aparentemente, los bellos lugares de ese país, pero en realidad, para conocer a la hija del rey. Un séquito fastuoso lo acompañaría.

Al saber de la noticia, la sirenita movió la cabeza y rió; nadie conocía mejor que ella los pensamientos del príncipe.

-Debo partir -le había dicho el joven; -tengo que conocer a la bella princesa; mis padres insisten. Lo que no podrán es obligarme a casarme con ella. No puedo amarla; ella no es como la preciosa sacerdotisa del templo ó como tú. Si alguna vez tuviese que escoger esposa, te elegiría a tí; mi querida muda de los ojos que hablan. Entonces la besó en los labios y acariciando su pelo se recostó en su corazón. La princesa soñaba con la felicidad humana y en un alma inmortal.

-Espero que no temas al mar, mi pequeña

-le dijo el príncipe. Le habló del mar tormentoso y calmo, de los peces extraños y de los otros seres raros que habitan en las profundidades del mar. Ella sonreía al escuchar sus palabras, pues ella conocía mejor que nadie todo lo que se encuentra en el fondo del mar.

En la noche, mientras todos dormían, exceptuando el pilot, se dirigió a la borda del barco, y a la luz de la luna, trató de penetrar con sus ojos las aguas transparentes. Imaginó ver el palacio de su padre; en lo más alto se encontraba su abuela, con su corona de plata, mirando fijamente el casco del barco.

En ese momento, salieron del agua sus hermanas y la miraron con tristeza retorciendo las manos. La pequeña sirena les devolvió una gran sonrisa y quiso mostrarles cuán feliz era. Las hermanas se aproximaron, pero al aparecer un marinero, se sumergieron en las aguas; el hombre creyó que el brillo blanco ante sus ojos sólo era espuma blanca.

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A la mañana siguiente, el barco arribó al puerto de la magnífica capital del reino vecino. Sonaron todas las campanas; vibraron las trompetas en lo alto de las torres mientras los soldados se alineaban con sus banderas. Hubo festividades todos los días: bailes, iluminaciones, espectáculos diversos; pero la princesa aún no había llegado. Se decía, que estaba siendo educada en un templo sagrado, para adquirir todas las virtudes reales. A1 fin llegó.

La pequeña sirena la esperaba ansiosa para así juzgar su belleza; tuvo que reconocer que no había visto nunca una imágen tan agraciada, una piel tan fina y delicada; bajo sus largas pestañas negras, dos ojos de un azul oscuro sonreían con extraordinaria ternura.

-¡Eres tú! La que me salvó cuando yacía moribundo en la playa. -exclamó el príncipe y la abrazó apasionadamente.

-¡Que feliz soy! -le comentó a la pequeña sirena. -Mi deseo más anhelado me ha sido concedido, lo que nunca me atreví en soñar. Tu compartes mi felicidad, lo sé, pues nadie más está ligado a mí que tú.

La pequeña sirena le besó la mano en señal de asentimiento; pero su corazón se encontraba en pedazos; aquello era ya un hecho: al día siguiente de la boda, debía morir y sólo quedaría de ella un poco de espuma. Las campanas sonaron a todo vuelo; los heraldos recorrieron la ciudad anunciando los esponsales. En los altares de todas las iglesias, se encendieron lámparas de plata que quemaban aceites perfumados. Los sacerdotes perfumaban el aire con incienso, mientras que el príncipe y la princesa enlazaron sus manos para recibir la bendición del obispo. La pequeña sirena, vestida de seda y oro, llevaba la cola de la princesa; sus oídos no escucharon nada de la música festiva, ni sus ojos vieron nada de la ceremonia religiosa. Pensaba tan sólo en que iba a morir y en todo lo que había perdido en este mundo.

Esa misma noche, el príncipe y la princesa embarcaron. Los cañones disparaban, las banderas bailaban en el aire, y en el centro del barco se levantó la carpa real, en oro y púrpura, amoblada con conjines suntuosos donde el príncipe y la princesa pasarían la noche al fresco. E1 viento hinchó las velas y el barco se deslizó ligera y suavemente sobre las tranquilas olas.

Cuando oscureció, se encendieron los faroles de colores y los marineros danzaron alegremente en el puente. La pequeña sirena recordó la primera vez que emergió del fondo del mar; había entonces contemplado el mismo esplendor, la misma alegría que ahora. Tomó parte en el baile; liviana como golondrina en vuelo; nunca había bailado tan divinamente.Todos seguían admirando sus movimientos de hada. Sus delicados pies sufrían y el dolor le destrozaba el corazón.

Sabía que había llegado la hora en que contemplaría por última vez el príncipe; por quien había abandonado su gente, su casa, por quien había sacrificado su voz maravillosa y soportado día tras día tormentos espantosos, sin que él llegara a sospecharlo.

La alegría y el baile continuó pasada la medianoche. La pequeña sirena parecía participar en ella, bailaba y reía a pesar de tener la muerte en su corazón. E1 príncipe besó la novia, ella jugaba con su negra cabellera y enlazados se dirigieron a su carpa. Reinó el silencio. Sólo quedaba el piloto que velaba y la pequeña sirena, que con los brazos apoyados en la borda del barco, dirigía sus miradas hacia oriente, esperando el amanecer; sabía que al primer rayo del sol debía morir. De pronto, sus hermanas surgieron de las aguas; estaban tan pálidas como ella; sus hermosas y largas cabelleras no flotaban al viento como antes; habían sido cortadas.

-Las hemos vendido a la bruja -dijeron -para que no tengas que morir. Nos ha dado este cuchillo, míralo, ¡ves que afilado es!. Antes de que aparezca el sol, debes atravesar el corazón del príncipe con él y cuando las gotas de sangre caliente caigan en tus pies, estos se juntarán y se convertirán de nuevo en una cola de pez. Tu te reunirás con nosotras, serás de nuevo una sirena y vivirás trescientos años. Pero apresúrate, él ó tú, uno de los dos debe morir antes de que salga el sol. Nuestra abuelita está tan afligida por tu causa, que se le ha caído toda su cabellera blanca. Mata al príncipe, causa de todos nuestros pesares y vuelve con nosotras. ¡Date prisa!; ¿No ves en el horizonte una línea roja?. Dentro de algunos instantes, aparecerá el sol y será demastado tarde.

Y exhalando un profundo suspiro en el que expresaban todo el amor que sentían por su querida hermanita desaparecieron bajo las olas. La sirenita levantó la cortina de la tienda, observó a la novia dormida sobre el pecho del príncipe. Se acercó suavemente y besó en la frente al príncipe; contempló el cielo que comenzó a tener matices del amanecer; miró su cuchillo, luego, fijó de nuevo los ojos en el príncipe, que en sueños pronunciaba el nombre de su esposa. ¡Ella sólo está en sus pensamientos!. La mano de la pequeña sirena que sostenía el cuchillo temblaba convulsivamente; pero de inmediato lo lanzó lejos entre las olas. A1 caer se desprendieron destellos escarlata; parecían como gotas de sangre burbujeando a través del agua.

Por última vez, miró al príncipe y luego se lanzó al agua. Sintió que su cuerpo se disolvía. E1 sol acababa de emerger del mar; sus rayos suaves y tibios se sentían sobre la fría espuma y la pequeña sirena no sintió la mano de la muerte. Miró el sol, y sobre ella veía flotar en el aire centenares de hermosos seres etéreos, tan transparentes, que a través de ellos distinguía las velas blancas del barco que se alejaba y las nubes rosadas del cielo.

Sus voces eran música; tan poco terrenales que ningún oído humano podía percibirlas, al igual que ningún ojo humano podía distinguir sus formas. No tenían alas, se sostenían en el aire por su ligereza. La pequeña sirena se percató que su cuerpo se iba asemejando al de ellas, y que gradualmente se desprendía más y más de su forma de espuma.

-¿Hacia donde voy flotando? -preguntó, y su voz era etérea.

-Hacia las hijas del aire -le contestaron.

-Las sirenas no tienen un alma inmortal y sólo pueden adquirirla si consiguen que las ame un ser humano. Su vida eterna depende de un poder extrano en ellas. Las hijas del aire también carecemos de un alma inmortal, pero podemos obtenerla en recompensa de nuestras buenas acciones. Volamos hacia los países calientes, donde el calor produce la peste que mata a los hombres; nosotras le llevamos frescura y expandimos por la atmósfera los perfumes de las flores; nosotras purificamos los aires y alejamos la enfermedad. Si durante trescientos años hemos rendido nuestros mejores servicios a los hombres, recibimos un alma inmortal y compartimos la felicidad eterna con los humanos. Tu, pobre sirenita, has perseguido con todo tu corazón el mismo f1n que nosotras.

En recompensa a tu sufrimiento y valor, has sido elevada al mismo rango que nosotras y podrás, con tus buenas acciones, conquistar después de trescientos años un alma inmortal.

Y la pequeña sirena, extasiada, levantó sus brazos transparentes hacia el sol de Dios y sintió por primera vez que sus ojos se llenaban de lágrimas.

En el barco, reinaba otra vez la animación y la vida; buscaban por todas partes a la pequeña sirena.

Contemplaban con aire de solado la espuma del mar , como si supieran que ella se había precipitado entre las olas.

Ya invisible, la pequeña sirena besó a la novia en la frente, sonrió al príncipe y sopló sobre ellos una brisa fresca; luego, con las otras hijas del aire, se posó en una nube rosada que el viento arrastraba a través del espacio.

-De esta forma flotaremos hacia el Reino Celestial dentro de trescientos años, -le dijo una.

-Podemos alcanzarlo antes -anadió otra. -Invisibles penetraremos las casas de los humanos donde residen niños, y por cada día que encontremos un niño que le brinde dicha a sus padres, Dios nos acortará el plazo. E1 niño no podrá vernos, pero si le sonreímos con regocijo, un año será descontado de los trescientos años. Pero aumentará en un día si nuestro esfuerzo ha sido en vano, incapaz de alejar las malas ideas del espíritu del niño.

 

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