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El derecho a la información falaz
 
Roberto Hernández Montoya
Fray Francisco Manzo, franciscano, e Iñaki Zorrilla, S.J., se encontraron en una antesala del Vaticano para solicitar permiso para fumar y rezar a la vez. Lo concedieron al jesuita y lo negaron al franciscano. Este comentó que pidió autorización para fumar durante el rezo.
"Así no era, hermano" comentó el sagaz Zorrilla, S.J., yo pedí permiso para rezar mientras fumaba.
¿Quién dijo la verdad?
Un vaso tiene agua por la mitad. ¿Está medio lleno o está medio vacío? Ambas fórmulas son ciertas, pero tienen efectos de sentido radicalmente opuestos.
Siempre se ha discutido qué es la verdad. Es facilísimo decir que es la correspondencia entre dicho y hecho. Pero como vimos en las proposiciones antes mencionadas no siempre esa correspondencia es obvia. Depende de una redacción. Por eso decía Ludwig Wittgestein que una proposición es una figura experimental de la realidad. Las únicas verdades incondicionales son las tautologías: "Una rosa es una rosa es una rosa", pero, como también dice Wittgestein, no informan de nada.
En este entrevero epistemológico han concurrido dos matrices etológicas: la ateniense y la bíblica. La ateniense dice: "Estoy persuadido de que lo que afirmo es cierto, pero como puedo equivocarme te agradezco, si es el caso, que me saques de mi error porque me harás un gran servicio". Como en la ciencia. Cualquier Einstein puede demostrar los errores de Newton, con todo el respeto, pues, según Aristóteles, "amicus Plato, sed magis amica veritas", "Platón es mi amigo, pero más amiga es la verdad".
La matriz etológica bíblica, por el contrario, declara: "He aquí que en verdad os digo", "el que no está conmigo está contra mí", "lo que digo es verdad porque la voz de Dios fluye por mis labios", etc. Esta matriz funcionaba cuando Dios andaba por el mundo. Adán tenía una duda: "Papá, ¿por dónde le entra el agua al coco?", y Dios se la aclaraba. Pero ahora cualquiera pretende que es terciante de Dios y por eso se desatan guerras de religión, porque siempre soy yo el que tiene la interpretación verdadera de la palabra divina.
La raíz ateniense se manifestó en la libertad de cultos, para que fuera la gente la que decidiera quién decía la verdad. El Estado no debía mezclarse en la veridicción. Pero no ha sido fácil impedir a popes, reyes, imanes, príncipes, pontífices y dictadores decretar la verdad. El Congreso y el Gobierno norteamericanos fantasean aún decidir qué es decente transmitir a través de más de 80 millones de páginas WWW en todo el planeta. En una época y aún para muchos verdad era todo lo que decía Stalin a través del periódico Pravda, cuyo nombre en ruso, por cierto, significa ëverdadí.
No es malo que los medios sean veraces. El problema es quién decide qué es veraz. Es más, a veces me pregunto hasta qué punto es malo mentir, no solo para echar el cuento del hada madrina o del caballero manchego, sino porque también el periodista tiene derecho a equivocarse. De sucesivas equivocaciones se han destilado muchas que consideramos verdades, como en la ciencia.
¿No es la gente quien tiene la potestad de decidir qué es la verdad?¿O es alguien que pretende que tiene a Dios agarrado por la chiva?
Y, por cierto, ¿estaré diciendo la verdad?

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