Neri, el embajador
Si el proceso continúa por buen camino, sin encallar
en lo que algunos han caracterizado de limbo parlamentario donde se frustran
muchas iniciativas, pronto será una realidad la nueva Ley de Servicio
Exterior que, según se dice, imprimirá un vuelco radical a
la diplomacia venezolana.
La espectativa es grande, entonces, por el instrumento
llamado a suprimir o atenuar todos, o siquiera algunos, de los vicios que
acompañaron siempre el manejo de las relaciones exteriores, y limitar,
al menos, la amplísima discrecionalidad en la designación
de funcionarios y el régimen más bien azaroso que rige su
porvenir profesional.
Una espectativa a la altura del concepto contradictorio
que enmarca nuestra indiosincracia. Porque si de una parte se asigna al
texto legal un aura taumatúrgica y se idealiza la capacidad que el
simple encarte en una gaceta oficial dista mucho de tener, por la otra,
en la mejor tradición de los alcaldes coloniales, nos saltamos a
la torera sus mejores disposiciones cada vez que no coinciden exactamente
con lo que estimamos más justo y necesario... Y es que se insiste
en el vicio que Martí latigueaba en "Nuestra América"
de suponer que con un decreto excelente puede pararse la acometida de un
potro llanero. O, en el caso concreto de la ley en ciernes (si el Parlamento
dá su venia) en su alcance reformador en lo que al personal diplomático
se refiere. Olvidando aquello tan conocido según el cual lo que no
es dado por la naturaleza será imposible de obtener en la universidad
más prestigiosa.
Viene esto al caso porque hace pocos días acompañamos
a su guarimba final al doctor Rafael José Neri, ex-Rector de la Universidad
y uno de los embajadores más hábiles con que tuve la suerte
de colaborar en más de dos decenios de actividad diplomática.
Dotado de una intuición e inteligencia que la experiencia humana
llevaría a sus cumbres más excelsas al servicio del país.
Neri no precisó de escuela alguna para aprender
a dialogar y a negociar en las muchas circunstancias difíciles que
jalonaron su vida pública. Desde la lucha contra el gomecismo, cuando
como indicaba el profesor Gómez Grillo en "El Nacional",
tuvo que falsificarse su fecha de nacimiento para ocupar el puesto que los
líderes encarcelados habían dejado; en su primer exilio, en
Francia, y el segundo en tierra azteca. Y sobre todo, en el momento más
comprometido de la UCV, hace un cuarto de siglo, donde fué necesario
todo su talento conciliador para salvar al Alma Mater. De allí salió
el ex-Rector a una de sus etapas más felices. A la embajada en México,
al país que pertenecía no sólo por su aspecto charrasqueado
sino por el cariño entrañable que siempre le dispensó
como "el más venezolano de los mexicanos, por la soberana decisión
voluntaria de su propio sentimiento, por amor, por admiración y por
solidaria identidad con su pueblo", según él mismo proclamó
al recibir el Aguila Azteca en Tlatelolco, el 25 de mayo de 1984. Una atracción
que jamás llegó a empañar su criterio en las negociaciones
que no por desarrollarse entre hermanos (o tal vez por éso mismo)
carecen de asperezas. Como en las pláticas que conducirían
al histórico Acuerdo de San José, en 1980, de auxilio petrolero
a Centroamérica y el Caribe, o en la tensa situación que al
año siguiente provocaría el respaldo del Presidente López
Portillo a la guerrilla salvadoreña.
Pude entonces calibrar la pericia del embajador nato que
fué Neri y sus métodos a veces poco ortodoxos pero efectivos.
Y del recurso sagaz al prestigio de que gozaba en el medio político
y académico mexicano si consideraba que el interés nacional
así lo demandaba. A las extensas relaciones que le abrían
hasta las puertas más impenetrables de una sociedad que aquilata
con tanto celo su intimidad, se debió el éxito del Bicentenario
del Libertador, en 1983, que su olfato político enlazó entonces
con temas de actualidad como la guerra de las Malvinas, el Tratado de Proscripción
de Armas Nucleares de Tlatelolco y los esfuerzos del Grupo Contadora para
la pacificación del itsmo centroamericano.
La intuición y la buena cuna sirvieron más
a Rafael José Neri que cualquier diploma para representar con honestidad,
pasión y eficiencia a Venezuela en México y, ya aquejado de
la enfermedad que lo doblegó hace unos días, en Portugal.
En mi recuerdo quedará siempre su presencia -insólita desde
luego en un ambiente cultor de la jerarquía- en el aeropuerto Benito
Juàrez, en un soleado domingo de agosto de 1981, con Luisaelena,
su mujer, y su nieta. Para recibir a un simple secretario de embajada y
establecer, desde el mero comienzo, una de las relaciones más extraordinarias
y gratificantes de mi tiempo diplomático. |