El desafío de la ética
en la investigación científica y tecnológica: El caso
de la biotecnología
"El acceso al conocimiento es el acceso al poder"; y
"los medios básicos de producción de las naciones
ya no son ni el capital, ni los recursos naturales renovables ni el trabajo,
no. Es, y lo será, el conocimiento el principal recurso de la sociedad
post-capitalista". Entre ambas afirmaciones, cada vez más
obvias, median 370 años de historia que señalan la diferencia
entre las fechas de publicación de la obra Novum Organum de
Francis Bacon, y la Sociedad Post-capitalista (The Post-Capitalist Society)
de Peter Drucker que aparecen, respectivamente, en 1620 y 1990.
Este poder que da el conocimiento impone una enorme responsabilidad ética
en el científico, y en los líderes de la sociedad misma, pues
vivimos una época donde los descubrimientos científicos no
solamente se producen en forma acelerada sino que afectan profundamente
nuestra vida cotidiana, como es el caso de la biotecnología avanzada.
Adelantándose a la ingeniería genética y al dilema
ético que supone el clonaje de animales superiores que conocimos
por primera vez en marzo de este año, Peter Medawar trató
este delicado tema diez años antes. Medawar, quien fuera en vida
un gran científico de la medicina, y denso escritor de pensamiento
filosófico luminoso, ganó el Premio Nobel de Medicina en 1960;
y en 1977 escribió lo siguiente en uno de sus tantos ensayos, titulado
La amenaza y la gloria (The threat and the glory), "Es la
mayor gloria pero también la mayor amenaza de la ciencia que cualquier
cosa que en principio sea posible hacerla sea en efecto realizada si la
intención es suficientemente resoluta. Los científicos podrán
regocijarse en la gloria, pero la gente común más bien tendrá
temor ante la amenaza. Más adelante, Medawar se plantea la posibilidad
del clonamiento de humanos al relatar en el ensayo una conversación
con otro científico también ganador del Premio Nobel y notable
pensador, Jacques Monod, y nos dice Medawar: "el procedimiento (del
clonaje) no debería ser muy difícil. El primer paso sería
el lavado de la Trompa de Falopio para obtener un óvulo fertilizado,
para luego mantenerlo fuera del cuerpo en condiciones estériles y
con todos los nutrientes necesarios de tal manera que pudiera ser manipulado.
El núcleo, se reemplazaría por otro de una célula humana
como las de los glóbulos blancos (linfocitos) del individuo que se
quiera clonar, y luego se dejaría que la célula clonada se
dividiera varias veces para reimplantar el embrión en el útero
de una nodriza voluntaria."
El clonamiento humano aún no ha sido hecho, pero veinte años
después del escrito de Medawar, un grupo escocés produjo la
ahora célebre oveja Dolly, mediante un proceso bastante similar al
descrito en 1977. Ian Wilmut, el solitario investigador de PPL Therapeutics,
en lugar de tomar células ya fertilizadas y por ende, programadas
para dividirse y formar un embrión, tomó óvulos vírgenes
de una oveja a los que les reemplazó el núcleo con el de células
mamarias a las que previamente había reprogramado para que sus núcleos
pudieran dividirse al fusionarse con células germinales y así
dar lugar a un embrión. La respuesta del mundo desarrollado no se
hizo esperar, y allí resalta la comisión de ética que
ipso facto formó el Presidente de los Estados Unidos para que en
un plazo perentorio hiciera sus recomendaciones sobre el clonamiento de
humanos, pero de eso hablaremos más adelante.
Medawar, en otro de sus ensayos, Reflexiones sobre la ciencia y la
civilización" publicado en 1972, asoma una solución
al dilema entre la "amenaza y la gloria" de la investigación
científica y tecnológica, cuando nos dice que: "las
soluciones para las desgracias de origen tecnológico también
se pueden encontrar en la propia tecnología... y por supuesto, nada
pasará mientras haya un convencimiento generalizado que la tecnología
debe permanecer sujeta a las reglas de la moralidad y estar constantemente
vigilada para que sus extravíos o desaciertos puedan prevenirse o
curarse". Y esto nos lleva al meollo del tema que aquí tratamos,
la bioética, que en realidad no deberíamos llamarla así
pues existe una sola ética que debe aplicarse a todas las manifestaciones
de civilización. Fernando Savater, el notable escritor español
y gran divulgador de la filosofía universal, nos dice en su ameno
libro Etica para Amador, que la ética es el arte de pasarla
bien, en el más amplio sentido de la palabra, es decir, en la
búsqueda de la felicidad y el bienestar individual y en esto coincide
y ejemplifica abundantemente, en ese libro, a los conceptos de ética
de Aristóteles, Spinoza y Dewey; pero es Erich Fromm, en su libro
Man for Himself, publicado en 1947, quien asocia directamente la
ética con el conocimiento cuando expresa que: "En la tradición
de la ética humanística (en oposición a la ética
autoritaria) prevalece el concepto que es el conocimiento del hombre
la base para establecer normas y valores". En otras palabras, solo
podremos buscar y obtener ese bienestar individual en la medida en que sepamos
como hacerlo, y como, en esa búsqueda, no perjudicar a los demás
pues de ser así, a la larga se detendría o evitaría
la consecución de esa felicidad. Y es allí, precisamente,
en el equilibrio entre el bienestar individual y el colectivo donde radican
los valores éticos que deben normar a la humanidad, incluida, por
supuesto, la investigación científica y tecnológica.
Demos, entonces, un vistazo a las oportunidades y riesgos que nos ofrece
la biotecnología actual a la luz de dos fuerzas dominantes de la
contemporaneidad, los medios de comunicación masiva y la llamada
economía global de mercado; para luego concluir con una reflexión
ética sobre el comportamiento deseable de la biotecnología
del futuro.
La biotecnología moderna está ahora en proceso de generar
la medicina del futuro, la medicina molecular, la cual también involucra
una paradoja pues en lugar de examinar a enfermos y administrarles medicamentos,
los médicos moleculares se ocuparán más bien de los
sanos, y según el examen de sus caracteres hereditarios (genes),
harán un seguimiento bioquímico para en el momento preciso,
dar un tratamiento que evite la enfermedad. De esta manera, el mejor médico
será aquel que no vea ¡pacientes!, pues a todos los que atienda
seguirán siendo sanos. Por supuesto, también quedarán
los médicos tradicionales como los conocemos hoy, pero éstos
cada vez más se ayudarán con sofisticados laboratorios especializados
en genómica, la nueva ciencia que estudia los genes
que almacenan y codifican toda la información necesaria para dar
origen a un ser vivo.
Esta "ficción" médica comienza a ser realidad
hoy con empresas recién salidas del proyecto del Genoma Humano, con
nombres como Darwin Molecular Techniques, Affymetrix, y Human
Genome Sciences, las cuales poseen las secuencias de genes que contribuyen
a la causa de muchas enfermedades y que se pueden detectar a través
de los llamados genechips, o virutas génicas, que son diminutas
láminas de silicona o de vidrio, de un centimetro cuadrado de superficie,
con la capacidad de analizar simultáneamente hasta 400,000 lecturas
diferentes de genes de interés médico, o lucrativos... Y de
este desarrollo tan potencialmente beneficioso para la humanidad, también
aflora el riesgo para la privacidad de los ciudadanos que inadvertidamente
podrían ser seleccionados negativamente por una empresa de seguros,
o para un posible empleo, u objeto de chantaje o manipulación de
su voluntad si el gen en cuestión revela una tendencia o presencia
de una enfermedad socialmente marcante, como la demencia o la depresión.
La medicina del futuro, sin embargo, seguirá las mismas fuerzas
que hasta ahora han dado soporte a la industria farmacéutica multinacional,
el mercado, de tal suerte que solo las enfermedades o dolencias rentables
seran las "merecedoras" de la inversión de los cientos
de millones de dólares necesarios para desarrollar una nueva droga.
Y así vemos como hoy, más del 80% de la investigación
biomédica se centra en enfermedades cardiovasculares, crónicas,
y el cáncer que son las principales causas de muerte de los países
desarrollados, mientras que muy poco se destina para la malnutrición,
y las infecto-contagiosas que afectan a la mayoría de la población
mundial, pero que vive en el Sur del globo terráqueo. Enfermedades
como el Sida y la Hepatitis-B, altamente lucrativas pero que afectan a 14
millones de habitantes, se llevan miles de millones de dólares en
investigación y desarrollo; mientras que la malaria y otras enfermedades
tropicales, por ejemplo, que afectan a más de 700 millones de pobres
no tienen ni siquiera cien millones para vacunas y drogas terapéuticas.
La ausencia de la malaria en las prioridades mundiales de la salud, por
ejemplo, quedó plasmada en una reciente reunión internacional,
reseñada por la revista Nature del 17 de julio de 1997, donde
se cita la declaración de un alto representante del Banco Mundial
en el sentido de que: "Hablar sobre redes de investigación
no va a poner a la malaria en la agenda global".
Otro aspecto igualmente importante y de indudables implicaciones éticas
está ocurriendo ahora mismo con un descubrimiento dado a conocer
hace escasamente dos meses, por el investigador estadounidense John Gearhart,
de la Universidad John Hopkins en Baltimore. Gearhart y su estudiante Michael
Shamblot, demostraron en el XIII Congreso Internacional de Biología
del Desarrollo, que ellos pueden cultivar células humanas extraídas
de abortos con embriones de cinco a siete semanas de gestación, y
con la capacidad de producir (diferenciarse) cualquier tipo de tejido humano
posible. Es decir, que de esas células totipotenciales, se podrán
producir órganos enteros como el hígado o el corazón,
u ojos, piel, huesos, nervios, músculos, y perfeccionando un poco
la cosa no sería disparatado la construcción de un miembro
completo del cuerpo humano...
Este desarrollo dejaría "obsoleta" a una de las potenciales
aplicaciones de una futura y ciertamente posible clonación de humanos,
y que desde ya ha tenido justificados cuestionamientos éticos como
ha sido la producción de clones para transplantes de órganos.
Pero un futuro banco de órganos biosintéticos producidos por
cultivos celulares en el laboratorio, podría también estimular
la ocurrencia de abortos voluntarios para producir células totipotenciales,
o la aparición de un mercado secundario de embriones, o la alteración
genética de esas células embrionarias para que completen la
formación de otro ser humano con características preconcebidas,
o sea, una especie de ingeniería humana hecha a la medida del cliente.
En la agricultura, hay también acelerados cambios biotecnológicos
que pueden afectar positiva o negativamente nuestras vidas, y al ambiente
en que vivimos. Los países con excedentes agrícolas, por ejemplo,
podrían sustituir parte de las siembras de productos alimenticios
para dedicarlas a la producción de sustancias farmacéuticas
o industriales. Hoy día, por ejemplo, se pueden usar cereales y otras
plantas nutritivas para producir combustibles (etanol), aceites para cajas
de transmisión de vehículos automotores, grasas bajas en calorías,
plásticos biodegradables, o vacunas y fármacos contra enfermedades
rentables. Queda la interrogante, entonces, de cómo afectará
esta novedosa tendencia agro-industrial a la agricultura convencional en
la atención de las necesidades de alimentación de una población
mundial creciente.
La agricultura convencional, dicho sea de paso, se sostiene a través
de mecanismos poco amigables al ambiente como son el uso intensivo de agroquímicos,
la explotación masiva del suelo, y la siembra de monocultivos de
especies homogéneas. La respuesta de la biotecnología moderna
aquí tampoco se ha hecho esperar, pero los mismos avances tecnológicos
(la gloria, de Medawar) supone nuevos problemas (las amenazas). Así
vemos que la mayoría de las aplicaciones biotecnológicas van
dirigidas hacia la producción de plantas que produzcan sus propios
biopesticidas, y que además sean resistentes a herbicidas.
El reto ético, entonces, será en como evitar la amenaza
que supone la aparición de super-insectos que desarrollen resistencias
a tales biomoléculas, así como aparecieron las bacterias que
son resistentes a múltiples antibióticos por el mal uso y
abuso de estos químicos. Y si bien es cierto que con la modificación
genética de las plantas para hacerlas resistentes a herbicidas, se
incrementará notablemente el rendimiento de muchos cultivos esenciales
para la alimentación de nuestros ciudadanos; también se podría
poner en peligro toda una región agrícola donde pudiera ocurrir
una transferencia de esos genes introducidos al arroz, por ejemplo, a una
mala hierba relacionada genéticamente con esta gramínea. Las
plantas, como lo expresa Edward Tenner, en su libro sobre la tecnología
y sus consecuencias inesperadas, Why things bite back (una traducción
libre sería, los mordiscos de la tecnología), nos dice que
"las plantas pueden hacer lo mismo que los animales, solo que más
despacio... y cuando de invasiones se trata, las plantas pueden hacer mas
daño que los animales y hasta más rápido".
Los medios de comunicación masiva tienen mucho que ver (o todo
que ver) con la percepción social de la biotecnología, y del
conocimiento en general, y esa visión es usualmente distorsionada.
A menudo, por ejemplo, vemos reportajes sobre seres humanos o humanoides
idénticos (clones); o la noción extremadamente simplista de
la existencia de genes que por si solos son causantes de enfermedades de
causas múltiples como el cancer, la aterosclerosis, la diábetes,
Alzheimer, o las cardiovaculares. El mal uso y abuso del conocimiento
científico y tecnológico, está en presente en todos
los medios de comunicación, en el cine, la televisión, la
prensa diaria, los libros de divulgación, o en una Internet
que puede llegar a ser hostil e inducir a una persona a un novísimo
ciber-vicio.
El anticonocimiento, o sea, la preservación de la ignorancia es
algo que se propaga también en los medios de comunicación
masiva. La anticiencia siempre tendrá público porque la gente
desconfía de lo que no conoce, como la ciencia, y es por ello que
cuando dicen que ésta es mala el ciudadano se siente confortable
por la reafirmación a lo que teme. Así vemos que en los llamados
bestsellers, o los blockbusters del cine, es cada vez más
frecuente el tema anticientífico. En una lista cada día mayor
encontramos títulos como Jurassic Park, The Net, Multiplicity
y ahora aparece entre los libros más vendidos de Estados Unidos,
The Third Twin, (El Tercer Gemelo) un libro del autor Ken Follet,
donde hay hasta ocho clones humanos con una tendencia claramente violenta
hacia el crimen, el sadismo, la violación, etc. La ética,
o la bioética, como se le quiera llamar, no abarca solamente a los
científicos, sino a los medios de comunicación y a los recipientes
de ésta, que hasta ahora se comportan mayoritariamente como receptores
pasivos de la desinformación.
Otro factor de primordial importancia al considerar la ética de
la investigación científica y tecnológica es la llamada
economía global, el liberalismo económico, o la economía
de mercado, como ya lo anotamos al principio. Michael Porter, en su influyente
libro, La ventaja competitiva de las naciones (The Competitive Advantage
of Nations), publicado en 1990, hace referencia a la necesidad de un
"nuevo paradigma" mediante el cual el papel central de los
gobiernos debe ser el despliegue de los recursos de una nación (trabajo
y capital) con altos y crecientes niveles de productividad. Es decir,
que según Porter, el motor del desarrollo y el bienestar colectivo
es y debe ser la productividad industrial y, la misión del Gobierno,
continúa Porter, debe estar dirigida hacia "la creación
de un entorno innovador que permita mejorar continuamente las ventajas competitivas
de la industria nacional y la penetración de nuevos segmentos avanzados
del mercado mundial".
Pero esta visión del desarrollo, como el mismo Porter lo admite,
es necesariamente parcial. Hay otros factores determinantes tan importantes
como el mercado, y así vemos que los países que son ejemplos
de ese nuevo paradigma competitivo, como los llamados Tigres del Sudeste
Asiático, Taiwan, Singapur, Hong Kong, y Corea, figuran entre aquellos
que más han contaminado el ambiente; y con serios problemas sociales
que aún no han resuelto como las condiciones de un trabajo digno,
y otras más básicas como la alimentación y la vivienda;
y donde las enfermedades de transmisión sexual se han convertido
en un problema nacional por su creciente morbilidad y mortalidad. En los
países occidentales que recién entran en la economía
de mercado, los efectos indeseados del desarrollo económico acelerado
han tenido que ver con una alta tasa de desempleo y, paradójicamente,
con el estancamiento o la desaparición de la industrial nacional.
Tal como lo señala un estudio reciente del Grupo de Lisboa (Limites
a Competiçao, 1994), el mercado es miope, y "la competición
entre las empresas no podrá, de por sí, resolver en forma
eficiente los problemas mundiales de largo plazo. El mercado es incapaz
de prever adecuadamente el futuro: por su propia naturaleza es escaso en
visión". En otras palabras, en el entorno competitivo de
hoy, en el nuevo paradigma de Porter, hay también que definir nuevas
reglas del juego que apunten hacia un sentido ético global, entendido
éste como el bienestar del planeta como tal, y no hacia el lucro
y dominación de un grupo de empresas o naciones en particular.
A este nuevo concepto ético, no escapa la ciencia y la tecnología
como hemos visto anteriormente, pues si de biotecnología hablamos
no solo las enfermedades rentables son importantes para desarrollar nuevas
drogas y vacunas para toda la humanidad; y la agricultura sostenible no
solamente requiere de novedosos biopesticidas y otros sustitutos de agentes
químicos, sino un mayor valor nutritivo para cereales y otros rubros
agrícolas que son necesarios para alimentar a la llamada "aldea
global" como un todo. Uno se pregunta, con el Grupo de Lisboa, ¿quien
hace ese nuevo contrato social entre la humanidad y la tierra? O más
bien, debería realmente existir un "contrato" físico,
o una especie de código de ética autoritaria, como diría
Fromm, o quizás sería mejor establecer una "ética
humanística" que a través de la educación del
individuo lo prevenga contra los "mordiscos" de la tecnología
que cita Tenner en su libro.
Las respuestas de la sociedad ante el dilema tecnológico que plantea
la biotecnología hasta ahora han consistido en la prohibición.
Ante lo desconocido, lo mejor es prohibir, evitar, o bloquear el curso de
la ciencia sin reparar en el daño que esto puede causar a la propia
humanidad. Como no es frecuente tener ministros de ciencia en los gabinetes,
ni asesores científicos en el Congreso; y las academias de ciencia
de los países en desarrollo no son muy activas que digamos, entonces
no hay quien pueda opinar con propiedad sobre las implicaciones éticas
del conocimiento científico y tecnológico en la sociedad.
En otras palabras, hay una irresponsabilidad casi total de la propia sociedad
ante los descubrimientos y sus consecuencias.
En Estados Unidos, por ejemplo, la Comisión de Etica que nombró
el Presidente Clinton como medida perentoria ante el clonamiento de la oveja
Dolly, hizo las siguientes recomendaciones: (1) El clonamiento de humanos
a través del transplante somático de núcleos es moralmente
inaceptable, tanto para el sector público como privado, por lo tanto
no debe ser financiado o apoyado en forma alguna por la sociedad; (2) Se
debe establecer una ley que prohiba expresamente este tipo de clonamiento,
aunque dicha ley debe ser revisada cada tres o cinco años para comprobar
la conveniencia de dicha prohibición y; (3) Las acciones reguladoras
y legales que se tomen para poner en efecto esta prohibición deben
ser hechas con el mayor cuidado para evitar un perjuicio a futuras investigaciones
en esta área que puedan ser de beneficio para la humanidad; (4) Se
debe continuar el debate legal, ético, y religioso sobre las implicaciones
del clonaje de animales superiores y sobre la seguridad de este tipo de
manipulaciones genéticas y; (5) El público en general debe
ser informado sobre esta tecnología y sus implicaciones sociales.
Estas recomendaciones, sin embargo, fueron duramente criticadas por la comunidad
científica internacional al considerar a la prohibición como
una medida precipitada que debió pensarse y analizarse con mayor
detenimiento y profundidad, pues podría contribuir a detener investigaciones
básicas que serían de utilidad futura para salvar vidas.
En otro aspecto científico, relacionado con la biotecnología
pero más cercano a la
América Latina, se habla de valorizar nuestra biodiversidad para
explotarla racionalmente y lograr el desarrollo sostenible, por mencionar
dos términos en boga. Al respecto, existen en algunos de nuestros
países leyes para defender el ambiente, y hasta se trabaja en otra
sobre la biodiversidad (de acuerdo al Tratado de Río), sin que tampoco
exista capacidad de interlocución para enfrentar esta temática
con propiedad, es decir, con un conocimiento y asesoramiento profundo de
las ciencias y técnicas subyacentes. Asumir con responsabilidad el
conocimiento, y sus profundas ramificaciones sociales y éticas, no
radica tanto en la importancia de los problemas que nos afectan ni tampoco
en las respectivas leyes que se nos ocurra formular, sino en fortalecer
la base educativa para asimilar esas mutaciones epistemológicas.
Ese fortalecimiento tiene que darse en todo el sistema educativo regional,
el cual debería reorientarse hacia el logro, al cultivo de la excelencia,
y a relacionarse con las necesidades que demandan nuestros países
en este nuevo entorno global. Esta universalidad, sin embargo, también
supone riesgos éticos pues la fuerza motriz de las economías
como ya lo hemos visto es el mercado, el cual es obvio que no apunta necesariamente
hacia el bienestar colectivo sino a lo inmediatamente rentable y competitivo
como lo anota Porter para todos los países avanzados. Es necesario,
entonces, que a través de la educación se establezcan fuerzas
que le den un equilibrio a lo meramente económico o comercial, para
así lograr un desarrollo más balanceado entre lo tecnológico
y lo humano. Solo así estaremos construyendo esa ética humanística
que supone a cada individuo como rector de su destino y vehículo
de su propio bienestar.
Ese ser educado podrá cuestionar lo que no es ético y velará
individualmente porque se cumplan las normas y leyes que la sociedad se
impone a sí misma para lograr un bienestar colectivo sostenible.
El conocimiento, será la brújula que le indique a hombres
y mujeres la senda de su felicidad, y tal como lo anotó Bacon en
la obra ya citada: "antes llega el cojo que está en buen
camino, que el corredor que no está en él. Es también
evidente que cuando se va por el camino extraviado, tanto más se
desvía uno, cuanto es más hábil y ligero." |