Los militares en octubre
Manuel Caballero
Ayer se cumplieron 52 años del derrocamiento de
Isaías Medina Angarita. Con un transparente seudónimo, Francisco
Vera Izquierdo sigue considerando el suceso como una fecha nefasta en la
historia venezolana. Los partidarios del golpe, muy entusiastas entonces,
prefieren pasar el asunto bajo la mesa: AD guarda un extraño silencio,
contraviniendo así un mandato de Betancourt en los treinta años
de la 'Revolución de Octubre'. Pérez Jiménez, quien
gusta de dar entrevistas muy largas, no ha dicho tampoco mucho para celebrarlo.
Estas líneas están dedicadas a analizar el más importante
factor del pronunciamiento: las razones del ejército para alzarse.
Según la versión de los interesados en los
días que siguieron al golpe triunfante, durante el año 1945,
y acaso mucho antes, un grupo de los oficiales más jóvenes
había venido realizando reuniones que poco a poco se habían
concretado en la preparación de un pronunciamiento; para el cual
esperaban juramentar unos trescientos oficiales para noviembre del 45, o
sea la tercera parte de la oficialidad.
Su bisoñería política
Llegados a junio de 1945, las cosas parecían marchar
viento en popa; pero algunos de ellos debieron darse cuenta de su propia
situación de desconocidos, y su bisoñería política.
Sí, iban a tomar el poder ¿y después? Es entonces cuando
piensan en contactar algunos civiles. Ese contacto se producirá por
intermedio del médico Edmundo Fernández. Este le comunica
a Betancourt lo que está sucediendo, y le pide hablar con los golpistas.
Los militares hablan, los civiles escuchan. Betancourt pide que le permitan
consultar primero con el comando de su partido. Según toda evidencia,
eso de 'comando' no quiere decir el CEN del partido, cuerpo demasiado numeroso
y que, con todo el mundo, se enterará de la conjura por la prensa.
Betancourt se acuerda sólo con los hombres de su mayor confianza,
que son, aparte de Leoni, Luis Beltrán Prieto Figueroa y Gonzalo
Barrios.
¿Cuál era la situación que había
dado origen a la conjura? Esa pregunta podría formularse también
en otros términos: ¿fue la situación política
la que dio origen a los movimientos militares, a la formación de
juntas, a la conspiración? Según las declaraciones de los
propios conjurados en los días que siguieron al triunfo del movimiento,
los motivos para la juramentación fueron en un inicio puramente profesionales.
Como en cualquier otro conglomerado humano, los militares estaban sometidos
a diversas tensiones y presiones que iban desde lo más pedestremente
profesional hasta lo ideológico.
Menos que un chofer de autobús
En primer lugar, se sentía la muy normal y corriente
diferencia generacional. Con el agravante de que en este caso, los oficiales
más jóvenes, muchos de ellos con brillantes estudios en Venezuela
y en el extranjero, con sobrada razón se juzgaban superiores en su
desarrollo intelectual (a comenzar en asuntos propiamente militares) a los
viejos generales.
En cuanto a su situación social, era por lo general
bastante precaria. Un subteniente ganaba menos que un chofer de autobús.
En verdad, gozaban de un statu igual al de los otros sectores de la clase
media; y eso se hacía más evidente en los grados más
bajos de la oficialidad. Esto quiere decir que ellos sentían mayormente
el impacto de la carestía de la vida.
Junto a eso, a los oficiales le llegaban, por diversos
conductos, solicitaciones ideológicas de las más dispares.
Durante buen tiempo, la admiración por la aceitada eficacia del ejército
prusiano fue avasalladora en las Fuerzas Armadas; también por la
dictadura italiana de Benito Mussolini. Pero tal vez la mayor influencia,
llegados a esta fecha de 1945, era por los militares sureños, los
de Perú donde Pérez Jiménez y otros habían hecho
sus estudios, y sobre todo por los militares argentinos que, a partir también
de 1945, van a originar la más poderosa forma del populismo latinoamericano,
el peronismo.
La revolución guatemalteca
Pero no se crea que fuese esa la única solicitación
ideológica que llegaba a los cuarteles. También había,
en Latinoamérica, el ejemplo de oficiales que habían desposado
causas civiles y democratizadoras. Era el caso de Guatemala, con su revolución
de octubre de 1944. Para completar el cuadro, había una conciencia
generalizada, y no sólo entre los oficiales jóvenes, del atraso
técnico del Ejército, de la obsolescencia de su armamento,
de la necesidad de ponerlo al día en su organización como
en las novísimas tácticas guerreras.
Sin embargo, este tipo de tensiones suele estar presente
en toda fuerza armada, y eso no conduce necesariamente a la sublevación.
Para que el estallido se produjese en la Venezuela de 1945, fue necesario
que se diesen otras condiciones. La más importante es la pérdida
de autoridad. Desde 1936, el ejército se había abstenido de
caer en tentaciones golpistas porque su jefe había logrado mantenerlo
unido. No en vano el general Eleazar López Contreras era, después
de Gómez, su creador. Pero la llegada al poder de Isaías Medina
Angarita había cambiado las cosas. López Contreras, a quien
la Constitución le prohibía la reelección inmediata,
lo había designado como su sucesor por ser militar y tachirense,
y tal vez con la no muy secreta esperanza de continuar ejerciendo el poder
detrás del trono. Pero apenas Medina Angarita se hace de la Presidencia,
comienza el alejamiento entre los dos máximos jefes del ejército.
Medina decide aliarse
A mitad de su período, Medina decide aliarse con
el todavía inconstitucional partido comunista. Eso era grave, y una
comprensible causa de ruptura para un hombre como López Contreras,
de ideología conservadora y por mil razones (entre ellas la de una
cerrada formación religiosa) ferozmente opuesto al comunismo.
Pero tal vez eso no hubiera bastado para una ruptura abierta
si no fuera porque López Contreras aspiraba a que, una vez terminado
el período medinista, la Presidencia le volviera. Cuando López
se dio cuenta de que Medina tenía otras intenciones, se produjo la
ruptura abierta. Era una ruptura política, pero en el ejército
eso significada otra cosa: se rompía la unidad de comando. El camino
se abría así para cualquier ambición, cualquier aventura.
Caracas, domingo 19 de octubre, 1997
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