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La firma de un acuerdo fronterizo es hasta ahora el principal logro del acercamiento chino-ruso, aunque Pekín ha sabido beneficiarse con una sustancial mejora de las relaciones políticas comerciales con Washington. El acuerdo fronterizo firmado en Pekín por Eltsin y Jiang Zemin no ha solucionado el pleito sobre las islas del Amur

Rusia y China ponen fin a su disputa sobre límites fronterizos

Rafael Poch

La falta de fondos aparca los grandes proyectos de cooperación

Boris Eltsin concluyó ayer en Pekín, con discretos resultados, la más breve (un día) de las cinco cumbres ruso-chinas celebradas esta década. Su plato fuerte, la firma del acuerdo sobre el sector oriental de la amplia frontera común de 4.300 kilómetros (fruto de choques militares y enfrentamientos en los últimos siglos) fuera, por falta de entendimiento, el pleito alrededor de dos islas del río Amur.

"El problema oriental de nuestra frontera básicamente ya está resuelto", declaró Eltsin tras una reunión de más de una hora a puerta cerrada. Por su parte, Jiang Zemin destacó que la entrevista con Eltsin había sido "muy fructífera y una gran oportunidad para revisar importantes aspectos de nuestras relaciones bilaterales y explorar campos para fomentar nuestra colaboración".

La agenda comercial de la cumbre Boris Eltsin-Jiang Zemin ha confirmado la impresión de que los dos países no alcanzarán suambiciosa meta de llegar a un intercambio de 20.000 millones de dólares anuales a fin de siglo. Los contratos de venta y construcción de centrales nucleares rusas, así como los grandes proyectos de suministro de gas natural siberiano a China, proyectos anunciados a bombo y platillo el año pasado, no han encontrado más que vagas referencias en la declaración conjunta firmada ayer.

No hay dinero para realizar la anhelada explotación conjunta del gas de la región de Irkutsk, un proyecto cuya clave podría estar en inversiones japonesas, ni para el largo gasoducto que habría que tender entre Siberia occidental y Corea, pasando por Mongolia y China para concluir en Japón, dos asuntos que cuestan 30.000 millones de dólares.

El portavoz de la Presidencia, Yastrzhembsky, dijo que el acuerdo para construir "una" central nuclear se firmará este año.China planea instalar 150 reactores nucleares extranjeros, un proyecto de 50.000 millones de dólares en el que Rusia tiene muchos competidores. En 1996, los presidentes de Rusia y otras tres repúblicas de Asia Central firmaron en Shanghai un notable acuerdo fronterizo con China, que estabilizó y desmilitarizó la que fue mayor frontera interestatal del mundo (7.300 kilómetros) y uno de los escenarios más inquietantes de posible guerra nuclear durante la guerra fría. Un año después, en Moscú, Jiang Zemin y Boris Yeltsin firmaron una importante declaración de "cooperación estratégica para el siglo XXI", que contenía críticas directas a la ampliación de la OTAN, al "hegemonismo" americano y a la proliferación de abusivas "acciones pacificadoras" más o menos vinculadas a la ONU por parte de Washington.

Pero la consecuencia más clara de esas dos cumbres y de la nueva cordialidad ruso-china ha sido una fructífera flexibilización de la actitud de Estados Unidos hacia Pekín. En su reciente cumbre con Clinton, Jiang Zemin obtuvo una victoria total al conseguir importantes acuerdos económicos queperjudican directamente a Rusia. Jiang Zemin firmó un acuerdo con Boeing por valor de 3.000 millones de dólares, una mala noticia para el sector aeroespacial ruso, y Clinton bendijo el desembarco de Estados Unidos en el mercado de las centrales nucleares chinas. "En los próximos años, Rusia se las tendrá que ver con una creciente competencia americana en el mercadochino", constata en Moscú un diario económico.

Al regresar hoy a Moscú, tras una escala protocolaria en Harbin, ciudad llena de recuerdos rusos, tanto de la época de la emigración blanca en los años veinte como de la industrialización china que la URSS apadrinó, Eltsin podrá pensar que China es el gran ganador del nuevo juego a tres bandas, Moscú, Washington, Pekín. Rusia no está contenta con el hecho de que el 90 % de su comercio con China sean materias primas. Es amargo suministrar en los noventa materias primas a un país que se industrializó en los cincuenta y sesenta bajo patente soviética y que hoy está inundando el mercado ruso con ropa y productos acabados baratos. Aunque China es un mercado extraordinario para Rusia, y eso algún día se materializará, Moscú aún tiene por delante un gran esfuerzo para alterar sustancialmente el actual estado de cosas.


La Vanguardia, 11 de noviembre de 1997

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