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Visiones

Cuando la fotografía era una ceremonia

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Los fotógrafos del exotismo colonial no dejaron sus nombres, ni sus retratos, sin embargo, sus modelos permanecen en pose. A la distancia de cuatro generaciones están allí todavía, absolutamente inmóviles. Posan, pero su inquietud es evidente, están como al borde de un vacío, de un cambio insospechado. Para ellos la cámara fotográfica es el colmo del exotismo, logra hacer lo que ningún brujo había realizado: hacerles una imagen y darles una identificación. Les fabrica su primer documento de identidad. No se trata aún de una identidad judicial pero ya es un instrumento probatorio. La antropometría comienza siempre con una invitación en apariencia inocente: se exige mirar de frente.

El operador, quien en la metrópoli congela a los futuros ancestros el día de sus bodas, va a cometer, a fines de la colonia y sin darse cuenta, el primer acto de asesinato público de una tribu, de su haber, de su fervor y fuerza. Evidentemente, ninguno de los personajes de tal escena teatral está plenamente consciente, sin duda todos aclamarán con alegría la fotografía a su salida del proceso químico . El pajarito, tantas veces nombrado es pérfido, aparece de súbito y aniquila lentamente. La patética impresión que se desprende de estos documentos no obedece tan sólo al hecho de estar muertos actualmente sus protagonistas. Si los vemos taciturnos, estos rostros indómitos, se debe a que ponemos en peligro sus almas y que vamos a modificar sus vidas profundamente.

Que la fotografía no sea sino el registro de una emisión de ondas luminosas es algo tan evidente que ya no lo pensamos ; el buen salvaje , sin embargo, dudaba de ello confusamente, en tanto, le químico en pleno revelado se afanaba por olvidar que estaba manipulando un sortilegio. Si hubo, en la historia de la fotografía , modelos que sentían ser embrujados , despojados de parte de su ser, peligro por cierto conmovedor hasta el estrecimiento, estos modelos fueron seguramente los que adoraban a la naturaleza en vez de empeñarse en vencerla.

Tales modelos jamás adoptan la mirada y gesto de quien ignora ser observado. Se les hurta algo pero aún se pide su consentimiento, lo cual no sucederá posteriormente con la aparición del reportaje. Esa mirada y ese gesto, sin embargo, no disimularán cosa alguna. Los nativos se mostrarán tal cual son, incluso a veces en toda su desnudez. Sentimos la atención en decir que sus fotografías son puras hasta la rudeza. Más tan pronto son realizadas, estas imágenes adquieren para siempre cierto carácter inexpugnable, de modo que todas tienen le aspecto de las escenas de despedidas. ¡ Oh, delicadeza exquisita de caníbales que ya no devorarán a sus semejantes!... casi provoca comérselos.

Detengámonos por un instante precioso, sumamente precioso, para observar lo que vamos a aniquilar. No olvidemos que el colonialismo practica la división social del trabajo. El arte está destinado a preservar del olvido lo que la economía va a saquear. El aparato fotográfico acelera la desaparición de cuanto captura al mismo tiempo que preserva su imagen. Lo sacrificado sin piedad se imprime simultáneamente para el largo tiempo. El milagro fulgurante del instante presente que el fotógrafo persigue con tanto ahínco, con tal religiosidad, no podía ser otra cosa que su mutación en icono piadoso. Y cuando a riesgo de enmudecer su corazón, apunta el objetivo hacia una hoguera fúnebre o al cadáver de un ajusticiado, ya no se trata ni siquiera de una guerra contra el olvido, es la vieja eternidad quien ha realizado la exposición. Resulta muy difícil impedir que aparezca la visión de la eternidad en todo lo que está en trance de desaparecer.

El operador está al asecho. Tenemos la impresión de entreverlo por más que se oculte tras su fotografía. Es en ese instante cuando podemos imaginar lo siguiente: para que la foto sea buena es necesario y suficiente que haya fijado , como en filigrana, además de lo representado, la imagen del fotógrafo o más bien su idea. Es en el intervalo de pocos metros, entre el que compone y quien posa, entre años - luz de disparidad, donde se cuela el exotismo; como si sólo fuera posible captar el parecido de quien se nos asemeja tan poco, mediante y gracias a unas monstruosas nupcias, inconfesables y sin prole, entre lo que creemos salvaje y lo supuestamente civilizado.

Lleva mucho tiempo realizar una fotografía en un sesentavo de segundo. ¿ Cuál fotógrafo contemporáneo se atrevería a dedicar dos o tres horas a esta tarea? Mucha necesidad de atención. Estar al acecho. Rastrear con ahínco. Tomar por asalto cierta pasividad. ¿ Intentará el arquero en convertirse en blanco de su propia flecha? ¿ Siente acaso el modelo desprenderse su propia piel? Sea como fuere, ambos bordean el misterio, un descubrimiento, es probable que alguna revelación. Si bien pudieran no tener conciencia uno del otro, reina entre ambos una extraña connivencia, algo de amoroso que prescinde del abrazo, una suerte de complicidad afirmada por la distancia.

No sabemos bien si es el fotógrafo o su modelo, quien realizara puesta en escena de esta ceremonia. Lo que parece seguro es que el ritual es penetrado, casi en sordina, por una admiración recíproca, un estado de mutua estupefacción. He aquí una conquista, la cual sin embargo comienza por un chasco. Detrás como por adelante de la cámara alguien debe cierta cosa con un pasmo inserto de miedo y rozado por la tristeza. ¿ será este líquido un venenoso bebedizo distinto para ambos? Es lo que solemos llamar un estado de alucinación.

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Una foto que nos trastorna la huella de un apartamiento supremo, orgasmo intenso y casto, una estocada humeante hasta el centro del corazón. Por ello, forzosamente, es una imagen del propio fotógrafo y por increíble que parezca el autorretrato de su modelo. El error consiste en pensar en intercambio, sagrada noción esta de lo conyugal y del colonismo. Ocurre un doble solapamiento, un eclipse que no deja saber cuál plantea oculta el otro. No resulta inadecuado pensar en una recíproca mutación del fotógrafo y su modelo. Pero creemos necesario llegar a tres en la cuenta. Lo óptimo resulta cuando hacedor y modelo se penetran y, en el instante mismo del relámpago, mediante el parpadeo del diafragma, surge un ente tercero en extremo frágil de quien la fotografía capta tan solo el aura. ¡Peca de anticuado creer que forman pareja el creador y la criatura! Son solo en realidad dobles sin rastros de similitud que inician su aventura conservando las distancias y terminan interceptando un desconocido, su mutuo enemigo, su contrario inimaginable, el exotismo tal vez. El parto en esta boda lo constituye un rectángulo de papel, un diminuto territorio, donde reconocemos el gusto y olor de cada quien pero que ya no pertenece a ninguno de los protagonistas.

He aquí el beso de la fotografía colonial. Beso perdido. Privilegio del primer encuentro entre lo moderno y lo primitivo. Hoy por hoy el primitivo no es otra cosa sino un monstruo adulterino. Se le ha convertido en categoría de la modernidad para dar a ésta cierto aspecto presentable. Inténtese hallar algo exótico en la actualidad, ni siquiera lo sería un extraterrestre, Quizás un cubo de tres centímetros por lado que contenga mil circuitos lógicos elementales. Más bien pensemos un vasto desierto con un aparato fotográfico en su centro sin nadie que pueda accionar el obturador.

Opuesto a cuanto creemos, la fotografía es incapaz de reproducir. El fotógrafo, no obstante, pose a cambios de sujeto, se repite al infinito, tal las horas, las estaciones o los comediantes en espera del público. Comprendemos entonces el porqué esos documentos, de autores tan diversos, parecen realizados por el mismo aparato, por una visión tan semejante. Penetramos así la ascencia del exotismo: el observador se conjuga en singular mientras lo hace en plural el exhibicionismo. El turismo tendrá a su cargo invertir tal relación al crear millones de operadores y a un solitario color local. A la inversa, para atrapar lo exótico el observador debe permanecer solitario y no logrará su deseo sin contraer alianzas sucesivas y sin porvenir, con los distintos fragmentos de la pluralidad indígena . De existir algún método no será el de la aprehensión absoluta e inmediata sino más bien cierto pequeños pactos que permitan deslizarse sutilmente en la totalidad.

Cada uno de estos sucesivos pactos resultan para el fotógrafo una inteligencia con la potencia extranjera, es decir, un acto de traición. Casi diríamos que la semejanza es de este modo un satánico parecido con el modelo cuyo logro ha buscado por todos los medios la fotografía clásica. El artista ha sabido desde siempre que era necesaria cierta traición a fin de lograr tal parecido y nos estamos refiriendo sobre todo al artista que se esfuerza en traducir algo real pasando progresivamente por la aprehensión , la revelación y el fijado. Literalmente: para congelar y duplicar los objetos, el sujeto se ve obligado a traicionarse y traicionarlos. Cuando ambas traiciones coinciden, entonces la fotografía logra ser traducida instantáneamente a todas las lenguas del mundo.

Traiciones violaciones, orgasmos, muerte, despojo, aunque esta sucesión de acciones no fuese sino figurada , podría decirse que en fotografía lo único probablemente turbador sea lo que llamamos pornográfico, ya que se trata de sorprender y apropiarse de lo develado o desnudado, siendo sin embargo muy difícil desnudar un Canaque en traje guerrero ya que en tal condición el Canaque se halla irremediablemente desnudo.

Observando la foto del más primitivo ser de esa tribu salta a la vista que es un hombre del neolítico. Otros en cambio, sobre todo en algunas mujeres, parecen posar en el taller de un pintor burgués de aspecto decadente. Recordamos entonces escenas de una película histórica en la cual los trajes no pertenecen a la moda de la época que se intenta restituir sino al tiempo de la filmación. En realidad, estos salvajes, ricos o pobres, bonzos o faquires, criminales o princesas, todos han sido fechados irremediablemente en la época previa a la primera guerra de nuestro siglo. Se nos antojan por instantes cual protagonistas de Chatelet, les hacemos actuar en un espectáculo de época y como tal se encuentran representados.

Sin embargo, nos referimos a una época en que descuella la idea de no pensar o representar al mundo sino de emprender su transformación. Ha transcurrido todo un siglo y percibimos retrospectivamente muchísimos aspectos. Descubrimos, por ejemplo, que hacia el 1900, ningún otro ser, como el fotógrafo, transformó tanto al mundo intentando tan solo representarlo. Progenitor del cine y la TV, trabaja desde ya para hacernos preferir no al ser sino a su calco, su retrato, por subsistir la máscara al rostro, y a ofrecer finalmente más realidad en la copia que en el original, lo que parece ser, hoy en día, la única verdadera innovación de nuestro tiempo.