El dibujo del cuerpo

María Elena Ramos

Felipe Herrera dibuja. y dibuja el cuerpo humano. Los músculos, los huesos. Dibuja las manos. Referencia central del arte figurativo de todos los tiempos, el cuerpo dibujado -o el cuerpo pintado, o el cuerpo esculpido-ha involucrado la necesidad del artista tanto de repetirse a sí mismo como de verse en el otro, tanto de dejar sentado que el hombre es el centro de los espacios, como de constatar que el hombre es devastado dentro de los espacios que él mismo ha creado.

El cuerpo humano en las imágenes de Herrera -el cuerpo dibujo-nos remite a la infancia y adolescencia: a los dibujos de cuerpo que, en las láminas de Anatomía, nos mostraba el espacio sorprendente que llevábamos dentro. Ya entonces el dibujo era modo de revelar el mundo. Revelar partes "reales" del mundo a las que nuestro ojo cotidiano no tenía acceso. Cómo era un corazón, las venas, Ias vísceras; cómo crecía el ramaje de las arterias o del sistema nervioso; cómo por dentro nos parecemos a un árbol, o a un río con sus deltas, o a un nido. Y-dibujo de calavera-cómo es que, en la vida, llevábamos la muerte por dentro, todo el tiempo. Cómo es que, con el esqueleto, esa "muerte" iba creciendo con nosotros, desde el niño hasta el adulto y hasta el anciano. Eran datos que, sin que el maestro mencionara, el dibujo de las clases de Biología permitía conocer (¿intuir? ¿presentir? ¿imaginar? ).

Felipe Herrera dramatiza el cuerpo de anatomía. Cuerpo humano muscular, volumétrico, tenso, desgajado ahora por el dibujante que expresa. Cuerpo-línea y cuerpo-plano que no se conforman con describir, mostrar y educar sino que quieren ser dibujo efusivo, incansable, barroco.

Aquí el cuerpo dibujado es también un salirse del cuerpo. Interno y externo. Individual y universal. Está el ramaje de las venas y arterias, de los nervios y; confundido en ellos, el ramaje vegetal creciente. Síntesis entre musculatura y ropaje. Entre lo esencial y lo accesorio. Entre vida y muerte.

 

La Forma de la Muerte

Herrera es, como artista, un creador de formas. Como dibujante, es con el lenguaje del dibujo con el que materializa esas formas: con la línea, la mancha, el salpicado, las luces para el saliente volumétrico, el color en tono bajo, el cubrimiento con el dibujo fino del espacio total, las parciales construcciones en perspectiva, el plano recorte que delimita claramente la forma o, en otros momentos, la sutil sobreposición que deja ver unas imágenes a través de otras. Y, de manera particular, la forma se construye con la insistencia ( redundante y a la vez siempre variada) en el tema. Tema de la muerte. Como posición crítica (algunos títulos de sus obras, por ejemplo: "Viudo de Recuerdo", "La Desidia y el Lago", "Centroamérica", "Reflexiones para una Derrota") pero también con un cierto amor necrofílico. Un arte que recree la muerte ya tiene algo de embellecimiento, si es buen arte; Allí están los Horrores de Goya o El Guernica de Picasso. Una belleza en la muerte y una estética de lo feo han sido herencia de la cultura de Goya y los expresionismos que Herrera, como muchos de nuestros jóvenes artistas, han amado. Herrera construye así la forma: un cuerpo femenino con pequeñas calaveras engarzadas, yuxtapuestas para el dibujo, que sugieren un sólido ensamblaje. Sobre el rostro la máscara. Los cuerpos conservan su belleza aún mutilados y colocados en una caja, tajados. La copa de rojo líquido es el vino y a la vez la sangre sobre esa caja. Una copa que brinda por la muerte. Y a la vez una forma-signo. Es curioso que es en los rostros humanos "verdaderos", "vivos" sin máscaras ni calaveras, donde Herrera afloja un tanto la tensión del dibujo. Como quien lo hace con un menor dominio, o como con un mayor desinterés.

Pero donde Herrera repite la muerte es en la forma animal. Hace ver el esqueleto del pez. Un ave aparece endurecida, "embellecida": disecada. Un pajarito aparece también endurecido, pero esta vez al natural, con la recta y simple tiesura de la muerte. El rojo es una mancha de sangre. Curiosamente el más vivo color es el que dice "muerte". Una línea-clavo fija (define y mata) a un escarabajo sobre una carta de baraja. Un águila aparece rota, águila vacía, como de porcelana. Aguila endurecida y a la vez fragilizada, como los símbolos que ya nada significan.

Pero es en el caballo donde Herrera parece querer concentrar la forma de la muerte. Caballo, cuerpo y cadáver, esqueleto y músculo. Formas en gradaciones: caballos del todo muertos (forma flácida, desfallecida, u ósea y cadavérica), caballos en tránsito, caballos semi-vivos. Caballos en la acción y tensión de la carrera, caballos y símbolo del dinero, del poder, del azar del juego, en la carrera del 5 y 6. Caballo, poder e inteligencia, en el juego de ajedrez.

Si el artista ha necesitado desde siempre reivindicar el cuerpo humano como modo de ver y de verse, de buscar identidades para sí y en el otro, hemos de recordar también que esas mismas necesidades las satisface muchas veces en formas no humanas a las que transmite humanización. Así, los caballos de Herrera son, en estos espacios, especie de proyecciones de lo humano en los distintos temas que para el artista son clave: el poder, el azar, los signos, la muerte. Y con ello, los espacios visuales para imaginar la muerte, para ir siguiendo y develando los signos, para jugar el azar, para construir, profusamente, barrocamente, el poder.

Forma de la muerte. En el animal, en la rigidez, en la mutilación, en el rojo-sangre. Muerte dentro del cuerpo. Muerte en la vida, sosteniendo, vertebrando, con-formando la vida. Belleza necrofílica en el simple hecho de sublimar y transformar la muerte con el lenguaje del arte. Limpieza de la muerte en la nitidez de un dibujo.

Del ajedrez renacentista al espacio barroco

Herrera repite el tablero de ajedrez. Que la vida es un ajedrez, que los hombres se relacionan a través del juego, que peones y caballos pueden humanizarse mientras el hombre se vuelve personaje de representación en este teatro, son datos de la temática. Tablero de ajedrez también como espacialidad, distribución de los seres y objetos en el lugar ficcionado, razón de la perspectiva renacentista. ¿Qué es abajo y arriba? ¿Qué está cerca o lejos? ¿Cómo se hace profundo un soporte plano? ¿Cómo abrir la visión arriba y a los lados del cuadro? ¿Cómo proporcionar o, voluntariamente, des-proporcionar el gran cuerpo humano dentro del reducido espacio arquitectónico?.

Herrera hace su propio andar en la historia. Deja atrás el Renacimiento, se mantiene haciendo de él algunos usos necesarios, y llega al Barroco. Claro que para el artista contemporáneo no es un tránsito de la historia a la manera de los hombres de los siglos XV,.XVI o XVII. Las imágenes contemporáneas son coexistentes. Herrera, además, hace uso de lo renacentista apenas como convención (el ¡uego doble -temático y plástico - de los tableros de ajedrez, de la perspectiva). Pero hace uso de lo barroco como necesidad expresiva. Llenar el espacio, no dejar escapar un solo blanco. Inventar cúpulas y cruces, espitales y rectas. Llenar de figuras y de objetos el espacio y llenar de líneas, salpicados, manchas, color, tramas, las figuras. Un pequeño pez es la profusión de las escamas. Una avecilla, el incansable dibujo de las plumas.

El espacio barroco está cargado de signos. Es un barroquismo del espacio. Pero también un barroquismo del sentido. Signos del cuerpo, la vida y la muerte, la destrucción y la construcción, la pasividad y la acción, la contemplación y la violencia, la inercia o el músculo tenso. Signos de referencias culturales de distintas épocas y lugares (como el águila símbolo-roto o el ajedrez perspectivo). Signos de poder: el oro, la copa, el basto y la reina; el peón y el caballo; el vino, la sangre y el rojo.

Pero la lectura de signos es abierta ¿cuántas cosas, además de "muerte" puede decirnos el pajarillo rígido? ¿Cuántas pistas lleva en sí un enredado ramaje, o las tres líneas de un triángulo? ¿Cuándo está un naipe exactamente "boca arriba"?