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El desafío de la ética en la investigación científica y tecnológica: El caso de la biotecnología

Rafael Rangel Aldao

"El acceso al conocimiento es el acceso al poder"; y "los medios básicos de producción de las naciones ya no son ni el capital, ni los recursos naturales renovables ni el trabajo, no. Es, y lo será, el conocimiento el principal recurso de la sociedad post-capitalista". Entre ambas afirmaciones, cada vez más obvias, median 370 años de historia que señalan la diferencia entre las fechas de publicación de la obra Novum Organum de Francis Bacon, y la Sociedad Post-capitalista (The Post-Capitalist Society) de Peter Drucker que aparecen, respectivamente, en 1620 y 1990.

Este poder que da el conocimiento impone una enorme responsabilidad ética en el científico, y en los líderes de la sociedad misma, pues vivimos una época donde los descubrimientos científicos no solamente se producen en forma acelerada sino que afectan profundamente nuestra vida cotidiana, como es el caso de la biotecnología avanzada. Adelantándose a la ingeniería genética y al dilema ético que supone el clonaje de animales superiores que conocimos por primera vez en marzo de este año, Peter Medawar trató este delicado tema diez años antes. Medawar, quien fuera en vida un gran científico de la medicina, y denso escritor de pensamiento filosófico luminoso, ganó el Premio Nobel de Medicina en 1960; y en 1977 escribió lo siguiente en uno de sus tantos ensayos, titulado La amenaza y la gloria (The threat and the glory), "Es la mayor gloria pero también la mayor amenaza de la ciencia que cualquier cosa que en principio sea posible hacerla sea en efecto realizada si la intención es suficientemente resoluta. Los científicos podrán regocijarse en la gloria, pero la gente común más bien tendrá temor ante la amenaza. Más adelante, Medawar se plantea la posibilidad del clonamiento de humanos al relatar en el ensayo una conversación con otro científico también ganador del Premio Nobel y notable pensador, Jacques Monod, y nos dice Medawar: "el procedimiento (del clonaje) no debería ser muy difícil. El primer paso sería el lavado de la Trompa de Falopio para obtener un óvulo fertilizado, para luego mantenerlo fuera del cuerpo en condiciones estériles y con todos los nutrientes necesarios de tal manera que pudiera ser manipulado. El núcleo, se reemplazaría por otro de una célula humana como las de los glóbulos blancos (linfocitos) del individuo que se quiera clonar, y luego se dejaría que la célula clonada se dividiera varias veces para reimplantar el embrión en el útero de una nodriza voluntaria."

El clonamiento humano aún no ha sido hecho, pero veinte años después del escrito de Medawar, un grupo escocés produjo la ahora célebre oveja Dolly, mediante un proceso bastante similar al descrito en 1977. Ian Wilmut, el solitario investigador de PPL Therapeutics, en lugar de tomar células ya fertilizadas y por ende, programadas para dividirse y formar un embrión, tomó óvulos vírgenes de una oveja a los que les reemplazó el núcleo con el de células mamarias a las que previamente había reprogramado para que sus núcleos pudieran dividirse al fusionarse con células germinales y así dar lugar a un embrión. La respuesta del mundo desarrollado no se hizo esperar, y allí resalta la comisión de ética que ipso facto formó el Presidente de los Estados Unidos para que en un plazo perentorio hiciera sus recomendaciones sobre el clonamiento de humanos, pero de eso hablaremos más adelante.

Medawar, en otro de sus ensayos, Reflexiones sobre la ciencia y la civilización" publicado en 1972, asoma una solución al dilema entre la "amenaza y la gloria" de la investigación científica y tecnológica, cuando nos dice que: "las soluciones para las desgracias de origen tecnológico también se pueden encontrar en la propia tecnología... y por supuesto, nada pasará mientras haya un convencimiento generalizado que la tecnología debe permanecer sujeta a las reglas de la moralidad y estar constantemente vigilada para que sus extravíos o desaciertos puedan prevenirse o curarse". Y esto nos lleva al meollo del tema que aquí tratamos, la bioética, que en realidad no deberíamos llamarla así pues existe una sola ética que debe aplicarse a todas las manifestaciones de civilización. Fernando Savater, el notable escritor español y gran divulgador de la filosofía universal, nos dice en su ameno libro Etica para Amador, que la ética es el arte de pasarla bien, en el más amplio sentido de la palabra, es decir, en la búsqueda de la felicidad y el bienestar individual y en esto coincide y ejemplifica abundantemente, en ese libro, a los conceptos de ética de Aristóteles, Spinoza y Dewey; pero es Erich Fromm, en su libro Man for Himself, publicado en 1947, quien asocia directamente la ética con el conocimiento cuando expresa que: "En la tradición de la ética humanística (en oposición a la ética autoritaria) prevalece el concepto que es el conocimiento del hombre la base para establecer normas y valores". En otras palabras, solo podremos buscar y obtener ese bienestar individual en la medida en que sepamos como hacerlo, y como, en esa búsqueda, no perjudicar a los demás pues de ser así, a la larga se detendría o evitaría la consecución de esa felicidad. Y es allí, precisamente, en el equilibrio entre el bienestar individual y el colectivo donde radican los valores éticos que deben normar a la humanidad, incluida, por supuesto, la investigación científica y tecnológica.

Demos, entonces, un vistazo a las oportunidades y riesgos que nos ofrece la biotecnología actual a la luz de dos fuerzas dominantes de la contemporaneidad, los medios de comunicación masiva y la llamada economía global de mercado; para luego concluir con una reflexión ética sobre el comportamiento deseable de la biotecnología del futuro.

La biotecnología moderna está ahora en proceso de generar la medicina del futuro, la medicina molecular, la cual también involucra una paradoja pues en lugar de examinar a enfermos y administrarles medicamentos, los médicos moleculares se ocuparán más bien de los sanos, y según el examen de sus caracteres hereditarios (genes), harán un seguimiento bioquímico para en el momento preciso, dar un tratamiento que evite la enfermedad. De esta manera, el mejor médico será aquel que no vea ¡pacientes!, pues a todos los que atienda seguirán siendo sanos. Por supuesto, también quedarán los médicos tradicionales como los conocemos hoy, pero éstos cada vez más se ayudarán con sofisticados laboratorios especializados en genómica, la nueva ciencia que estudia los genes que almacenan y codifican toda la información necesaria para dar origen a un ser vivo.

Esta "ficción" médica comienza a ser realidad hoy con empresas recién salidas del proyecto del Genoma Humano, con nombres como Darwin Molecular Techniques, Affymetrix, y Human Genome Sciences, las cuales poseen las secuencias de genes que contribuyen a la causa de muchas enfermedades y que se pueden detectar a través de los llamados genechips, o virutas génicas, que son diminutas láminas de silicona o de vidrio, de un centimetro cuadrado de superficie, con la capacidad de analizar simultáneamente hasta 400,000 lecturas diferentes de genes de interés médico, o lucrativos... Y de este desarrollo tan potencialmente beneficioso para la humanidad, también aflora el riesgo para la privacidad de los ciudadanos que inadvertidamente podrían ser seleccionados negativamente por una empresa de seguros, o para un posible empleo, u objeto de chantaje o manipulación de su voluntad si el gen en cuestión revela una tendencia o presencia de una enfermedad socialmente marcante, como la demencia o la depresión.

La medicina del futuro, sin embargo, seguirá las mismas fuerzas que hasta ahora han dado soporte a la industria farmacéutica multinacional, el mercado, de tal suerte que solo las enfermedades o dolencias rentables seran las "merecedoras" de la inversión de los cientos de millones de dólares necesarios para desarrollar una nueva droga. Y así vemos como hoy, más del 80% de la investigación biomédica se centra en enfermedades cardiovasculares, crónicas, y el cáncer que son las principales causas de muerte de los países desarrollados, mientras que muy poco se destina para la malnutrición, y las infecto-contagiosas que afectan a la mayoría de la población mundial, pero que vive en el Sur del globo terráqueo. Enfermedades como el Sida y la Hepatitis-B, altamente lucrativas pero que afectan a 14 millones de habitantes, se llevan miles de millones de dólares en investigación y desarrollo; mientras que la malaria y otras enfermedades tropicales, por ejemplo, que afectan a más de 700 millones de pobres no tienen ni siquiera cien millones para vacunas y drogas terapéuticas. La ausencia de la malaria en las prioridades mundiales de la salud, por ejemplo, quedó plasmada en una reciente reunión internacional, reseñada por la revista Nature del 17 de julio de 1997, donde se cita la declaración de un alto representante del Banco Mundial en el sentido de que: "Hablar sobre redes de investigación no va a poner a la malaria en la agenda global".

Otro aspecto igualmente importante y de indudables implicaciones éticas está ocurriendo ahora mismo con un descubrimiento dado a conocer hace escasamente dos meses, por el investigador estadounidense John Gearhart, de la Universidad John Hopkins en Baltimore. Gearhart y su estudiante Michael Shamblot, demostraron en el XIII Congreso Internacional de Biología del Desarrollo, que ellos pueden cultivar células humanas extraídas de abortos con embriones de cinco a siete semanas de gestación, y con la capacidad de producir (diferenciarse) cualquier tipo de tejido humano posible. Es decir, que de esas células totipotenciales, se podrán producir órganos enteros como el hígado o el corazón, u ojos, piel, huesos, nervios, músculos, y perfeccionando un poco la cosa no sería disparatado la construcción de un miembro completo del cuerpo humano...

Este desarrollo dejaría "obsoleta" a una de las potenciales aplicaciones de una futura y ciertamente posible clonación de humanos, y que desde ya ha tenido justificados cuestionamientos éticos como ha sido la producción de clones para transplantes de órganos. Pero un futuro banco de órganos biosintéticos producidos por cultivos celulares en el laboratorio, podría también estimular la ocurrencia de abortos voluntarios para producir células totipotenciales, o la aparición de un mercado secundario de embriones, o la alteración genética de esas células embrionarias para que completen la formación de otro ser humano con características preconcebidas, o sea, una especie de ingeniería humana hecha a la medida del cliente.

En la agricultura, hay también acelerados cambios biotecnológicos que pueden afectar positiva o negativamente nuestras vidas, y al ambiente en que vivimos. Los países con excedentes agrícolas, por ejemplo, podrían sustituir parte de las siembras de productos alimenticios para dedicarlas a la producción de sustancias farmacéuticas o industriales. Hoy día, por ejemplo, se pueden usar cereales y otras plantas nutritivas para producir combustibles (etanol), aceites para cajas de transmisión de vehículos automotores, grasas bajas en calorías, plásticos biodegradables, o vacunas y fármacos contra enfermedades rentables. Queda la interrogante, entonces, de cómo afectará esta novedosa tendencia agro-industrial a la agricultura convencional en la atención de las necesidades de alimentación de una población mundial creciente.

La agricultura convencional, dicho sea de paso, se sostiene a través de mecanismos poco amigables al ambiente como son el uso intensivo de agroquímicos, la explotación masiva del suelo, y la siembra de monocultivos de especies homogéneas. La respuesta de la biotecnología moderna aquí tampoco se ha hecho esperar, pero los mismos avances tecnológicos (la gloria, de Medawar) supone nuevos problemas (las amenazas). Así vemos que la mayoría de las aplicaciones biotecnológicas van dirigidas hacia la producción de plantas que produzcan sus propios biopesticidas, y que además sean resistentes a herbicidas.

El reto ético, entonces, será en como evitar la amenaza que supone la aparición de super-insectos que desarrollen resistencias a tales biomoléculas, así como aparecieron las bacterias que son resistentes a múltiples antibióticos por el mal uso y abuso de estos químicos. Y si bien es cierto que con la modificación genética de las plantas para hacerlas resistentes a herbicidas, se incrementará notablemente el rendimiento de muchos cultivos esenciales para la alimentación de nuestros ciudadanos; también se podría poner en peligro toda una región agrícola donde pudiera ocurrir una transferencia de esos genes introducidos al arroz, por ejemplo, a una mala hierba relacionada genéticamente con esta gramínea. Las plantas, como lo expresa Edward Tenner, en su libro sobre la tecnología y sus consecuencias inesperadas, Why things bite back (una traducción libre sería, los mordiscos de la tecnología), nos dice que "las plantas pueden hacer lo mismo que los animales, solo que más despacio... y cuando de invasiones se trata, las plantas pueden hacer mas daño que los animales y hasta más rápido".

Los medios de comunicación masiva tienen mucho que ver (o todo que ver) con la percepción social de la biotecnología, y del conocimiento en general, y esa visión es usualmente distorsionada. A menudo, por ejemplo, vemos reportajes sobre seres humanos o humanoides idénticos (clones); o la noción extremadamente simplista de la existencia de genes que por si solos son causantes de enfermedades de causas múltiples como el cancer, la aterosclerosis, la diábetes, Alzheimer, o las cardiovaculares. El mal uso y abuso del conocimiento científico y tecnológico, está en presente en todos los medios de comunicación, en el cine, la televisión, la prensa diaria, los libros de divulgación, o en una Internet que puede llegar a ser hostil e inducir a una persona a un novísimo ciber-vicio.

El anticonocimiento, o sea, la preservación de la ignorancia es algo que se propaga también en los medios de comunicación masiva. La anticiencia siempre tendrá público porque la gente desconfía de lo que no conoce, como la ciencia, y es por ello que cuando dicen que ésta es mala el ciudadano se siente confortable por la reafirmación a lo que teme. Así vemos que en los llamados bestsellers, o los blockbusters del cine, es cada vez más frecuente el tema anticientífico. En una lista cada día mayor encontramos títulos como Jurassic Park, The Net, Multiplicity y ahora aparece entre los libros más vendidos de Estados Unidos, The Third Twin, (El Tercer Gemelo) un libro del autor Ken Follet, donde hay hasta ocho clones humanos con una tendencia claramente violenta hacia el crimen, el sadismo, la violación, etc. La ética, o la bioética, como se le quiera llamar, no abarca solamente a los científicos, sino a los medios de comunicación y a los recipientes de ésta, que hasta ahora se comportan mayoritariamente como receptores pasivos de la desinformación.

Otro factor de primordial importancia al considerar la ética de la investigación científica y tecnológica es la llamada economía global, el liberalismo económico, o la economía de mercado, como ya lo anotamos al principio. Michael Porter, en su influyente libro, La ventaja competitiva de las naciones (The Competitive Advantage of Nations), publicado en 1990, hace referencia a la necesidad de un "nuevo paradigma" mediante el cual el papel central de los gobiernos debe ser el despliegue de los recursos de una nación (trabajo y capital) con altos y crecientes niveles de productividad. Es decir, que según Porter, el motor del desarrollo y el bienestar colectivo es y debe ser la productividad industrial y, la misión del Gobierno, continúa Porter, debe estar dirigida hacia "la creación de un entorno innovador que permita mejorar continuamente las ventajas competitivas de la industria nacional y la penetración de nuevos segmentos avanzados del mercado mundial".

Pero esta visión del desarrollo, como el mismo Porter lo admite, es necesariamente parcial. Hay otros factores determinantes tan importantes como el mercado, y así vemos que los países que son ejemplos de ese nuevo paradigma competitivo, como los llamados Tigres del Sudeste Asiático, Taiwan, Singapur, Hong Kong, y Corea, figuran entre aquellos que más han contaminado el ambiente; y con serios problemas sociales que aún no han resuelto como las condiciones de un trabajo digno, y otras más básicas como la alimentación y la vivienda; y donde las enfermedades de transmisión sexual se han convertido en un problema nacional por su creciente morbilidad y mortalidad. En los países occidentales que recién entran en la economía de mercado, los efectos indeseados del desarrollo económico acelerado han tenido que ver con una alta tasa de desempleo y, paradójicamente, con el estancamiento o la desaparición de la industrial nacional. Tal como lo señala un estudio reciente del Grupo de Lisboa (Limites a Competiçao, 1994), el mercado es miope, y "la competición entre las empresas no podrá, de por sí, resolver en forma eficiente los problemas mundiales de largo plazo. El mercado es incapaz de prever adecuadamente el futuro: por su propia naturaleza es escaso en visión". En otras palabras, en el entorno competitivo de hoy, en el nuevo paradigma de Porter, hay también que definir nuevas reglas del juego que apunten hacia un sentido ético global, entendido éste como el bienestar del planeta como tal, y no hacia el lucro y dominación de un grupo de empresas o naciones en particular.

A este nuevo concepto ético, no escapa la ciencia y la tecnología como hemos visto anteriormente, pues si de biotecnología hablamos no solo las enfermedades rentables son importantes para desarrollar nuevas drogas y vacunas para toda la humanidad; y la agricultura sostenible no solamente requiere de novedosos biopesticidas y otros sustitutos de agentes químicos, sino un mayor valor nutritivo para cereales y otros rubros agrícolas que son necesarios para alimentar a la llamada "aldea global" como un todo. Uno se pregunta, con el Grupo de Lisboa, ¿quien hace ese nuevo contrato social entre la humanidad y la tierra? O más bien, debería realmente existir un "contrato" físico, o una especie de código de ética autoritaria, como diría Fromm, o quizás sería mejor establecer una "ética humanística" que a través de la educación del individuo lo prevenga contra los "mordiscos" de la tecnología que cita Tenner en su libro.

Las respuestas de la sociedad ante el dilema tecnológico que plantea la biotecnología hasta ahora han consistido en la prohibición. Ante lo desconocido, lo mejor es prohibir, evitar, o bloquear el curso de la ciencia sin reparar en el daño que esto puede causar a la propia humanidad. Como no es frecuente tener ministros de ciencia en los gabinetes, ni asesores científicos en el Congreso; y las academias de ciencia de los países en desarrollo no son muy activas que digamos, entonces no hay quien pueda opinar con propiedad sobre las implicaciones éticas del conocimiento científico y tecnológico en la sociedad. En otras palabras, hay una irresponsabilidad casi total de la propia sociedad ante los descubrimientos y sus consecuencias.

En Estados Unidos, por ejemplo, la Comisión de Etica que nombró el Presidente Clinton como medida perentoria ante el clonamiento de la oveja Dolly, hizo las siguientes recomendaciones: (1) El clonamiento de humanos a través del transplante somático de núcleos es moralmente inaceptable, tanto para el sector público como privado, por lo tanto no debe ser financiado o apoyado en forma alguna por la sociedad; (2) Se debe establecer una ley que prohiba expresamente este tipo de clonamiento, aunque dicha ley debe ser revisada cada tres o cinco años para comprobar la conveniencia de dicha prohibición y; (3) Las acciones reguladoras y legales que se tomen para poner en efecto esta prohibición deben ser hechas con el mayor cuidado para evitar un perjuicio a futuras investigaciones en esta área que puedan ser de beneficio para la humanidad; (4) Se debe continuar el debate legal, ético, y religioso sobre las implicaciones del clonaje de animales superiores y sobre la seguridad de este tipo de manipulaciones genéticas y; (5) El público en general debe ser informado sobre esta tecnología y sus implicaciones sociales. Estas recomendaciones, sin embargo, fueron duramente criticadas por la comunidad científica internacional al considerar a la prohibición como una medida precipitada que debió pensarse y analizarse con mayor detenimiento y profundidad, pues podría contribuir a detener investigaciones básicas que serían de utilidad futura para salvar vidas.

En otro aspecto científico, relacionado con la biotecnología pero más cercano a la

América Latina, se habla de valorizar nuestra biodiversidad para explotarla racionalmente y lograr el desarrollo sostenible, por mencionar dos términos en boga. Al respecto, existen en algunos de nuestros países leyes para defender el ambiente, y hasta se trabaja en otra sobre la biodiversidad (de acuerdo al Tratado de Río), sin que tampoco exista capacidad de interlocución para enfrentar esta temática con propiedad, es decir, con un conocimiento y asesoramiento profundo de las ciencias y técnicas subyacentes. Asumir con responsabilidad el conocimiento, y sus profundas ramificaciones sociales y éticas, no radica tanto en la importancia de los problemas que nos afectan ni tampoco en las respectivas leyes que se nos ocurra formular, sino en fortalecer la base educativa para asimilar esas mutaciones epistemológicas.

Ese fortalecimiento tiene que darse en todo el sistema educativo regional, el cual debería reorientarse hacia el logro, al cultivo de la excelencia, y a relacionarse con las necesidades que demandan nuestros países en este nuevo entorno global. Esta universalidad, sin embargo, también supone riesgos éticos pues la fuerza motriz de las economías como ya lo hemos visto es el mercado, el cual es obvio que no apunta necesariamente hacia el bienestar colectivo sino a lo inmediatamente rentable y competitivo como lo anota Porter para todos los países avanzados. Es necesario, entonces, que a través de la educación se establezcan fuerzas que le den un equilibrio a lo meramente económico o comercial, para así lograr un desarrollo más balanceado entre lo tecnológico y lo humano. Solo así estaremos construyendo esa ética humanística que supone a cada individuo como rector de su destino y vehículo de su propio bienestar.

Ese ser educado podrá cuestionar lo que no es ético y velará individualmente porque se cumplan las normas y leyes que la sociedad se impone a sí misma para lograr un bienestar colectivo sostenible. El conocimiento, será la brújula que le indique a hombres y mujeres la senda de su felicidad, y tal como lo anotó Bacon en la obra ya citada: "antes llega el cojo que está en buen camino, que el corredor que no está en él. Es también evidente que cuando se va por el camino extraviado, tanto más se desvía uno, cuanto es más hábil y ligero."

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