Bonos versus bonos
Maxim Ross
Sigo, como el país, sin poderme ocupar de lo importante,
de aquella pregunta que dejamos pendiente: ¿Por qué somos
pobres, con todo y 18 mil millones de dólares en reservas internacionales?,
pero como el debate sobre los bonos obliga hay que escudriñar en
él. La materia, caldeada por la opinión de algunos políticos
metidos a economistas y de otros economistas metidos a políticos,
configura esa clásica forma del debate venezolano en el que, a cuenta
de valor presente, del VPN, de la tasa líbor o cualquier otra, entre
la opinión de casas de inversión competidoras, periodistas
desinformados o interesados, de lado y lado, el venezolano común
o el que no sabe de eso, está completamente confuso, no entiende
y busca, con afán, acercarse a una definición de lo que fue
mejor para Venezuela y para él. Desde luego, mientras más
se enreda el asunto mejor para los litigantes. Al final, como siempre sucede,
nadie sabrá qué pasó, los objetivos políticos
serán cumplidos y negociados, y los defensores de parte y parte quedarán
satisfechos o frustrados, según quien salga airoso en la matriz de
opinión. Ese será el ganador. Los demás serviremos
para buenos o males fines. Corriendo ese riesgo, me meto en el ruedo.
Lo del valor presente
El dinero de hoy no es igual al de mañana. Eso lo
sabe todo el mundo y se vive día a día. Guarde usted en un
banco algo, al 14% y úselo para comprar mañana, por ejemplo,
comida y verá la diferencia. Si la inflación la eleva en 30%,
entre sus ahorros y el valor de la comida se produjo una diferencia. La
inflación y el tiempo hacen su juego para distinguir el dinero de
hoy y el de mañana. El valor presente no es más que el método
que hace equivalente dinero de tiempos distintos, pues se sabe muy bien
que, por ejemplo, un dinero inflacionario de mañana muy poco sirve
hoy. Es como si nos prometieran pagar con dinero de hoy gastos de mañana.
De eso trata el método, que es sólo un método, de igualar
flujos de caja intertemporales. El asunto se complica con las decisiones
humanas que están detrás del tal método pues, por ejemplo,
hay que decidir qué tasa de interés sirve para el descuento,
si es, por ejemplo, el líbor más un 'spread', ¿de cuánto?,
si se utiliza una tasa que revele rendimientos futuros u otra. Por otra
parte, qué costos y beneficios tiene una operación de esas
características, entre los cuales algunos pueden cuantificarse, pero
otros no. Por ejemplo, ¿qué valoración darle al hecho
de mejorar el riesgo país, ir sin garantías a los mercados,
argumentos del ministro de Hacienda contra los de aquellos que valoran más
haber cambiado un papel que se cancelaba automáticamente, en el 2020,
con otro que habría que cancelar en el 2027 o algo así? ¿Quién
puede tener la razón ahora sobre asuntos de tan después? Habría
que actualizar la opinión de los venezolanos del 20 y el 27, descontarla
y ver qué opinan hoy de lo que hicieron sus antecesores. Como estamos
ya acostumbrados a la idea de que seguimos corriendo la arruga, quizá
por allí esté la explicación, pero como se entenderá,
en el método del valor presente entran valoraciones personales o
institucionales y las diferencias que ustedes ven, si perdimos o ganamos,
dependen de lo que se incluya. Centrado el debate en los numeritos, lo importante
es lo que no se ha dicho, lo que la opinión pública espera
se le diga en una pedagógica presentación que convenza.
Usar la pizarra
Reconociendo el criterio de confidencialidad, válido
a pesar de que algunos vivos se hayan enterado a tiempo, todavía
quedaba y queda un margen para que el ministro de Hacienda, responsable
inequívoco de la operación, cumpla con el más elemental
deber ciudadano, con las atribuciones que le confiere su cargo y proceda
a explicar, 'tiza en mano' qué fue lo que intentó hacer, porque
lo hizo, qué le salió mal y qué le salió bien.
A quién le informó. Acostumbrados como estamos a esos misterios,
lo bueno hubiera sido ver al ministro parado frente a la colectividad, explicando,
debatiendo, enseñando y convenciendo, a tiempo. Convertir lo confidencial
en el misterio que se presta a la sospecha, no tanto a la de las comisiones
características de una operación como esa, sino descuidarla
en uno que otro cuadro, cuando, después del silencio se alardea de
sus grandes beneficios, no fue la mejor estrategia. Para que después
con otros numeritos se las pongan al revés. Tiempo hay todavía
para colocar las cosas en su lugar, si se dice, con claridad, cuál
era el objetivo perseguido.
¿Ahorro, recompra,
refinanciamiento o qué?
Toda esa discusión de que si Argentina lo hizo,
pero mejor, o México o Brasil, es irrelevante si se omiten sus objetivos.
Cada uno, en su momento, con problemas diferentes, persiguió objetivos
distintos. Que yo interprete, a pesar de que se use paralelamente como argumento,
el objetivo no era ni recompra ni refinanciamiento ni siquiera alivio fiscal
a corto plazo, aunque este último es el verdadero. De allí
el inicio de las confusiones. Al poner en primer plano lo del ahorro en
el tiempo y el saldo de endeudamiento se colocó la discusión
donde no debe ser. Cuando, siendo consecuencias de lo perseguido, se jerarquizaron
como objetivos, el debate se centró en la violación o no de
los requisitos legales, los que, la verdad, dan para todos los gustos, según
los números que comprueben la pérdida o la ganancia para la
República. Centrado el asunto allí, la cuestión es
de pura metodología. Si la suya es mejor, más o menos refinada
que la mía, la razón se inclinará de un lado a otro.
Probablemente uno de los economistas, pizarra en mano, con unas cuantas
fórmulas complicadas impresionará a la audiencia y la convencerá,
pero lo cierto es que la opinión pública no entenderá.
Alguien podría preguntarse si vale la pena, si el tema, tan especializado,
no debería discutirse en un salón cerrado, entre financistas,
bancos de inversión, etc. No lo creo así. Con lo sensible
del tema de la deuda, con aquello de que estamos acostumbrados a su manejo
misterioso, con las ya olvidadas frases del 'mejor refinanciamiento del
mundo' o 'los bancos me engañaron', ¿no creen ustedes que
es tiempo de un tratamiento más maduro y civilizado del tema? Veamos
algo más, el fondo.
La verdad según...
El punto de partida. Si se examinan las distintas posiciones
que se han esgrimido sobre el canje de bonos lo principal es que, cada quien
hace sus cálculos según su perspectiva. Por ejemplo, una vez
determinado que la principal razón para realizar esta operación
fue liberar los colaterales de los Brady, con lo cual Hacienda reducía
su deuda con el BCV, éste recoge unos papeles mejores, a cambio de
estirar la deuda unos 7 años. Lo que parece claro es que los argumentos
de Hacienda estuvieron disparando hacia otro blanco: demostrarle al país
que la ganancia era neta en servicio. Al colocar la discusión en
ese frente, quizá por dejarse llevar por unos cuadros, además
del misterio de la confidencialidad y de la necesidad o no de ir en regla
con la Ley, originó, por supuesto, el quebranto parlamentario. A
menos que, conocida la operación por unos y no por todos, las liebres
saltaron frente a los lobos. Comenzando por allí, como dije, sin
apelar a la pizarra, poniendo todas las cartas sobre la mesa, Hacienda provocó
la esperada reacción. En adelante, números van, números
vienen que polarizan la discusión. Que no se quiso tocar al BCV,
es posible, a cuenta de socio en la operación. Que Hacienda no tiene
caja para pagarle sus obligaciones de este año, es verdad. Pero,
vista ella en un contexto más amplio resulta mejor que la mexicana,
la argentina y la brasileña, con el dato, interesante, pero no explotado,
de que ya esos canjes eran asunto normal en los mercados. Después
de haber visto distintos métodos de cálculo, a favor y en
contra, todo parece indicar que depende del valor que cada quien le pone
a sus componentes. Si, como he visto, no se imputan ganancias a la liberación
de la fianza de los Brady el ahorro neto es diferente. Si, por el contrario,
se exagera la magnitud de ese ahorro imputándole beneficios que no
tiene y no se toma en cuenta, o no se dice expresamente que el servicio
de la deuda se extendió en 7 años, se invita a una discordia
en los terrenos menos relevantes. Ahora que la discusión obligó
a los economistas a refinar sus cálculos, a acordar algunos supuestos
de entrada, a los políticos a descubrir sus manejos e intereses,
de lado y lado, quizá podamos darnos cuenta que la operación
fue muy similar a la que hace todo el mundo. Igual que en años anteriores,
cuando se refinanció la deuda por primera y segunda vez. Recuerdo
bien a los criticados de la época, demostrando con lujo de detalles
cómo 'su' esfuerzo le había significado tanto bien al país.
Al final lo que todo esto demuestra es que, cuando los economistas se meten
a políticos y éstos a economistas terminamos en una exponencial
confusión que se suma a la presente. Por lo pronto veremos el tema
olvidado, en realidad es una operación financiera normal que, por
mal manejada produce las típicas 'ronchas' de la política.
El Universal digital, 17 de
octubre de 1997
José Ovidio Salgueiro(*)
En una oportunidad me vi en la necesidad de aportar en
juicio una prueba que debía obtener en Internet. Este caso se resolvió
sin llegar a juicio, pero me quedó la inquietud acerca de la existencia
de Internet en el Derecho venezolano. Esta surgió de nuevo cuando
en los últimos días visité un tribunal que curiosamente
carecía de las máquinas de escribir dignas de un museo que
adornan la mayoría de ellos. Sí, aunque parezca mentira, este
tribunal tenía una red de computación en la que, es cierto,
se trabajaba con Word Star, pero no deja de ser un avance para lo que es
la forma usual de trabajar de los tribunales de nuestro país. Al
entrar al despacho del juez, noté que detrás de su escritorio
(sobre el cual reposaba un ejemplar de Ultimas Noticias y un radio en el
cual sonaba una guaracha) había una computadora con Windows 95 instalado.
Hasta aquí, todo parece bien. Es lógico que el juez use el
mejor equipo disponible. La parte triste de la historia es que el juez en
cuestión escribía una sentencia a mano.
El lector que nunca visitó un tribunal en Venezuela
se sorprenderá con esta narración, pero no es mi intención
exponer aquí el problema de la justicia y los tribunales en Venezuela,
sino el valor que ese juez que seguramente no sabe cómo se enciende
una computadora dará a un documento obtenido de Internet. No cabe
duda que la existencia de Internet es un hecho notorio. Los hechos notorios
son aquellos que no requieren ser probados.
¿Qué habría pasado si cuando tuve
la necesidad de presentar en juicio pruebas obtenidas de Internet me topaba
con el juez de la historia anterior? Qué pasa si debo intentar ante
este juez una demanda por la publicación en Internet de un montaje
de una foto comprometedora o de algún artículo en el cual
se difama a alguien. O algo más complicado, qué pasa si debo
hacer uso en juicio del contenido de alguna página publicada en Internet
por una organización seria como las Naciones Unidas, o la Oficina
de Marcas y Patentes de Estados Unidos, o de una universidad... ¿Qué
hacer?
Llevar estas pruebas a juicio es sumamente fácil.
El Tribunal designa el experto que revisa las páginas que se le indican,
imprime su contenido y las presenta en el expediente con un informe dejando
constancia de la fecha y el equipo en que se hizo la investigación.
Si la información está en inglés u otro idioma deberá
ser traducida al castellano por un intérprete público. Pero
nuevamente, ésta es la parte más sencilla del problema.
Lo importante es determinar lo que puede interpretar un
juez del contenido de unas páginas inertes, provenientes de una fuente
que él desconoce y que carece del más importante requisito,
un sello de algún organismo público o un timbre fiscal. ¿Cómo
hacerle entender a un juez que existe una red mundial llamada Internet y
que dicha red no es para expertos sino que está al alcance del ciudadano
común como usted y como yo?
Es importante que el lector y el juez estén claros
en que no todo lo que se publica en Internet es verdad sólo por el
hecho de aparecer allí. Internet carece de censores por lo que cualquiera
puede publicar una página en la que puede desde expresar sus especulaciones
acerca de la veracidad de la teoría atómica hasta publicar
las fotos de su matrimonio. La información obtenida de Internet tiene
la misma credibilidad que tiene su autor o quien la publica. Igual sucede
con un libro o un artículo publicado en un periódico o revista.
¿Seguiría usted las recetas médicas
de un libro escrito por algún político?
La interrogante sobre la valoración de la prueba
obtenida de Internet es de difícil, sino de imposible respuesta.
No hay duda que Internet no requiere de una ley que admita su existencia,
pero para que un juez evalúe una prueba de allí obtenida debe
al menos conocer Internet y tener una noción mínima de su
funcionamiento. Lamentablemente, hasta donde mi experiencia me lo indica,
ésta es la excepción en los jueces venezolanos, y de ese mínimo
de jueces que conocen y entienden Internet, alguno debe ser el valiente
y osado que admita y valore por primera vez una prueba de esta naturaleza.
La ley y la jurisprudencia venezolana no han tocado estos tópicos.
En lo personal, no me atrevería a intentar un juicio
basado en una prueba obtenida en Internet y no conozco ningún caso
en que se haya siquiera intentado.
Como conclusión, al igual que en el caso del correo
electrónico, las pruebas obtenidas de Internet no pueden aspirar
más allá del carácter de presunciones, es decir, no
podrá hacer plena prueba en juicio. La valoración de las mismas
por parte del juez estará limitada a que otras pruebas corroboren
lo que en ellas se expone.
El Universal digital, 16 de
octubre de 1997
(*)Josalgueiroa@etheron.net/José OvidioSalgueiro
A. es abogado especialistaen derechos intelectuales. |