El grado cero del pensamiento
Roberto Hernández Montoya
En estos adioses del siglo se ha puesto de moda la muerte
de las ideologías. Vemos con la irónica compasión de
Borges por los heresiarcas a todos aquellos que se contorsionan con ideas
fijas, tutelares y absolutas. No estamos como en la Edad Media cuando había
gente que sostenía que saltar en la tumba de cierto santo movilizaba
como nada la fisiología del espíritu, para no hablar de la
circulación sanguínea. Otros que María no era virgen
y que Cristo tuvo una porción de hermanos. Por ideas así mataban
o se hacían matar. Con frecuencia ambas cosas.
Cuando comenzó esta Democracia había un espectro político
bastante didáctico: la izquierda era el Partido Comunista de Venezuela,
la derecha Copei, la izquierda "con vaselina" (Rómulo dixit)
Acción Democrática. URD quedaba como el único enigma
al buen tuntún de los lances de Jóvito Villalba, su líder
total. Era un comodín de la política, premonitorio del presente.
Jóvito era un profeta --ahora, niños, ya saben quién
es el epónimo del Parque del Oeste. De resto la gente se decidía
por un partido u otro según su visión ante la historia de
Venezuela, si aplaudía a los liberales o a los conservadores de la
Guerra Federal, si creía en Dios o no y cómo. Tanto fue así
que cuando Rómulo sumió a AD en la tradición retrógrada
que tanto combatió, los jóvenes, Domingo Alberto Rangel, Jorge
Dáger, Américo Martín, se fueron indignados a la guerrilla,
a matar o a hacerse matar por las ideas traicionadas. Se aliaron en la montaña
con Teodoro y Pompeyo. Luego vino la "democracia con energía"
y con ella la entropía ideológica que ha terminado en este
erial doctrinario. Candidatearse ahora es decir "ese hombre sí
camina", "yo tengo la voluntad", "yo voy palante".
En realidad no se ha acabado ninguna ideología. Lo que se ha acabado
es el marxismo, porque las demás están intactas. Y ni tanto,
porque ahí está Fidel. No he visto al Papa disolver el Vaticano
ni a los ayatolas decir que ya no creen en las cosas esas. La secta Moon
es tan poderosa que la expulsan a pesar de sus inversiones básicas.
Hay gente que acude a una cita con una nave espacial estacionada tras un
cometa. Gente que mata por Euzkadi. No estamos en ese mundo de ciertos intelectuales
admiradores de Borges que han construido una estética sobre su incompetencia
absoluta hasta para escribir, pintar o componer, que se supone que es lo
que saben hacer. Están como los demás: en la ideología
de la desvergüenza, en la que no se oponen visiones del mundo sino
acciones de facto. Así será de pobre el debate que
el único que empuña una ideología es el Movimiento
Bolivariano.
No sé si será mejor así, como propone Janet
Kelly. Si aunque sea hubiera un candidato como lo proponía José
Ignacio, que no hablara tanto y se propusiera tapar unos baches o poner
a funcionar las tuberías. Tal vez ese candidato es Irene, que solo
produce pasión entre quienes la adversan por bonita y por mujer y
entonces dicen la tontería de que es tonta. Es una lástima
que una beldad no produzca pasión entre sus admiradores. Es inconcebible
que en el contexto político cerrado de Venezuela un candidato cimarrón
gane las elecciones y se las respeten. Pero si no va a ser apasionante sería
al menos divertido que ganara Irene.
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