En la ruta de El Quijote
Virgilio Lovera
Hemos tomado la frase que da nombre a esta columna, del
libro que Azorín, orfebre del idioma castellano, usó para
bautizar un libro que todavía disfruta de justificada vigencia. En
su tiempo, Azorín había hecho un recorrido por la misma ruta
que Cervantes había diseñado para el hidalgo manchego.
Hoy se nos ocurre este rubro porque España ya tiene
iniciado un camino donde están las huellas de algunos de sus más
grandes y entrañables valores. La España de Gonzalo de Berceo,
la misma que va a desprenderse, como otra carabela, del continente para
emprender una de las más grandes hazañas que recuerda la historia
del hombre, después de ocho siglos de duro combatir contra el moro
invasor.
Es la misma que en el Siglo de Oro deslumbra al mundo con
sus Cervantes, Lope, Calderón,Tirso, suerte de elevada estirpe que
va a culminar con Quevedo. La tierra de Teresa de Avila, la misma que ve
nacer a Velásquez y a Goya, que engrandece a El Greco. Esa España
de vientre generoso con el parto de la generación del 98, cuando
Unamuno, Baroja, Ortega, Valle Inclán, los Machado, Juan Ramón,
el mismo Azorín, se presenta ante el mundo con toda su vocación
dedestino.
Ciertamente nos conviene reflexionar sobre el fenómeno
vital español. Años y más años
transcurridos a través de amargas experiencias. Sin embargo, su pueblo
bravío supo erguirse para rechazar con energía aquel torpe
infundio según el cual 'Europa empieza en los Pirineros'. Tiempo
atrás había soportado con estoica resignación el desacierto
de algunos borbones, las guerras napoleónicas y el calvario que ellas
representaron para un pueblo que jamás vaciló a la hora de
la entrega suprema.
Una república atolondrada y novata va a asomarse
para buscar estabilidad sobre las ruinas de una monarquía que ya
había sido condenada por la historia. Inmersa en limpios ideales,
apegada a esa fe, acendrada característica de 'lo español',
una limpia esperanza para animar a los hombres y mujeres que creyeron llegado
el momento de la verdad. Pero esa república nació con una
herida abierta en el costado. Así las cosas, lo disperso y lo centrífugo
se apoderaron de sus estructuras para decretar una caída en breve
plazo.
Sobrevino el holocausto. Procedentes del mismo vientre,
españoles de los más diversos confines, se entregaron con
desesperación a destruirse. Mientras tanto, las viejas glorias demoraban
en un desván que distaba mucho de aquel escenario que sirvió
de marco a la aventura vital de uno de los pueblos más abnegados
que en la historia han sido. La pasión, el sentido del honor, el
reiterado orgullo, la dignidad atávica, la fiera verticalidad, fueron
lanzadas sobre el campo de un fratricidio implacable por parte de uno y
otro bando. No hubo límite. Tan sólo el empeño homicida
que se sobreponía a la nobleza tradicional, la vieja hidalguía
y la elevación de miras que le venían de ancestro.
Es entonces cuando va aparecer Francisco Franco como epílogo
de la tragedia. Con mano ruda impone un indispensable paréntesis
que hiciera posible lograr un nuevo aliento para tratar de volver sobre
los pasos de su destino y trascendencia. Desaparecen las libertades públicas
y los republicanos derrotados serán sometidos a una triste condición.
Sin embargo, y acaso por una de esas sorpresas que da la historia, va a
propiciar la creación de formas que, a la larga, harán posible
el logro democrático que hoy vive la española gente.
Un sistema de economía de mercado condicionado por
un régimen monárquico constitucional que da pie para el libre
juego de los partidos políticos, las libertades públicas y
los derechos del hombre, en modo alguno inalienables. La situación
social y económica admite grados de prosperidad, a pesar de un índice
de desempleo que viene asediando a casi todo el continente europeo. Pero
lo indispensable es que vascos y catalanes, gallegos y canarios, castellanos,
asturianos y andaluces, aragoneses y extremeños entiendan que la
España eterna e inmortal que duele con dolor físico, será
posible cuando una fraternidad bien entendida sirva de base para recuperar
el tiempo perdido. Y definitivamente al margen, el siniestro disparate de
la ETA. Así ya no dolerá más el amor por España.
El Universal Digital, 13 de
noviembre de 1997
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