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Octubre / 1 9 9 7 / N° 20

¿Y por qué democracia?

Leopoldo Díaz Bruzual

Por extraño que parezca, en el subconsciente de mucha gente yace como una suerte de tendencia a suponer, o pensar –ingenua o inconscientemente- que el régimen, o los regímenes, existentes en el mundo han existido durante muchos lustros, decenios o siglos. Parecido fenómeno se encuentra entre políticos de poca monta, como ayuda a la inercia de no tener que pensar, ni hacer pensar. Así pretenden hacer creer a sus propios pueblos -y a otros- que la Democracia siempre ha sido el anhelo, el desideratum buscado por ellos (los pueblos) y al fin logrado después de años. Con gran ligereza confunden democracia con libertad y parten del sofisma de hacer creer que en democracia, siempre, la mayoría es libre, la mayoría vive mejor, la mayoría puede expresar lo que siente. Nada más lejos de la verdad: ni siempre los pueblos han buscado la democracia; ni siempre los gobiernos que la han ejercido la han identificado con la libertad, al menos con la libertad de todos.

Al través de la historia de la civilización occidental –ni que hablar de las orientales- la democracia ha sido el sistema político menos practicado en el devenir de sus pueblos y naciones. En la Antigüedad, escasamente en Atenas (que no en toda Grecia) se conoció una suerte de estado democrático, talasocrático, aristocrático, elitesco, para disfrute único de la clase superior, los ciudadanos, pues los metecos, los ilotas y otros no gozaban de los mismos derechos. Tal régimen, a duras penas duró un siglo (el de Pericles que, por lo demás, no fue de cien años); pasó por un arcontado de veinte tiranos y desapareció con las guerras del Peloponeso y las de Philipo de Macedonia. La república romana, más lejos aún estuvo de ser democrática, a pesar de tener jueces y senado. Era una república patricia y para los patricios, morigerada en sus postrimerías por la institución del Tribunado de la Plebe. Ni qué decir de las naciones europeas, antes y después de la Revolución Francesa, y hasta bien entrado el siglo XX. Todavía, el recuerdo de Stalin, Hitler, Mussolini, Tito, Franco, del mismo general De Gaulle, está muy fresco y nos muerde el occipucio. Es más, sin temor a incurrir en error, se puede afirmar que ninguna de las naciones, hoy llamadas industrializadas, lograron su desarrollo mediante las bondades del sistema democrático. Sin ir muy lejos, y por ser el ejemplo más socorrido, Inglaterra: más de una cabeza real hizo rodar en el tajo; su revolución industrial, en buena medida, fue a costa del empobrecimiento de la clase obrera y de la esclavitud infantil de esa clase. Aún durante el franco reinado del British Empire, quizá en Inglaterra, existió libertad y participación popular; que no así en sus colonias: la India, desarticulada socialmente y devastada en sus industrias incipientes; Africa, granero de negros esclavos, de discriminación ante los colonizadores y de partición arbitraria de sus naciones y culturas. Apenas en 1811 decretó Inglaterra la abolición de la esclavitud en sus colonias.

Sin duda que, a estas alturas, los alienados y transculturados sacarán el caso de los Estados Unidos. Pues bien, aquí las circunstancias han sido más aciagas que en Inglaterra. En 1870 la esclavitud no estaba plenamente abolida (el Decreto de Lincoln no cubría todos los estados de la Unión). Aún a fines del siglo XX no puede decirse que la discriminación racial está totalmente abolida. Las que sí quedaron extinguidas fue la raza aborigen y las manadas de búfalos. Según algunos, los Estados Unidos son un ejemplo de democracia por cuanto allí nunca se han producido golpes de estado. Y eso es verdad, allá no ha habido tan bochornosos movimientos; allá son más directos y expeditos: matan a los presidentes que no les gustan. Desde los Adams, pasando por Lincoln hasta los Kennedy, Luther King y el atentado contra Reagan, los Estados Unidos tienen el record de magnicidios en el continente. Más que el subdesarrollado México, que ya es mucho decir.

Y no viremos la mirada hacia América Latina para contemplar sus llagas aún supurantes: la política del "Big Stick" (del garrote); la secesión impuesta a Panamá; las múltiples invasiones en el Caribe; la invasión a la Guatemala de Arbenz (causa eficiente de la larga guerra civil posterior); el mantenimiento de dictadorzuelos, cuando no el derrocamiento de regímenes legítimos para imponer simpatizantes que defiendan sus intereses. Y... ¡Pare de contar! Son demasiados los porrazos históricos que se llevan en el alma.

Entonces... a qué vienen las tan cacareadas virtudes y bondades de la democracia. Es indudable que para algunos de los pueblos hoy llamados industrializados ventajas las ha tenido, pero a un costo descomunal anterior: satrapías, monarquías, imperios, servilidad de la gleba, tiranías, absolutismo, dos revoluciones mundiales, dos guerras mundiales, etc., etc.

Ahora bien, si por política entendemos el procurar implantar un régimen que, desde el Estado, permita tener una idea clara de qué es lo que se debe llevar a cabo para que la nación alcance su mayor grado de cultura y bienestar económico, no es forzoso, ni con mucho, concluir que para lograrlo, en cualquier estadio de desarrollo de una nación, la democracia es el único o mejor sistema a implantar. Esto, en la práctica, equivaldría –quiérase o no- a tomar la democracia como un fin, en sí mismo, y no como un medio de perfeccionamiento. Por el contrario si la escogencia de un régimen político se enfoca como un problema de selección para y en función de la nación, de los nacionales, hay que concluir, pensando sanamente, que dicho sistema no puede ser sino el que instrumentalmente mejor sirva a la vida nacional. Porque, en último extremo, lo que importa, quien vive es la nación y no el sistema político o el Estado. Por ello, para el gran político, para el político de mente preclara, la pregunta es ¿cómo hay que organizar el sistema político para que la nación avance aceleradamente hacia el progreso? En efecto, lo que la historia nos enseña y nos narra es el triunfo de los pueblos con gran vitalidad y no el de los sistemas políticos teóricamente con mayores perfecciones. Ergo, "hic et nunc", aquí y ahora, lo que interesa para Venezuela es la adopción de un sistema que logre forzar al máximo el rendimiento vital, las fuerzas ancestrales del pueblo venezolano. El buscar esa meta, como lo hicieron Alejandro, César, Napoleón, Bolívar, es lo que distingue al gran político del vulgar animalote gobernante –como los llama Ortega- ejemplar, este último, de los que aquí, desgraciadamente, hemos padecido algunos, a partir de la mitad del decenio de los años ochenta.

Lo que deben meterse en la cabeza los politiqueros de toda pluma y latitudes es la idea de que la democracia no funciona aceptablemente en todos los países y en todas las épocas. Dos condiciones son fundamentales para que una democracia más o menos funcione: primera, que el pueblo, el conjunto de ciudadanos, tenga un nivel cultural y cívico relativamente elevado. Segunda, que el ingreso nacional esté equitativamente (no digo igualmente) repartido entre los habitantes del país. Si no se cumple la primera, la democracia extemporáneamente impuesta desembocará en libertinaje, en lugar de libertad, en anarquía y, en definitiva, en caos. Si no se da la segunda, a la mayoría de los ciudadanos poco o nada les importará que se sostenga, o que caiga, un régimen que la mantiene en una pobreza sin esperanzas.

¿A qué viene, entonces, el empeño de algunos países industriales de querer imponer a rajatablas y parejamente a países subdesarrollados de la más diversa índole, regímenes democráticos que, en la actualidad, no les cuadran, si es que no constituyen un freno a su desarrollo? ¿A bondad equivocada, de buena fé, del poderoso con el débil? Sería la primera vez en la historia, desde los tiempos del Pacto Colonial de los siglos XVII y XVIII, que los países poderosos piensan más en los intereses de los débiles que en los propios.

Tenemos demasiado a mano como para no sucumbir a la tentación de aplicarle, con todo rigor, muchos de los argumentos hasta aquí expuestos: Venezuela.

Dentro de poco tiempo se abrirá un franco proceso pre-electoral en el que, como enjambre de abejas una nube de candidatos se precipitará a la conquista de un país martirizado, corrompido, sin ley ni norma; poco les importarán esas circunstancias y que no sea miel lo que encuentren. Para ellos, del lobo un pelo. Esto por lo que hace a los ávidos aspirantes a la figuración inmerecida, al abuso de poder, a la permanencia en posiciones mal habidas, en fin, al derroche de los recursos nacionales que sobreviven. Por la otra parte, un pueblo empobrecido, envilecido, sin saber dónde habitar, dónde solicitar asistencia médica, pero, sin embargo, dispuesto a autoengañarse con las justas carnavalescas de un dizque democrático proceso electoral, donde partidos probadamente envilecedores, corrompidos claudicantes, nacional e internacionalmente, lanzarán, alegres, sus serpentinas de promesas y sus ideales de papelillo, para que los tradicionales ingenuos –cornudos electorales- los tomen como caramelitos con sabor de mejor futuro. Pero ¡por Dios! ¡Cuándo se habrá visto en la historia que los mismos grupos o partidos, o camarillas privilegiadas, que hundieron naciones y culturas hayan sido llamados, luego, y logrado corregir los males, regenerar las instituciones y moralizar las costumbres! Esos partidos, que nos han mantenido en una pseudo (falsa) democracia retrógrada por casi 40 años, lo único a que aspiran es a mantener sus privilegios, a seguir controlando los medios de engaño masivo, a celebrar prevaricadores contratos que les permitan seguir succionando la sustancia del cuerpo casi exangüe de la nación. Y cuando digo partidos no me refiero solamente a los Estentores de plaza pública e inmediatos "cogollos"; no, también incluyo en ellos a los grupos soportadores creados "ad-hoc", los aguantadores económicos y sociales, expertos en recoger los mejores frutos de la cosecha post-electoral, los tibios e indiferentes que poco les importa quién gobierne y cómo gobierne –defensores del "status quo"- con tal se les permita permanecer en su tranquilidad de charco.

Perentoriamente, hay que estar conscientes de que a Venezuela no la va a salvar un hombre-milagro, ni ningún nuevo partido taumatúrgico; de que esta pseudo democracia la única virtud que tiene -si es que alguna tiene- es la de permitir, a los que algo tienen, vociferar y discutir sobre política en los matrimonios, bares, restaurantes, velorios y demás saraos sociales; y a los que nada tienen, buscar estérilmente trabajo, comer por debajo del nivel vital, caer en manos de brujos, curiosos y facultos, por falta de institutos de asistencia, etc., etc. ¡Vergonzosas libertades para exhibir como galardones de un régimen político!

Por doloroso que parezca a algunos, por angustioso que les luzca a otros, Venezuela, en las actuales circunstancias y con el actual sistema de gobierno no tiene salida: hay que cambiar el sistema político. Y, se me preguntará ¿por cuál? Aunque no deja de ser difícil de contestar sin correr el riesgo de perversas interpretaciones, me atrevería a decir que el pasado de las naciones es una especie de panoplia de posibilidades: desde la monarquía absoluta, pasando por la monarquía constitucional, la monarquía electiva (Polonia, siglos XVII y XVIII), hasta la dictadura y la dictadura sin tiranía (¿cuasi-democracia?). Hasta se puede inventar uno adecuado a las circunstancias. Por algo hemos insistido algunos en la necesidad de convocatoria de una constituyente. Pero, por supuesto, sin participación mayoritaria de los partidos prostituyentes.

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