En los trabajos recientes se asiste a una depuración
de la expresión, a una etapa de cambio cualitativo en la búsqueda
de una síntesis global. Si bien en su obra anterior, Beatriz Sánchez
sintió la necesidad de aferrarse a sus propios mitos, en medio de
una flora exultante, repleta de feminidad, hoy nos presenta el reverso de
esa visión, simbólica de manera escueta y desnuda, orientada
hacia la abstracción casi intangible de las formas, persistiendo
algunos elementos de transición.
Todo despojamiento requiere de cierto ascetismo
parecido a la negación del gesto repetido. Es como asistir al nacimiento
de otro vocabulario que testimonie vacíos, espacios cripticos interiorizados.
Piel, gestualidad de la metería, color vigoroso. Tiempo aprisionado
en la tela, ser histórico, y mito abstracto en su mudez. Beatriz
Sánchez, en estas obras, descifra lo indescifrable en esa tierra
incógnita. Misterio de acción que aflora en el subconsciente
con la fuerza de los trazos que se transmuta en piel, temblor sueños
sepultados. Pie, puerta de los sentidos, abierta a los fuegos sombríos
que apenas dejan huellas leves en su arte.
Carlos Contramaestre
El bosque
prometido
Juan
Calzadilla
Es cierto que el panorama de la pintura reciente en nuestro país
es complejo y exuberante, como un bosque. Pero sin nos adentramos a este,
descubrimos a poco dos especies principales de creadores: Los que buscan
afanosamente más allá de sí, y por tanto se arriesgan
a romper cada cierto tiempo los hilos que su identidad arrastra, y los que,
cual árboles, prefieren crecer hacia arriba antes que desplazarse
inútilmente de su sitio.
Como esta última metáfora, ensayo aquí comprender
la obra de Beatriz Sánchez. En ella no encontrará el espectador
las novedades que proporcionan los códigos vanguardistas, sino por
el contrario una experiencia cimentada en lo que ella misma ha hecho y en
sus referencias inmediatas a una tradición iconográfica en
la cual su trabajo se inserta y que cuenta en nuestro con artistas prestigiosos
como Jacobo Borges , Alirio Palacios, Jaimes Sánchez, Manuel Espinosa,
Edgar Sánchez, entre otros. Un parentesco muy sutil enlaza a todos
estos plásticos y proyecta de modo involuntario su influencia sobre
el círculo de unos pocos y selectos valores nuevos entre los cuales
podría mencionarse a Beatriz Sánchez. El empleo del arabesco
renacentista, el lenguaje sincopado, su afán de síntesis y
abstracción, la mezcla de recursos formales propios del dibujo con
el gusto del color expansivo, tan pronto tenso como extendido en grandes
espacios polisémicos, predican una comunidad de estilo perfectamente
arraigada en nuestro suelo americano y a la que resulta difícil renunciar.
El nutrido curriculum que avala la obra actual de Beatriz Sánchez,
muestra que ella ha cumplido una larga experiencia pero también que,
como tenía que ser, ha seguido un camino propio y secreto.
Ella a entender con su obra que no se puede llegar a tener estilo tomando
a otro como modelo o maestro. La pintura no sólo es una decisión
privada, sino también una aventura personal que hace del aprendizaje
materia de competencia y de superación, pero lo que encuentra, aquello
que se busca y a lo que fatalmente se llega, no está fuera de la
persona misma. Por eso, todo aprendizaje ( salvo a lo concierne a la adquisición
de técnicas) es de naturaleza autodidáctica y , si se quiere,
instintiva.

La obra de Beatriz Sánchez comprueba lo que acabamos de decir.
Por una parte, ella a estudiado seriamente (no de forma académica)
en Caracas y en el extranjero con artistas de sólida formación,
y ha adquirido a lo largo de su trayectoria, por la práctica misma,
mientras pintaba, dibujada o grabada, las destrezas necesarias que hoy exhibe
con propiedad y pone en juego en cada uno de sus cuadros. Por otra, ella
ha necesitado plantearse la búsqueda de estilo como el encadenamiento
lógico de una serie de etapas que van generando, simultáneamente,
un cuerpo de ideas críticas y un resultado que mejora con cada nueva
serie.
En principio, para demostrar lo anterior, recordamos la época
en que ella hizo pintura informal, de acusadas texturas, a la sombra de
sus primeros tanteos, al comenzar la década del 60. José Balza,
nuestro fino prosista, ha citado con generosidad de la serie de cuadros
basados en escenas del tráfico urbano de Caracas, período
esencialmente expresionista de Beatriz Sánchez. De una otra etapa
perdura en el lenguaje de ella la especificidad del signo y del espacio
pictórico, en tanto procuran una libre lectura del cuadro. Después
fue la explosión del espacio, del corte con la introspección
obsesiva, para sumir la luz, el movimiento, el área mítica
de lo real interpretado como manifestación efusiva del color: "El
Carnaval de Venezuela", exposición ofrecida en 1983 por la Galería
G. En "Erase un Bosque", la última serie, presentada ahora,
encontramos una síntesis enriquecida por las insinuaciones de una
temática que se inserta en la más pura tradición de
la pintura latinoamericana. Básicamente en el origen de la expresión
de esta artista está el dibujo. Su concepto del espacio contiene
un alto componente gráfico, revelado también a través
del color. El signo o trazo, generalmente rápido y espontáneo,
cuando no gestual, define la estructura figurativa sobre la que descansa
toda la composición, como el cuerpo sobre el sistema nervioso. El
dibujo alude a formas vegetales metamorfoseadas en ámbito misterioso
de celosía o enramada: hojas, follajes, frutos, perfiles, rostros
en fuga, en cuya obtención Beatriz Sánchez combina el uso
de tramas y aerosol con el fundido de texturas, las transparencias y el
dibujo directo con carbón, grafito o lápices de colores. Los
puntos figurativos son los centros nerviosos que condensan la mayor carga
de sugestión, en torno a los cuales el color expandido se proyecta
de modo concéntrico, formando bandas, espirales -ya erizadas crines
de espuma nocturna- o fondos planos que se amplifican hacia el exterior,
como los hilos del laberinto. Pero la composición no está
cerrada en torno a su organismo autónomo, sino que se presenta como
un espacio continuo recortado por el marco, tal como un paisaje desde una
ventana invisible por donde se entrevieran las siluetas de un sueño,
el palpito furtivo del misterio, el roce de la evocación con la realidad.

Beatriz Sánchez se debate entre el signo y el color y por momentos
logra la gran síntesis buscada; entre virtuosismo creativo de su
feminidad y las exigencias de una elocuación por instantes dramática
y, finalmente, elegante; entre la figuración sugerida por medios
mágicos y la gestualidad orgánica de la abstracción;
entre el hervidero de brotes, que es cada uno de sus cuadros, y la selva
dominada. Amaestrando sus sueños, poniéndoles frenos o quizás
más bien liberándolos, dejándolos correr fatigantes
por la superficie de la tela, tratando de poner orden en su imaginación
romántica, al procurar para esta la forma que más concierne
a la realidad, Beatriz Sánchez ilustra con su pintura misma la parte
más profunda de su ser: es decir, el contenido y el continente de
sus sueños, y aporta más allá de estos signos revelados
la manifestación de un hecho plástico cumplido pero también
, lo que es más importante, promisor. |