¿Y por qué democracia?
Por extraño que parezca, en el subconsciente de mucha gente yace
como una suerte de tendencia a suponer, o pensar ingenua o inconscientemente-
que el régimen, o los regímenes, existentes en el mundo han
existido durante muchos lustros, decenios o siglos. Parecido fenómeno
se encuentra entre políticos de poca monta, como ayuda a la inercia
de no tener que pensar, ni hacer pensar. Así pretenden hacer creer
a sus propios pueblos -y a otros- que la Democracia siempre ha sido el anhelo,
el desideratum buscado por ellos (los pueblos) y al fin logrado después
de años. Con gran ligereza confunden democracia con libertad y parten
del sofisma de hacer creer que en democracia, siempre, la mayoría
es libre, la mayoría vive mejor, la mayoría puede expresar
lo que siente. Nada más lejos de la verdad: ni siempre los pueblos
han buscado la democracia; ni siempre los gobiernos que la han ejercido
la han identificado con la libertad, al menos con la libertad de todos.
Al través de la historia de la civilización occidental
ni que hablar de las orientales- la democracia ha sido el sistema
político menos practicado en el devenir de sus pueblos y naciones.
En la Antigüedad, escasamente en Atenas (que no en toda Grecia) se
conoció una suerte de estado democrático, talasocrático,
aristocrático, elitesco, para disfrute único de la clase superior,
los ciudadanos, pues los metecos, los ilotas y otros no gozaban de los mismos
derechos. Tal régimen, a duras penas duró un siglo (el de
Pericles que, por lo demás, no fue de cien años); pasó
por un arcontado de veinte tiranos y desapareció con las guerras
del Peloponeso y las de Philipo de Macedonia. La república romana,
más lejos aún estuvo de ser democrática, a pesar de
tener jueces y senado. Era una república patricia y para los patricios,
morigerada en sus postrimerías por la institución del Tribunado
de la Plebe. Ni qué decir de las naciones europeas, antes y después
de la Revolución Francesa, y hasta bien entrado el siglo XX. Todavía,
el recuerdo de Stalin, Hitler, Mussolini, Tito, Franco, del mismo general
De Gaulle, está muy fresco y nos muerde el occipucio. Es más,
sin temor a incurrir en error, se puede afirmar que ninguna de las naciones,
hoy llamadas industrializadas, lograron su desarrollo mediante las bondades
del sistema democrático. Sin ir muy lejos, y por ser el ejemplo más
socorrido, Inglaterra: más de una cabeza real hizo rodar en el tajo;
su revolución industrial, en buena medida, fue a costa del empobrecimiento
de la clase obrera y de la esclavitud infantil de esa clase. Aún
durante el franco reinado del British Empire, quizá en Inglaterra,
existió libertad y participación popular; que no así
en sus colonias: la India, desarticulada socialmente y devastada en sus
industrias incipientes; Africa, granero de negros esclavos, de discriminación
ante los colonizadores y de partición arbitraria de sus naciones
y culturas. Apenas en 1811 decretó Inglaterra la abolición
de la esclavitud en sus colonias.
Sin duda que, a estas alturas, los alienados y transculturados sacarán
el caso de los Estados Unidos. Pues bien, aquí las circunstancias
han sido más aciagas que en Inglaterra. En 1870 la esclavitud no
estaba plenamente abolida (el Decreto de Lincoln no cubría todos
los estados de la Unión). Aún a fines del siglo XX no puede
decirse que la discriminación racial está totalmente abolida.
Las que sí quedaron extinguidas fue la raza aborigen y las manadas
de búfalos. Según algunos, los Estados Unidos son un ejemplo
de democracia por cuanto allí nunca se han producido golpes de estado.
Y eso es verdad, allá no ha habido tan bochornosos movimientos; allá
son más directos y expeditos: matan a los presidentes que no les
gustan. Desde los Adams, pasando por Lincoln hasta los Kennedy, Luther King
y el atentado contra Reagan, los Estados Unidos tienen el record de magnicidios
en el continente. Más que el subdesarrollado México, que ya
es mucho decir.
Y no viremos la mirada hacia América Latina para contemplar sus
llagas aún supurantes: la política del "Big Stick"
(del garrote); la secesión impuesta a Panamá; las múltiples
invasiones en el Caribe; la invasión a la Guatemala de Arbenz (causa
eficiente de la larga guerra civil posterior); el mantenimiento de dictadorzuelos,
cuando no el derrocamiento de regímenes legítimos para imponer
simpatizantes que defiendan sus intereses. Y... ¡Pare de contar! Son
demasiados los porrazos históricos que se llevan en el alma.
Entonces... a qué vienen las tan cacareadas virtudes y bondades
de la democracia. Es indudable que para algunos de los pueblos hoy llamados
industrializados ventajas las ha tenido, pero a un costo descomunal anterior:
satrapías, monarquías, imperios, servilidad de la gleba, tiranías,
absolutismo, dos revoluciones mundiales, dos guerras mundiales, etc., etc.
Ahora bien, si por política entendemos el procurar implantar un
régimen que, desde el Estado, permita tener una idea clara de qué
es lo que se debe llevar a cabo para que la nación alcance su mayor
grado de cultura y bienestar económico, no es forzoso, ni con mucho,
concluir que para lograrlo, en cualquier estadio de desarrollo de una nación,
la democracia es el único o mejor sistema a implantar. Esto, en la
práctica, equivaldría quiérase o no- a tomar
la democracia como un fin, en sí mismo, y no como un medio de perfeccionamiento.
Por el contrario si la escogencia de un régimen político se
enfoca como un problema de selección para y en función de
la nación, de los nacionales, hay que concluir, pensando sanamente,
que dicho sistema no puede ser sino el que instrumentalmente mejor sirva
a la vida nacional. Porque, en último extremo, lo que importa, quien
vive es la nación y no el sistema político o el Estado. Por
ello, para el gran político, para el político de mente preclara,
la pregunta es ¿cómo hay que organizar el sistema político
para que la nación avance aceleradamente hacia el progreso? En efecto,
lo que la historia nos enseña y nos narra es el triunfo de los pueblos
con gran vitalidad y no el de los sistemas políticos teóricamente
con mayores perfecciones. Ergo, "hic et nunc", aquí y ahora,
lo que interesa para Venezuela es la adopción de un sistema que logre
forzar al máximo el rendimiento vital, las fuerzas ancestrales del
pueblo venezolano. El buscar esa meta, como lo hicieron Alejandro, César,
Napoleón, Bolívar, es lo que distingue al gran político
del vulgar animalote gobernante como los llama Ortega- ejemplar, este
último, de los que aquí, desgraciadamente, hemos padecido
algunos, a partir de la mitad del decenio de los años ochenta.
Lo que deben meterse en la cabeza los politiqueros de toda pluma y latitudes
es la idea de que la democracia no funciona aceptablemente en todos los
países y en todas las épocas. Dos condiciones son fundamentales
para que una democracia más o menos funcione: primera, que el pueblo,
el conjunto de ciudadanos, tenga un nivel cultural y cívico relativamente
elevado. Segunda, que el ingreso nacional esté equitativamente (no
digo igualmente) repartido entre los habitantes del país. Si no se
cumple la primera, la democracia extemporáneamente impuesta desembocará
en libertinaje, en lugar de libertad, en anarquía y, en definitiva,
en caos. Si no se da la segunda, a la mayoría de los ciudadanos poco
o nada les importará que se sostenga, o que caiga, un régimen
que la mantiene en una pobreza sin esperanzas.
¿A qué viene, entonces, el empeño de algunos países
industriales de querer imponer a rajatablas y parejamente a países
subdesarrollados de la más diversa índole, regímenes
democráticos que, en la actualidad, no les cuadran, si es que no
constituyen un freno a su desarrollo? ¿A bondad equivocada, de buena
fé, del poderoso con el débil? Sería la primera vez
en la historia, desde los tiempos del Pacto Colonial de los siglos XVII
y XVIII, que los países poderosos piensan más en los intereses
de los débiles que en los propios.
Tenemos demasiado a mano como para no sucumbir a la tentación
de aplicarle, con todo rigor, muchos de los argumentos hasta aquí
expuestos: Venezuela.
Dentro de poco tiempo se abrirá un franco proceso pre-electoral
en el que, como enjambre de abejas una nube de candidatos se precipitará
a la conquista de un país martirizado, corrompido, sin ley ni norma;
poco les importarán esas circunstancias y que no sea miel lo que
encuentren. Para ellos, del lobo un pelo. Esto por lo que hace a los ávidos
aspirantes a la figuración inmerecida, al abuso de poder, a la permanencia
en posiciones mal habidas, en fin, al derroche de los recursos nacionales
que sobreviven. Por la otra parte, un pueblo empobrecido, envilecido, sin
saber dónde habitar, dónde solicitar asistencia médica,
pero, sin embargo, dispuesto a autoengañarse con las justas carnavalescas
de un dizque democrático proceso electoral, donde partidos probadamente
envilecedores, corrompidos claudicantes, nacional e internacionalmente,
lanzarán, alegres, sus serpentinas de promesas y sus ideales de papelillo,
para que los tradicionales ingenuos cornudos electorales- los tomen
como caramelitos con sabor de mejor futuro. Pero ¡por Dios! ¡Cuándo
se habrá visto en la historia que los mismos grupos o partidos, o
camarillas privilegiadas, que hundieron naciones y culturas hayan sido llamados,
luego, y logrado corregir los males, regenerar las instituciones y moralizar
las costumbres! Esos partidos, que nos han mantenido en una pseudo (falsa)
democracia retrógrada por casi 40 años, lo único a
que aspiran es a mantener sus privilegios, a seguir controlando los medios
de engaño masivo, a celebrar prevaricadores contratos que les permitan
seguir succionando la sustancia del cuerpo casi exangüe de la nación.
Y cuando digo partidos no me refiero solamente a los Estentores de plaza
pública e inmediatos "cogollos"; no, también incluyo
en ellos a los grupos soportadores creados "ad-hoc", los aguantadores
económicos y sociales, expertos en recoger los mejores frutos de
la cosecha post-electoral, los tibios e indiferentes que poco les importa
quién gobierne y cómo gobierne defensores del "status
quo"- con tal se les permita permanecer en su tranquilidad de charco.
Perentoriamente, hay que estar conscientes de que a Venezuela no la va
a salvar un hombre-milagro, ni ningún nuevo partido taumatúrgico;
de que esta pseudo democracia la única virtud que tiene -si es que
alguna tiene- es la de permitir, a los que algo tienen, vociferar y discutir
sobre política en los matrimonios, bares, restaurantes, velorios
y demás saraos sociales; y a los que nada tienen, buscar estérilmente
trabajo, comer por debajo del nivel vital, caer en manos de brujos, curiosos
y facultos, por falta de institutos de asistencia, etc., etc. ¡Vergonzosas
libertades para exhibir como galardones de un régimen político!
Por doloroso que parezca a algunos, por angustioso que les luzca a otros,
Venezuela, en las actuales circunstancias y con el actual sistema de gobierno
no tiene salida: hay que cambiar el sistema político. Y, se me preguntará
¿por cuál? Aunque no deja de ser difícil de contestar
sin correr el riesgo de perversas interpretaciones, me atrevería
a decir que el pasado de las naciones es una especie de panoplia de posibilidades:
desde la monarquía absoluta, pasando por la monarquía constitucional,
la monarquía electiva (Polonia, siglos XVII y XVIII), hasta la dictadura
y la dictadura sin tiranía (¿cuasi-democracia?). Hasta se
puede inventar uno adecuado a las circunstancias. Por algo hemos insistido
algunos en la necesidad de convocatoria de una constituyente. Pero, por
supuesto, sin participación mayoritaria de los partidos prostituyentes.
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