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¿Y la paz para qué?

Juan manuel Santos

¿Cuál es ese país que vamos a construir para que todos -guerrilleros, paramilitares y demás colombianos- podamos gozarlo y disfrutarlo con nuestros hijos?

Todas las manifestaciones que se han oído en torno de cómo sentarse a negociar la paz contienen elementos de la propuesta elaborada por un amplio grupo de eminentes colombianos y presentada a la Comisión de Conciliación. Hasta el propio Gobierno propone ahora varios de los puntos de esa misma propuesta, que en su momento catalogó de complot o conspiración.

Las Farc aceptan el despeje y quieren la Asamblea Nacional Constituyente. El Eln insiste en una gran Convención Nacional Democrática que en la propuesta se asimila a los diálogos y negociaciones que se llevarían a cabo en la zona de distensión. Los grupos de autodefensas han ratificado su disposición a desmovilizarse en la medida en que lo haga la guerrilla. En fin, el rompecabezas comienza a armarse en torno de la tan vilipendiada propuesta, por una razón tan sencilla como contundente: es la única iniciativa que ha sido conversada con los actores del conflicto y que de alguna forma tiene en cuenta sus puntos de
vista.

Como bien lo advierte el Nobel García Márquez, mientras no exista una alternativa mejor, avalada por todos los actores del conflicto, esta iniciativa -que por supuesto es susceptible de enriquecerse- va a tomar cada día más fuerza. Y eso es lo que está sucediendo, así muchos quieran descalificarla o ponerles palos a sus ruedas.

El quinto punto de la propuesta se refiere a los llamados países amigos del proceso y a los posibles facilitadores o mediadores.Este es un punto de vital importancia que hay que manejar con sumo cuidado. Porque las cosas hay que hacerlas en orden. Si de mediar se trata, quienes deben dar el visto bueno son los que se van a sentar a negociar. Por eso el vocero de las Farc dijo desde México que las invitaciones para mediar (refiriéndose a la que le hizo Samper a Fidel Castro) deben provenir de todos los actores y no solo del Gobierno. Tiene razón. Como también tienen razón quienes dicen que en su última oferta a la guerrilla (¿cuántas lleva?), el Presidente desesperado se jugó los restos. Pero como sus interlocutores se niegan a hablar con él, lo único que está haciendo es elevar los costos de una negociación futura.

El ex presidente español Felipe González puso como condición para mediar la presencia en el proceso de países latinoamericanos, de los Estados Unidos, de la Comunidad Europea y de su propio Gobierno. Todas estas gestiones tendrán que hacerse en su debido momento. Algunos preparativos se están adelantando, pero no es conveniente ensillar las bestiasantes de traerlas.

Ahora bien, todo esto tiene que ver con un esquema para silenciar los fusiles, terminar el baño de sangre y sentarse a negociar la paz. Igual o más importante es la pregunta que sigue: ¿Y la paz para qué? ¿Cuál es ese país que vamos a reconstruir para que todos, guerrilleros, paramilitares y demás colombianos, podamos gozarlo y disfrutarlo con nuestros hijos?

Porque la paz, como lo hemos repetido hasta la saciedad, no es solo ausencia de conflicto: es presencia de la justicia. Y ésta no se refiere solo al acatamiento de la ley, la falta de impunidad y el respeto a la autoridad, sino a la justicia social y económica, que en Colombia también ha brillado por su ausencia.

Aquí es donde entra a jugar la oferta de Fedegan. El doctor Jorge Visbal es uno de esos eminentes colombianos que desde un principio han estado apoyando la ahora reivindicada propuesta de paz. El, como el resto de sus promotores, sabe muy bien que en este proceso todos vamos a tener que hacer sacrificios. La idea de una verdadera reforma agraria dentro de una política agraria integral para darles a los campesinos un mínimo de bienestar, más que un sacrificio, es una gran inversión a largo plazo.

Pero no basta con prometer más justicia social. La gente ya no come cuento. La guerrilla menos. Hay que sentarse a discutir un verdadero plan de desarrollo, ojalá con un alcance mucho más allá de los próximos cuatro años, con metas concretas, para que entre todos podamos mejorar los indicadores sociales y darles una vida digna a esa gran mayoría de compatriotas que viven en tan lamentables condiciones. Solo así podremos responder a la pregunta, ¿La paz para qué?: -Para vivir mejor.


El Tiempo de Bogotá, 14 de noviembre de 1997

 

 

 

 

 

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