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Una economía de dos extremos

Vilma E. Petrásh

Un factor esencial sobre el cual se ha asentado el predominio mundial ostentado por los EE.UU. a lo largo de este agonizante siglo ha sido sin duda su vigorosa economía. De hecho, fue precisamente la conversión post-1945 de la economía de esa país en "locomotora del mundo" gracias a factores como la producción masiva de productos de alta calidad para un mercado interno y mercados foráneos en incesante expansión, lo que coadyuvaría a apuntalar su pujante poderío global.

No obstante, debe recordarse que si bien prácticamente hasta fines de los sesenta los consumidores de una gran porción del planeta demandaban productos "made in USA", los productores y consumidores estadounidenses dependían poco de los mercados externos para sostener su expansiva producción y sus voracidad adquisitiva. Rica como era en recursos, la industria nacional de ese país lucía perfectamente capaz de proveer a su población de bienes abundantes contribuyendo a crear de ese modo la llamada "sociedad afluente" de los sesenta. De allí que, con tan extravagante disponibilidad de recursos, se anclara en el subconsciente colectivo de ese país --y particularmente entre sus sectores políticos-- la imagen casi mítica de una economía de crecimiento y prosperidad ilimitadas y por tanto invulnerable, y se procediera por tanto a crear, consolidar y expandir un amplio complejo militar-industrial de grandes exigencias infraestructurales, humanas y por supuesto presupuestarias, una burocracia federal leviatánica y, finalmente, una gama creciente de programas de bienestar social o para el avance de las minorías, orientados a satisfacer las necesidades y aspiraciones de los distintos segmentos de la población que pronto conformarían el exigente mercado étnico y de género característico de la conflictiva y balcanizada multiculturalidad del EE.UU. contemporáneo.

Interdependencia y reconversión al postindustrialismo

Esta situación de bonanza económica doméstica y de virtual invulnerabilidad externa comenzó a desmoronarse al cierre de los años sesenta. En efecto, aún antes del primer shock petrolero de 1973, la economía de los EE.UU. daría señales preocupantes de debilidad, las cuales alcanzarían su clímax a fines de esa década cuando la elevación de los precios energéticos develó dos cosas con abrumadora claridad: no sólo que la locomotora económica del planeta era vulnerable a sucesos políticos y económicos allende sus fronteras sino, además, que el aletargado parque industrial estadounidense no estaba en condiciones de enfrentar los desafíos de productividad y competitividad planteados por los dos nuevos polos de poder --la CE y Japón-- de una economía globalizada en acelerado, profundo e incontenible proceso de cambio. Polos, valga recordar, cuya emergencia había sido en parte estimulada por el triunfo económico de la doctrina estadounidense de "contención global del comunismo". De allí pues el "éxito" obtenido con una Europa Occidental y del Norte económicamente reconstruida que incluiría a una Alemania ciertamente divida, pero la mitad de ella "pacificada" e integrada al modo de vida "democrático-capitalista", y con un Japón también "pacificado", aunque optando sus élites presuntamente "domesticadas" por reemplazar a partir de la década de los 50 su búsqueda "geopolítica" de "poder duro" --abiertamente emprendida en los años 30 y 40-- por las oportunidades de "poder blando" ofrecidas por la geoeconomía.

Entretanto, los consentidos consumidores estadounidenses tan acostumbrados al "presentismo" de una economía de aparente crecimiento ilimitado, verían satisfechas desde los setenta, pero más aún a lo largo de los ochenta, sus cuasi insaciables ansias de consumo, no con producción nacional --dada la obsesión de las firmas estadounidenses con la obtención de beneficios a corto plazo y su resultante indisposición a invertir en áreas de investigación, desarrollo e innovación tecnológica-- sino con productos importados. Desafortunadamente tan altos y crecientes niveles de demanda serían sufragados mediante la inmediatista ilusión del dinero plástico.

No es pues de extrañar que ya en los ochenta fuese inocultable la presencia de síntomas de decadencia económica similares a los evidenciados en Gran Bretaña en las postrimerías del siglo pasado: anquilosadas actitudes empresariales hacia la gerencia, producción, relaciones laborales y mercadeo causantes, a su vez, de reducidos niveles de inversión y bajo énfasis del sistema educativo en áreas de ciencias, tecnología, y gerencia empresarial.

La economía post-ajuste: desnacionalización y desindustrialización

¿ Qué puede haber ocurrido entonces en el transcurso de una década para que la economía del gigante hemisférico y mundial haya dado un vuelco tan diametral y recuperado con creces su anterior liderazgo, al tiempo que las de sus más cercanos competidores confrontan situaciones de estancamiento o de lento y bajo crecimiento? La respuesta es simple: las grandes corporaciones estadounidenses aprendieron y asimilaron las duras lecciones de la competencia global, introduciendo procesos de reingeniería organizacionalmente audaces aunque socialmente onerosos. En consecuencia, la economía de los EE.UU. ha devenido en pieza integral del mercado mundial. Ello ha implicado la desnacionalización de una entidad otrora autosuficiente y ahora masivamente reconvertida para enfrentar los retos del mundo post-industrial, así como la consecuente transformación de su mercado doméstico en espacio crucial de la competencia corporativa global, dentro del cual se libran luchas entre las más poderosas y eficientes empresas del planeta.

Desafortunadamente, en el proceso de recuperar sus ámbitos de competitividad global, la "América corporativa" optó por hacerse organizacionalmente más "ligera", aunque más "ruda" en el ámbito de las relaciones gerenciales-laborales, provocando así una de las más dramáticas transformaciones del mercado de trabajo estadounidense: miles de personas fueron despedidas en los niveles gerenciales altos, pero en especial medios, y en las líneas de producción o ensamblaje. Como resultado, los trabajadores a tiempo completo empezaron cada vez más a trabajar jornadas extras, lo cual implicó el re-entrenamiento y re-educación de éstos a fin de prepararlos para acometer las tareas y funciones de los trabajadores desechados. Por su parte, los nuevos trabajadores tenderían a ser contratados a tiempo parcial, a título temporal o bajo contratos de consultoría en calidad de "trabajadores independientes", pero todos sin derecho a pensiones, seguros médicos o bonos vacacionales. De allí pues que desde entonces y hasta el presente se haya instalado en la masa laboral estadounidense --y muy particularmente entre los sectores de reducida calificación y, por lo general, sin título universitario-- un sentimiento hondo y generalizado de inseguridad laboral y de temor al desempleo.

El saldo de esta encarnizada batalla por ajustar --desnacionalizando y desindustrializando-- la economía individualmente más grande, poderosa y una de las más competitivas del planeta a los imperativos presuntamente "neutros" de flexibilidad, eficiencia, productividad, y competitividad de una economía global no territorial y en vertiginoso e incesante movimiento, no podía ser más asimétrico. Por una parte corporaciones estadounidenses cada vez más "virtuales" como Intel, Motorola o Microsoft se han transformado en empresas de prestigio y alcance globales y en líderes indiscutibles en su campo; las industria automotriz ha recuperado importantes segmentos del mercado automotor mundial, acortando buena parte de la brecha que la separaba de sus competidores asiáticos; asimismo, dado que los EE.UU. se han convertido en un abastecedor de bajo costo de los más sofisticados bienes y servicios como "software" y servicios financieros, un grupo importante de empresas extranjeras se han estado relocalizando de manera creciente en territorio estadounidense, con miras a abaratar sus costos y evitar aranceles. Last but not least, los bancos, fondos mutuales, líneas aéreas, firmas de contabilidad, empresas cinematográficas y una inmensa variedad de empresas consultoras de los EE.UU. están en la actualidad dominando el comercio internacional de servicios. Resulta entonces natural que una economía como la estadounidense de 6,7 billones (trillones en EE.UU.) de dólares esté generando unos niveles de riqueza y oportunidades irreproducibles en el resto del mundo.

En contrapartida, los trabajadores estadounidenses también se han convertido en los más productivos del planeta, pero ahora sin contar con la red de seguridad laboral de la que habían gozado en la edad de oro del industrialismo estadounidense. Por tal razón, la población de los EE.UU. presenta un cuadro societalmente preocupante y desestabilizante que refleja una situación compartida en muchos sentidos por el grueso de las poblaciones del mundo. Valga mencionar algunas de sus características:

(1) En EE.UU. la desigualdad social se ha acrecentado, aun a pesar de las claras evidencias de recuperación de la economía. Tal es así que hoy por hoy el 1% de los estadounidenses posee el 40% de la riqueza de ese país. (2) El crecimiento económico estadounidense se ha visto acompañado de substanciales dividendos para el capital y menores retornos para el sector laboral. En efecto, el nivel del ingreso por concepto de capital de las familias localizadas en el 1% de la pirámide distributiva del ingreso se duplicó entre 1979 y 1989, debido al incremento en las tasas de interés real y al boom del mercado de valores. En cambio, los salarios reales (salarios ajustados a la inflación) e ingresos familiares de los individuos localizados en las capas más bajas de la pirámide de distribución del ingreso han venido declinando en forma constante desde principios de los setenta. A modo ilustrativo cabe acotar que el salario mínimo actual de los trabajadores a tiempo completo de más baja calificación de ese país está en la actualidad por debajo del nivel salarial real percibido por ellos hace dos décadas, mientras que sólo entre 1989 y 1994, el ingreso promedio familiar se redujo en más de 2.000 dólares estadounidenses o en un 5.2%. La situación arriba descrita se hace tanto más dramática cuando se considera que la mayoría de los estadounidenses han experimentado un estancamiento salarial en los últimos veinte años. (3) Si bien la tasa de desempleo es inferior a 5.5%, esta cifra omite a las personas que laboran involuntariamente a medio tiempo por no haber encontrado una posición a tiempo completo, así como a aquellas que tras varios intentos infructuosos simplemente han desistido de buscar trabajo. Cabe aclarar que de tomarse en cuenta en los cálculos actuales de desempleo a los trabajadores a tiempo parcial involuntarios y los "descorazonados", la tasa de desempleo de los EE.UU. se elevaría a un 9%, porcentaje todavía más bajo que los reportados en Europa Occidental o Canadá, pero en proporción mucho menor a la sugerida por la actual cifra oficial.

Emergencia de dos extremos

Lo hasta aquí reseñado es, sin duda, revelador de una realidad indebatible en el EE.UU. contemporáneo: primero, que pese a ser aún el centro territorial de la más vibrante y exitosa "democracia de mercado" que haya conocido la humanidad, su sociedad es hoy por hoy la más desigual en términos de distribución del ingreso y de la riqueza del Norte desarrollado; y segundo, que su economía ha devenido en una "economía de dos extremos" (prosperidad en la cúspide de la pirámide social y declinación en el medio y en la base). De hecho, y como bien lo indica el informe "The State of Working America 1996-97" del Instituto de Política Económica con sede en Washington, D.C., la situación que viven la mayor parte de los estadounidenses denota rasgos insoslayables que confirman la existencia de ambos extremos, e.g.: más horas de trabajo (y más de un empleo) por menos dinero; y una sensible ampliación de la desigualdad social reflejada en la reducción de la clase media, una mayor cantidad de personas pobres o empobrecidas, y niveles inéditos de prosperidad de un grupo cada vez más reducido de ricos.

Las citadas evidencias de desigualdad social y deterioro de la calidad de vida de la población de los EE.UU. parecen, a su vez, estar propiciando la progresiva erosión del espíritu optimista, volcado hacia el futuro, y relativamente tolerante de "otredades" del estadounidense medio. Erosión que pudiera estar reflejando la fe decreciente de numerosos trabajadores de los EE.UU. en su capacidad de prosperar. Sobre todo tras un decenio de reducciones, redimensionamientos, correcciones y procesos de reingeniería en la "América Corporativa" que los ha venido condenando, bien al desempleo o bien a la reducción o al estancamiento salarial y, en ambos casos, a engrosar la amplia franja de la población afectada por una distribución del ingreso crecientemente regresiva y desigual.

No es pues de extrañar que en las investigaciones de acreditados analistas económicos y políticos progresistas y "neo-demócratas" de EE.UU. sean cada vez más comunes las referencias al desmoronamiento del "contrato social" entre trabajadores y empresarios que en ese país permitió dar sustento empírico a la aspiración liberal de crear una "buena sociedad", es decir, una sociedad en la cual sus actores privados pudiesen alcanzar su bienestar individual y el de su familia con un mínimo de interferencia o participación gubernamental. Desmoronamiento contractual que parece estar desembocando --según un economista crítico del "fundamentalismo de mercado" como Paul Krugman-- en la emergencia de una sociedad cuyas élites viven como "ex-patriados" de su propia tierra --enviando a sus hijos a escuelas privadas, viviendo en comunidades cerradas protegidas por fuerzas de seguridad privadas, y aún dirigiéndose a sus lugares de trabajo por rutas vigiladas mediante alcabalas privadas--, mientras la educación, el orden público, y la infraestructura de la mayoría de la población se deterioran dramáticamente por efecto de una declinante inversión pública. Todo ello bajo la mirada de un gobierno que --pese a las promesas de Clinton en su segundo discurso inaugural de promover una "nueva política", a fin de crear un "nuevo gobierno" para un "nuevo siglo"-- no ha podido aún reinventar sus históricas funciones sociales, ni mucho menos propiciar "desde arriba" un compromiso auténtico y no retórico-ideológico entre los sectores organizados de la sociedad estadounidense, que devuelva su protagonismo a la sociedad civil y la prepare para asumir los desafíos del post-industrialismo.

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