El Guggenheim
Los arqueólogos sa-ben que
sus exca-vaciones han llegado a escenario humano cuando descubren una recta,
un plano o una curva de radio.La naturaleza, excluida la humanidad, no se
expresa nunca en figuras representables con precisión analítica.
El hombre deja su firma cuando ordena su entorno. Para cumplir con esta
función material, creó una ciencia, exclusiva, ya milenaria,
la Geo-metría, que se transmitía de padres a hijos envuelta
en el misterio. Leonardo y Lucca Paccioli figuran entre los últimos
magos, due-ños y ampliadores del arcano. Después, el Renacimiento
y la aparición de la Imprenta ex-tienden el conocimiento e impulsan
a la humanidad en el salto gigantesco que la trae a la era de la comunicación
total facilitada por la in-formática.
La geometría viene de Oriente, vía Egipto,
y llega a Europa bordeando el Mediterráneo. Todavía seguimos
hablando del viaje de Pitágo-ras a las Pirámides y de cómo
se dejó imbuir del Número de Oro. Desde entonces, aspiramos
con ritmo, proporción y melodía a la Belleza. Sabe-mos que
emociona, que nos transporta a sentimientos inasequibles desde la pura eficacia
por lo que siempre nos entusiasma; incluso se pergeñaron teorías
para garantizar su logro. Pero al final de los tiempos, nos reconocemos
incapaces de acotarla; y sabemos que sólo brota de la «inspiración»
que culmina, como un milagro, alguno de nuestros empeños.
Europa se encandila con las reglas del orden geométrico
que concurren en el origen de su cultura y las desarrolla en proceso continuo
hasta nuestros días. Cuando sus maestros son llamados a Asia para
crear arquitecturas bellas, en el XVI y XVII, manejan, con virtuosismo teatral,
el soporte numérico y arquitectónico cuyo manantial primigenio
estaba allí precisamente. Y así surgen, con respeto evidente
a la identidad local, el Taj-Mahal y los templos de Katmandú. Cuando
los arquitectos europeos de vanguardia se establecen en Estados Unidos en
el primer tercio de este siglo, para transmitir su cultura, aplican de nuevo
sus fórmulas pero multiplicando la escala. Libres de las limitaciones
dogmáticas y morfológicas de su «continente materno»
despliegan su ambición, animada por la generosidad sin límites
que les acoge. Hay que señalar que Wright, desencadenante complementario
de la creatividad arquitectónica del XX, es norteamericano. Él
aprovecha el potencial de los nuevos materiales acero y hormigón
para plasmar en horizontalidades y voladizos de elegancia inesperada, su
imaginación dinámica. Pero sustentada sobre un riguroso esquema
regulador. Su voz magistral predica la fusión de la arquitectura
(orden geométrico) con la naturaleza (orden no clasificable) en simbiosis
orgánica. Le Corbusier, europeo, quiere, en cambio, que la obra del
hombre se destaque con provocación volumétrica
del entorno. Europa absorbe, a lo largo de este siglo, la tesis wrightiana
recuperando, en parte, sus romanticismos victorianos, mientras que Estados
Unidos deriva hacia rebeldías infantiloides, sardónicas o
destructivas Disneylandias, Bibliotecas Denverianas de M. Graves o
Decons-tructivismos a lo B. Goff o a lo Gehry. Cuando sus negocios
se complican y a la Fundación Guggenheim, negocio a la postre,
se le había puesto la cosa muy difícil recurre a la
Europa Madre. Y es que, para un país empresario (no para un artista)
la eficacia y el lucro justifican hasta las franquicias matricidas. Pero
nuestro continente, anciano y sabio, aunque ávido siempre, sospecha
de las concesiones oníricas, y no quiere ser contaminado en el campo
del Arte del que se siente semillero. Distintas capitales (Salzburgo, Viena,
Venecia, etcétera) rechazan el «regalo».
El objetivo Guggenheim se ponía difícil.
Urgían actores adecuados: Krens, gerente de la Fundación,
y Gehry, arquitecto judío y rompedor, presentaban trayectorias que
garantizaban la seducción activa; el papel pasivo de emplazamiento
receptor correspondería a un foco europeo innominado en el que habrían
de coincidir circunstancias insólitas. Sería una región
(vasca, española y europea) que vive su período crítico,
separatista, la que, paradójicamente, se convertiría en faro
de una «cultura sin fronteras». El nuevo Museo Guggenheim, inmenso
acorazado emergente o en desguace, según se le mire, acabaría
anclado junto a un viejo muelle bilbaino, naviero durante siglos. Podría
parecer el Gran Instrumento de la Fundación judeo-americana para
bombardear y colonizar al mercado con los precios de su pintura contemporánea
(un Pollock vale diez veces más que un Tàpies cuando, quizás,
debiera ser al revés); e, incluso, convencer a Europa de que su vector
estético señala Futuro. Otra vez negocio en el horizonte.
Bilbao querría ser, curiosamente, embajada urbana adecuada: a las
quiebras de su industria acerera y de la Ría, su arteria vital, al
terrorismo desgarrador reciente y al consiguiente deseo de recuperación
de una imagen y una identidad limpia y lozana, habría de sumarse
un cierto papanatismo fanfarrón. Lógico en una ciudad en la
que no florecieron la pintura ni la escultura propias hasta fin del XIX.
Fue entonces cuando su relación comercial conParís y Londres
ventiló culturalmente la aldea y culturizó a su burguesía.
Por otra parte, Vizcaya, que fue la provincia de más empuje mercantil
a lo largo de nuestra historia (la mayoría de las empresas que se
precien tanto en España como en Iberoamérica, debe su origen
a algún vizcaíno) sería una de las pocas capaces de
mantener un dúo-pulso electrizante con una Fundación residente
en el país de suprema pujanza actual.
La concreción arquitectónica del encuentro
es el espectacular museo que comentamos. Puede convertirse, además
de en tema de conversación universal, objetivo ya cumplido, en meta
de peregrinación turística y cultural, abono fertilizante
de resurrecciones pecuniarias e imagen que presida la Ría alegre
del mañana. Lo deseable, evidentemente, es que tal posibilidad se
haga feliz realidad.
Y nada importa que el camino constructivo recorrido haya
sido tan caro y equívoco, semejante al de la negociación,
si se corona con la gloria. Veamos. Al principio me indignaba el aparente
caos estructural que afloraba de la base. Su intencionada anarquía
pisoteaba a la geometría, el orden «europeo» que deviene
en economía, nitidez y armonía, principios precursores de
un fácil mantenimiento y una noble vejez. Más tarde me sorprendió
la incoherencia entre sus partes: unas desarrolladas en planos ortogonales
entre sí, mal encontradas con aquellas otras que huían sensuales
en superficies vahídas. Las articulaciones formales entre los dos
idiomas me parecían irresueltas y de torpeza insultante: más
que rebeldía expresaban ignorancia. Después, cuando comenzó
la vestimenta, seguí rechazando la mala relación entre parámetros
pétreos, revocos y titanios pero el volumen total me iba conquistando;
muy especialmente desde la margen derecha de la Ría. Cuando penetré
por primera vez en su seno, volví a sentir la fuerza de la arbitrariedad
como provocación. Más adelante empecé a disfrutar de
la continuidad tan virtuosamente conseguida (por expertos catalanes, españoles)
de aquellos extensos parámetros de cartón que fluían
nítidos en su escapada. El conjunto iba convirtiéndose en
un organismo vitalizador y emocionante. Impresión que me conecta
con los primeros párrafos de este artículo: la Belleza resulta
de un acierto, nunca de un sistema. Y Gehry, cuya obra, en Praga, en París,
en el oeste norteamericano, tiene el valor de la rotura, del insulto, del
adefesio, y la respuesta del rechazo popular que, por reflejo, se
convierte en atracción del terrorismo cultural tropieza aquí,
quizás contra su voluntad, con su milagro. El disparatado Guggenheim
de Bilbao es una belleza. Estados Unidos, una vez más, faltó
al respeto a la respetuosa Europa pero aquí le salió mal:
su pretendida ofensa puede «ganar la copa».
Es importante que nadie lo copie. Y que alguien financie
su envejecimiento. Pueden ustedes figurarse lo que ocurriría con
los remedos. Que el orden geométrico siga su curso. Y que, si las
computadoras permiten, sin esfuerzo manual, determinar las plantillas necesarias
para construir un volumen libre, pero caro, ineficaz y en la mayoría
de los casos monstruosamente irresponsable, quede únicamente para
los cresos universales el riesgo y placer de tal aventura. Y Bilbao produjo
cresos. Estados Unidos más.
Si tras semejante parrafada tienen ustedes todavía
paciencia, acepten un consejo: miren enfrente, al otro lado de la Ría,
la reciente ampliación de la biblioteca jesuítica firmada
por C. Sans-Gironella. Sin más pretensión que la de fundirse
a la historia y al paisaje, es de una humilde belleza (que también
emociona). Buen diálogo Nervión por medio el del
Hermano Gárate con Guggenheim: un en-cuentro para la historia.
ABC, Prensa española, 15 de noviembre de 1997
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