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¿Hablar o callar?

Rafael Arráiz Lucca

Nos encantan los actos de magia. A la implosión del retén de Catia le siguió la declaración según la cual sobre sus escombros se levantaría el edificio que nos representó en la Feria Mundial de Sevilla, pero hasta el sol de hoy nada parece indicar que las palabras se convertirán en realidad. Una vez más, si no se apuran, al verbo le será imposible honrar lo que enuncia.

La palabra en Venezuela ha caído en tales niveles de desprestigio que quienes oyen hablar ya no saben qué deben entender: si lo que literalmente les dicen o exactamente lo contrario. Si un candidato presidencial dice que va a eliminar el IVA, debemos suponer que va a llamarse IGV o, verdaderamente, que va a ser eliminado? Si un ministro de la economía dice que los intereses van a hacerse superiores, paulatinamente, a la tasa de inflación: qué debemos prever? Pues lo que en efecto ocurrió: los intereses están muy por debajo de la tasa de inflación y el dinero de los ahorristas se hace polvo en los bancos. Si la policía política de este, o cualquier otro gobierno, declara que no incurre en la práctica de intervenir los teléfonos de nadie, pues ya sabemos que están oyéndole las conversaciones con las amantes a medio mundo.

Los ejemplos donde se hace añicos la palabra empeñada son abundantísimos, traigo a cuento tan sólo dos más para no cansarles demasiado: el presidente Pérez diciendo que uno de sus hombres de seguridad no le había vendido a las Fuerzas Armadas ni una navajita y, por otra parte, el presidente Caldera parodiando los acuerdos de Pérez con el Fondo Monetario Internacional, llamando su programa de Gobierno ``Mi carta de intención con los venezolanos'' para, oh dioses de la ironía, poco tiempo después firmar con el mismo Fondo, el mismo programa de Pérez, pero con otro nombre: La Agenda Venezuela. Vaya fascinación por la palabra: confían tanto en su poder mágico que, trocándole el nombre a algo, crean el espejismo de que todo ha cambiado. Humillan la inteligencia de los ciudadanos, escurren como adolescentes psicológicos la evidencia de sus propias contradicciones. Pero lo peor es que no faltan incautos que les creen, que no tienen capacidad para ver lo que está detrás del disfraz de sus nomenclaturas.

Todo este cuadro de palabras incumplidas a diario, ha hecho del silencio un arma política de gran calibre. Si no me creen constaten cómo en las encuestas la alcaldesa de Chacao, sin abrir la boca, recoge todo el voto descontento con la retórica del político militante o fíjense cómo Alfaro Ucero, callado, es percibido como un hombre serio, de compromisos. La diferencia está en que a miss Universo, desde que paseó su figura el año 1981, la concoce la nación entera y a Alfaro la mayoría de los venezolanos manifiestan ignorar de quién se trata, cuando oyen sus apellidos.

Quién puede dudar que vivimos en el reino de la imagen, un reino donde cuenta más parecer que ser, donde la fuerza carismática es más determinante que la de las ideas. La razón construye sus castillos de arena y algo inexplicable hace que la mayoría siga los pasos de quien sin que la más mínima explicación pueda darse. Pero, cuidado, el carisma no es inmutable. El secretario tachirense de Betancourt, el discreto Pérez, no guarda ninguna relación con el que muta para convertirse en el indetenible hombre que camina de la campaña de 1973. Tampoco guarda relación la imagen de Eduardo Fernández en 1992, antes del golpe de Estado, cuando la gente lo percibía como un futuro presidente, y la que exhibe hoy cuando hace esfuerzos por retomar el ángel que se esfumó tras su valiente defensa de la democracia. El favor de las mayorías y la justicia no siempre corren en la misma pista, incluso a veces van en sentidos contrarios.

Ante la erosión institucional que amenaza con acabar con todo, algunos apelan al ya manido expediente del cambio de nombre. La Diex pasó a ser la Oni-Dex, pero no dejó de ser el antro que hasta su directora admite que es. Ahora quieren cambiarle el nombre al Consejo Supremo Electoral, para ver si por arte de magia renace contando los votos con la celeridad que no ha demostrado tener. No les extrañe que un buen día Caracas deje de llamarse Caracas, con el objeto de eliminar la pesadilla del tráfico, y pase a denominarse caballerescamente, Santiago de León. Tampoco les extrañe que si el nombre de Venezuela es fruto del recuerdo de Venecia, y ya el óvalo identificatorio del Palacio de Miraflores emula el de la Casa Blanca de Washington, pues en aras del Tratado de Libre Comercio que nos propone el simpático Bill Clinton, cambiáramos de nombre. El lema de la nación podría ser: ``Todo está chévere en Venezuela'', así, cuantas veces voceen nuestro lema, los cheverezolanos lo seguiremos maravillados. No faltará algún ministro que quiera convencernos de la conveniencia de estos cambios. No es cierto?


El Nacional on-line, 17 de octubre de 1997


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