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Lo mejor de la Prensa Internacional

El Guggenheim

Miguel de Oriol

Los arqueólogos sa-ben que sus exca-vaciones han llegado a escenario humano cuando descubren una recta, un plano o una curva de radio.La naturaleza, excluida la humanidad, no se expresa nunca en figuras representables con precisión analítica. El hombre deja su firma cuando ordena su entorno. Para cumplir con esta función material, creó una ciencia, exclusiva, ya milenaria, la Geo-metría, que se transmitía de padres a hijos envuelta en el misterio. Leonardo y Lucca Paccioli figuran entre los últimos magos, due-ños y ampliadores del arcano. Después, el Renacimiento y la aparición de la Imprenta ex-tienden el conocimiento e impulsan a la humanidad en el salto gigantesco que la trae a la era de la comunicación total facilitada por la in-formática.

La geometría viene de Oriente, vía Egipto, y llega a Europa bordeando el Mediterráneo. Todavía seguimos hablando del viaje de Pitágo-ras a las Pirámides y de cómo se dejó imbuir del Número de Oro. Desde entonces, aspiramos con ritmo, proporción y melodía a la Belleza. Sabe-mos que emociona, que nos transporta a sentimientos inasequibles desde la pura eficacia por lo que siempre nos entusiasma; incluso se pergeñaron teorías para garantizar su logro. Pero al final de los tiempos, nos reconocemos incapaces de acotarla; y sabemos que sólo brota de la «inspiración» que culmina, como un milagro, alguno de nuestros empeños.

Europa se encandila con las reglas del orden geométrico que concurren en el origen de su cultura y las desarrolla en proceso continuo hasta nuestros días. Cuando sus maestros son llamados a Asia para crear arquitecturas bellas, en el XVI y XVII, manejan, con virtuosismo teatral, el soporte numérico y arquitectónico cuyo manantial primigenio estaba allí precisamente. Y así surgen, con respeto evidente a la identidad local, el Taj-Mahal y los templos de Katmandú. Cuando los arquitectos europeos de vanguardia se establecen en Estados Unidos en el primer tercio de este siglo, para transmitir su cultura, aplican de nuevo sus fórmulas pero multiplicando la escala. Libres de las limitaciones dogmáticas y morfológicas de su «continente materno» despliegan su ambición, animada por la generosidad sin límites que les acoge. Hay que señalar que Wright, desencadenante complementario de la creatividad arquitectónica del XX, es norteamericano. Él aprovecha el potencial de los nuevos materiales –acero y hormigón– para plasmar en horizontalidades y voladizos de elegancia inesperada, su imaginación dinámica. Pero sustentada sobre un riguroso esquema regulador. Su voz magistral predica la fusión de la arquitectura (orden geométrico) con la naturaleza (orden no clasificable) en simbiosis orgánica. Le Corbusier, europeo, quiere, en cambio, que la obra del hombre se destaque –con provocación volumétrica– del entorno. Europa absorbe, a lo largo de este siglo, la tesis wrightiana recuperando, en parte, sus romanticismos victorianos, mientras que Estados Unidos deriva hacia rebeldías infantiloides, sardónicas o destructivas –Disneylandias, Bibliotecas Denverianas de M. Graves o Decons-tructivismos a lo B. Goff o a lo Gehry–. Cuando sus negocios se complican –y a la Fundación Guggenheim, negocio a la postre, se le había puesto la cosa muy difícil– recurre a la Europa Madre. Y es que, para un país empresario (no para un artista) la eficacia y el lucro justifican hasta las franquicias matricidas. Pero nuestro continente, anciano y sabio, aunque ávido siempre, sospecha de las concesiones oníricas, y no quiere ser contaminado en el campo del Arte del que se siente semillero. Distintas capitales (Salzburgo, Viena, Venecia, etcétera) rechazan el «regalo».

El objetivo Guggenheim se ponía difícil. Urgían actores adecuados: Krens, gerente de la Fundación, y Gehry, arquitecto judío y rompedor, presentaban trayectorias que garantizaban la seducción activa; el papel pasivo de emplazamiento receptor correspondería a un foco europeo innominado en el que habrían de coincidir circunstancias insólitas. Sería una región (vasca, española y europea) que vive su período crítico, separatista, la que, paradójicamente, se convertiría en faro de una «cultura sin fronteras». El nuevo Museo Guggenheim, inmenso acorazado emergente o en desguace, según se le mire, acabaría anclado junto a un viejo muelle bilbaino, naviero durante siglos. Podría parecer el Gran Instrumento de la Fundación judeo-americana para bombardear y colonizar al mercado con los precios de su pintura contemporánea (un Pollock vale diez veces más que un Tàpies cuando, quizás, debiera ser al revés); e, incluso, convencer a Europa de que su vector estético señala Futuro. Otra vez negocio en el horizonte. Bilbao querría ser, curiosamente, embajada urbana adecuada: a las quiebras de su industria acerera y de la Ría, su arteria vital, al terrorismo desgarrador reciente y al consiguiente deseo de recuperación de una imagen y una identidad limpia y lozana, habría de sumarse un cierto papanatismo fanfarrón. Lógico en una ciudad en la que no florecieron la pintura ni la escultura propias hasta fin del XIX. Fue entonces cuando su relación comercial conParís y Londres ventiló culturalmente la aldea y culturizó a su burguesía. Por otra parte, Vizcaya, que fue la provincia de más empuje mercantil a lo largo de nuestra historia (la mayoría de las empresas que se precien tanto en España como en Iberoamérica, debe su origen a algún vizcaíno) sería una de las pocas capaces de mantener un dúo-pulso electrizante con una Fundación residente en el país de suprema pujanza actual.

La concreción arquitectónica del encuentro es el espectacular museo que comentamos. Puede convertirse, además de en tema de conversación universal, objetivo ya cumplido, en meta de peregrinación turística y cultural, abono fertilizante de resurrecciones pecuniarias e imagen que presida la Ría alegre del mañana. Lo deseable, evidentemente, es que tal posibilidad se haga feliz realidad.

Y nada importa que el camino constructivo recorrido haya sido tan caro y equívoco, semejante al de la negociación, si se corona con la gloria. Veamos. Al principio me indignaba el aparente caos estructural que afloraba de la base. Su intencionada anarquía pisoteaba a la geometría, el orden «europeo» que deviene en economía, nitidez y armonía, principios precursores de un fácil mantenimiento y una noble vejez. Más tarde me sorprendió la incoherencia entre sus partes: unas desarrolladas en planos ortogonales entre sí, mal encontradas con aquellas otras que huían sensuales en superficies vahídas. Las articulaciones formales entre los dos idiomas me parecían irresueltas y de torpeza insultante: más que rebeldía expresaban ignorancia. Después, cuando comenzó la vestimenta, seguí rechazando la mala relación entre parámetros pétreos, revocos y titanios pero el volumen total me iba conquistando; muy especialmente desde la margen derecha de la Ría. Cuando penetré por primera vez en su seno, volví a sentir la fuerza de la arbitrariedad como provocación. Más adelante empecé a disfrutar de la continuidad tan virtuosamente conseguida (por expertos catalanes, españoles) de aquellos extensos parámetros de cartón que fluían nítidos en su escapada. El conjunto iba convirtiéndose en un organismo vitalizador y emocionante. Impresión que me conecta con los primeros párrafos de este artículo: la Belleza resulta de un acierto, nunca de un sistema. Y Gehry, cuya obra, en Praga, en París, en el oeste norteamericano, tiene el valor de la rotura, del insulto, del adefesio, y la respuesta del rechazo popular –que, por reflejo, se convierte en atracción del terrorismo cultural– tropieza aquí, quizás contra su voluntad, con su milagro. El disparatado Guggenheim de Bilbao es una belleza. Estados Unidos, una vez más, faltó al respeto a la respetuosa Europa pero aquí le salió mal: su pretendida ofensa puede «ganar la copa».

Es importante que nadie lo copie. Y que alguien financie su envejecimiento. Pueden ustedes figurarse lo que ocurriría con los remedos. Que el orden geométrico siga su curso. Y que, si las computadoras permiten, sin esfuerzo manual, determinar las plantillas necesarias para construir un volumen libre, pero caro, ineficaz y en la mayoría de los casos monstruosamente irresponsable, quede únicamente para los cresos universales el riesgo y placer de tal aventura. Y Bilbao produjo cresos. Estados Unidos más.

Si tras semejante parrafada tienen ustedes todavía paciencia, acepten un consejo: miren enfrente, al otro lado de la Ría, la reciente ampliación de la biblioteca jesuítica firmada por C. Sans-Gironella. Sin más pretensión que la de fundirse a la historia y al paisaje, es de una humilde belleza (que también emociona). Buen diálogo –Nervión por medio– el del Hermano Gárate con Guggenheim: un en-cuentro para la historia.


ABC, Prensa española, 15 de noviembre de 1997

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

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