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Extradición: ¿sorpresas?

Rafael Santos

No vale la pena lamentarnos por algo que estaba más que cantado.

¿De cuándo acá nos vamos a declarar sorprendidos por la votación en el Congreso sobre la extradición? ¿Por qué lamentarnos ahora si ocurrió lo que con tanta anticipación estaba cantado?

El asunto es simple. En un Congreso donde todavía hay olor a dineros del narcotráfico -manguala, según Lleras de la Fuente- es impensable la aprobación de la extradición tal cual la exige el tamaño de la crisis generada por las drogas. Se siente una resistencia pasiva que a veces raya en el descaro.

El tono nacionalista o más bien antiyanqui sirve para disfrazar las verdaderas intenciones y compromisos de quienes, con una impresionante tranquilidad, harán lo imposible por enredar el asunto.

Con las evidencias que hay sobre la mesa, es inevitable pensar otra cosa. El Gobierno habla de triunfos relativos, pues dice que sacar la extradición con este Congreso, no importa cuántos perendengues le cuelguen, es un gran avance.

Eso no es suficiente. Una extradición sin limitaciones es lo que piden la comunidad internacional y la gente de bien de este país, indefensa frente al tenebroso poder corruptor e intimidante de los narcos.

Para el cáncer que padecemos, y con una justicia a la que todavía no le teme el crimen organizado, el remedio tiene que ser el más fuerte posible. No importa cuánto duela, ni el miedo que produzca, pero con figuritas y leguleyadas no vamos a desterrar a quienes, presos o no, todavía manejan muchos de los hilos de los poderes institucionales.

Frente al narcotráfico no caben triunfos pírricos. Es la suerte que nos tocó y el momento de nuestra historia en el que tenemos que jugarnos el todo por el todo. Esos no son el discurso ni las preocupaciones de quienes pelechan en las curules y pasillos del Congreso.

Se escuchan unas voces valerosas pero muy solitarias, que insisten en una causa que se sabe perdida. Sus colegas, los que aplastaron la extradición sin retroactividad, tendrán sus razones. ¿Cuántos habrán procedido por compromisos y cuántos por físico pánico? Basta recordar la cantidad de asesinatos por cuenta del narco que todavía siguen en la impunidad.

Pero no son únicamente los gringos los que la están pidiendo a gritos. También los ingleses. Y los países de la Comunidad Europea, y los canadienses. Tendremos entonces que prepararnos con resignación para otra campaña de desprestigio, que retumbará en el mundo entero, y para las represalias económicas que seguramente llegarán por cuenta de la cómplice actitud del Congreso. Por fuera, nadie distingue, y el agua sucia nos caerá a todos los colombianos por igual.

Habría que precisar, eso sí, las afirmaciones de la senadora Claudia Blum cuando dice que los voceros del Gobierno manejan un discurso frente a la opinión pública y otro muy distinto en el Congreso. ¿Eso qué quiere decir? Pues que al Gobierno parece que tampoco le gusta la extradición, así diga que insistirá, una y otra vez, en su fórmula tibia.

Mis padres me enseñaron a no saber de miedos. También que no se puede dormir con la conciencia cargada de remordimientos. Y me dieron un inolvidable consejo: no lloremos como niños lo que no supimos defender como hombres.

* * * * *

Qué falta hace una insolente revista de crítica de medios de comunicación. Llenaría un inmenso vacío dado el impacto que tenemos los comunicadores en la sociedad. Porque en este oficio también hay mucha irresponsabilidad, superficialidad e impunidad.

Mientras aparece, un comentario que no me puedo aguantar. Aunque estén en su derecho de hacerlo así, es grotesco, farandulesco y elitista el último tema de carátula de la revista Semana. Lo que ahí salió no es, ni puede ser, el retrato de un día en la vida de Colombia.

A lo sumo, un día en la vida de los amigos y admirados del director de la publicación. Mala copia de lo que hicieron en Estados Unidos y Canadá. Me da la impresión de que la prestigiosa revista, en vista de que Samper no se cayó, está tomando unos rumbos de aburridora frivolidad. Ojalá no le pase lo que le ocurrió a Cambio16 en España. Ojo, don Isaac.

rafsan@eltiempo.ccmail.compuserve.com


El Tiempo de Bogotá, 16 de noviembre de 1997



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